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Índice de temas religiosos
Francisco es un anti-papa (trabaja para el Demonio)

Que es el amor

No es un sentimiento

Es querer el bien para otro, es un acto de la voluntad: "yo quiero a María". Que luego se produzcan sensaciones corporales (¡sutiles!) o no, eso es otra cosa.

Las sensaciones corporales más intensas son sensualidad (recuerdo o deseo de sensaciones placenteras) o sexualidad (hormonas corriendo por el cuerpo), pero nada de esto tiene que ver con el amor, tiene que ver con la biología, con nuestra parte animal, no humana.

Amar inteligentemente

El amor, como cualquier acto humano, puede ser ejecutado mejor o peor, con menor o mayor torpeza: no basta la buena voluntad, la buena intención. Para amar bien hay que saber: hay que conocer al otro, sus circunstancias. Los refranes también lo dicen: "hay amores que matan", "el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones",...

Un amor mal informado, torpe, puede hacernos intentar cosas imposibles.

Un amor mal dirigido, dirigido a una criatura en vez de a Dios es la definición de pecado: querer más a nuestra esposa, hijos, patria, que a Dios.

No es evidente darnos cuenta de cuanto amamos

Tenemos dos facultades en el alma: la inteligencia y la voluntad (de la que sale el amor). Si no desarrollamos la inteligencia, rápido despabilamos por los palos que recibimos: rápido aprendemos lo que es el TIR, TAE, Euribor,...

Pero no pasa lo mismo con el amor. La vida material no nos exige amor como nos exige inteligencia. En los trabajos nos exigen resultados para los que frecuentemente hemos de usar principalmente la inteligencia. Y la inteligencia se mide materialmente: en exámenes, en un "Coeficiente Intelectual", el amor no. Y así nos va.

En la escuela, los niños desarrollan su inteligencia, pero nadie les enseña lo que es el amor. El amor lo aprenden, con suerte, si ven a sus padres actuar así. Y quizá de mayores no sepan definirlo precisamente con palabras pero saben cuando hay un amor puro y cuándo está teñido, contaminado, ensuciado, por intereses.

Ciertas situaciones personales (psicopatía, orgullo, miedo), impiden totalmente amar. En un caso porque se rehuye la relación íntima "corazón a corazón" por alguna experiencia traumática anterior, o porque se es incapaz de salir del propio mundo, de los propios intereses, en el otro. En el tercer caso (el miedo), se rehuye la relación intensa por un miedo exagerado que nace, en última instancia (como todos los pecados), del orgullo. ("Quien mucho teme, poco ama").

Material e inmaterial

Recordemos que tanto es pecado el desamor de pensamiento como el de palabra o hechos.

No amar ya es pecado

Porque nos lo manda explícitamente el cuarto mandamiento (amar a nuestros padres), y el onceavo: "amaos los unos a los otros como Yo os he amado".

El amor (estrictamente hablando, puro, sin mezcla de otras cosas)

Sin esperar nada a cambio. Recibimos de Dios amor y sólo amor, puro. Como el calor que el sol nos envía desinteresadamente.

Estamos aquí para imitar a Cristo, cada uno desde su puesto de combate (ferroviario, ama de casa o estudiante,...).

Sin mezcla de:

Impulsos corporales

De los instintos de macho / hembra buscando con quien aparearse (pero que no quiere decir que casarse sea pecado).

Nuestros intereses mundanos

Por ejemplo, amar a alguien de quien esperamos conseguir algo. Amarla independientemente de lo que la necesitemos.

Sin usarlo para ocultarnos alguno de nuestros pecados

Si amo al otro para acallar mi remordimiento de conciencia, para sentirme yo superior al otro, para creerme que "aporto un granito de arena al bien de la Humanidad".

Sin usarlo para compensar alguna de nuestras carencias

Pretender amar a otro sin tener nosotros "la casa limpia", sin estar nosotros libres de necesidades, es correr el gran riesgo de usar al otro para sentirnos bien.

Con locura

Amar con locura pero no a ciegas. El amor es ciego pero no tonto, ni sordo a los buenos consejos, como se muestra en "el cuento de los sentimientos jugando al escondite".

Sin pretender que tome una forma predeterminada

Ni todos los besos son de amor (como el de Judas), ni todos los palos de odio (como el que da un padre a su hijo desobediente y que le duelen más a él que a su hijo).

Amar a toda la gente es un acto bueno en sí. Querer que ese amor tenga una forma concreta, pase por un sitio concreto (encontrar yo mujer morena de 1,6 m de estatura, 60 kilos), eso ya no es amor puro.

Sin condiciones

El amor no es un "yo te amo si tu me amas" (o "yo no te amo porque tu no me amas"). El amor es un "yo te amo aunque tu no me ames".

