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Índice de temas religiosos
(parece que) Estamos en "los tiempos finales" (enlace)

Qué es juzgar

Coloquialmente juzgar es decir que alguien tiene la culpa (la responsabilidad) de algo malo. Solemos equivocarnos juzgando a quien no debemos (porque no tenemos autoridad) y siendo excesivamente tolerantes con los que sí debemos juzgar. A continuación se detalla todo ello.

Al juzgar asociamos, asignamos, el bien o mal a alguien (o también a algo):

"Fulano hizo mal haciendo aquello", "Este es un buen libro",...

(Con la gente que no tiene Dios y por tanto cree bueno sólo lo que ella decide en cada momento, es difícil ponerse de acuerdo, porque no tiene la misma "regla" que nosotros y la puede cambiar después de que hayamos acordado algo con ella).

Estrictamente, juzgar es establecer relación entre dos cosas:

Hay veces que no usamos ni un verbo para relacionar las dos cosas, como cuando decirmos:

"Habéis de imitar a los niños en ignorar todo aquello que toca en malicia; mas debéis ser hombres perfectos para entender y juzgar de todas las cosas, y para saber discernir lo bueno de lo malo." Comentario de S. Agustín a I Cor 14,20. ("de todas las cosas", no a la gente: luego explicamos)

Índice

Pecados comunes

Resumen

Consideraciones imprescindibles para saber si pecamos juzgando

Veámoslo más en detalle de dos formas complementarias:

  1. Primera tabla

  2. Segunda tabla

Salvedad sobre “los buenos”, “los malos”

Ojo con el verbo “ser” aplicado a las personas

Porqué es tan importante hablar bien

Cómo lo hacemos para creernos “más” que otro

Cómo quizá llegamos a juzgar y airarnos

No debemos decir que el Sr. X se condenará (si está pecando gravemente)

Cómo hacer los juicios justos (sobre lo que la gente hace)

Frases equivocadas que se oyen

Malos ejemplos

La tentación de crear “chivos expiatorios”

Extracto del sermón del santo cura de Ars sobre el juicio temerario

Pecados comunes

Límites que traspasamos sin darnos cuenta (y pecamos):

- Imitando a Jesucristo, imitamos cosas que nunca seremos capaces de hacer bien (la ira justa).

- Siguiendo el ejemplo de nuestros padres: mandándonos, juzgándonos y castigándonos, lo hacemos sobre quien no tenemos autoridad. Es decir, solemos decir lo que tienen que hacer a gente sobre la que no tenemos autoridad, y si no nos obedecen, decimos que “hizo mal” y encima nos enfadamos y acabamos hasta insultándole o castigándole de alguna manera.

- Empezamos juzgando hechos (que es nuestro deber) y acabamos juzgando personas (que sólo Dios puede) (personas que están fuera de nuestra autoridad).

- Empezamos juzgando hechos externos ("le golpeó") y acabamos juzgando supuestos hechos internos (que son pura imaginación nuestra, pues no leemos las conciencias). Tanto para agravar la falta como para exculpar de ella, según el caso ("lo hizo para...", "lo hizo sin querer").

- Ciegos por nuestro orgullo, damos mucha importancia a los pecados ajenos y se la quitamos a los nuestros, o ni siquiera los queremos mirar, y así pasamos el día diciendo “lo mal que está el mundo” y no haciendo el mínimo examen de conciencia, ni estudiando, ni rezando, ni nada.

¿Nos creemos mejores que el más grande pecador público? Pues estamos pecando, porque lo importante, decisivo, es cómo ve Dios a esa persona, y nosotros no lo sabemos. Nosotros sólo podemos juzgar sus actos: es un hereje, blasfema,... pero no conocemos sus circunstancias internas, no sabemos los talentos que recibió ni la intensidad de sus tentaciones. Como hereje nuestro deber es denunciarle a la Inquisición para que lo quemen en la hoguera, pero sobre su interior nadie le puede juzgar más que Dios. Nuestro deber es amarle para que lo quemen cuanto antes y así no siga pecando y profundizando en su condenación (porque tanto en el cielo como en el infierno hay grados), pero no podemos creernos que Dios nos considera más santos que él, porque no sabemos con certeza lo que piensa sobre él ni sobre nosotros.

Resumen

Juzgar es decir si algo está bien o mal. (Empezamos no sabiendo lo que es el bien).

En la vida inevitablemente hemos de juzgar rápidamente en muchos casos. Para hacerlo bien y no pecar, hemos de tener muy claras las cosas. Dios quiera que este artículo nos sirva a ello.

Frases resumen:

LAS PERSONAS TENEMOS UNA ESENCIA (eterna) Y UNAS CIRCUNSTANCIAS (temporales)

Nosotros somos hombres, mujeres, hijos de Dios si bautizados (y no en pecado mortal) (todo cosas eternas), pero no somos viejos gordos borrachos (que son cosas temporales), sino que “estamos gordos, borrachos y viejos”. Olvidar nuestra esencia y creer que somos nuestras circunstancias (joven, alcalde,...) es un gran alimento para nuestro orgullo, seguido de ser ricos.

LAS COSAS SON BUENAS CUANDO SIRVEN A SU SUPERIOR

Las cosas de la creación son buenas cuando nos sirven a nosotros, y nuestras obras son buenas cuando sirven a Dios. Nosotros fabricamos autos. Si el auto no se avería y nos lleva rápido (sirve para lo que lo creamos), entonces es un buen auto.

SOBRE LAS COSAS DE LA CREACIÓN PODEMOS DECIR LO QUE QUERAMOS, SOBRE OTRA PERSONA SÓLO CALIFICAR LO QUE HACE A LA LUZ DE LA DOCTRINA, siempre con prudencia(*) y que lo que haga sea un pecado importante y claro, o que tengamos autoridad(**) sobre ella. (Fulano ha robado, mentido, etc.). Obras de misericordia espirituales son "enseñar al que no sabe", "corregir al que yerra": sin que pueda ser un grave pecado lo que alguien hace, si es sabio nos agradecerá que le corrijamos. Por ejemplo: Vemos a alguien rezar deprisa. Ello no es un grave pecado, pero sí una pequeña desconsideración a Dios o la Virgen, a quien nunca hablaríamos así en persona.

