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El (anti) papa Francisco dice herejías

Extractos del Tratado del Espíritu Santo de Mons. Gaume (1864)

Fabuloso libro con un título poco esclarecedor. Sirve para darnos cuenta que somos más excelsos que los ángeles, sirve para entender lo que ocurre en el mundo (especialmente todo lo satánico) e incluso lo conspiranoico (reptilianos).

Notas sobre estos extractos

Hay parte del texto tomado tal cual de la traducción al español de Joaquín Torres Asensio y partes traducidas por un servidor con la intención de hacerla más fiel al original.

En la versión en español hay más notas al pie o son mucho más extensas que las publicadas en la versión en francés de Editions Saint Remi. Normalmente estas notas son los textos originales en latín que reproduce Mns. Gaume entre corchetes.

La versión en español no sabemos si sigue normas de ortografía -acentuación sobre todo- diferentes en aquélla época o son erratas. Idem sobre las normas de puntuación. Al transcribirlas se han cambiado / corregido las más llamativas, pero no todas.

Algunos textos extractados son realmente citas literales de escritos sagrados antiguos.

(Entre paréntesis aparecen comentarios míos).

El libro está compuesto de dos tomos, cada uno con su numeración de capítulos.

Extractos

La mayoría de gente tenemos una idea clara de:

- El Padre como creador

- El Hijo como Dios hecho hombre para nuestra salvación

“la acción del Espíritu Santo, por ser interior y menos visible que la de las dos primeras Personas, no es menos real y menos eficaz. El autor (Mons. Gaume) ha querido reparar este olvido, incitar a las almas a invocar más frecuentemente al Espíritu Santo, mostrando Su divina acción sobre el mundo.”

Introducción

Resumen:

Importancia de estudiar y aprender sobre el Espíritu Santo, pues si no, su gracia no se desarrolla en nosotros.

existencia de dos espíritus: Espíritu Santo (del bien) y el Diablo (de su ausencia: el mal), que influyen permanentemente sobre el mundo inferior y se lo disputan. Cada individuo, pueblo, época, pertenece a uno u otro.

Uno, morada de la vida y vestíbulo del cielo, el otro...

La lucha entre ellos forma la trama de la historia.

Por Él (el Espíritu Santo), las otras dos Personas de la augusta Trinidad se ponen, digámoslo así, en contacto con el mundo.(...)

No se ha encarnado como el Hijo (…)

Tres veces solamente se ha mostrado bajo un emblema sensible, aunque pasajero: paloma en el Jordán, nube luminosa en el Thabor, lenguas de fuego en el Cenáculo. Para representarlo, las artes no tienen, como respecto de Nuestro Señor Jesucristo, la facultad de variar sus imágenes. Dos símbolos: he ahí todos los medios plásticos, de que dispone la piedad para hacer ostensibles su existencia y sus beneficios.

(…)

Pues si la pasión de la segunda Persona de la adorable Trinidad conmueve al cristiano hasta en lo más profundo de su ser, ¿cómo ver con sangre fría la pasión de la tercera? ¿No sufre el mismo abandono, el mismo desprecio y frecuentemente las mismas blasfemias? (..)

La instrucción de la primera edad se reduce a algunos detalles muy cortos y bastante abstractos, que fijan en la memoria nombres más que ideas. En la época solemne de la Confirmación, verdad es, las explicaciones se hacen con alguna más extensión. Mas por una parte, la primera comunión absorbe la atención de los niños; y por otra, se continúa trabajando en el terreno de las abstracciones. El Espíritu Santo no toma cuerpo, bajo la palabra del catequista, revelándose por una serie de hechos brillantes. A falta de recursos para hablar como conviene, de la persona y de las obras del Espíritu Santo, se pasa a sus dones.

Pero estos dones, puramente interiores, no son accesibles ni a la imaginación, ni a los sentidos. Grande es la dificultad de hacerlos conocer; más grande todavía la de hacerlos apreciar. En la enseñanza ordinaria, no son explicados claramente, ni en su aplicación a los actos de la vida, ni en su oposición a los siete pecados capitales, ni en su encadenamiento necesario para la deificación del hombre, ni como la coronación del edificio de la salud. Así, la experiencia lo enseña, de todas las partes de la doctrina cristiana, los dones del Espíritu Santo, son tal vez, la menos comprendida y estimada. (…)

Sin el conocimiento serio del Espíritu Santo, y por consiguiente, de la gracia y de sus operaciones, el principio de vida divina, depositado en nosotros por el Bautismo, se encuentra paralizado o contrariado en su desarrollo, y el cristiano sufre, vegeta, languidece y difícilmente llega a la verdad de la vida sobrenatural. Para subir a lo alto de la escala de Jacob, hay que comenzar por conocer los peldaños.(...)

La mayor parte de los cristianos no tienen un conocimiento bien claro de Sus obras, de Sus dones, de Sus frutos, de Su acción en el mundo, y sobre todo, no Le rinden el culto de confianza y de amor al que Él tiene tanto derecho. (…)

Dos Espíritus opuestos se disputan el imperio del mundo. La lucha, que comenzó en el cielo, se ha perpetuado sobre la tierra. Isaías y San Juan la describen. San Pablo nos dice que con el demonio es con quien tenemos que luchar. Nuestro Señor mismo anuncia que vino al mundo para destruir el reinado del demonio. No fingimos nosotros la lucha de estos dos Espíritus; la lucha existe: no inventamos el hecho; no hacemos sino tomar acta de él. Así como es imposible conocer la Redención sin conocer la caída; del mismo modo, no se puede conocer al Espíritu del bien, sin hacer lo mismo con el Espíritu del mal. Apenas hemos nombrado la existencia de Satanás, cuya negra figura aparece como sombra al lado de la luz.

La existencia de estos dos Espíritus supone la de un mundo superior al nuestro, la división de ese mundo en dos campos enemigos, así como su acción permanente, libre y universal sobre el mundo inferior. Después de fijar la realidad de estos tres hechos, establecemos la personalidad del mal Espíritu, su caída, la causa y las consecuencias de la misma, por consiguiente, el origen histórico del mal.

Los dos Espíritus no se han quedado en regiones inaccesibles al hombre, ni son extraños a lo que pasa sobre la tierra. Lejos de eso; señores del mundo se revelan como los fundadores de dos ciudades; la ciudad del bien y la ciudad del mal. Ciudades invisibles, palpables, tan antiguas como el hombre, tan extensas como el globo, tan duraderas como los siglos, encierran en su seno al género humano, todo entero, a éste y al otro lado de la tumba.

El conocimiento profundo de estas dos ciudades importa igualmente al hombre, al cristiano, al filósofo y al teólogo.

Al hombre: atento que cada individuo, cada pueblo, cada época, pertenecen necesariamente a la una o a la otra.

Al cristiano: atento que una es la morada de la vida y el vestíbulo del cielo; la otra, la morada de la muerte y el vestíbulo del infierno.

Al filósofo: atento que la lucha eterna de las dos ciudades forma la trama general de la Historia, y es la única clave para explicar lo que el mundo ha visto, lo que ve y verá hasta el fin, de crímenes y de virtud, de prosperidades y de reveses, de paz y de revoluciones.

Al teólogo: atento que las dos ciudades, mostrando en acción al Espíritu del bien y al Espíritu del mal, los hacen conocer mejor que todos los razonamientos.

Tomo I

Capítulo I El espíritu del bien y el espíritu del mal

Es decir:

- Dos espíritus opuestos se disputan el dominio del mundo (del hombre y la creación)

- Existe un mundo superior al nuestro

- Ese mundo superior está dividido entre buenos y malos

- La doble influencia del mundo superior sobre la creación inferior.(...)

es inevitable reconocer esta coexistencia y lucha perpetua entre la verdad y la mentira, lo justo y lo injusto, los actos buenos y malos.(...)

Estos dos espíritus no son iguales (que sería maniqueísmo), sino de una desigualdad infinita, ya que uno es Dios, poder eterno, y el otro una simple criatura, ser efímero que un soplo podría extinguir.

(Nunca sabremos por qué Dios permite al Diablo tentarnos, intentemos vislumbrar por qué lo hace):

Mundo superior compuesto por seres más perfectos y poderosos que nosotros, sin materia, puramente espirituales: Dios, los ángeles buenos y malos, en número incalculable, mundo de las causas y de las leyes(...)

La existencia de este mundo superior es la primera de las realidades.(...)

Por todos lados, climas, épocas, civilizaciones, el hombre lleva dentro de sí el sentimiento, yo diría que el presentimiento, que el mundo que ve, el orden dentro del que vive, los hechos que se suceden regularmente y constantemente a su alrededor, no lo son todo.(...)

Y no cree en la existencia aislada de un mundo sobrenatural, sino en su acción libre y permanente, inmediata y real de sus habitantes sobre el mundo inferior. Encontramos la prueba de esta fe en que el hombre reza (el único entre todos los seres de este mundo).(...)

Forma más elevada de oración: el sacrificio. Los sacrificios son ofrecidos a seres buenos o malos, pero siempre diferentes de los del mundo inferior. (Nunca se han hecho sacrificios a seres materiales).(...)

La existencia de los sacrificios es la prueba perpetua de la fe de la humanidad en la influencia permanente del mundo superior sobre el inferior.(...)

El mundo de los cuerpos está gobernado por el mundo de los espíritus: este es, aunque lo haya alterado en aspectos secundarios, el dogma fundamental que siempre ha poseído el género humano.(...)

San Gregorio: “En este mundo visible nada puede ponerse en orden y movimiento sino por un ser invisible.”(...)

Hay una escala de perfección en los seres:

- La criatura puramente material es menos perfecta que la criatura material y al mismo tiempo espiritual. A su vez, ésta es menos perfecta que la criatura puramente espiritual.(...)

Toda la creación que ha descendido de Dios tiende incesantemente a volver a Él, ya que todo gravita hacia su centro.

Los seres inferiores no pueden volver a Dios mas que por intermediación de los superiores.(…)

San Agustín: “Todos los cuerpos están regidos por un espíritu con vida e inteligente, potencia angélica”

(lo que Carlos Castaneda llama “los elementales”)(...)

