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Índice de temas religiosos
Francisco es un anti-papa (trabaja para el Demonio)

La Virgen, la Madre de Dios

Aspectos conocidos

Fue una mujer de carne y hueso que existió como vivimos Ud. y yo ahora.

La virgen nuestra santísima madreImposible decir nada de la Virgen y no quedarse corto.

Quizá las mujeres puedan tomarla más como modelo, pues ella fue la más bendecida entre ellas, y los hombres debamos tomar más a su hijo, Cristo.

Las mujeres actuales pueden ser madres de soldados de Dios, ella lo fue del soldado perfecto.

Ella está viviendo en el cielo ahora y es nuestra madre espiritual (si estamos bautizados, si aceptamos ser sus hijos).

No pecó nunca, ni en pecado venial.

Las oraciones habituales nos dicen lo principal de ella. (Oraciones en latín, claro, no en español ni en catalán).

Hay santos y grandes predicadores que dicen que sin la devoción a nuestra Santísima madre, nadie se salva (aparte de que ahora, por la falta de posibilidad de obtener los sacramentos, su devoción y rezar su rosario son los únicos recursos, como dijo en Fátima).

Algún libro sugiere, hablando de S. José y la Sagrada Familia que: “fué un hombre de gran silencio; que en su casa hablaba poco, la Santísima Virgen aún menos, y nuestro Señor, todavía menos que los dos: que el Verbo Encarnado no les hablaba apenas sino con los ojos, y esas sencillas miradas le servían para hacerles comprender lo que de ellos quería”.

Comentarios de un servidor

Cuando la Virgen aceptó ser Madre de Dios, no parece que se lo dijera a S. José. Cuando, ya de varios meses y con su gestación a la vista, se dio cuenta de ella S. José, tampoco hablaron del tema, tuvo que ser un ángel quien le diera explicaciones a S. José.

Ciertamente las palabras son fuente de malentendidos, y parece que la norma social impedía hablar a la mujer judía (aunque hay muchos casos recogidos en la Biblia que sí lo hacía, como cuando la esposa de Job le hablaba).

Humildad de María

Las judías deseaban casarse esperando que de ellas nacería el Mesías, porque todas conocían las profecías que decían que el Mesías tenía que nacer en Belén, judío de la estirpe de David, etc. Y, por ello, consideraban un oprobio la esterilidad, como se sabe por los casos de Sara, etc. Nuestra santísima madre se mantuvo, por la gracia de Dios, completamente entregada a Él (virgen), contra toda ambición humana.

Viviendo la vida oculta de una virgen en el templo es como María se prepara para su inmenso papel en la redención del género humano (en vez de estar “conociendo mundo”, buscando un marido importante, etc.).

Aspecto poco recordado: la fortaleza de María

(Al usar aquí el término “afeminado”, lo hacemos con el sentido explicado en este otro artículo).

Estamos acostumbrados a meditar principalmente las virtudes suaves de María (dulzura, pureza, bondad), que ciertamente, reclaman gran esfuerzo para ser practicadas; pero, para vernos libres de un cristianismo «afeminado», de un cristianismo «fofo», para broquelarnos con un cristianismo esforzado que nos ha de ser muy necesario para llevar a cabo nuestras resoluciones y hacer frente a las dificultades de la vida, contemplemos la valentía de María.

«¡Qué hermosa eres!», exclama el Cantar de los Cantares (IV, I) «Tú eres la Torre de David rodeada de murallas de las que penden miles de escudos para los más valerosos guerreros». Y también (VI, 3): «Hermosa y suave eres, pero terrible como ejército en orden de batalla».

«Torre de David» Nuestra Señora de las Victorias, ¡enséñame la Fortaleza y dame el secreto de las victorias del espíritu!

I.— La fortaleza en María desde la Anunciación hasta la Crucifixión

San Bernardo lo resume todo diciendo: Moriebatur vivens, «su vida era muerte incesante».