SOBRE UNA PERSONA NUNCA PODEMOS DECIR QUE PECÓ O NO

Porque sólo Dios conoce todas sus circunstancias y lee su corazón (quizá está hipnotizado o loco). Respecto nosotros, evidentemente podemos estar seguros de nuestros pecados, pero no de lo contrario: de estar limpios de culpa (***). Hablando sobre los buenos cristianos, el Sermón sobre el orgullo, del Santo cura de Ars, dice: “Nunca la veréis emitir su juicio sobre la conducta de los demás, nunca deja de formar buena opinión de todo el mundo. ¿Hay alguien a quien sepa despreciar? A nadie más que a sí propia. Siempre echa a buena parte lo que hacen sus hermanos”.

Sólo Dios conoce todas sus circunstancias: lo chantajeado que está, los talentos que recibió,... y quizá nosotros hemos recibido más talentos que él y nos exigirán más el día de rendir cuentas.

Excepción: hay una figura en la Iglesia que es la del “pecador público” o “pecador manifiesto”, por ejemplo, el que comete pecados mortales públicos y repetidos. En esos casos la Iglesia niega la comunión, la unción de los enfermos, el entierro religioso, la posibilidad de ser padrino de bautismo,... (Cada vez hay más “pecadores públicos”, pero como ya no hay curas que los declaren,... en otros tiempos, cuando el señor feudal de turno pecaba gravemente la Iglesia mandaba no tocar las campanas, con lo que se provocaba tal caos -porque la gente no sabía la hora que era- que hacía recapacitar pronto al señor feudal).

NO DEBEMOS DECIR A NADIE LO QUE DEBE HACER (excepto que tengamos autoridad sobre él: padres sobre hijos, jefes sobre subalternos, clientes sobre proveedores)

Podemos recordarle lo que es pecado y lo que no, para instarle a que no peque, pero de lo que no es pecado claro, no debemos decir nada, porque ni nosotros sabemos con 100% de certeza cómo servir mejor a Dios en cada instante. Jesucristo sí que podía decir a los demás lo que tenían que hacer: “Pedro, deja las redes que vas a ser pescador de hombres”, pero nosotros no si no somos Dios o tenemos autoridad sobre ellos.

NADIE HACE “EL BIEN”, (INTENTAMOS) HACER “BUENAS OBRAS”

Porque hacemos acciones, no ideas:
El “color” es una idea. No podemos “hacer el color”. Podemos pintar.
El “sabor” es una idea. No podemos “hacer el sabor”. Podemos cocinar.
Igualmente, el “bien” es una idea. No podemos hacer “el bien”. Podemos hacer buenas obras. (Podemos hacer buenas obras con una mano y al tiempo hacer con la otra obras mucho peores o dejar de hacer las buenas que debemos hacer).

(Por abreviar decimos “hacer el bien”, pero no hemos de olvidar lo anterior).

NO SOMOS MEJORES QUE NADIE

Ni que el hereje público más notorio (el Sr. Bergoglio). Todos (los hijos de Dios) somos iguales en esencia. Todos pecadores, unos en unas cosas, otros en otras, unos más, otros menos, pero esas son cosas que hacemos, no lo que somos en esencia. Y nos salvaremos o condenaremos (Dios no lo quiera), por nuestras obras, no por lo que somos.

NADIE “ES” BUENO (O MALO)

Sólo Dios es bueno. Sólo el pecado es malo. Ni el Demonio es malo, aunque sea el origen de todo mal. El Demonio está completamente lleno de maldad, pero su naturaleza esencial de ángel no es mala en sí, porque fue creado por Dios.

Las cosas o personas son buenas (o malas) "para": "este auto es bueno para ir por la montaña", "fulanito es bueno para hacer muebles (es buen carpintero)".

NO DEBEMOS DECIR QUE EL SR. X SE CONDENARÁ (SI ESTÁ PECANDO MORTALMENTE)

Podemos recordar a los demás la doctrina, pero no aplicársela concretamente al Sr. X. (Podemos recordar las leyes de los hombres, pero la aplicación concreta al Sr. X es cosa de los jueces). (Ver más en apartado específico).(Ver excepción de “pecadores públicos” dicha antes)

OJO CON SUPONER (Y POR TANTO JUZGAR BUENAS O MALAS) LAS INTENCIONES DE OTRO O SUS PENSAMIENTOS

“El hombre considera las obras y Dios pesa las intenciones” (Kempis, libro II, cap. 6, 3), pues sólo Dios conoce con certeza las intenciones. Aunque ciertamente, cuando los hechos son muy claros, tenemos que inferir la intención de alguien, sin que esto sea pecado. Cuando vemos a los masones hacer lo que hacen, y las encíclicas de la Iglesia condenar la masonería, no sólo no es pecado inferir las malas intenciones de cada uno de ellos, sino que sería pecado lo contrario. Es como el que ve a uno persiguiendo a otro con un hacha y se niega a intervenir porque “no conoce las intenciones del agresor”.

Cuando vamos a hacer algo con otra persona inevitablemente tenemos que inferir, adivinar, suponer, el interior de la otra persona en base a los hechos externos que conozcamos de ella. Porque el interior de la persona volverá a manifestarse en lo exterior. Es decir, si me proponen ir de viaje con alguien que hasta ahora se emborracha cada noche, he de esperar que en el viaje lo seguirá haciendo.

NO DEBEMOS ENOJARNOS CON NADIE (sólo a los que “están sujetos a nuestra jurisdicción y potestad” : ver el 5º mandamiento)

Consecuencia de todo lo anterior. Ver artículo “La ira” en esta otra web.

PECADO COMÚN ES COLAR MOSQUITOS AJENOS Y DEJAR PASAR NUESTROS CAMELLOS

Ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el nuestro. Nuestros pecados nos ciegan: “Dios conoce el fondo de nuestro corazón, y encuentra frecuentemente defectos, que nosotros no conocemos”.

SI CREEMOS QUE TENEMOS AMIGOS Y ENEMIGOS...

Pues vamos mal. Mientras no amemos de pensamiento al 100% a los demás, y materialmente al porcentaje que se pueda y sea conveniente, pues estamos pecando de odio a personas (contra el 5º mandamiento). (Ciertamente que el Demonio y sus secuaces son nuestros enemigos, pero no por ello debemos odiarles, sino colocarles en su sitio: lejos de nosotros, en el infierno).