Tres actos de fe del hombre:

- creo y siempre he creído en la existencia de un mundo superior

- creo y siempre he creído en el gobierno del mundo inferior, no por unas leyes inmutables, sino por la acción libre de agentes superiores.

- creo y siempre he creído que algunas veces, de forma excepcional, Dios interviene directamente o por medio de sus agentes en el mundo inferior; es decir, que suspende o modifica las leyes de las cual es autor y hace milagros.

Capítulo II

(habla de los tipos de conocimiento de la verdad y cuál tienen los ángeles y los hombres. Importancia de estudiar y amar. Rebeldía de Lucifer y su consecuencia).

Un combate de ángeles es puramente intelectual, como los seres que en él toman parte: no es más que oposición entre espíritus puros, de los que unos dicen sí a alguna verdad y los otros dicen no.(…)

La felicidad de un ser consiste en su unión con el fin para el que ha sido creado. Habiendo sido criados todos los seres por Dios y para Dios, su felicidad consiste en su unión con Dios. Si se trata de seres inteligentes, hechos para conocer y amar, esta unión se verifica por medio del conocimiento y del amor. Este conocimiento y este amor, desarrollados tanto como lo permiten las fuerzas de la naturaleza, constituyen la felicidad natural de la criatura.

Mas Dios no se ha contentado con esto. A fin de procurar a los seres dotados de inteligencia una felicidad infinitamente mayor, su bondad, esencialmente comunicativa, ha querido que los ángeles y los hombres se uniesen al Bien supremo por un conocimiento mucho más claro y por un amor mucho más íntimo del que la felicidad natural exige: de aquí la felicidad sobrenatural.

De aquí nacen también dos clases de conocimiento de Dios o de la verdad: uno natural, que consiste en ver a Dios, en la medida que la criatura es capaz de verle por sus propias fuerzas; otro sobrenatural, que consiste en ver a Dios de una manera superior a las fuerzas de la naturaleza e infinitamente más clara que la primera. Este segundo conocimiento es un favor enteramente gratuito. Los ángeles y los hombres, como seres libres, para asegurarse su posesión, deben cumplir las condiciones bajo que Dios lo ha prometido.

De ahí nacen, en fin, como acaba de decirse, relativamente a los ángeles y a los hombres, dos clases de verdades: las del orden natural y las del sobrenatural. Los ángeles conocen perfectamente, completamente, en sus principios y en sus últimas consecuencias, en su conjunto y en sus detalles, todas las verdades del orden natural, esto es, las que entran en la esfera nativa de su inteligencia. Dentro de esta esfera, no hay para ellos error, ni duda, ni por consiguiente contradicción posible. (l) ¿De dónde les viene tan admirable prerrogativa? De la excelencia misma de su naturaleza. Expliquemos más este punto de alta filosofía, tan sabido de la barbarie de la Edad Media, y tan ignorado de nuestro siglo de las luces.

El ángel es una inteligencia pura: su entendimiento está siempre en acto; jamás en potencia: es decir, que el ángel no tiene solamente, como el hombre, la facultad o posibilidad de conocer, siempre está actualmente conociendo. Oigamos a esos grandes filósofos, siempre antiguos y siempre modernos, que se llaman los Padres de la Iglesia y los teólogos escolásticos. «Los ángeles, dicen ellos, para conocer, no tienen necesidad ni de investigar, ni de raciocinar, ni de componer, ni de dividir: ellos se miran, y ven. Y la razón es, que desde el primer instante de su creación han tenido todos la perfección natural, y poseído las especies inteligibles, o sea, representaciones de las cosas, perfectamente luminosas, por medio de las cuales ven todas las verdades que pueden naturalmente conocer. Su entendimiento es como un espejo perfectamente puro, en el que se reflejan y se imprimen sin sombra, sin aumento, ni disminución, los rayos del sol de la verdad.

«No así el entendimiento del hombre. Es un espejo imperfecto, salpicado de manchas más o menos espesas, más o menos numerosas, que no desaparecen sino en parte, y esto por el esfuerzo laborioso e incesantemente renovado del estudio y del raciocinio. La razón de esto es, que el alma humana, estando unida al cuerpo, debe recibir sucesivamente de las cosas sensibles y por medio de las cosas sensibles, una parte de las especies inteligibles, mediante las cuales conoce la verdad. Por esto mismo el alma está unida al cuerpo.» (2)

Supuesto que, desde el instante de su creación, los ángeles conocieron perfectamente todas las verdades del orden natural, la prueba a que fueron sometidos tuvo necesariamente por objeto alguna verdad del orden sobrenatural. Estas verdades, inaccesibles a las fuerzas nativas de su entendimiento, no las conocen los ángeles más que por revelación. «En los ángeles, dice Santo Tomás, hay dos clases de conocimiento: el uno natural, con el que conocen las cosas, sea por su esencia, sea por las especies innatas. En virtud de este conocimiento no pueden alcanzar a los misterios de la gracia; por cuanto éstos dependen de la pura voluntad de Dios. El otro es el conocimiento sobrenatural, que los beatifica, y en cuya virtud ven al Verbo, y en el Verbo todas las cosas. Por esta visión conocen los misterios de la gracia, no todos, ni en igual grado, sino según a Dios le place revelárselos.» (3)

Y el combate tuvo lugar en el cielo, in cælo. ¿Qué cielo es ese? Hay tres cielos, o tres esferas de verdades: el cielo de las verdades naturales; el de la visión beatífica, y el de la fe, medio entre los dos primeros.

Acabamos de ver, que desde el primer instante de su creación, conocían los ángeles perfectamente, en su conjunto y en sus últimas consecuencias, todas las verdades del orden natural. Este conocimiento constituye su gloria; en él consiste su inmensa superioridad sobre el hombre. Así, ningún interés podía moverles a protestar contra ninguna de estas verdades. No tenían siquiera posibilidad de hacerlo; porque todo ser repugna invenciblemente su propia destrucción. Siendo las verdades del orden natural connaturales a los ángeles, protestar contra ellas habría sido protestar contra su mismo ser; negarlas, habría sido una especie de suicidio. El combate, pues, no tuvo lugar en el cielo de las verdades naturales.

Tampoco el cielo de la visión beatífica fue el teatro de aquel combate. Este cielo, recompensa de la prueba, es la mansión eterna de la paz. Allí, todas las inteligencias angélicas y humanas, colocadas frente a frente de la verdad, que contemplan sin velos, confirmadas en gracia, unidas en caridad y consumadas en la gloria, viven la misma vida, sin oposiciones, ni divisiones, ni rivalidades posibles.

¿Cual fue, pues, el cielo del combate? Evidentemente, el lugar, o el estado, en que los ángeles, lo mismo que el hombre, debían sufrir una prueba para merecer la gloria. ¿En que consistía la prueba? Evidentemente también, en admitir algún desconocido misterio del orden sobrenatural. Su admisión, para que fuera meritoria, debía de ser costosa, o difícil. Su objeto, pues, fue algún misterio, que a los ojos de los ángeles parecía chocar con su razón, derogar su excelencia, y menoscabar su gloria.

Admitir humildemente este misterio, bajo la fe de la palabra de Dios; adorarlo, no obstante su oscuridad y las repugnancias que en su naturaleza sentían, a fin de verlo después de haberlo creído, tal era la prueba de los ángeles. En este acto de sumisión, aquellas sublimes inteligencias, inclinando ante el Altísimo sus radiantes frentes, venían a decirle: «Nosotros no somos mas que criaturas tuyas. Tú sólo eres el Ser de los seres. Tu ciencia es infinita; no así la nuestra, por grande que sea. Tu caridad es igual a tu sabiduría. Abrazamos con la plenitud del amor el misterio que has tenido la dignación de revelarnos.» En los consejos de Dios, este acto de adoración, que comprende el amor y la fe, era decisivo para los ángeles, como otro semejante lo fue para Adán, y lo es para cada uno de nosotros: Todo el que no crea, se condenará. (4)

«Y Miguel y sus ángeles combatían contra el Dragón: Michael et angeli ejus proeliabantur cum Dracone. Apenas se había propuesto el dogma, que debían creer, cuando uno de los más brillantes arcángeles, Lucifer, lanzó el grito de rebeldía: «¡Protesto! ¡Se nos quiere humillar: yo me elevaré! Se quiere abajar mi trono; yo lo colocaré encima de los astros. Yo me sentaré sobre el monte de la alianza, a los flancos del Aquilon. Yo, y nadie más, seré semejante al Altísimo.» (5) Una parte de los ángeles repite al punto: «¡Protestamos!» (6)

Al oír estas palabras, otro arcángel, no menos brillante que Luzbel, exclama: «¿Quien como Dios? ¿Quien puede resistirse a creer y adorar lo que Él propone a la fe y adoración de sus criaturas? ¡Creo y adoro!» (7) Entonces la muchedumbre de las jerarquías celestiales, repite: «¡Creemos y adoramos!»

Lucifer y sus secuaces, tan pronto castigados como culpables, convertidos en horribles demonios, son precipitados a las profundidades del infierno, que su orgullo acababa de abrir. (8)

¡Terrible severidad de la justicia de Dios! ¿Cuál es la causa, de dónde proviene, que haya habido misericordia para el hombre y no para el ángel? La razón está en la superioridad de su naturaleza. Los ángeles no pueden convertirse, y los hombres sí. «Es artículo de fe católica, dice Santo Tomás, que la voluntad de los ángeles buenos está confirmada en el bien, y la de los malos obstinada en el mal. La causa de esta obstinación está, no en la gravedad de la falta, sino en la condición de la naturaleza. Entre la aprehensión del ángel y la del hombre media esta diferencia; que el ángel aprehende inmutablemente por su entendimiento, como se verifica en nosotros respecto de los principios primarios que conocemos. El hombre, a1 contrario, por la razón aprehende la verdad de una manera variable, yendo de un punto a otro, y hasta pudiendo pasarse del sí al no. De donde se sigue, que su voluntad no se adhiere a las cosas sino de un modo variable; toda vez que hasta conserva el poder de dejarlas e irse a las contrarias: al revés de lo que sucede con la voluntad angélica; ésta se adhiere fija e inmutablemente. (9)

Conocemos ya 1a existencia, el lugar y el resultado de la prueba de los ángeles; ¿pero cual fue su naturaleza? En otros términos: ¿Cuál es precisamente el dogma cuya revelación vino a ser la piedra en que tropezaron una parte de las inteligencias celestiales? El examen de esta cuestión será el asunto de los capítulos siguientes.

