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El (anti) papa Francisco dice herejías

Examen de conciencia

Cómo ver nuestros pecados

Hay algunos que los vemos claramente pero hay otros que no. Algunos de nuestros pecados (orgullo, ignorancia culpable,...) nos ciegan literalmente y no vemos nuestra realidad: podemos ver la realidad en los demás pero no en nosotros. (Vemos “la paja en el ojo ajeno pero no la viga en nuestro ojo”, como dice la Biblia).

Trucos para conseguir vernos:

  • Pedir la ayuda del Espíritu Santo con la oración “Veni Creator Spiritus”

  • Observarnos

  • Estudiar, descubrir lo que es pecado, entender bien todo lo que ordena o prohíbe cada mandamiento (con el Catecismo de Trento, por ejemplo, no con los textos posteriores a 1958 de la secta conciliar, claro)

  • Conocer nuestro tipo de personalidad (colérico, sanguíneo, melancólico o flemático) con su pecado habitual (ira del colérico, pereza del flemático, mentira del flemático y sanguíneo, tristeza del melancólico,...). Nuestra constitución corporal (altura y peso), el momento de nuestro nacimiento, el clima donde vivimos, también nos harán tender a unos pecados más que a otros.

  • Pedirle a alguien que nos conozca que nos diga nuestros pecados

  • Hacer incapié en los pecados de omisión y en los pecados de pensamiento (pues son más frecuentes que los materiales, ya que no solemos ir agrediendo con los puños pero sí con la palabra y mucho más con el pensamiento).

  • Reconocer que muchas de las razones que nos damos para no cumplir con nuestro deber (nuestras “debilidades”, nuestras ”necesidades”,...) no son mas que excusas, mentiras que nos inspira un ángel malo.

  • Hacer examen de conciencia cada día, no dejar tiempo entre ellos.

  • Repasar por tipo de pecado:

    • Pecados hacia Dios: falta de amor a Dios por encima de todo, de confianza o resignación, resistencias a la gracia. ¿Obro para honrar y dar gloria a Dios o para mis intereses personales?

    • Pecados hacia el hermano (no amar al hermano por amor de Dios): falta de disponibilidad, de obediencia, cabezonería, dureza, crueldad, desprecio, frialdad, odio, celos, injurias, no perdón de las injurias, calumnias, maledicencias, falso testimonio, violencia, mentira, mal ejemplo, incitación al mal, escándalo, injusticia, daños a la reputación o los bienes, deudas, robo, incumplimiento de los deberes con la Patria, de los deberes a la sociedad. ¿Trato a los demás maquinalmente, con prisa, o con amor?

    • Pecados hacia uno mismo: no santificación, no extirpación de mi pecado principal, no práctica de mi virtud dominante, no simplicidad, no generosidad, orgullo, vanidad, avaricia, sensualidad en deseos, miradas, lecturas, palabras, actos; intemperancia, gula, pereza, inmortificación, cólera, impaciencia, falta de cumplimiento de mis deberes de estado. ¿Hago las cosas a regañadientes? Si es así, no me sirven de mérito. El mérito es proporcional al amor que ponemos en las obras, no en su dificultad.

Documentos de ayuda

Hay por internet “listas de pecados” que nos pueden servir de recordatorio. (Conviene elegir los más antiguos posibles, como éste).

Este otro documento nos da algunas recomendaciones concretas y muy útiles para hacer bien la confesión. En particular:

  1. Nos recuerda que si no hay arrepentimiento, no hay perdón.

  2. Nos ayuda a diferenciar lo que es un buen arrepentimiento (debido a que nos duele haber faltado a Dios) del falso arrepentimiento que no es más que ego, orgullo herido (cuando estamos insatisfechos de nuestros actos porque fueron pecados públicos y dañan “nuestra imagen”, o nos producen malestar porque nos creíamos perfectos, o nos repulsan por la fealdad del acto en sí “manché todo, rompí aquéllo, levanté la voz”).

El Catecismo de Trento

577. En, primer lugar ha de reprimir la soberbia de algunos que con varias excusas procuran defender o disminuir sus pecados. Porque, por ejemplo, confesándose uno de que se dejó llevar demasiado de la ira, luego echa a otro la culpa de esta irritación quejándose de que fué primero injuriado por él. Debe ser, pues, amonestado éste, que esta disculpa es señal de un ánimo altivo, y de un hombre que, o desprecia o ignora enteramente la gravedad de su pecado, y que más sirven semejantes excusas para aumentar le que para disminuirle. Porqiie quien así se empeña en defender su modo de obrar, demuestra que será sufrido cuando no le agravien, lo cual a la verdad no hay cosa más indigna de un hombre, cristiano. Porque debiendo sentir en gran manera la suerte del que le hizo la injuria, con todo nada se conmueve por la malignidad de aquel pecado, y se enoja contra su prójimo; y presentándosele una muy bella ocasión para poder servir a Dios con paciencia, y corregir a su prójimo con su mansedumbre, convierte en su propio daño lo que era materia de su salvación.



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