CÓMO DECIMOS LAS COSAS ES MUY IMPORTANTE

Hasta lo más importante que tengamos que decir a quien más queremos y que esa sea una santísima persona, hay que decirlo de la mejor manera que podamos; pues nadie es perfecto y puede ofenderse (5). Cristo es la verdad, el camino y la vida. El “camino” es cómo hacemos las cosas, los medios para ir de donde estamos al objetivo. No debemos ir por mal camino para alcanzar un buen fin. (“El fin no justifica los medios”).

POR SUPUESTO, PERDONAR A TODOS AL INSTANTE, SIN CONDICIONES, TODO

Pero eso no quiere decir olvidar (ver artículo sobre el perdón).

HEMOS DE JUZGAR Y CASTIGAR (SI LO CREEMOS CONVENIENTE) A QUIENES NOS ESTÁN SUJETOS

Pero no debemos castigar (de ninguna forma) a quienes no tenemos autoridad sobre ellos (vecinos, amigos, compañeros de actividad de igual nivel).

Consideraciones imprescindibles para saber si pecamos juzgando

Evidentemente, siempre que hablamos con mala intención, es pecado; o cuando deseamos un mal a otro, como cuando decimos: “Dios le castigue”; o cuando nos alegramos de una desgracia ajena: “se lo merece”.

Pecamos seguro si hablamos de la esencia de las personas, de su bondad o maldad, de sus pensamientos o intenciones, o de si hace bien o mal (si peca o no).

Sobre el resto de cosas: sobre la clasificación (según la doctrina) de lo que hace la gente, sobre lo que debe hacer y sobre cualquier cosa que no son personas, podemos pecar o no según los siguientes atenuantes, agravantes o eximentes:

Veámoslo más en detalle de dos formas complementarias

Primera forma

hablo de los demás (5)

tengo autoridad sobre el otro (padre, jefe, hermano mayor,...)

Puedo decirle de todo sobre lo que hace o debe hacer, pues yo soy el vicario de Dios para él (en diverso grado) y tengo responsabilidad de lo que él haga:

- Lo que debe hacer o no

- Calificar sus obras: robo, mentira,...

No puedo decir:

- Si hace bien o mal (peca o no)

no tengo autoridad sobre el otro (amigo, vecino, conocido, ...)

Puedo:

- Calificar sus obras de acuerdo con la doctrina cristiana: robo, mentira,...

No puedo decir:

- Lo que debe hacer o dejar de hacer

- Si hace bien o mal, peca o no (6)

hablo de mí

No puedo decir (porque es falso):

- Hoy he tenido una desgracia: se me ha muerto el perro.(7)

Puedo decir:

- “Yo creo que hago esta buena obra” (en mi examen de conciencia) (puedo estar equivocado y que no sea una buena obra, o que haya eximentes, atenuantes, agravantes) (quizá estoy cuidando un rosal del que estoy muy orgulloso y no veo que mientras lo cuido estoy pisando otras muchas flores, o dejo de cuidar a mi madre enferma).

- “Yo creo que hago este pecado” (en mi examen de conciencia) (puedo estar equivocado y que no sean pecados, o que haya eximentes, atenuantes, agravantes)

(5)

(6) Si un cura participa en una falsa misa (de la secta que ahora ocupa el Vaticano), podemos decir que da escándalo, daña la fe de los fieles, etc., pero no que hace bien o mal. Eso se lo dirá Dios. Quizá no es libre de obrar.

(7) Una cosa es describir lo que nos ha pasado (“se me ha muerto el perro”) y otra juzgarlo como “malo”, ”desgracia”. Todo lo que Dios nos manda o permite es para nuestro bien, aunque nos cueste mucho verlo, como lo que le ocurrió al santo Job (Job 1,21; Col. 3,8 y 12; Ef. 4,20 y ss). Debemos tener confianza en ello. Por ejemplo, quizá estábamos amando más al perro que a nuestro hijo. Refrán: “No hay mal que por bien no venga”. Quejarse, en muchas ocasiones, es pecado. (Ver artículo en esta otra web).

Segunda forma

Leyenda del cuadro:


Pecado


Pecado bastante seguro


Pueden ser pecado o no

Las personas tenemos pensamientos y una esencia diferente de nuestras circunstancias (aspectos parciales nuestros: peso, altura, profesión, estudios, lugar de residencia,...)

Lo que no son personas, ni tienen pensamientos ni una esencia diferente de sus circunstancias.

Las personas somos una cosa y hacemos otras. El resto no, porque carecen de libertad.

Tipo de frase

sobre Personas

sobre No personas

(cosas, animales, ideas,...)

Sobre

su esencia (1)

insulto: Fulano ES tonto Fulanita ES una vaca

error de concepto: Fulano ES bueno

error: ES un un mal cristiano, ES un hereje

(no tienen)


sobre uno de sus aspectos

Sobre lo íntimo: lo que piensan, su intención,

... (2)

Ojo: puede ser un juicio de intención

sobre la bondad de sus obras (3)



(la bondad es la utilidad al superior)

error

Fulano hace “el bien”, “el mal”



crítica, juicio temerario

Fulano hace bien, hace mal, Fulanita debe ...

es un buen auto

es un buen libro,

tomar el sol es bueno,

es una buena idea (podemos decirlo porque para ellas somos como Dios)

resto de aspectos (4)

Fulano dice herejías

Fulano vive en adulterio

Fulano roba

Fulano es un buen carpintero, me está construyendo bien la casa

Fulano mide 1,5 metros

esto es un lápiz (aspecto: útil de escritura)

un gato es un felino (aspecto: familia de animales)

(El cuadro habla sólo de Personas, pero deben incluirse también los ángeles, caídos o no)

(1) SIEMPRE QUE USEMOS EL VERBO “SER” CON PERSONAS, NOS DEBEN SONAR TODAS LAS ALARMAS, pues excepto que digamos cosa ciertas esenciales e inamovibles de esa persona: “Antonia es mujer nacida en Veracruz el 5/5/1975, hija de su padre y de su madre, e Hija de Dios porque fué bautizada en tal día”, todo el resto de cosas que digamos sobre lo que esa persona ES, (sobre su esencia):

- Serán insultos o falsedades: “Antonia es alcalde, es ignorante, es gorda,...” porque no son su esencia: mañana puede ser sólo diputada, sabia y delgada. (Nació mujer y morirá mujer, porque tiene los cromosomas sexuales XX en todas sus células, hasta en la punta del pelo, aunque las leyes de los que mandan digan “que puede cambiar de sexo”). Mejor deberíamos decir “Antonia está de alcalde, desconoce muchas cosas, está gorda”.

