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La gracia (de Dios)

La gracia es la fuerza, el influjo de Dios que mueve todo: desde el Sol, una hoja de un árbol, o nuestro cuerpo y nuestros pensamientos, sensaciones (ojo, ver detalle más adelante). Sin ella, las cosas dejarían de existir, nuestro cuerpo de vivir y nosotros de pensar o percibir.

La gracia es la fuerza que nos permite hacer y desear el bien, de pensamiento y de obra. Con nuestras solas fuerzas sólo podemos hacer el mal (incluso los gentiles pueden hacer, con sus solas fuerzas, un bien -amar a sus hijos-, pero este bien es “natural”, no “sobrenatural”, es sin ninguna utilidad para su vida futura).

La gracia es como la luz del sol y nosotros las ventanas de una casa. Nosotros somos libres de abrir y cerrar las ventanas. Nosotros somos incapaces de hacer luz, podemos alumbrarnos si abrimos las ventanas o estar en la oscuridad si las tenemos cerradas.

Los demonios son los que nos incitan a cerrar las ventanas y, en la oscuridad, pecar.
Cuanto más abrimos las ventanas, más gracia recibimos que nos incita y da fuerzas para abrirlas más y vivir en la verdad.

Recibimos gracia:

Gracia santificante

Hay varios tipos de gracia. La principal es la gracia santificante, que recibimos en el Bautismo y nos hace hijos de Dios y herederos de la gloria (si nos salvamos), miembros del cuerpo místico (invisible) de Cristo, miembros de la Iglesia (militante mientras vivos).

Es un don divino por el que participamos de la naturaleza de Dios como el hierro candente que, sin dejar de ser hierro, es como el fuego. Es “el comienzo de la gloria en nosotros” (S. Tomás de Aquino), es una “realidad divina en nuestras almas”, es como una “trasfusión de sangre divina en nuestras almas” (Royo Marín). Estar en gracia es la forma correcta de “ser como Dioses”, de conseguir lo que el Demonio prometió a Adán y Eva, de que nuestra alma sea algo divina.

Recibimos su gracia santificante mientras no estamos “muertos” a ella, en pecado mortal, como cuando un miembro se nos duerme y no lo sentimos. Por supuesto, sólo la recibimos si nos mantenemos formando parte del cuerpo de Cristo (invisible), si no hemos sigo excomulgados.

Cuando estamos en gracia (santificante), las tres personas de la Trinidad residen en nuestra alma, y “El cristiano es divinizado físicamente, y, en cierto sentido, sustancialmente, puesto que, sin convertirse en una misma sustancia y en una misma persona con Dios, posee en sí la sustancia de Dios y recibe la comunicación de su vida”. El Espíritu Santo en nosotros.

“La persuasión que tenemos de la presencia real del cuerpo de Jesucristo en el copón nos inspira el más profundo horror a la profanación de ese vaso de metal. ¡Qué horror tendríamos también a la menor profanación de nuestro cuerpo si no perdiéramos de vista este dogma de fe, tan cierto como el primero, a saber, la presencia real en nosotros del Espíritu de Jesucristo! ¿Es por ventura el divino Espíritu menos santo que la carne sagrada del Hombre-Dios? ¿O pensamos que da Él a la santidad de esos vasos de oro y tempos materiales más importancia que a la de sus templos vivos y tabernáculos espirituales? Nada, en efecto, debería llenar de tanto horror al cristiano como la posibilidad de perder ese tesoro divino por el pecado mortal”. El Espíritu Santo en nosotros. p.80

Otras gracias

La gracia puede tomar forma de ideas (conscientes), pero también la recibimos sin darnos cuenta, cuando estamos inconscientes (en sueños, o como los niños, locos, o paganos).

Hay carismas o gracias como la ciencia, la profecía, el don de lenguas y de milagros, y otras (I Cor. 12 8-10.), que por el bien público de la Iglesia, y no al bien particular de cada uno, pueden concederse tanto a buenos como a malos (miembros vivos o miembros muertos del cuerpo de Cristo, la Iglesia).

Y, desde luego, todos, buenos y malos, reciben la gracia del Sol, la lluvia y el mantenerse con vida.

Errores

Creer que la sociedad sólo necesita ética, moral, educación, mejores leyes,avance de la técnica, progreso,...
«Estáis salvados por la gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir» (Ef 2,8-9).

Nosotros solos no podemos hacer absolutamente nada bueno con nuestras propias fuerzas (Jn 15,5). Todo lo bueno que hacemos, lo hacemos incitados por una gracia de Dios y con las fuerzas de su gracia.

Es una ficción, un sueño, una fantasía creer lo contrario (aunque por desgracia es una equivocación bastante común).

Todo es gracia, todo es don de Dios (Sant 1,17). El hombre, por sí mismo, «es nada» (Gál 6,3), y si no lo reconoce, vive en la mentira. San Pablo pregunta al soberbio: «¿qué tienes tú que no lo hayas recibido? Y si lo recibiste ¿de qué te glorias, como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4,7). De sí mismo confiesa: «por la gracia de Dios soy lo que soy» (1 Cor 15,10)

El esfuerzo de voluntad ayuda pero es insuficiente

Por el ejercicio voluntarioso de las virtudes nos vamos asemejando a Jesucristo, pero la gracia es insustituible para salvarnos.

«Los limpios de corazón verán a Dios» (Mt 5,8). En efecto, el ejercicio de las virtudes facilita «la adquisición del conocimiento de nuestro Señor Jesucristo» (2 Pe 1,5-8). Pero nadie puede llegar a conocerle si el Padre no se lo revela (Mt 16,17), y nadie puede llegar a él si el Padre no le atrae (Jn 6,44). Él atrae a todos a la Salvación. Nadie puede salvarse si no es con el deseo y fuerzas que la gracia de Dios le da.
Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!
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