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El (anti) papa Francisco dice herejías

Cómo vendemos (vender) el alma al Diablo

No son necesarias ceremonias de ningún tipo, es todo mucho más sencillo y habitual.

Vendemos nuestro alma cuando pecamos. Cuando hacemos, con pleno conocimiento, algo que no es justo, correcto, bien.

Por supuesto nuestro ego, nuestro orgullo, el ángel malo que nos acompaña desde el nacimiento nos hará justificarnos:

mil y una mentiras que aceptamos gustosos.

Y como último recurso siempre nos dirá que aleguemos “que no lo sabíamos”, aunque hayamos tenido 40 años de nuestra vida para cumplir con nuestras obligaciones de católicos: una de ellas es estudiar la doctrina, saber lo que está bien y lo que no.

La ignorancia culpable es la primera estación de tren por donde pasan todos los trenes que, con origen nuestro orgullo, se dirigen al infierno.

Hay quien se vende por mucho dinero (los gobernantes, presidentes de bancos o grandes empresas,...) y hay quien se vende por un mísero salario.

Muchos querrían venderse a alto precio, pero como que el Diablo, sabedor de la crisis económica, no se lo ofrece, pues rebajan su precio hasta llegar a vender a su madre por un teléfono móvil que estará obsoleto en cuatro días.

El precio de las almas está hundido, o como dicen los economistas: “no hay mercado” -hay muchos vendedores y ningún comprador-, o como dice el Diablo en el cuento de “El Diablo va de compras”: “para qué te voy a ofrecer nada, si tu alma ya es mía”.


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