Cuando un juez dice que alguien es culpable, está diciendo que alguien ha actuado ilegalmente, no pretende decir nada sobre la esencia de esa persona.

- Serán errores, como cuando dijeron a Jesucristo: “Maestro bueno”, respondió: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie ES bueno sino sólo Dios.” Mc 10,18. Sólo Dios (y Jesucristo por ser Dios) SON buenos. Igualmente es erróneo decir “Fulano ES malo”, pues sólo el pecado ES malo. Incluso el Demonio no es malo en esencia, pues es una criatura de Dios y Dios no hace nada malo. El Demonio sólo hace mal uso de su libertad (peca).

- Serán simplificaciones: decir “es un mal cristiano”, en vez de “por lo que conocemos, no vive conforme a la doctrina”. La simplificación nos facilita acabar insultando o despreciando.

(2) Inferir las intenciones de alguien en base a lo que vemos, puede ser muy arriesgado. Es lo que se llama “juicio de intenciones”. Lo puede hacer un juez en un juicio, pero nosotros hemos de ser muy prudentes(*) antes de hacerlo, pues muy fácilmente nos equivocaremos y pecaremos. Y lo dicho en el resumen arriba: si hay hechos muy claros, es pecado no suponer la intención.

El interior de la gente sólo Dios lo conoce con certeza.

«Tampoco vosotros juzguéis antes de tiempo, mientras no venga el Señor, que iluminará los escondrijos de las tinieblas y hará manifiestos los propósitos de los corazones» (1 Cor 4,5). (Ver cita completa al pie, en ***)

La Iglesia lo resume con la frase "De internis, neque Ecclesia judicat" (del interior, nada puede la Iglesia juzgar). Cuando la Iglesia condena herejes, no condena personas, sino lo que ellas dicen, y pueden arrepentirse y salvarse de la hoguera hasta cuando la están encendiendo.

Cierto es también que, una vez juzgados los hechos externos y apreciado que una persona miente habitualmente (por ejemplo), es ingenuo creer que no lo va a seguir haciendo en el futuro. La caridad cristiana nos obliga a esperar y desear que abandone su defecto, e incluso a rezar por él; pero la prudencia también nos obliga a no olvidar su defecto mientras no demuestre lo contrario.

No es pecado presuponer o decir, con buena intención, juzgar con benevolencia las intenciones de otro: decir que tiene “buena intención”. (Ojo, ver las consideraciones vistas antes).

(3) SIEMPRE QUE USEMOS “BIEN, MAL, BUENO, MALO, PECA” CON PERSONAS, NOS DEBEN SONAR TODAS LAS ALARMAS (excepto que hablemos sobre su profesión, como se explica en el punto siguiente: “es un buen carpintero”, “es un buen estudiante”)

La bondad o maldad de algo es si sirve o no para cumplir para lo que fué hecho, si la acción es conforme a su naturaleza o no.

(Usar un destornillador para hacer un agujero es un mal uso de él, pues no fue hecho para eso. Un auto que se estropea frecuentemente es un mal auto, pues no sirve para lo que fue hecho).

Dios puso toda la creación a nuestro servicio y nosotros estamos al servicio de Dios, y la Iglesia nos dice qué actos humanos sirven a Dios o no (son buenos o no) (nos lo dice con los 10 mandamientos, con el nuevo mandamiento del Nuevo Testamento, con nuestros deberes de estado y los deberes hacia la Iglesia).

Por las consecuencias del pecado original, sólo podemos estar seguros de nuestra intención.

Tenemos la guía de la ley de Dios (los mandamientos, etc.), de las leyes de los hombres (si están inspiradas en la ley de Dios), y donde las anteriores no llegan (en muchos detalles diarios), nos quedamos solos con nuestro criterio (siempre imperfecto, inseguro, como consecuencia de las secuelas del pecado original), o los consejos que podamos recabar de otros.

Ejemplo 1: Damos una conferencia sobre el uso medicinal del agua de mar. Nunca tenemos la certeza de que eso sea lo que tenemos que hacer ese día. Tampoco de los demás asistentes. Quizá, hacen mal estando en nuestra conferencia y harían bien yendo a otra donde les hablasen de su salvación. Nosotros hacemos lo que creemos bueno para nosotros y ellos ese día, pero quizá el balance final, fué malo para ellos. Esto sólo Dios lo sabe. Sólo Él sabe lo que los demás “deberían” haber hecho, lo “bueno” para ellos.

Ejemplo 2: Somos un vendedor en una empresa. Conseguimos una pequeña venta a base de muchos gastos (viajes, comidas con el cliente,...). Podemos ser cortos de vista y decir que hicimos una “buena” venta, pero Dios, como el contable que ve todo el balance de la empresa, ve que esa venta “no ha salido a cuenta”; que la empresa, finalmente, ha perdido dinero, fué una “mala” venta. Mucho menos podemos juzgar buenas o malas las ventas de los demás, de las que no conocemos ni el beneficio ni los costes. A menudo nos cuesta o no queremos ver la realidad más allá de nuestras narices: por ejemplo, ver lo perjudicial de comprar en grandes sitios o de ver películas, y preguntamos “¿qué hay de malo en ver una película?”

También pecamos en el sentido contrario, al envidiar la santidad de otro. (Ojo, este es uno de los pecados que no tienen perdón).

Por lo dicho antes, tampoco podemos decir a nadie lo que tiene que hacer, (excepto que tengamos autoridad sobre la otra persona). Haríamos un “juicio temerario”. Pecamos doblemente si además les insultamos o nos enfadamos (pecado contra el quinto mandamiento) o entristecemos si no lo cumple.

Por lo mismo, no debemos guardar rencor a nuestros padres, por creer que ellos debieron hacer algo diferente cuando fuimos niños. (Nunca reproches ni rencores hacia nadie).

