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Índice de temas religiosos
El (anti) papa Francisco trabaja para el Demonio

Estas páginas son apuntes que pueden contener errores de un servidor y se van mejorando con el tiempo y la gracia de Dios.

Examen de conciencia

Cómo ver nuestros pecados

Hay algunos que los vemos claramente pero hay otros que no. Algunos de nuestros pecados (orgullo, ignorancia culpable,...) nos ciegan literalmente y no vemos nuestra realidad: podemos ver la realidad en los demás pero no en nosotros. (Vemos “la paja en el ojo ajeno pero no la viga en nuestro ojo”, como dice la Biblia).

Trucos para conseguir vernos:

Documentos de ayuda

Hay por internet “listas de pecados” que nos pueden servir de recordatorio. (Conviene elegir los más antiguos posibles, como éste).

Este otro documento nos da algunas recomendaciones concretas y muy útiles para hacer bien la confesión. En particular:

  1. Nos recuerda que si no hay arrepentimiento, no hay perdón.

  2. Nos ayuda a diferenciar lo que es un buen arrepentimiento (debido a que nos duele haber faltado a Dios) del falso arrepentimiento que no es más que ego, orgullo herido (cuando estamos insatisfechos de nuestros actos porque fueron pecados públicos y dañan “nuestra imagen”, o nos producen malestar porque nos creíamos perfectos, o nos repulsan por la fealdad del acto en sí “manché todo, rompí aquéllo, levanté la voz”).

El Catecismo de Trento

577. En primer lugar ha de reprimir la soberbia de algunos que con varias excusas procuran defender o disminuir sus pecados. Porque, por ejemplo, confesándose uno de que se dejó llevar demasiado de la ira, luego echa a otro la culpa de esta irritación quejándose de que fué primero injuriado por él. Debe ser, pues, amonestado éste, que esta disculpa es señal de un ánimo altivo, y de un hombre que, o desprecia o ignora enteramente la gravedad de su pecado; y que más sirven semejantes excusas para aumentarle que para disminuirle. Porque quien así se empeña en defender su modo de obrar, demuestra que será sufrido cuando no le agravien, lo cual a la verdad no hay cosa más indigna de un hombre cristiano. Porque debiendo sentir en gran manera la suerte del que le hizo la injuria, con todo, nada se conmueve por la malignidad de aquel pecado, y se enoja contra su prójimo; y presentándosele una muy bella ocasión para poder servir a Dios con paciencia, y corregir a su prójimo con su mansedumbre, convierte en su propio daño lo que era materia de su salvación.

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