(1) Angelus intelligendo quidditatem alicujus rei, simul intelligit quidquid ei attribui potest, vel removeri ab ea... per se non potest esse falsitas, aut error, aut deceptio in intellectu alicujus angeli... Nescientia autem est in angelis non respectu naturalium cognoscibilium, sed supernaruralium. S. Th., I p. q. LVIII, art. 4; id., art. 5; id., q. LVIII. art. 2; id., q. LVIII, art. 5.

(2) Angelus semper est actu intelligens, non quandoque actu et quandoque potentia, sicut nos. S.Th., I p., q. L,art. 1, et q. LIV, art. 4; id., q. LV. art, 2; id., q. LVIII, art. 1; id. q. LXXXVII, art. 1.-Angeli non congregant divinam cognitionem á rebus divisibilibus aut á sensibilibus. S.Dionys.,de Diviín.nom.,cap.VII, 88.-Id., Vigier, Institut, etc., cap.2, §.3; et cap.3.§.2.

(3) I p., q.LVII, art. 5, corp.

(4)Qui vero non crediderit, condemnabitur. Marc., XVI. 16.

(5)Conscendam, super astra Dei exaltabo solium meum, sedebo in monte testamenti, in lateribus Aquilonis.., similis ero Altissimo. Is.,XIV, 13, 14.

(6)Tal es el primer origen del Protestantismo. En este sentido bien puede alegar antigüedad.

(7)¿Quis ut Deus?

(8)Simul fuit peccatum angeli, persuasio et consensus; sicut est accensio candelæ, illuminatio aeris et visio, quæ omnia sunt instantanea. S.Th., in Sentent., lib.II. dist. 6, art. 2.-II Petr. II 4.

(9) Part. I, q. LXIV, art. 2. corp.; et 1.ª,2.ª, q.LXXXV, art. 2, ad 3.

Capítulo III Dogma que dio lugar a la división del mundo sobrenatural

(prueba que puso Dios a los ángeles y nos pone a nosotros en cada momento, y de la cual depende nuestra salvación)

Decretado desde siempre, el dogma de la Encarnación del Verbo fue, en su momento, propuesto a la adoración de los ángeles. Los unos aceptaron humildemente la superioridad que Él creaba en favor del hombre, los otros, indignados de la preferencia asignada a la naturaleza humana, protestaron contra la determinación divina. Así es el parecer de un gran número de doctores ilustres (…)

Deberá decirse que el misterio de la Encarnación fue la prueba de los ángeles: si 1.º, ellos tuvieron conocimiento de este misterio; si 2.º, este misterio era a propósito para lastimar su orgullo y excitar sus celos; si 3.º, el Verbo encarnado es el único objeto del odio de Satanás y de sus ángeles.

Escuchemos a los doctores, que establecen estas tres verdades. «Todos los ángeles, dice Santo Tomás, conocieron de algún modo, desde el principio de su existencia, el misterio del reino de Dios, realizado por Cristo; pero sobre todo, desde el momento en que fueron beatificados por la visión del Verbo; visión que los demonios jamás tuvieron, porque fue la recompensa de la fe de los ángeles buenos.»

Que todos los ángeles, sin excepción, hayan tenido, desde el primer instante de su creación, algún conocimiento del Verbo eterno, se comprende por la razón. El Verbo es el sol de verdad que ilumina a toda inteligencia que sale de la noche de la nada: no hay más sol que Él. Pues bien, los ángeles, espejos de rara perfección, no pudieron menos de reflejar algunos rayos de este divino sol, del cual ellos eran las imágenes más perfectas. Pero, por más que ellos tuvieran conciencia de sí mismos y de las verdades que poseían, esos rayos estaban todavía velados y debían estarlo.

Criados en estado de gracia, los ángeles no gozaron, desde su origen, de la visión beatífica. No conocieron, pues, sino imperfectamente el reino de Dios por el Verbo. Que este Verbo adorable, por quien todo ha sido hecho, sería el lazo de unión entre lo finito y lo infinito, entre el Creador y la creación toda entera, y que así establecería gloriosamente el reino de Dios sobre todas sus obras; tales fueron los conocimientos rudimentarios de los espíritus angélicos. Era, en germen, el misterio de la Encarnación, o de la unión hipostática del Verbo con la criatura; pero nada más.

Explicando las palabras del Maestro, dice un sabio discípulo de Santo Tomás: « Los ángeles tienen un doble conocimiento del Verbo, uno natural y otro sobrenatural.

«Conocimiento natural, mediante el cual conocen al Verbo en la imagen de sí mismo, que brilla en la naturaleza de ellos. Este primer conocimiento, iluminado por la luz de la gracia y referido a la gloria de Dios y del Verbo, constituía la bienaventuranza natural en que fueron criados. Sin embargo, no eran todavía perfectamente felices, como capaces de mayor perfección, y que podían perderla, lo que en efecto, aconteció a gran número de ellos.

«Conocimiento sobrenatural o gratuito, en virtud del cual los ángeles conocían al Verbo por esencia y no por imagen. Este no les fue concedido en el primer instante de su creación, sino en el segundo, después de una elección libre por parte de ellos.»

Oigamos ahora a Suárez, por cuya boca, dice Bossuet, habla toda la escuela: «Debe tenerse por muy probable la sentencia que cree, que el pecado de orgullo, cometido por Lucifer, fue el deseo de la unión hipostática: lo que le hizo, desde el principio, enemigo mortal de Jesucristo. He dicho que esta opinión es muy verosímil y sigo diciéndolo. Hemos probado que todos los ángeles, en su estado de prueba, tuvieron revelación del misterio de la unión hipostática, que debía verificarse en la naturaleza humana. Es, pues, del todo creíble que Lucifer encontraría ahí la ocasión de su pecado y ruina.»

Una de las glorias del Concilio de Trento, Catharino,sostiene altamente la misma opinión. Entre otros comentarios, explica en esta forma el texto de San Pablo: Y cuando otra vez introduce al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos sus ángeles. «¿Por qué esta palabra de nuevo, otra vez? Por cuanto el Padre Eterno había ya introducido una vez a su Hijo en el mundo, cuando desde el principio lo propuso a la adoración de los ángeles y les reveló el misterio de la Encarnación. Por segunda vez lo introdujo cuando lo envió a la tierra, para que se encarnara de hecho. Pues, en aquella primera introducción o revelación, Lucifer y sus ángeles rehusaron a Jesucristo su adoración y obediencia. Este fué su pecado.

«En efecto, según la doctrina común de los Padres, el demonio pecó de envidia al hombre; y es lo más probable que pecó antes que el hombre fuera criado. Pero no debe creerse que los ángeles tuvieran envidia de la perfección natural del hombre, en cuanto criado a imagen y semejanza de Dios. En esta suposición, cada ángel habría tenido igual razón, y aun mayor, para mirar con envidia a los otros ángeles. Es, por tanto, más verosímil, que el demonio pecó con el pecado de envidia de aquella dignidad a que vio elevada la naturaleza humana en el misterio de la Encarnación.»

En el capítulo siguiente otras autoridades vendrán a confirmar la sentencia del ilustre teólogo.

Capítulo IV

(continuación del anterior)

«De lo dicho se infiere como evidente: 1.°, que Lucifer no pecó por ambición de ser igual a Dios. Sabia demasiado, para ignorar que es imposible igualarse a Dios: puesto que es imposible que haya dos infinitos. Además, es imposible que una naturaleza de un orden inferior se trueque en otra de un orden superior; supuesto que para esto seria menester que se aniquilase. Él no podía tener semejante deseo, siendo así que toda criatura desea, ante todo e invenciblemente su propia conservación. Así, el profeta Isaías no le hace decir: Yo seré igual, sino: Yo seré semejante a Dios.

«Infiérese en segundo lugar, que Lucifer pecó por desear culpablemente ser semejante a Dios. Él ambicionó ser el jefe de los ángeles, no solamente por la excelencia de su naturaleza, privilegio de que ya gozaba, sino queriendo ser su mediador para obtener la bienaventuranza sobrenatural; la cual él quería adquirir por sus propias fuerzas. De este modo, deseó la unión hipostática (la unión con Dios), el oficio de mediador y el lugar reservado a la humanidad del Verbo encarnado, como si a él le perteneciera mejor que a la naturaleza humana, a la cual sabía que el Verbo se uniría. Querer, pues, apoderarse de esto, era por su parte un acto de rapiña. Por esto Nuestro Señor Jesucristo le llama ladrón.» (...)

La envidia de los ángeles no pudo tener mas que dos objetos: Dios o el hombre. Respecto de Dios, querer ser semejante a Dios, igual a Dios considerado en sí mismo y hecha abstracción del misterio de la Encarnación, es un deseo que el ángel no pudo tener. «Este deseo, dice Santo Tomás, es absurdo y contra naturaleza, y el ángel lo sabia.» Luego el objeto de la envidia de Lucifer fue el hombre. «Por la envidia que tuvo al hombre, dice San Ireneo, el ángel se hizo apóstata y enemigo del linaje humano.» Mas, conforme ya lo hemos visto, el ángel no tenia razón alguna para envidiar la dignidad natural del hombre. Esta dignidad consiste en haber sido criado a imagen y semejanza de Dios. Pero el ángel fue también hecho a imagen de Dios, y aun de un modo más perfecto que el hombre. Una sola cosa elevaba al hombre por cima del ángel y podía excitar sus celos; la unión hipostática.