Tenemos clara la idea de lo que es pecado y lo que no, pero entre las diferentes posibilidades que tenemos que no son pecado, saber elegir la mejor, la que Dios nos manda en ese momento, no es fácil; incluso grandes santos tienen que recurrir a retiros, ayunos, y periodos de discernimiento para intentar conocer la Voluntad de Dios en su particular situación. De igual forma nosotros tenemos que estudiar, recibir buenos consejos y rezar pidiendo saber la Voluntad de Dios, el bien en cada momento. Por las consecuencias del pecado original, nunca sabemos con certeza la voluntad de Dios para nosotros en cada instante. Si no sabemos con certeza lo que más nos conviene a nosotros, ¿cómo podemos atrevernos a decir a otro lo que más le conviene?

La falsa religión a que nos incitan los que mandan (la “Nueva Era”) niega la autoridad de nadie sobre nadie (excepto la suya, a través de leyes y bancos), socava las legítimas autoridades, exalta el poder del individuo (“tu puedes”,”el estado te apoya”,”tienes todo el derecho”,...); todo para que cada uno sigamos exclusivamente nuestro criterio (sólo para lo que nos envicia, no en lo que se opone a sus leyes o lo que dice el banco), y nos creamos dioses con el derecho de juzgar, despreciar o enfadarnos con los demás.

(4) Aunque creamos tener muchas pruebas de los pecados de una persona, hemos de ir con cuidado, pues:

hasta el más pecador puede arrepentirse un día de todo su pasado y llegar a santo (como san Dimas), y nosotros salvarnos del infierno “por los pelos”: más por misericordia que por justicia divina. Recordemos que en el cuadro, el color verde indica que puede ser pecado o no, según las “consideraciones imprescindibles” comentadas antes de los cuadros.

Salvedad sobre “los buenos”, “los malos”

Santo Tomás, en su Suma Teológica (en la traducción al español), habla de “los buenos”, “los malos”, “hacer el bien”, etc. y probablemente la traducción del latín sea correcta.

Esas expresiones son sólo formas resumidas de hablar: decimos “los buenos” queriendo decir “los que aparente y habitualmente obran justamente”, decimos “hacer el bien” queriendo decir “hacer obras conformes a la ley de Dios”.

Este artículo propone evitar esas expresiones en lo posible por lo que dicen los dos apartados siguientes. Esto es sólo una propuesta, a Ud. le corresponde juzgarla.

Ojo con el verbo “ser” aplicado a las personas

El español actual tiene dos verbos: el ser, que normalmente se usa para referirnos a la esencia de las cosas (“Fulano es un hombre”) y el estar, para referirnos a su circunstancia (“Fulano está casado”).

No hay mucho problema en usar indistintamente el verbo “ser” con lo que no son personas, pero con las personas trae inconvenientes:

En inglés no tienen distinción entre el “ser” y el “estar”. Usar bien el español puede sernos una ayuda para pecar menos. Y hay lenguas que ayudan más (como las lenguas “ergativas” -el tojolabal en Chiapas-, que no tienen verbo “ser”).

Porqué es tan importante hablar bien

Aparte de lo dicho en el apartado anterior, hablar bien facilita pensar bien, y ello, actuar bien (evitar el pecado). Hablarse de Usted, en vez de tutearse, facilita el respeto.

Por ello la “Neolengua”, la lengua que quieren imponer en la sociedad que describe la novela 1984, es tan importante: si no tenemos palabras, no podemos pensar. Si no podemos pensar, no podemos actuar. “En el principio era el Verbo”.

Cómo lo hacemos para creernos “más” que otro

Ignorantes de todo lo dicho antes, nos dejamos inspirar por el demonio “orgullo” y así decimos que somos “más” o “menos” que otro (“mejor”, “superior”, “peor”,...).

El procedimiento que seguimos para llegar a esa conclusión es:

  1. Escogemos una característica (somos más altos o más bajos), o un hecho (haber hecho algo que el otro no ha hecho),

  2. nos olvidamos de todas las demás cosas, y

  3. en base a ese hecho parcial concluimos que “somos mejores”, o “somos peores” (que es el mismo error, ya sea para más o para menos).

“Como ella está más gorda que yo, yo soy mejor”.

Como no estamos dos iguales, siempre podemos encontrar algo que consideramos “mejor” o “más bonito” que la otra persona (“soy más bajita pero mis ojos son más bonitos”). Triple error:

  1. por juzgar que ser bajita es “malo” (la santidad no se mide por la estatura)

  2. por juzgar mis ojos “mejores” (la santidad no requiere unos ojos especiales)

  3. por menospreciar a la otra persona por ello.

como nace el orgullo
No miramos a los demás como Dios los mira, poseídos por el Espíritu Santo, sino desde nuestro orgullo, poseídos por ese demonio.

También podemos empezar a hacer juicios injustos inspirados por cualquier otro demoniete que obedezcamos: envidia, odio a alguien, gula, lujuria,...

Cómo quizá llegamos a juzgar y airarnos

Leemos la Biblia y vemos cómo Jesús y los apóstoles juzgan bueno o malo, maldicen, usan la violencia física para restablecer la justicia (entre los vendedores del templo),... y nosotros, que queremos conformarnos a Él, tratamos de imitarle y lo hacemos mal. Copiamos algunas de sus obras externas sin darnos cuenta que eso es lo último que tenemos que copiar, que antes tenemos que copiar cosas mucho más importantes. Igual que cuando nos compramos un auto igual que el que tiene un empresario famoso para asemejarnos a él. Pero no es el auto el que le hace gran empresario sino al revés: por tener que atender muchas obligaciones distantes unas de otras él necesita ese auto. A nosotros nos falta mucho para asemejarnos completamente a Jesucristo y poder hacer justamente algunas de sus obras.

No debemos decir que el sr. X se condenará (si está pecando gravemente)

Pocos santos obtuvieron el privilegio de saber su predestinación. Difícilmente por tanto nosotros podemos saber la nuestra o la de otro. La salvación se decide en el momento de la muerte, por la “perseverancia final”, gracia que no podemos merecer hagamos lo que hagamos en la vida (misterio, pero es así).

Del Sr. X sólo vemos una parte. Sólo Dios le ve completo. Quizá a él le dió menos talentos que a nosotros, le exigirá menos y se salvará. Y nosotros, recibiendo más talentos y produciendo menos, nos condenaremos (Dios no lo quiera).