1.° Lo que dio valor a la aceptación en su Ecce ancilla, era el conocimiento que ella tenía de la suerte dolorosa de su Hijo. Las madres no saben lo que ha de suceder a sus hijos, pero María sabía bien la suerte que aguardaba al Mesías y Redentor del mundo.

Muchos artistas lo han subrayado. Miguel Pacher, por ejemplo, hacia 1550, nos ha dejado una curiosa «Anunciación»: El ángel tiene en la mano un lirio que por arriba se parte en dos ramas en forma de cruz. En el ángulo aparece un niñito Jesús con el instrumento de su Pasión, en el que parece se quiere acostar.

La Virgen, que conocía las Escrituras (todos los judíos las conocían), sabía por los Profetas,

—que el Salvador sería traicionado por uno de los suyos;

—que sería abandonado por sus discípulos: Dispergentur oves (Zac., XIII, 7);

—que sería despreciado, cubierto de golpes y salivazos : Corpus meum dedi percutientibus. Faciem meam non averti ab increpantibus et conspuentíbus in me (Is., 4, 6);

—que sería el oprobio de los hombres y la abyección de la plebe, que sería colmado de injurias y de ignominia: Ego vermis... opprobrium hominum et abjectio plebis (Sal. XXII, 7);

—que tendría sus carnes abiertas y desgarradas por los azotes: Vulneratus propter iniquitatem... altritus porpter scelera nostra (Is. LIII, 5);

—que su cuerpo se asemejaría al de un leproso, con los huesos al descubierto: Putavimus eum quasi leprosum (Is. LIII, 4)... Dinumeraverunt omnia ossa mea (Sal., XXII, 18);

—que su faz quedaría desconocida: Non est species ei neque decor (Is. LII, 2);

—que sus manos y sus pies serían taladrados con clavos : Foderunt manus meas et pedes meos (Sal. XXII, 17);

—que, en fin, moriría crucificado: Aspicient ad quem crucifixerunt (Zac., XII, 10).

2.° Durante la vida pública.

a) Ella no pudo ignorar los homenajes que las turbas rendían a veces a su Hijo; pero tuvo también conocimiento de las injurias de que le hacían blanco:

—Se le trataba de ignorante: Quomodo litteras scit cum non didicerit, «¿Cómo puede saber algo si no ha estudiado?» (J. VII, 15);

—de insensato: Insanit (J., X, 20);

—de poseso (ibid.; Luc., VII, 33): Tu daemonium habes (J., VIII, 48);

—de hechicero: «En nombre de Belcebú lanza él los demonios» (Mat., IX, 34);

—de bebedor, de amigo de la buena mesa y mala vida (Luc., VII, 34).

b) Ella pudo ser testigo de las persecuciones sordas que se le suscitaban, de las envidias y tentativas de muerte.

Se enseña cerca de Nazaret una capilla, desde la cual parece ser que la Virgen siguió al cortejo de los judíos que conducían a Jesús al precipicio. Este detalle, sin duda legendario, pero perfectamente verosímil, hace alusión a un pasaje de San Lucas: «Los nazarenos empujaron a Jesús fuera de la villa, hasta la cima del monte que la domina, para precipitarlo desde allí... Jesús, pasando por en medio de ellos, se fue de allí». Se fue, dice la tradición local, a través del abismo, hasta la vertiente opuesta.

Si María no fue siempre testigo ocular, todas las noticias le llegarían.

¡Qué fuerza de alma le ha sido necesaria! Sin un milagro permanente, observa exactamente San Anselmo, María hace tiempo que debería haber muerto. Pero vive y aguanta.

II. —Fuerza de alma de María en la Pasión

Una cosa es el sufrimiento visto en lontananza, y otra muy diferente cuando ya se le tiene encima... María vivió siempre viendo la Cruz aproximarse: Tota vita crux. Ahora es ya llegada la hora de la crucifixión efectiva.

a) ¿Cómo supo ella el prendimiento?