Si el dogma de la Encarnación, considerado en sí mismo, basta para explicar la caída de Lucifer, la explica mejor todavía examinado en sus relaciones y en sus efectos. Por una parte, este misterio es el fundamento y la clave de todo el plan divino lo mismo en el orden de la naturaleza que en el de la gracia. Por otra, para que los ángeles lo aceptaran, exigía de ellos el mayor acto de abnegación: acto sublime, en relación con la sublime recompensa que debía coronarlo.

Toda la creación, material, humana y angélica, desciende de Dios y debe remontarse a Dios; porque el Señor lo ha hecho todo por sí y para sí sólo. Pero una distancia infinita separa lo creado de lo increado. Para suprimir esa distancia se necesita un mediador; y si se necesita, lo habrá. Este mediador estableciendo el punto de unión y, digamos, la soldadura de lo finito y lo infinito, será el lazo misterioso que una todas las creaciones entre sí mismas y con Dios.

¿Quién será ese mediador? Aquél evidentemente, que habiendo hecho todas las cosas, no puede dejar imperfecta su obra; lo será el Verbo Eterno. A la naturaleza divina unirá hipostáticamente la humana, en la cual se reúnen la creación material y la espiritual. Gracias a esta unión del ser divino y del humano, de lo finito y lo infinito en una misma persona, Dios será hombre, y el hombre será Dios. Este Dios-hombre vendrá a ser la deificación de todas las cosas, principio de gracia y condición de gloria hasta para los ángeles, que deberán adorarlo como a su Señor y dueño. (2)

¡Un hombre-Dios, una Virgen-madre, la sublimación más alta del más bajo de los seres, la naturaleza humana preferida a 1a angélica, la obligación de adorar en un Hombre-Dios a su inferior convertido en superior!. Ante esta revelación el orgullo de Luzbel se revela, su envidia estalla. Dios lo ha visto. Rápida como el rayo, la justicia hiere al rebelde y a sus cómplices en esas disposiciones culpables, que eternizando el crimen, eternizan su castigo. Tal es el gran combate de que nos habla S. Juan.

Su primer teatro fue el cielo; la tierra será el segundo.

Capítulo XVII La Ciudad del bien está rodeada de tres murallas

“Una sola cosa cosa constituye, tanto en lo moral como en lo psíquico, todo el peligro de la situación: es la ruptura del equilibrio. Tiene lugar, en el orden espiritual, siempre que el hombre da preponderancia sobre sí mismo al Espíritu del mal más que al Espíritu del bien: algo que depende de él y sólo de él. Con objeto de apartarle de este acto de locura culpable, al que le instigan incesantemente los príncipes de la Ciudad del mal, el Espíritu Santo no se contenta con proveerle de todos los medios de resistencia, sino que le muestra las consecuencias de su felonía. Son terribles, prontas, inevitables: son la esclavitud, la vergüenza y el castigo. Triple muralla con las que el Rey de la Ciudad del bien rodea su feliz Ciudad para preservar a Sus súbditos de la tentación de salir.

La esclavitud. La libertad es hija de la verdad: Veritas liberabit vos.

(…) la libertad es el poder de hacer el bien, como el entendimiento es la facultad de conocer la verdad. La posibilidad de hacer el mal no es parte de la esencia de la libertad como la posibilidad de equivocarse no es parte de la esencia del entendimiento, o como la posibilidad de estar enfermo no es parte de la esencia de la salud. La impecabilidad es la perfección de la libertad, como la infalibilidad es la perfección del entendimiento o la ausencia de enfermedad es la perfección de la salud.

Caer en el pecado es pues un defecto de la libertad, como caer en el error lo es del entendimiento o caer enfermo es un defecto en la salud. Se sigue que más el hombre peca, más muestra la debilidad de su libre arbitrio, así como cuanto más se equivoca mas muestra la debilidad de su razón o, cuanto más enferma más demuestra su débil salud. Más todavía: pecando y desvariando el hombre se degrada y se hace despreciable, pues se asemeja al niño, que no tiene ni la libertad ni el entendimiento, o al insensato, que lo ha perdido, o a la bestia, que no lo tendrá jamás.

Capítulo XVIII La vergüenza

“Una cosa que la bestia no hace, que no puede hacer, que no la hará jamás y que la deja a una distancia infinita bajo el hombre, es la oración. El hombre reza, la bestia no. El hombre adora, la bestia no. Dicho de otra forma, entre el hombre y la bestia una sola cosa hace la diferencia: la religión.”(…)

“Es notorio que el primer acto de un hombre que se ha vuelto ciudadano de la Ciudad del mal es abandonar la oración. Un ejemplo entre mil: si hay en la vida cotidiana una circunstancia donde la oración es sagrada es a la hora solemne de la comida. Decimos solemne porque la comida es una acción profundamente misteriosa. Comiendo el hombre comulga con las criaturas, y de la forma más íntima, pues las transforma en su propia sustancia. Y todas las criaturas están viciadas por el Espíritu del mal, a quien sirven de vehículos para introducirse en el hombre y transmitirle sus venenos. Separada de la oración que las purifica expulsando el demonio, esta asimilación está evidentemente llena de peligros. Así lo ha comprendido toda la humanidad.

De ahí, el hecho inexplicable de otra forma, que todos los pueblos, incluso los paganos, han rezado antes de comer. Siendo el hecho algo universal debe tener por tanto una causa universal. Una causa universal es una ley. Rezar antes de comer es pues una ley de la humanidad. El desprecio orgulloso, la sonrisa estúpida no hacen nada. Siempre habrá en la naturaleza sólo dos tipos de seres que comen sin rezar: las bestias y aquéllos que se les asemejan.”

(actualmente es mucho más importante la oración antes de comer pues cada vez abunda más comida kosher o hallal, infestadas por cultos paganos)(…)

“Un segundo signo de la religión es el amor. Siendo el Espíritu Santo caridad, convierte el alma en la que reside en caridad viviente. El signo distintivo de la caridad es el olvido de uno mismo por Dios y por los demás; el olvido del cuerpo a beneficio del alma, el olvido llevado hasta el sacrificio. ¿Entra el hombre en la Ciudad del mal? Al instante desaparece la caridad y le sucede el egoísmo: el hombre se acuerda de él y nada más que de él. En vez de ir de sí mismo hacia los demás, va de los demás hacia sí. El egoísmo sólo conoce una palabra, pero la sabe de maravilla: mi. Mi en todo, mi por todos lados, mi siempre. Después de mi, Dios y Sus ordenes, después de mi, los demás con sus necesidades y deseos; después de mí, nada. Y no es suficiente: el egoísmo es el sacrificio de los demás a él. Inocencia, honor, fortuna, reposo, salud, la misma vida no son nada para él a partir del momento que trata de satisfacerse.

¿Pero qué es el mi del egoísmo? ¿Es su alma? En absoluto, pues amar al alma es la caridad.

¿Qué es pues? Es la parte inferior de su ser, es el cuerpo, y, dentro del cuerpo, la parte más ínfima. Fuera de la fe todo el trabajo del hombre acaba, en última instancia, en la vida corporal. Beber y comer son sus elementos. Empezada por ellos, sostenida por ellos, acaba en ellos. Tener de qué beber y qué comer, tenerlo a medida de sus deseos, tenerlo abundantemente, asegurarse que tendrá siempre: he aquí la primera y la última palabra del egoísmo. Lo demás no es más que un medio o un resultado.

Pues el laboratorio de la vida animal es el vientre. Es pues al vientre que limita, en resumidas cuentas, la vida de todo hombre convertido en súbdito de aquel que es llamado la Bestia, la Bestia por excelencia, la Bestia en todos los sentidos. De aquí, para definir estas inmensas e inmundas manadas de Epicúreo, la palabra a la vez enérgica y justa del apóstol que les llama 'adoradores del dios vientre': Quorum deus venter est. Eso que es cierto del hombre y algunos pueblos, lo fue de la humanidad la víspera del diluvio, y lo será más todavía hacia el fin de los tiempos.

Esta vergonzosa asimilación del hombre a la bestia se produce con todas las consecuencias. Citaremos sólo una: la estupidez o pérdida de inteligencia. La bestia es estúpida en el sentido que no comprende ni admira. No comprende: comprender es ver la idea en el hecho (Intelligere, in tus legere.) Ponga un triángulo a la vista de un perro y verá un objeto material, con tres lados iguales, pero la idea de triángulo se le escapa. ¿Por qué? Porque más allá del dominio de los sentidos no hay nada para él. La bestia no admira. Para admirar hay que comprender. Seguro que el burro está menos impresionado por ver una obra maestra que por ver un cardo. La bestia ni comprende ni admira. Igualmente el hombre que se convierte en bestia.

Caído de las alturas de la fe, no entiende ya más que de la materia y de la vida material. Buscad el objeto final de sus especulaciones, de sus estudios, de sus descubrimientos, de su política y de todo ese movimiento febril que lo arrastra y lo consume: ¿qué encontraréis? El cuerpo y sus apetitos. Luces, progreso, civilización; ¿cuál es el sentido de todas estas palabras pomposas? Traducidas en prosa vulgar, significan: ciencia de la puchera, filosofía de la puchera, amor de la puchera, garantía y glorificación de la puchera. En otros términos, es el programa invariable, el eterno refran de todos los hombres y de todos los pueblos convertidos en bestias por la bestia infernal. «Comamos y bebamos; que mañana moriremos». Esta es nuestra felicidad, este nuestro destino. Pan y placeres: he aquí todo el hombre.

No me aleguéis como pruebas de la inteligencia del hombre animal la habilidad con que manipula la materia. La golondrina, el gusano de seda y la abeja, la manejan más hábilmente que él. Lo repetimos, la inteligencia consiste en leer la idea en el hecho, en ver la causa en el fenómeno; y no precisamente, repárese bien, no esa causa inmediata, que se deja ver en cualquier caso a través del hecho; sino la verdadera causa, la causa primera y el objeto final. Pues todo esto no se conoce más que en la Ciudad del bien.