Ciertamente, si tenemos un hijo apóstata, debemos recordarle su situación y a dónde lleva. Sólo podemos decir que “ese camino lleva a la perdición”, nunca podemos afirmar de nadie que “se condenará”. Cuando no tenemos autoridad sobre la otra persona también, como hacían los misioneros. Y los estilos de evangelización son innumerables: parece que S. Francisco prefería predicar con el ejemplo, pero también hacía viajes catequizando. La decisión de hablar a otra persona en un momento o en otro sobre este tema, o no hablarle, forma parte de las decisiones de cada día que hemos de pedir inspiradas por el Espíritu Santo. No hay regla fija.

Cómo hacer los juicios justos (sobre lo que la gente hace)

En base a las leyes de los hombres o la ley de Dios

Las leyes de los hombres, para ser justas, deberían no contradecir la ley de Dios. En los tiempos actuales esto no es así en muchas ocasiones y tenemos que elegir entre servir a Dios o cumplir la ley. Pero aparte de estos casos:

Y así, cuando un adulto conduciendo un auto comete una imprudencia temeraria, el juez también le castigará según la ley de los hombres (Código de circulación: delito de imprudencia temeraria).

Así también, cuando nuestro hijo nos dice "lo hice sin querer", sin querer le tenemos que castigar por ese hecho. ("Sin querer nosotros" porque es a nosotros a quien nos duele más el castigo que a él).

Aplicando el criterio personal o pidiendo consejo

Hay veces en que ni las leyes de los hombres ni la ley de Dios hablan de lo que tenemos que juzgar.

Por ejemplo: ninguna ley dice de qué debe estudiar nuestro hijo o de qué color debemos ponernos hoy la camisa.

Aquí es donde tenemos que pedir consejo o usar nuestro criterio.
(Evidentemente nuestro criterio nunca debe ir contra la ley de Dios).

Por las consecuencias del pecado original, ya no sabemos con certeza lo que es bueno. La Iglesia nos da las “líneas maestras”, las leyes, pero no nos dice lo que tenemos que hacer a cada momento.

Debemos intentar que nuestro criterio sea siempre JUSTO, es decir, de acuerdo con lo que entendemos que sería la voluntad divina. Una buena guía es preguntarnos e imaginar: ¿qué haría Jesucristo en esta situación?

Puede que con el tiempo veamos que la decisión que tomamos un día fué equivocada. No pecamos en su día pues hicimos lo que creímos mejor, pero a partir de hoy tenemos que actuar de acuerdo con la nueva decisión. Sin remordimientos, pues lo hicimos con la mejor intención, y con diligencia, pues ahora ya vemos que fué un error.

Y más fiesta se hace en el cielo por un hijo pródigo que vuelve que por cien hijos fieles.

Sin pasarnos

Cuando alguien dice públicamente “el adulterio no es pecado”, peca de escándalo, pues diciendo eso mata la Verdad y puede matar esa verdad en el alma de alguien que la escuche (pecado contra el 5º mandamiento: no matarás, no destruirás la obra de Dios).

Cuando alguien dice lo anterior también podríamos decir que peca contra el 1er. mandamiento, porque si hubiera amado a Dios sobre todas las cosas, hubiera estudiado la doctrina y sabría que lo que dice es falso.

Cuando alguien dice lo anterior también podríamos decir que es hereje, porque está afirmando algo contrario a la doctrina.

Cuando alguien dice lo anterior también podríamos entregarle por hereje a la Santa Inquisición para que lo juzgue y lo condene a la hoguera.

Es decir, que si no nos ponemos freno enviaríamos a la hoguera a todos los demás (excepto a nuestra familia, claro, que todos son santos), porque todos somos pecadores (“el justo peca 7 veces al día”).

Tampoco pasarnos de alabanza

Especialmente peligroso con la gente más proclive (a la vanidad, las mujeres: “¡qué guapa ESTÁS con ese vestido!”, al orgullo, a los hombres: “¡qué valiente ERES!”) o en formación: poco conveniente alabar a un joven lo que hace bien y no recordarle a la vez sus faltas.

¿Tengo mi criterio contaminado por uno de mis pecados?

Quizá “eso que nos parece tan mal de fulanito” sea objetivamente algo malo, pero quizá si no odiáramos a ese fulanito, no nos alteraría “eso que nos parece tan mal”. Si cuando alguien o algo nos recuerda ese hecho nos hierve la sangre,... pues es el odio a esa persona que llevamos dentro, no el pecado del otro.

Frases equivocadas que se oyen

“No debemos clasificar a la gente antes de conocerles bien”

Falso, porque no tenemos todo el tiempo del mundo.

“Hay que ser tolerante”, “hay que tener amplitud de miras”.

Falso. No podemos ser tolerantes, sólo tolerar algunos pecados ajenos, no todos. Estas frases ambiguas son la típica propaganda de los que mandan, inspirada por el demonio. Por un lado nos dicen eso y por el otro nos aplican inmisericordemente sus leyes injustas.

Malos ejemplos

Ejemplos de lo que no hay que hacer, de juicios injustos:

www.elnacional.cat Donde un Sr. dice que una Sra. es “Una mala persona”. Explicado en el punto (1), sobre la esencia de las personas.

www.periodistadigital.com Donde dicen (el Sr. tal) “era muy mala persona. Se creía el padre del...”; ejemplo de juicio de intenciones, de afirmar algo sobre el interior de los demás, comentado en el punto (2). Y el punto (1), otra vez.

www.abc.es Donde el (falso) papa Francisco dice que “Algunos creen que para ser buenos católicos –perdonadme la palabra- debemos ser como conejos.”. Insulto llamar conejos a los matrimonios que tienen muchos hijos -visto en el Punto (1), insultos. Pedir perdón no justifica insultar. Es como decir: “perdone Ud., pero Ud. es un xsgaqsoo”. (Todo esto es normal en él, parece siempre inspirado por el Demonio, no por el Espíritu Santo: está usurpando la sede de Pedro).

Son ejemplos de lo que no hay que hacer. Son hechos que podemos / debemos juzgar y condenar. Otra cosa es a sus autores (si no tenemos autoridad sobre ellos): no sabemos si pecan porque sólo Dios lee el interior de cada uno, no sabemos su grado de voluntad.