Amar a los padres

La biología obliga a las mujeres a gestar a sus hijos, y las induce a amamantarles. Además, los matrimonios tienen hijos por su propia voluntad. Ello les lleva a tener la tendencia a amarlos (pues son obra suya). En cambio la biología no nos induce a cuidar de nuestros padres, y los tuvimos sin elegirlos por nuestra voluntad. Es decir, tenemos una tendencia natural a querer más a nuestros hijos que a nuestros padres.

De pequeñitos no vemos ningún defecto en nuestros padres, para nosotros son Dios, pues de ellos recibimos todo, y como no tenemos uso de razón, no pensamos, sólo imitamos.

A medida que vamos creciendo vamos viéndoles carencias, limitaciones, defectos (“el papá del vecino tiene un auto más grande que el nuestro”), pero como tenemos muy poco poder, pues hemos de aguantarnos.

Cuando pasamos a ser adultos es otro paso más en nuestro desarrollo, y como tal, es un incremento de nuestro poder. Cada vez más vemos los defectos de nuestros padres y empezamos a ver las consecuencias que nosotros pagamos (“Si en vez de enviarme a clases de inglés me hubierais enviado a clases de chino, ahora podría obtener ese trabajo tan bueno”). Ello se agrava por que la sociedad anti-Dios actual dificulta, retrasa, la actividad social de los nuevos adultos (la vida cada día es más cara, etc.) (y dificulta la educación cristiana de los hijos, que puede desanimar a los futuros matrimonios). Ello provoca la existencia de los “adolescentes”: personas adultas físicamente pero limitadas para obrar socialmente. Evidentemente el estado anti-Dios fomenta esto, porque cuantas más anomalías en el desarrollo y, por tanto, más tensiones internas tenga la persona, menos se acordará de Dios. Hay mucha gente que se queda en estado adolescente mental en relación a sus padres, en el estado “Yo estoy mal, tú estás mal”, y no llegan a darse cuenta que sus padres les quisieron lo mejor que supieron y pudieron, y, los que no lo hicieron así, suficiente pena tenían con cargar con su vida. Pierden el llegar al estado “Yo estoy bien, tú estás bien”, al amor completo, a amarles con sus cualidades y defectos, y se quedan en el “amor” instrumental (“te quiero porque me das de comer”). ¡Podres hijos que no han descubierto el amor!, ¿cómo lo van a practicar en el matrimonio?, ¿qué ejemplo van a dar a sus hijos?

Nuestros padres son los que más nos han beneficiado y los que más nos han perjudicado (no va a ser “el vecino del quinto piso”) (es con ellos con los que hemos convivido en nuestra etapa más vulnerable de nuestra vida).

Dados los hechos anteriores, Dios nos manda, por el cuarto mandamiento, amar a nuestros padres, porque no es nuestra tendencia natural, tanto porque naturalmente queremos más a nuestros hijos y olvidamos a los padres como porque al desarrollarnos lo natural es primero ver lo negativo y odiarles.

Al ser una ley de Dios es muy grave incumplirla, y el Evangelio promete la felicidad ya en esta vida al que la cumple y lo contrario al que no: “Honra a tu padre y a tu madre para que seáis felices y tengáis larga vida sobre la tierra” (Ef. 6,2; Dt. 5,16; Ex 20, 12).

Los 10 mandamientos de la ley de Dios tienen dos partes: los 3 primeros que son los deberes para con Dios (por eso son los primeros), y luego, los otros 7, los deberes para con los demás. El primer deber para con los demás es amar a los padres (¡incluso por delante del 5º, que es no matar!). Cuando Dios nos lo puso el primero es: porque tenemos tendencia a no amarles, y porque es lo más importante que tenemos que hacer con el resto de personas en este mundo: por lo primero que hemos de empezar. Además, nos lo ha dicho siempre nuestra santa madre Iglesia: primero hay que empezar amando a los más cercanos.

Y recordemos que, el día del juicio, cada juicio es individual: los pecados de los demás no aligeran los míos. A uno insulta a otro y éste le da una torta, al primero le juzgarán por insultar y al segundo por agredirle al primero (con los atenuantes y eximentes que Dios vea).

O amamos o no amamos

(Sin olvidar que amar no quiere decir dar besos)

Es decir: con cada una de las personas con las que nos cruzamos cada día, sólo tenemos dos opciones:

  1. amarles: tratarles como Hijos de Dios (si bautizados) o como almas preciosas que debemos ayudar a salvarse (si ni siquiera están bautizados).

  2. no amarles: tratarles como tratamos con un cajero automático o una máquina expendedora de bebidas, sin mirarles a los ojos, sin sonreírles,...

Ciertamente, que una azafata en una feria repartiendo miles de folletos puede dedicar una atención mucho menor a cada visitante que una vendedora de patatas a sus clientes.



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Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!

Estas páginas son apuntes que pueden contener errores de un servidor y se van mejorando con el tiempo y la gracia de Dios.

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