Al que habita en la Ciudad del príncipe de las tinieblas habladle del mundo de las causas, del mundo de Dios y de los ángeles, que es el verdadero campo de la inteligencia: todas estas realidades son para él abstracciones o quimeras: es estúpido.

¿Qué será, si le señaláis la intervención permanente, universal, inevitable y decisiva del mundo superior? Asomará a sus labios la sonrisa del desprecio; es estúpido.

Descended de estas alturas: decidle que tiene un alma inmortal, criada a imagen de Dios, rescatada con la sangre de Dios, destinada a una bienaventuranza o a una infelicidad eterna: añadidle, que como el único negocio del hombre es salvarse, el ocuparse en todos los demás, excepto ese, es lo mismo que cazar moscas o tejer telarañas: al oir esto, o bosteza o duerme; es estúpido.

Tratad de desarrollar ante sus ojos las maravillas de la gracia, todos esos portentos del poder, de la sabiduría y del amor que han agotado la admiración de los mayores ingenios, en esto le habláis una lengua, de la que no entiende una palabra; es estúpido.

Sermones, libros de piedad o de filosofía cristiana, conversaciones religiosas, fiestas solemnes, que con los misterios más augustos representan al entendimiento y al corazón los beneficios más memorables del cielo y los acontecimientos más grandes de la tierra, en una palabra, todo lo que pertenece al mundo sobrenatural lo pone de mal humor, no comprende nada de eso, no siente nada; es estúpido.

Pero habladle de dinero, comercio, vapor, electricidad, máquinas, carbón de piedra, algodón, remolacha, ganado, praderías, abonos, producción y consumo; entonces todo se vuelve ojos y orejas. Habéis tocado la cuestión vital de su filosofía, la cuestión de la puchera. Él no conoce otra. «Olvidando su dignidad, dice el profeta, el hombre se ha tenido por una bestia sin inteligencia y se le ha hecho semejante.»

El castigo.

Para proteger la paz y la vida de sus súbditos contra los ataques del enemigo, el Espíritu Santo circumbala su Ciudad de un tercer baluarte, más sólido que los primeros.

Si el hombre, quien quiera que sea, osa decir al Rey de la Ciudad del bien: que quiero obedecerte más, non serviam; al instante, de libre que era se hace esclavo y camina al embrutecimiento. Arrastrado a todas las degradaciones intelectuales y morales, comienza a sufrir desde esta vida el infierno que le espera en la otra. Tal es, según acabamos de verlo, la suere que le está inevitablemente reservada al individuo. ¿Pero sucede, que la rebelión contra el Espíritu Santo se hace contagiosa, hasta el punto de que, en su conjunto, un pueblo o el mismo linage humano no es más que un gran insurrecto? Entonces el crimen, desbordándose por todas partes, atrae castigos excepcionales.

Toda ley lleva tras de sí una sanción. Toda ley, como impiesta al hombre que se compone de alma y cuerpo, es una espada de dos filos que hiere al prevaricador en las dos partes de su ser. Tomad una ley cualquiera, divina o eclesiástica; examinándola bien, tened por seguro que encontraréis, sin perjuicio de la sanción moral, una recompensa o un castigo temporal, que acompaña su observancia o su violación.

Omitiendo los azotes particulares; estúdiense los anales históricos y proféticos del mundo. En ellos se registran tres grandes catástrofes. La primera, el diluvio, o la ruina del mundo antediluviano. ¿Cuál fué la causa de este cataclismo, en que pereció la raza humana toda entera, excepción hecha de solas ocho personas? El que rompió con su mano omnipotente los diques del mar y abrió las cataratas del Cielo, nos la revela en dos palabras. «Mi Espíritu, dice el Señor, no permanecerá mucho tiempo en el hombre; porque el hombre se ha hecho carnal».

Esta terrible sentencia se traduce así: A pesar de todas mis advertencias, el hombre ha sacudido el yugo de mi espíritu, espíritu de luz y de virtud; y se ha entregado a la influencia del espíritu de tinieblas y malicia. El mundo sobrenatural, su propia alma, yo mismo, no somos ya nada para él. De su cuerpo ha hecho su Dios: se ha convertido en carne. Esa criatura culpable y degradada es indigna del beneficio de la vida; perecerá. De este modo, «un diluvio de pecados trajo el diluvio de agua, que acabó con todos».

Una segunda catástrofe, no menos ruidosa que la primera, es la ruina del mundo pagano. Olvidando la terrible lección que había recibido, el hombre se sustrajo nuevamente a la acción del Espíritu Santo. Entregado en cuerpo y alma al Espíritu maligno, había llegado a reconocerlo casi universalmente por su rey y por su Dios. Bajo mil nombres diversos lo adoraba en millones de templos de uno a otro extremo del mundo, y cuantos eran los actos de adoración, igual era el número de sacrilegios, infamias y crueldades. Como antes del diluvio, así ahora el hombre se había hecho carne; y por esto, al soplo de los bárbaros el mundo pagano desapareció en un diluvio de sangre.

Resta la tercera catástrofe, más terrible y no menos cierta que las precedentes; y es la ruina del mundo apóstata del cristianismo por el diluvio de fuego que pondrá fin a la existencia del hombre sobre el globo. Conculcando los méritos del Calvario y los beneficios del Canáculo, el mundo de los últimos tiempos se constituirá en plena rebelión contra el Espíritu del bien. Esclavo del Espíritu del mal, mas que nunca lo haya sido, se entregará con inaudito cinismo a toda suerte de iniquidades. El número de tránsfugas será tal, que la Ciudad del bien quedará casi desierta, en tanto que la del mal tomará proporciones colosales. Por tercera vez, el hombre se hará carne. El Espíritu del Señor se retirará para no volver; y un diluvio abrasará la tierra, mil veces más culpable, porque será mil veces más ingrata, que la de los paganos y los gigantes.

La esclavitud, la afrenta, el castigo; estos son los tres baluartes, que tiene que franquear el hombre para salirse de la Ciudad del bien. Si a estos medios exteriores se añaden los auxilios y beneficios de todo género, que se prodigan a los venturosos habitantes de esta feliz Ciudad, ¿no hay derecho para creer que nadie querrá abandonarla? ¿Y la experiencia confirma esta conclusión? La historia nos lo va a decir.

Capítulo XX

“De todos los actos religiosos el sacrificio es, sin duda, el más significativo y a la vez el más inexplicable” (...)

“Hay que recordar que ha habido sacrificios humanos por todos sitios durante dos mil años; que han sido practicados a gran escala; que los juegos de anfiteatro, en los que perecían en un solo día varios centenares de víctimas, eran fiestas religiosas; que durante el mandato de los Césares estos juegos se realizaban varios días a la semana; que había anfiteatros en todas las ciudades importantes del imperio romano; que el sacrificio humano (también) tenía lugar fuera de las fronteras de este imperio; que en América ha excedido todas las proporciones conocidas; en fin, que continúa la misma carnicería a hora de hoy (1864) en todos los lugares que han quedado bajo la entera dominación del príncipe de las tinieblas.” (…)

(antes cita un sacrificio humano en Dahomey. Los judíos llegaron a quemar a hijos e hijas en honor a Moloc. 2 Re 23,10; Jer 7,31; 32,35)

“¿Qué se hace con los cadáveres? La historia nos enseña que siempre y en todo lugar el festín, bajo una forma u otra, acompaña al sacrificio.”

(luego cita otro sacrificio en Abomey, con motivo de la muerte de un rey)

“millares de víctimas humanas son inmoladas bajo pretexto de enviar así al difunto rey la noticia de la coronación de su sucesor (Le tour du monde, 103, 104).

Todos estos horrores se cometen en nombre de la religión y hay pretendidos espíritus ilustres que dicen que todas las religiones son buenas. Es, por tanto, indiferente practicar una religión que prohíbe bajo pena eterna atentar contra la vida del hombre como una religión que manda inmolar a los hombres por millares?...”

(realmente sólo hay una religión, las otras no re-conectan al hombre con Dios)

Capítulo XXI bis

“Rival implacable del Verbo Encarnado, Satan quiere ser tenido por Dios. El signo de la divinidad es el culto de adoración (latria). El acto supremo de adoración es el sacrificio. El medio de obtener el sacrificio es ordenarlo. El modo de ordenarlo es a través del oráculo. Como está inmutable en el mal, Satán siempre ha querido hacerse pasar por Dios y lo querrá siempre. Por ello ha siempre querido y querrá el sacrificio. Así, con un nombre u otro siempre ha tenido y tendrá oráculos, allí donde el 'Dios mono' (ver nota) pueda ejercer su imperio.”

(NT: el autor usa “singe de Dieu” por ser Satanás una caricatura de Dios, así como un mono es una caricatura de un hombre)

(Esta consulta al oráculo es una caricatura de:)

“Sabemos que antes de iniciar nada importante, el antiguo pueblo de Dios tenía orden de consultar el oráculo del Señor: os Domini. El Evangelio no cambió en nada esta prescripción. ¿No vemos al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia católica, implorando fielmente la iluminación del Espíritu Santo para saber en los momentos importantes lo que conviene hacer y la manera de hacerlo? ¿No se dirigían las naciones de Oriente y Occidente, tanto en cuanto fueran cristianas, hacia el Soberano Pontífice, oráculo viviente del Espíritu Santo, para preguntarle sobre reglas de conducta, rogándole decidiera entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo e injusto? No es esto consultar al oráculo del Señor: os Domini? En su vida privada, los mismos católicos, que conservan la fe en las relaciones necesarias del mundo superior con el mundo inferior, cumplen religiosamente con esta práctica. ¿Qué es esto, mas que consultar al oráculo del Señor: os Domini?”

“Por muy abominable que sea, el sacrificio corporal tantas veces ordenado por los oráculos no satisface al demonio. Su odio exige otro más abominable todavía: el sacrificio del alma. Así como inspira el primero, inspira el segundo. En la Ciudad del bien el objetivo final del sacrificio, como el de todas las prácticas religiosas, es el de reparar o perfeccionar en el alma la imagen de Dios, para que, asemejada a su Creador, entre en el momento de la muerte en posesión de la felicidad eterna. Despojar al alma de su belleza nativa despojándola de su santidad, es decir, borrar de ella hasta los últimos vestigios de semejanza con Dios, para que al salir de la vida se convierta en víctima eterna de su corruptor, este es el objetivo diametralmente contrario del Rey de la Ciudad del mal.

