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Certeza, confianza, desesperación

Nunca estamos ciertos al 100% de nuestra salvación, de nuestra santidad, de la voluntad de Dios, pero:

No estamos ciertos de vivir como S. Pablo en amistad del Señor; sin embargo, aunque pecadores, si hemos confesado nuestras culpas con arrepentimiento sincero, y procuramos satisfacer cuanto nos sea posible a la divina justicia mediante la oración y penitencia, y sobre todo, si a un vivo dolor de los pecados unimos un ardiente amor a Dios, podemos tener confianza: nuestros pecados habrán quedado ahogados en la preciosa sangre de Jesucristo, cual el ejército de Faraón en el Mar Rojo.”

El Demonio no tienta al que tiene en sus manos. Nos tienta más cuanto más santos somos. Y en este tema, incluso a grandes santos como el santo cura de Ars, se dice en su biografía que tenís tentaciones de deseperación, y así “pasaba del temor a la esperanza y de la esperanza al temor”, diciendo cosas como “¡Dios mío, haced que sufra cuanto os plugiere, pero concededme la gracia de que no caiga en el infierno!”.

En “el peregrino ruso” varios personajes santos también dicen cosas parecidas:

“De modo que me encuentro ahora entre la desesperación y la esperanza. No sé qué será de mí en el futuro.

(...) de modo que pudiese corregir, hasta cierto punto al menos, mi indolente vida, para gloria de Dios y mi propia salvación.”

Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!
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