Sin duda le fue dado asistir en espíritu a la agonía del Huerto: «Mi alma está triste hasta la muerte... ¡Padre, si es posible, que se aleje de mí este cáliz!» Y fue preciso que un ángel... Oh, ¿por qué no le fue concedido a ella ser este ángel? Eso hubiera sido demasiado dulce para Jesús... ¡pues hasta el Padre mismo parece no reconocerle y abandona a su Hijo a terrible desolación! ¿Pues no tiene Él corazón de madre?... Sí, ¡pero Jesús tiene que expiar todos los pecados de los hombres! ¡Qué desolación!...

—¡Él, fortaleza de los santos, se siente sin fuerzas hasta el punto de necesitar ayuda!

—¡Él, dueño del mundo y de los innumerables mundos que sus manos divinas sembraron por los espacios, tiende estas mismas manos para que se las aten sin piedad y queden reducidas a la impotencia estas manos omnipotentes!

—¡Él, que es el amor mismo, y que con tanto cuidado escogió a los Doce, ve que el apóstol de la desesperación, después de haberle entregado a sus enemigos, va a colgarse, proyectando la sombra funesta de su horca como un inmenso desafío a la eficacia soberana de la Redención!

—¡Él, que es Juez soberano de cielos y tierra, es arrestado por tribunales ridículos e infames; falsos testigos deponen contra él, Testigo de la palabra infalible venido al mundo para revelarle los secretos del Padre!

—¡Él, que ha pasado haciendo bien, es tratado de malhechor, malefactor (J., XVIII, 30)!

—¡Él, la hermosura del Paraíso, es escupido y abofeteado!

—¡Él. que es Rey de reyes, es por irrisión, coronado de espinas y burlado con el cetro ridículo que ponen entre sus manos encadenadas!

—¡Él, cuyo Cuerpo es todo pureza y todo delicadeza, es molido a golpes, y todos los sufrimientos dispersos en la carne adorable del Hijo, se confunden en una llaga única e insondable en el corazón de la Madre! Vulnera per ejus corpus dispersa, sunt in tuo corde unita, como dirá San Buenaventura.

b) Y esto fue la condena, y la subida dolorosa, y las tres horas siniestras, y el último suspiro.

«María, es ella la que ahora es la cruz... Es ella la que en adelante será el astil humano y el madero de ese Cristo cinco veces abierto».

«En vez del vestido de punto que yo le había hecho y que unos bribones acaban de repartirse a suertes, he aquí la nueva vestimenta de golpes, una vestimenta que la soldadesca le ha tejido minuciosamente desde los pies a la cabeza a golpe de látigo. Verdaderamente, Salomón en toda su gloria no estuvo jamás vestido como él. Él es el vestido multicolor y ensangrentado que los pastores presentaron a Jacob para atestiguarle la muerte de su hijo» (P. Claudel : L'épée et le miroir, 90, 94).

c) Después del último suspiro y de la lanzada, le devuelven a María el cuerpo sin vida. Ella había entregado al mundo su Hijo intacto, y, ¡en qué estado se lo restituyeron, gran Dios!

O vos homnes qui transitis per viam... ¡Oh vosotros los que transitáis por el camino, mirad y decid si hay dolor semejante a su dolor!

III.—Fortaleza de María mientras aguardaba su partida al Cielo

¿Cómo pudo sobrevivir la Santísima Virgen a tanto dolor? ¡Qué fe tan grande le fue necesaria! ¡Qué gran amor por nosotros! Ya que ese era el plan de Dios, ¡fiat!; puesto que la Cruz era la condición de nuestra salvación, ¡fiat!

¡Pero qué suplicio va a ser para María su permanencia en la tierra, mientras aguarda el momento definitivo de ir a juntarse para siempre con su Hijo en la gloria!

1.° Sin duda puede conjeturarse —ya que el dolor de las madres tiene por causa el de sus hijos— que en el momento del último suspiro de Jesús en la Cruz, María debió de sentirse en cierto modo aliviada: «¡Al fin para Él esto terminó! ¡Ya no sufre más!» ¡Ella... eso no importa!