Hay veces que criticamos lo que dicen los demás de forma muy discreta: "¡No será para tanto!", que quiere decir: Ud. está haciendo mal, dando demasiada importancia a tal cosa.

La tentación de crear “chivos expiatorios”

(Personas cercanas nuestras a las que cargamos con la culpa de todo lo malo que ocurre)

Cuando un auto tiene un accidente decimos: “La culpa fue del conductor porque tal y cual”. Y es posible que el conductor tenga mucha responsabilidad en el accidente pero, aparte de que no conocemos muchas circunstancias y solemos hablar con demasiada ligereza, todos solemos ser más o menos culpables además del conductor. Esto no es otra mentira “New Age”, esto es el verdadero “hoponopono” (y no lo que publican los libros sobre ese tema); esto lo hacen en algunos sitios de África, esto lo hacen en las empresas japonesas: cuando algo anormal ocurre (un accidente, una enfermedad,...), se reúnen todos y cada uno confiesa cómo cree que puede haber colaborado en que eso ocurriera. Cada uno intenta buscar sinceramente su culpabilidad. Justo al revés de lo que hacemos “en Occidente”, que todos buscamos un “chivo expiatorio” a quien echarle toda la culpa y así eximirnos completamente nosotros.

Extracto del sermón del santo cura de Ars sobre el juicio temerario

I.-Ante todo habéis de saber que el juicio temerario es un pensamiento o una palabra desfavorables para el prójimo, fundados en leves apariencias. Solamente puede proceder de un corazón malvado, lleno de orgullo o de envidia; puesto que un buen cristiano, penetrado como está de su miseria, no piensa ni juzga mal de nadie; jamás aventura su juicio sin un conocimiento cierto, y eso todavía cuando los deberes de su cargo le obligan a velar sabré las personas cuyos actos juzga. (...)

juzga y piensa bien de todo el mundo; es ésta una acción muy agradable a mi Hijo». (...)

Según esto, H. M., veis muy bien que sólo un corazón malvado puede juzgar mal del prójimo. Por otra parte, al juzgar al prójimo, debemos tener siempre en cuenta su flaqueza y su capacidad de arrepentirse. Ordinariamente, casi siempre, debemos después rectificar nuestros juicios acerca del prójmo, ya que, una vez examinados bien los hechos, nos vemos forzados a reconocer que aquello que se dijo era falso. Nos suele acontecer lo que sucedió a los que juzgaron a la casta Susana fundándose en la delación de dos falsos testigos y sin darle tiempo de justificarse (Dan., XIII, 41); otros imitan la presunción y malicia de los judíos, que declararon a Jesús blasfemo (Mat. IX, 3) y endemoniado (Juan VII, 20, etc.); otros, por fin, se portan cómo aquel fariseo, que, sin preocuparse de indagar si Magdalena había o no renunciado a sus desórdenes, y por más que la vió en estado de gran aflicción acusando sus pecados y llorándolos a los pies de Jesucristo su Salvador y Redentor, no dejó de considerarla como una infame pecadora (Luc. VII, 39).

El fariseo, H. M., que Jesús nos presenta como modelo infame de los que piensan y juzgan mal de los demás, cayó, al parecer, en tres pecados. Al condenar a aquel pobre publicano, piensa mal de él, le juzga y le condena, sin conocer las disposiciones de su corazón. Aventura sus juicios solamente por conjeturas: primer efecto del juicio temerario, H. M. Le desprecia en sí mismo sólo por efecto de su orgullo y malicia: segundo carácter de ese maldito pecado. Finalmente, sin saber si es verdadero o falso lo que le imputa, le juzga y le condena; y entre tanto aquel penitente, retirado en un rincón del templo, golpea su pecho y riega el suelo con sus lágrimas pidiendo a Dios misericordia.

Os digo, en primer lugar, que la causa de tantos juicios temerarios es el considerarlos como cosa de poca importancia; y no obstante, si se trata de materia grave, muchas veces podemos cometer pecado mortal. -Pero, me diréis, esto no sale al exterior del corazón. -Aquí esta precisamente lo peor de este pecado, ya que nuestro corazón ha sido creado sólo para amar a Dios y al prójimo; y cometer tal pecado es ser un traidor... En efecto, muchas veces, por nuestras palabras, damos a entender (a los demás) que los amamos, que tenemos de ellos buena opinión; cuando, en realidad, en nuestro interior los odiamos. Y algunos creen que, mientras no exterioricen lo que piensan, ya no obran mal. Cierto que el pecado es menor que cuando se manifiesta al exterior, ya que en este caso es un veneno que intentamos inyectar en el corazón del vecino a costa del prójimo.

Si grande es este pecado cuando lo cometemos solamente de corazón, calculad lo que será a los ojos de Dios cuando tenemos la desgracia de manifestar nuestros juicios por palabra. Por esto hemos de examinar muy detenidamente los hechos, antes de emitir nuestros juicios sobre el prójimo, por temor de no engañarnos, lo cual acontece con suma frecuencia. Ved lo que hace un juez cuando ha de condenar a muerte a un acusado: llama primero separadamente a los testigos; les pregunta, y esta extremadamente atento a observar si se contradicen; los amenaza, los mira con aire severo: lo cual infunde terror y espanto en el corazón; pone además todos sus esfuerzos en arrancar la verdad de la boca del culpable. Veréis que a la menor duda suspende el juicio; y cuando se ve obligado a pronunciar sentencia de muerte, lo hace temblando, por temor de condenar a un inocente. ¡Ah! H. M., ¡cuántos juicios temerarios evitaríamos si acertásemos a tomar todas estas precauciones cuando tratamos de juzgar la conducta y las acciones del prójimo!. ¡Ah! H. M., ¡cuánto menor número de almas poblaría el infierno!.