Con la misma tiranía que exige la efusión de sangre, exige la profanación de las almas”.

(Sobre desfigurarse el cuerpo)

“La moda de desfigurarse o de deformarse físicamente se encuentra por todos sitios”.

(deformación del cráneo en los Andes, orejas y cuellos en África, pies en China, piercings,...)

“Qué espíritu sugiere al hombre que no está bien tal como Dios le hizo?(...) hay que recordar dos cosas igualmente ciertas: la primera que el hombre fue hecho, en su cuerpo y alma, a imagen del Verbo Encarnado; la segunda, que el objetivo de todos los esfuerzos de Satanás es hacer desaparecer del hombre la imagen del Verbo Encarnado, a fin de conformarle a la suya. Estas dos verdades incontestables llevan lógicamente a la conclusión siguiente: La tendencia general del hombre a desfigurarse es el resultado de una maniobra satánica.(…)

Entre todos los pueblos, uno sólo, mezclado con todos los pueblos, escapa de esta tendencia: es el pueblo judío. Investido de una misión providencial, que usa su identidad para acreditarse, es necesario que sea reconocido eternamente como judío, y Satán no tiene el permiso de desfigurarle.(...)

4º Cuanto más alejadas de la influencia del cristianismo o del Espíritu Santo están las naciones, más prolifera la tendencia a las deformaciones; y al contrario, cuanto más cristianas son, más disminuye.”

(Sobre la barbarie que reinaba en el mundo donde no había llegado el Evangelio):

Capítulo XXIII

(La serpiente como símbolo del diablo. Adoraciones en la antigüedad … y quizá en la actualidad).

“tal era la veneración de la que el odioso reptil disfrutaba entre los griegos, que Alejandro se vanagloriaba de haber tenido uno por padre. De ahí viene que sus medallas le representen en forma de niño saliendo de la boca de una serpiente. Veremos pronto que Augusto alardeaba de tener el mismo origen.”

TOMO II

Capítulo I

Tres cosas constituyen el ser: la medida, el número y el peso. En los seres materiales, la medida es el fondo o la sutancia; el número, es la figura que modifica la sustancia; el peso, es el lazo que une la sustancia a la figura y todas las partes entre sí. (Sustancia, figura y unión componen todo lo creado)(…)

La medida, el número y el peso no están en las criaturas sino porque Dios las ha puesto. Dios no ha puesto esas tres cosas sino porque las posee, es decir, porque Él mismo es de algún modo medida, número y peso.(…)

«En todas las criaturas, dice San Agustín, aparecen los vestigios de la Trinidad. Cada obra del divino artífice presenta tres cosas: unidad, belleza y orden. Todo ser es uno, como una es la naturaleza de los cuerpos y la esencia de las almas. Esta unidad recibe por precisión una forma determinada, como las figuras o cualidades de los cuerpos, la doctrina o el talento de las almas. Esta unidad y esta forma están relacionadas entre sí y ordenadas de algún modo; como en las cuerpos la pesantez y la posición, en las almas el amor y el placer. Y así, puesto que es imposible no vislumbrar al Criador en las criaturas, venimos en conocimiento de la Trinidad, de la cual cada uno de los seres criados presenta un vestigio, más o menos manifiesto. En efecto, en la sublime y adorable Trinidad está el origen de todos los seres, la perfecta belleza y el supremo amor.»(…)

«En cada criatura se encuentran cosas que tienen relación necesaria con las personas divinas como causa. En efecto, cada criatura tiene su propio ser, y su forma que determina la especie y la relación que dice con otras cosas. Ahora bien, según que es una sustancia criada, representa la causa y el principio, y así denota a la persona del Padre, que es principio sin principio. Según que tiene una forma y especie, denota al Verbo, en cuanto la forma de la obra proviene de la concepción del artífice. Según que tiene orden, denota al Espíritu Santo como amor que relaciona unos seres con otros y procediendo de la voluntad creadora. A ésto se refieren la medida, el número y el peso; la medida a la sustancia del ser, el número a la forma y el peso al orden.»

Capítulo II

«En una palabra, los evangelistas toman por punto de partida el misterio de la encarnación. Nos lo revelan y nos mandan creer en él. En cuanto al de la Trinidad, que le precede, y que es su base en la fe, lo tratan como un punto ya manifiesto y admitido entre las creencias de la antigua ley. He aquí por qué no dicen en ninguna parte, sabed, creed que hay tres personas en Dios. En efecto, todo aquél que está familiarizado con lo que enseñaban los antiguos doctores de la sinagoga, principalmente aquéllos que vivieron antes de la venida del Salvador, sabe que la Trinidad en un solo Dios es una verdad admitida entre ellos desde los más remotos tiempos».

Sin embargo, hay una creación más noble que la del universo material, más noble que la del hombre mismo: es la creación del cristiano. Lo mismo que las dos primeras, esta tercera obra maestra comienza por la revelación del dogma de la Trinidad. Cumplióse la plenitud de los tiempos; el Verbo, por quien todo ha sido hecho, descendió a la tierra para regenerar su obra. A su voz, debía surgir un mundo nuevo más perfecto que el antiguo. Él mismo se va a volver a su Padre; pero sus apóstoles han recibido el mandato y el poder para continuar esta maravillosa creación. En el solemne momento de su partida, deja salir de sus divinos labios el inefable nombre de Jehova, que no había pronunciado todavía por entero, y cuya completa enunciación había de ser, según la tradición profética de la sinagoga, la señal de la redención universal».

Capítulo III

Las obras de Dios son de dos clases: de naturaleza y de gracia. Pues unas y otras se atribuyen al Espíritu Santo, como al Hijo y al Padre. En el orden natural la creación del hombre y del mundo: acabamos de verlo por el testimonio de los libros santos. Añadamos solamente la palabra tan precisa del santo hombre Job: «El Espíritu de Dios me crió, Spiritus Domini fecit me. (XXXIII, 4).»

En el orden de la gracia la regeneración del hombre y del mundo.

Capítulo VII Misión del Espíritu Santo

El Padre hace hombre, el Hijo hace cristianos, el Espíritu Santo hace santos y bienaventurados. La obra del Espíritu Santo es, pues, más elevada que la del Padre y del Hijo, como coronamiento de una y otra.(…)

La magnífica misión del Espíritu Santo es completar la obra del Verbo, haciendo en los corazones lo que Él había hecho en las inteligencias, completar de este modo la transformación del hombre en Dios.

Capítulo VIII

¿Cuáles son esas siete columnas que sostienen el edificio (de la Iglesia)? Los siete dones del Espíritu Santo, que hacen a la Iglesia inquebrantable en medio de las tempestades y de los temblores de tierra. ¿De qué manera? Oponiendo cada uno en particular una fuerza de resistencia superior a la violencia de los siete espíritus malignos, poderosos enemigos de la Ciudad del bien. Al demonio del orgullo resiste el don de temor; al demonio de la avaricia el don de consejo; al demonio de la lujuria el don de sabiduría; al demonio de la gula el don de inteligencia; al demonio de la envidia el don de piedad; al demonio de la ira el don de ciencia; al demonio de la pereza el don de fortaleza.

Capítulo X

La gracia es la prueba de la reconciliación, pero los dones no se dan a los enemigos, sino a los amigos. Era, pues, necesario que el verbo se ofreciera por nosotros en sacrificio y que inmolando su carne destruyera nuestra enemistad para hacernos amigos de Dios y capaces de recibir el don divino: el Espíritu Santo

lo mismo en el orden de la gracia que en el de la naturaleza, Dios no procede bruscamente y por saltos. Por el contrario, todas sus obras se hacen con suavidad y progresando insensiblemente.

Capítulo XI

María fue la más hermosa de las hijas de los hombres. Tipo perfecto de la belleza moral, fué igualmente tipo perfecto de la belleza física.

La virgen es el complemento de la Trinidad.

Capítulo XII

el anatema, cuarenta veces secular, (la edad del mundo entonces) que pesaba sobre la mujer queda levantado para siempre; porque en adelante la mujer aparecerá a la cabeza de todo bien.

Desde la prevaricación primitiva, pesaba sobre la mujer un anatema especial; era preciso que una mujer viniese a levantarlo. Era preciso, a fin de que el Príncipe de la Ciudad del mal pasara por la vergüenza de ser vencido por aquélla misma que él usó como instrumento de su victoria. Era preciso para que la mujer, que fue causa principal de la ruina del hombre, lo fuera de su salvación. Culpable mensajera del demonio, trajo la muerte al hombre; bienhechora mensajera de Dios, debía devolverle la vida.

Capítulo XIII Jesucristo, segunda creación del Espíritu Santo

Una Virgen-Madre es la primera creación del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento; un Hombre-Dios es la segunda. Así lo exigía el orden de la Redención. A partir de una mujer y un hombre culpables Satanás había formado la Ciudad del mal; por uno de esos armoniosos contrastes, tan frecuentes en las obras de la sabiduría infinita, el Espíritu Santo formará la Ciudad del bien a partir de una mujer y un hombre perfectamente justos. Conocemos ya a la nueva Eva; resta estudiar el nuevo Adán.

Divinizar al hombre, tal es el eterno pensamiento de Dios. Satanizar al hombre, tal es el eterno pensamiento del infierno. Divinizar es unir; satanizar es dividir; estos son los dos polos sobre los que gira el mundo moral. Para divinizar al hombre el Verbo creador ha dispuesto unirse hipostáticamente a la naturaleza humana. Hombre-Dios, se hará el principio de las generaciones divinizadas.

Capítulo XV Tercera creación del Espíritu Santo: la Iglesia

El cuerpo de Jesucristo es la santa Iglesia católica. Fuera de este cuerpo divino, el Espíritu Santo no vivifica a nadie.