2.° Sin embargo, hay que consentir en seguir viviendo. Y seguir viviendo con todos esos recuerdos de muerte que le han roto el corazón y continúan atormentándoselo.

El tiempo, que de ordinario amaina el sufrimiento, aquí lo exacerba. María lo guarda todo en su corazón. Es creíble que María, durante todo el tiempo que permaneció en Jerusalén después de la Pasión (doce años, quizá), quiso recorrer cada día la vía dolorosa y orar en cada una de las estaciones (doce, se dice) en que Jesús había sufrido particularmente.

Si, como se cree, ella marchó posteriormente a Éfeso, ¿no se llevó consigo sus recuerdos para vivir constantemente a su gusto el Camino de la Cruz?

3.º La intensidad del amor, que puede dulcificar a los mártires sus dolores, no hizo más que aumentar los de María. ¡Aún hay más; a los mártires, Dios pidió el sacrificio de su propia vida; a la Reina de los mártires, Dios pidió mucho más, el sacrificio de una existencia que le era mil veces más querida que la suya propia!

María mismo, si creemos a Santa Brígida, reveló a esta insigne viuda que la espada de Simeón permaneció hundida en su corazón hasta el día mismo de su gloriosa Asunción: Dolor iste, usquedum assumpta fui, nunquam defuit a corde meo. Puede decirse que no solamente el dolor no desapareció, sino que debió de crecer constantemente... hasta el momento en que a fuerza de dolor y a fuerza de sufrimiento, la Virgen Santísima vio a su alma separarse de su cuerpo.

4.° Sin duda María tenía, como nosotros, la presencia de su Hijo en la Eucaristía; pero esto mismo, ¿no era, a la vez que un inmenso consuelo, una fuente de sufrimiento?

El sacrificio místico de Nuestro Señor en la Misa debía recordarle, y con qué relieve, el sacrificio cruento de la Cruz. Por lo que a la Presencia Eucarística toca, si como algunas revelaciones particulares indican (entre ella las de Catalina Emmerich, por ejemplo), Juan y María guardaban la Eucaristía en algún tabernáculo, al propio tiempo que alegraría el corazón de María, también serviría de no pequeña pena, al evocar el tiempo, ahora tan añorado, cuando los ojos de María podían contemplar sin velo alguno a Jesús niño, adolescente, y hombre perfecto.

Y seguramente sufriría ella también al pensar en los pocos hombres, relativamente, que harían aprecio de la Eucaristía.

Conclusión

1.º Pedir a María valor en el sufrimiento. Presa de crueles molestias en su salud durante los últimos tiempos de su enfermedad, Santa Teresa del Niño Jesús, decía: «He pedido a la Santísima Virgen que me tenga la cabeza para poder aguantar». (Retengamos también este delicado pensamiento suyo: «¡Nosotros somos más felices que ella [María], porque ella no tenía Santísima Virgen a quien amar!»)

2.º Nadie más apta que María para inspirar el espíritu militante bajo su doble aspecto: defensa contra el pecado y esfuerzo por la salvación del mundo. Ella, que desde los orígenes está representada con el demonio a sus pies. Pues, ¿qué otra cosa es la Redención, sino una lucha entre la Mujer bendita entre todas las mujeres y Satanás, el enemigo nato del género humano?

Súplica

¡Oh Espíritu Santo, Espíritu de Fortaleza, concededme que me asemeje a mi Madre, que no sea demasiado indigno de su magnanimidad, que no lleve cuentas a mi generosidad. Haced que por sus merecimientos, yo me sostenga en la tentación, que no retroceda ante las invitaciones divinas y la práctica de las virtudes y que, sediento de la salvación de las almas, acepte el unir mis sacrificios a los suyos y emplearme con todas mis fuerzas a hacer eficaz la Redención!

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Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!

Estas páginas son apuntes que pueden contener errores de un servidor y se van mejorando con el tiempo y la gracia de Dios.

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