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Cómo distinguir a un creyente

Como consecuencia de ello:

Todo esto son signos externos de algo que no podemos ver desde fuera:

(Todo esto son indicadores externos, la realidad interior de otra persona nunca la podemos saber y es posible que ni ella misma la sepa).

Sueños

(Servidor no tiene mucha seguridad de lo que escribe a continuación)

Los sueños nos dicen la verdad de cómo estamos. De día podemos engañarnos y creernos Sta. Teresa de Jesús, pero de noche los sueños se escapan a nuestro control y nos repiten cómo somos de día.

Miremos qué sentimientos tenemos en los sueños: esos mismos los tenemos de día si viviéramos las circunstancias mostradas en el sueño.

Miremos cómo nos comportamos en los sueños, que hacemos, qué decimos, cómo reaccionamos. Así nos comportamos de día, aunque no queramos y/o sepamos verlo.

El que peca de noche, soñando, es porque suele también pecar en ese tema de día. Y viceversa: a medida que vayamos alejando de nosotros las tentaciones por nuestra santidad de vida, veremos que ni en sueños pecamos, que hasta en los sueños nos comportamos santamente. (Esto lo dicen los santos).

Al principio nuestros sueños se desarrollan en escenarios totalmente extraños y anormales, avanzando en el camino de la santidad nuestros sueños se desarrollarán en escenarios cada vez más cotidianos.

Tanto al principio como más adelantados siempre lo importante no son los escenarios, sino lo que sentimos y pensamos en los sueños. Igual que sentimos y pensamos en los sueños lo hacemos de día.

Hemos de cuidar que el último pensamiento que tengamos antes de caer dormidos sea siempre bueno. Para ello: o trabajamos mucho ese rato, o intentamos tenerlos así todo el día. La televisión es siempre pecado verla, pero aparte de ella, conviene no exponerse a malos influjos en el tiempo antes de ir a dormir, para reducir la posibilidad de dormirnos con ellos. (Y evidentemente, rezar nuestras oraciones antes de acostarnos).

Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!
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