Capítulo XX Nacimiento del cristiano, el bautismo

(continuación del anterior)

Estos hechos y otros muchos permiten, pues, afirmar con toda seguridad, que entre las criaturas animadas, el objeto privilegiado del odio de Satanás es la mujer; y entre las inanimadas, el agua. La mujer, porque María es la madre del Verbo encarnado: el agua, porque en el bautismo ella es la madre del cristiano, hermano del Verbo encarnado. De ahí proviene la solicitud particular con que la Iglesia vela por la mujer y especialmente por la doncella. De ahí proviene también, que entre todos los elementos el agua es el que la Iglesia purifica más frecuentemente y del que se sirve siempre para purificar las criaturas.(…)

Es pues, eternamente verdadera la bella palabra de Tertuliano: Los cristianos somos pececillos que nacemos en el agua. Pisciculi in acqua nascimur. Y no es menos verdad lo que añade: Y no podemos vivir, sino permaneciendo en el agua. Nec aliter quam in acqua permanendo salvi sumus.

Capítulo XXI Desarrollo del cristiano

¿qué le falta al cristiano? (que nace con el bautismo) Todo lo que le falta al niño recién nacido. Al niño, ahora sea hijo del rey o de un mendigo, le faltan los medios de conservar la vida que tiene. Lo mismo le pasa al cristiano: poseyendo la vida divina, carece todavía de los medios de conservarla y perfeccionarla. Veamos, pues, con cuánta liberalidad ha atendido el Espíritu Santo a las necesidades de su hijo.

Llegamos a los misterios inefables de la gracia. Va a desenvolverse ante nuestros ojos todo el sistema de educación, o más bien, deificación levada a cabo por el Espíritu Santo para conducir al cristiano hasta la semejanza perfecta con su hermano mayor, el Verbo hecho carne. Este magnífico sistema comprende los sacramentos, las virtudes, los dones, las bienaventuranzas y los frutos. Estos medios de conservación y deificación, dispuestos con admirable sabiduría, se suceden, se encadenan, se prestan mutuo concurso, y convierten el desarrollo del cristiano en la obra maestra del Espíritu Santo, en su obra peculiar, o como dice San Pablo, la construcción de Dios: Dei oedificatio estis.

Los sacramentos han sido instituidos para curar las enfermedades del alma: ¿pero cómo producen ese efecto? El Bautismo se instituyó contra la falta de la vida divina; la Confirmación contra la debilidad natural de los niños; la Eucaristía contra las malas inclinaciones del corazón; la Penitencia contra el pecado mortal, o la pérdida de la vida divina; la Extremaunción contra las reliquias del pecado y las enfermedades del alma; el Orden contra la ignorancia y la disolución de la sociedad cristiana; el Matrimonio contra la concupiscencia personal y contra la extinción de la Iglesia, que sería la desaparición de la vida divina sobre la tierra. He aquí el conjunto más completo de remedios preservativos y curativos de todas las enfermedades del alma, inclusa la muerte misma. ¿Quién los concibió? ¿Quién los estableció? ¿Quién les dió la eficacia? El Espíritu Santo (…)

Pero así como el grano de trigo no se envuelve en la tierra sino para que brote en espigas, del mismo modo el elemento sobrenatural no se infunde en el alma sino para que se manifieste por medio de hábitos sobrenaturales que se llaman virtudes. Las virtudes son siete, como los sacramentos, tres teologales y cuatro cardinales.

A las virtudes se agregan los dones; que como inspiraciones permanentes del Espíritu Santo perfeccionan las virtudes, comunicándoles un nuevo impulso, una energía más sostenida, una tendencia más elevada. Son también siete y forman, dice un concilio, las siete grandes santificaciones del cristiano. (…)

Los diez preceptos del decálogo dicen relación a las siete virtudes, teologales y cardinales.

Cuando el cristiano ha llegado a la perfección de la vida divina, lo que resta es que persevere en ella. Mas esto no puede conseguirlo por sí solo. Su debilidad natural, junto con los ataques incesantes de sus enemigos, le exponen continuamente al peligro de un fracaso. Pero la gracia que hemos visto manifestarse en las virtudes y los dones, se manifiesta aquí en oraciones. Las siete peticiones de la oración dominical corresponden a los siete dones del Espíritu Santo (…) Conservados y fortificados por la oración, los siete dones del Espíritu Santo se convierten en las manos del cristiano en armas de precisión contra sus enemigos. Satanás nos ataca con siete armas que se llaman los siete pecados capitales. Los siete dones del Espíritu Santo son su oposición adecuada.

El cristiano, librando valientemente los nobles combates de la virtud, se mantiene en el orden. El orden le proporciona la paz con Dios, con sus hermanos y consigo mismo. De esta paz nacen las siete bienaventuranzas.

En fin, los buenos trabajos dan fruto glorioso, como dice la Escritura: Bonorum enim laborum gloriosus est fructus. Y como no hay mejores trabajos que los que se llevan a cabo en el vasto campo de la vida espiritual, corresponden a estos nobles trabajos los doce frutos del Espíritu Santo El alma feliz que de estos frutos deliciosos se alimente, cata ya en el mundo aquél otro fruto que los comprende a todos, el fruto de la vida eterna: Fructus in vitam æternam. (…)

Si son doce los artículos del Símbolo, doce los frutos del Espíritu Santo y diez los preceptos del Decálogo, siete son los sacramentos, siete las virtudes madres, siete las peticiones del Padre nuestro, siete los dones del Espíritu Santo, siete las bienaventuranzas, siete los pecados capitales, siete las obras de misericordia corporales, y siete las obras de misericordia espirituales.

Capítulo XXII Los números

Los más remarcables son el tres, el cuatro, el siete, el diez, el doce y sus múltiplos. (…)

Si tenemos en cuenta que la Biblia es, de entre todos los libros conocidos, el único que indica constantemente y con precisión aparentemente minuciosa, los números de las cosas, de las medidas y de los años; que la Biblia es la obra de la sabiduría infinita; que no contiene nada inútil y no encierra sino misterio y verdad; si tenemos en cuenta, volvemos a decir, que Dios lo ha hecho todo con número; ¿cómo no hemos de reconocer en esta repetición admirable (de los números citados antes) la intención marcada de instruirnos? Pero, ¿qué nos enseñan los números sagrados?

Según los Santos Padres y en particular San Agustín, el número tres nos enseña la Santísima Trinidad. En Dios hay unidad, trinidad, indivisibilidad. El número tres es uno e indivisible; para dividirlo es preciso fraccionarlo, esto es, romperlo y destruirlo. De Dios vienen todos los seres; del número tres, unidad primordial, salen todos los números. El Dios uno y trino ha grabado su sello en todas sus obras. De aquí este axioma de la filosofía tradicional: Todas las cosas son uno y tres. (…)

Si el número tres es el signo de la eternidad, el signo de Dios en tres personas y del alma en tres facultades, el número cuatro, dice San Agustín, es el signo del tiempo y de la materia. Signo del tiempo; cada uno de los años de que se compone el siglo en divide en cuatro partes: la primavera, el estío, el otoño y el invierno. Esta división no es en manera alguna arbitraria, atendiendo a que señala cambios palpables en la naturaleza. La Escritura cuenta también cuatro vientos, en alas de los cuales se esparcen por los cuatro puntos del globo, ya los granos de las plantas, ya la semilla evangélica.

Admiremos cómo el número cuatro completa la enseñanza del número tres. Revelador de la Trinidad, y de la eternidad, el número tres dice al hombre que sólo Dios es indivisible, inmutable y eterno. Signo de la criatura y del tiempo el número cuatro, le dice que el tiempo y todo lo que es del tiempo es divisible, variable y perecedero; que la tierra es un lugar de tránsito; que nosotros somos en ella viajeros, y que la vida es una marcha incesante hacia lo inmutable.

Lo que el número cuatro enseña por sí mismo, continúa enseñándolo por sus múltiplos. Fecundado por el número tres produce el doce. De entre todos los números el doce es uno de los más sagrados. Representa el tiempo, el espacio, la creación entera, vivificada por la Santísima Trinidad y llamada a la deificación. En el día del juicio, dice el Verbo creador, redentor y santificador, habrá preparados doce asientos para los doce apóstoles llamados a juzgar a las doce tribus de Israel.

¿Qué significan estos doce asientos?, pregunta San Agustín. ¿Por qué el número doce y no otro? El mundo se divide en cuatro partes, según los cuatro puntos cardinales. Los habitantes de estas cuatro partes son llamados, perfeccionados y santificados por la Santísima Trinidad. Como tres veces cuatro son doce, ved por qué los santos pertenecen al mundo entero, y por qué habrá doce asientos preparados para los doce jueces de las doce tribus de Israel. En efecto, por una parte, las doce tribus de Israel representan no solamente la totalidad del pueblo judío, sino la de todos los pueblos; por otra parte, los doce jueces representan la universidad de los santos, venidos de las cuatro partes del mundo y llamados a juzgar a los pecadores, traídos también de las cuatro partes del mundo. Así, el número doce representa a todos los hombres, jueces y juzgados, reunidos de las cuatro partes del mundo ante el tribunal del Hombre-Dios. (…)

(el número doce) es tan sagrado que hubo que completarlo después de la apostasía de Judas. (…)

El número cuarenta, dice San Agustín, marca la duración del tiempo que trabajamos sobre la tierra.

Capítulo XXIII

(continuación del anterior)

Según Santo Tomás, el número diez es el signo de la perfección. ¿Por qué? Porque es el primero y el último límite de los números. Más allá del diez, los números ya no continúan, sino que vuelven a empezar por el uno. (…)

para hacer un santo, se necesitan nos cosas: los diez mandamientos y los siete dones del Espíritu Santo Luego la salvación descansa en el número diez y en el número siete. (…)

Si el orden moral, la virtud, la santidad descansan sobre el número diez combinado con el siete, resulta que el signo del desorden moral o del pecado es el número once, y que la totalidad del desorden moral o del pecado, se designa por el mismo número multiplicado por siete. Expliquemos este nuevo teorema de la geometría divina. Supuesto que el número diez marca la perfección de la virtud en el mundo y de la bienaventuranza en el cielo, el once debe indicar necesariamente el pecado. En efecto, ¿qué es el pecado? Es una transgresión de la ley; y como el nombre mismo lo dice, la transgresión tiene lugar cuando se sale del límite del deber, significado por el número diez. Pues bien, saliendo del diez, el primer número que se encuentra infaliblemente es el once.