En la persona de nuestro padre Adán, nos ofrece Dios un admirable ejemplo acerca de la manera como debemos juzgar a nuestro prójimo. El Señor había visto y oído todo cuando Adán hiciera; no hay duda que podía condenar a nuestros primeros padres sin ulterior examen; pero no, para enseñarnos a no precipitarnos nunca en nuestros juicios sobre las acciones del prójimo, les pregunta a uno y otro, a fin de que confiesen el mal que cometieron (Gen., III). ¿De dónde viene, pues H. M., esa multitud de juicios temerarios y precipitados acerca de nuestros hermanos? ¡Ay! del gran orgullo que nos ciega ocultándonos nuestros propios defectos, que son innumerables, y muchas veces más horribles que los de las personas de quienes pensamos o hablamos mal; y de aquí viene que casi siempre nos equivocamos juzgando mal las acciones del vecino. Algunos he conocido que hacían, indudablemente, falsos juicios; y por más que se les advirtiese de su error, ni por esas querían retroceder en sus apreciaciones. Andad, andad, pobres orgullosos, el Señor os espera, y ante Él tendréis forzosamente que reconocer que sólo era el orgullo lo que os llevaba a pensar mal del prójimo. Por otra parte, H. M., para juzgar sobre lo que hace o dice una persona, sin engañarnos, sería necesario conocer las disposiciones de su corazón y la intención con que dijo o hizo tal o cual cosa. ¡Ay!, H. M., nosotros no las tomamos todas estas precauciones, y por eso obramos mal al examinar la conducta del vecino. Es como si condenásemos a muerte a una persona fundándonos únicamente en las declaraciones de algunos atolondrados, y sin darle lugar a justificarse.

(*) La prudencia

Ser prudentes” no es poner mucha atención al pecado que estamos cometiendo, como cuando hacemos una infracción de tráfico que miramos hacia todos lados antes de hacerla.

“Ser prudentes” tampoco es “hacer las cosas despacio”. Podemos haciendo despacio maniobras prohibidas y provocar graves accidentes.

No podemos ser prudentes si estamos muy ignorantes de algo: si no sabemos manejar una herramienta, acabaremos dañándola o provocando un accidente.

La prudencia nos lleva, en lo que hablamos aquí, a callarnos en el 50% de los casos. Y en el 49% siguiente a decir la mentira piadosa, convencionalismo social correspondiente: a “Me he cambiado de auto”, respondemos “Pues qué bien”.

“Aunque vieras algo malo, no juzguéis al instante a vuestro prójimo, sino más bien excusadle en vuestro interior. Excusad la intención, si no es posible excusar la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia, o por sorpresa, o por desgracia. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, aún entonces creedlo así, y decid para vuestros adentros, la tentación habrá sido muy fuerte…” Sermón sobre el Cantar de los Cantares, San Bernardo, 40.

(**) La autoridad

La autoridad (legítima) viene de Dios, la autoridad es el representante de Dios en ese ámbito. Por eso, igual que Dios nos dió los mandamientos y es justo castigando, el que tiene autoridad debe mandar a sus inferiores y castigarles si no cumplen. Así, el cabeza de familia es el delegado de Dios en ella. El hermano mayor sobre el menor. El jefe de empresa lo es sobre sus empleados. Cada uno sobre los temas de su competencia: el jefe no tiene autoridad para decir a un empleado qué debe hacer con sus hijos, pero sí sobre el trabajo en la empresa y debe velar por la salud espiritual de sus subalternos.

No estamos obligados a obedecer cuando nos manden cosas contrarias a la ley de Dios y “el abuso de poder del superior sea cierto, notorio y en cosa esencial”, según S. Roberto Belarmino. (En las leyes civiles, la obediencia debida tampoco exime cuando lo ordenado es claramente ilegal, como cuando la jefa de una peluquería le ordenara a una peluquera que cortara el pelo a lo "punky" a una señora que no lo ha pedido).

A partir del momento que tenemos autoridad (padres, profesores, jefes,...), también tenemos responsabilidad, tenemos obligación de buscar su bien y deberemos pagar por los platos que rompa: si educamos mal a los niños, al menos hasta que sean adultos nos tocará pagar sus fechorías, y de adultos probablemente las paguemos de otra forma: recibiendo su desamor.

Evidentemente, no porque tengamos autoridad, tengamos el derecho a juzgar, todas nuestras decisiones, juicios, son correctos, justos.

(***) Cita completa

I Cor 4,3:

“En cuanto a mí, poco me importa ser juzgado de vosotros, o de humano día (10): pues ni aun yo me juzgo a mí mismo (11).

Porque de nada me arguye la conciencia: mas no por eso soy justificado(12): pues el que me juzga es el Señor(13).

Por lo cual no juzguéis antes de tiempo, hasta que venga el Señor(14) : el cual aclarará aun las cosas escondidas en las tinieblas, y manifestará los designios de los corazones: y entonces cada uno tendrá de Dios la alabanza.

(10) El día del Señor es el del juicio. El día humano, o del hombre, es el tiempo que precede en esta vida mortal.

(11) Porque solo Dios conoce el fondo de nuestro corazón, y encuentra frecuentemente defectos, que nosotros no conocemos. (Crisóstomo)

(12) No por esto me contemplo exento de toda falta.

(13) El cual solo sabe el precio y el valor de nuestras acciones; y él mismo las hace buenas y dignas de recompensa. (San Agustín)

(14) No prevengáis el juicio del Señor, el cual pondrá en claro a la vista de todo el mundo las intenciones, fines y designios, que cada uno tuvo aun en el mismo bien que obró.

(Textos y comentarios de los santos padres en la biblia vulgata de Scio).

Porque de nada me arguye la conciencia: mas no por eso soy justificado”(Aunque obre con la conciencia limpia, tranquila, creyendo que actúo bien, con buena intención; puedo estar actuando mal por los defectos que están en nuestro corazón y que ni nosotros mismos conocemos)

Cuando S.Pablo dice “ni aun yo me juzgo a mí mismo”, evidentemente es juzgarse para absolverse, si hemos cometido un pecado que conocemos, ahí sí que tenemos que juzgarnos, condenar nuestra falta y hacer contrición y penitencia rápido.



Bibliografía

Teología moral para seglares. Tomo I. p. 628 y ss. P. Royo Marín, hablando sobre la "fama y el honor del prójimo".



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Acabo de publicar unos libros muy interesantes sobre el cielo y el ángel de la guarda, de sacerdotes de principios del siglo XX. Tienen reseñas de los mismos en esta página de mi otra web

Rezar el Rosario (mejor en latín) es el principal recurso que nos queda.

Estas páginas son apuntes que pueden contener errores de un servidor y se van mejorando con el tiempo y la gracia de Dios.

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