Y así sucede que, en el Evangelio, nunca el número once se multiplica por diez, sino por siete. ¿Por qué no se multiplica por diez? Porque diez es el signo de la perfección y comprende a la Trinidad representada por tres y al hombre representado por siete a causa del alma con sus tres facultades, y del cuerpo con sus cuatro elementos. Pues la transgresión no puede pertenecer a la Trinidad: y así, para multiplicar el once, signo del pecado, queda el siete en significación de los pecados del alma y del cuerpo. Los pecados del alma son la profanación de sus tres facultades, como los del cuerpo son la profanación de sus cuatro elementos. (…) De este modo, once multiplicado por siete designa la totalidad de la transgresión y el último límite del pecado.(...)

En los consejos eternos, el descendimiento del Hijo de Dios al mundo tuvo lugar en el momento preciso en que habían pasado setenta y siete generaciones de pecadores; para dar a entender con este número misterioso que había venido a borrar todos los pecados cometidos por el género humano. (…)

¿Cuáles son los cálculos, o mejor, los números especiales con arreglo a los que ha sido edificado el cristiano, sobre los cuales descansa y que son como el maderamen del edificio y la medida de sus proporciones? El cristiano ha sido hecho con dos números los más sagrados: el siete y el diez. Por ellos subsiste; el mundo concluirá, cuando se complete la suma de estos dos números misteriosos combinados conjuntamente y multiplicados por la Trinidad. Como prueba de lo que acabamos de decir, recordemos este bello pasaje de San Agustín: «El Espíritu, autor de los dones santificantes, es designado por el número siete, y Dios, autor del decálogo, por el número diez. Para hacer un cristiano, es preciso reunir esas dos cosas. Si tenéis la ley, no cumpliréis sin el Espíritu Santo lo que está mandado. Pero cuando ayudados por el Espíritu de los siete dones, conforméis vuestra vida con el decálogo, estaréis edificados y perteneceréis al número diez y siete. Perteneciendo ya a este número y sumándolo llegaréis al número ciento cincuenta y tres. En el día del juicio, os encontraréis a la derecha para ser coronados; no a la izquierda para ser condenados.»

Capítulo XXIV La Confirmación

Cada uno de los sacramentos confiere, además de la gracia santificante, una gracia particular que está en relación con el objeto del sacramento que la da; a esta gracia se la llama sacramental. La del sacramento de la Confirmación, es la gracia de la fortaleza. (...)

En materia de sacramentos se llama carácter un poder espiritual destinado a ejecutar algunas acciones en orden a la salvación. Este carácter es una gracia. Se da esta gracia con el objeto de distinguir a los que la reciben de los que no la reciben. Toda gracia obra sobre la esencia misma del alma. El carácter sacramental es pues interior, inherente al alma y, por consiguiente, inamisible. (que no puede perderse) Por eso los sacramentos que lo imprimen no pueden ser reiterados. (Bautismo, Confirmación y Orden).(...)

Se entiende por hábito una disposición o una cualidad del alma, buena o mala. Es buena si está conforme con la naturaleza del ser y con su fin; mala, si es contraria a éste o aquélla. Siendo el hábito una fuerza o un principio de acción, da lugar a actos buenos o malos. Así, el hábito de obrar con reflexión es bueno; porque está conforme con la naturaleza del ser racional. Al contrario, el hábito de excederse en el sueño, en la comida o en la bebida, es malo; porque tiende a poner debajo lo que debe estar encima; el cuerpo sobre el alma.

La virtud es un hábito esencialmente bueno. Esta definición muestra toda la diferencia que hay entre el hábito propiamente dicho y la virtud. El primero es bueno o malo, y conduce al bien o al mal. La segunda es buena y no puede conducir sino al bien. De aquí, esta otra definición de San Agustín; «La virtud es una buena cualidad o un hábito del alma, por el cual se vive rectamente, del cual nadie hace uso para lo malo, y que Dios produce en nosotros sin nosotros».

En el orden puramente natural se distinguen las virtudes infusas de las virtudes adquiridas. «p.280

La fe deifica la inteligencia puesta en posesión de algunas verdades sobrenaturales que la luz divina le hace conocer. La esperanza deifica la voluntad, dirigiéndola hacia la posesión del bien sobrenatural conocido por la fe. La caridad deifica el corazón, llevándolo a la unión con el bien sobrenatural conocido por la fe y deseado por la esperanza.

Mas el cristiano no solamente debe vivir en relaciones sobrenaturales con Dios, sino también consigo mismo, con sus semejantes y con la creación entera. ¿Cómo llenará esta obligación? Del principio de la vida sobrenatural que en sí mismo tiene salen necesariamente, como un nuevo retoño, las cuatro grandes virtudes morales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Decimos necesariamente; la razón es, porque Dios obra con la misma perfección en las obras de la gracia que en las de la naturaleza. Pues bien; no se encuentra en las obras de la naturaleza un solo principio activo que no vaya acompañado de los medios necesarios para el cumplimiento de los actos que le son propios. Así, siempre que Dios crea un ser cualquiera, lo provee de los medios necesarios para cumplir aquéllo a que es destinado. Pero es una verdad, que la caridad, predisponiendo al hombre a su último fin, es el principio de todas las buenas obras que a él conducen. Es necesario, pues, que sean infundidas juntamente con la caridad, y que de la caridad salgan todas las virtudes necesarias al hombre para cumplir sus deberes no solamente con Dios, sino también con la criatura.

Siendo las cuatro virtudes morales como el quicio sobre el que giran las relaciones del hombre con todo lo que no es Dios, han recibido el nombre de virtudes cardinales. Y esto con razón; pues por ellas están animados, dirigidos, informados sobrenaturalmente nuestros pensamientos, nuestras afecciones y nuestros actos en el orden social. ««««««« 283...(...)

Son hijas de la fortaleza: la magnanimidad, la confianza, la serenidad, la constancia, la perseverancia, la resignación, y la actividad.(...)

La templanza, igualmente que sus tres hermanas, es madre de noble y numerosa familia: la sobriedad, la abstinencia, la castidad, la continencia, la virginidad, el pudor, la modestia, la clemencia, la humildad y la amabilidad son hijas suyas. Téngalas un hombre y ese hombre será el tipo de la belleza moral, la personificación del orden.(...)

De aquí resulta que la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, son también virtudes naturales infusas; pero hay gran diferencia entre éstas y la prudencia, justicia, fortaleza y templanza sobrenaturales.

Capítulo XXV Dones del Espíritu Santo

(...)

Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales que nos disponen a obedecer prontamente al Espíritu Santo(...) Los dones del Espíritu Santo aventajan en excelencia a todas las maravillas criadas humanas y angélicas, visibles e invisibles, a todas las virtudes naturales infusas o adquiridas y a todas las virtudes morales sobrenaturales. Pertenecen pues, en el grado más elevado, a un orden de riqueza cuya menor parte vale más que el universo entero.(...)

Los dones, que son medios superiores de santificación, vienen de Él y nos conducen a Él. Pues bien, santificar es unir. Si analizando los designios de Dios, los reducís a su más sencilla expresión, encontraréis un fin único: traer todas las cosas a la unidad.

Por una parte, siendo Dios uno y únicamente bueno, no puede tener en sus obras otro fin que la unidad y la unidad beatificante. Por otra parte, el hombre compuesto de dos naturalezas, es la misteriosa soldadura del mundo espiritual y el material. Uniendo Dios el hombre a Sí mismo con unión sobrenatural, lo santifica; porque le une de la manera más íntima a la santidad por esencia. Al mismo tiempo santifica la universidad de sus obras y vuelve a ser todo en todas las cosas. Así se restablece con nueva gloria la unidad primitiva, rota por la rebelión del ángel y por la desobediencia del hombre. Que sean uno como nosotros somos uno. Esta palabra de profundidad infinita, resume en sus causas, medios y fin, la encarnación del Hijo, la misión del Espíritu Santo, todas las ricas combinaciones del plan divino, en el orden sobrenatural y en el natural, en el mundo de los ángeles y en el de los hombres, en el tiempo lo mismo que en la eternidad.

Añádese en la definición, que los dones del Espíritu Santo son habitudes, es decir, cualidades o inclinaciones inherentes al alma. Si algo puede realzar todavía a nuestros ojos el precio de estos dones divinos, es saber que no son ni gracia pasajera, ni movimientos transitorios y de circunstancias, sino hábitos, esto es, cualidades permanentes, que siendo inseparables del Espíritu Santo, están en el alma todo el tiempo que el Espíritu Santo reside en ella; y reside en ella mientras no tiene que salirse por causa del pecado mortal.

Esta verdad consoladora nos está infaliblemente asegurada. Hablando el Verbo encarnado a sus hermanos de todos los lugares y de todos los siglos, les decía: «Si me amáis, guardad mis mandamientos, y el Espíritu Santo permanecerá en vosotros y será en vosotros.» Mas el Espíritu Santo no está en el hombre sin sus dones; sino que está con todos ellos, y sino, no está; semejante al sol, que no puede estar en ninguna parte sin su luz, su calor y sus principios de fecundidad.»(...)

pág. 294 el don, en cuanto se distingue de la virtud infusa, puede definirse: Lo que Dios da para poner en movimiento la virtud infusa.

pág. 296 los dones del Espíritu Santo son absolutamente necesarios para la salvación.(...)

San Basilio, a quien ya hemos citado, añade: «Se puede comparar el hombre a un navío, el cual por muy bien construido que se le suponga, y con toda su dotación de aparejos y marinería, no puede marchar si el viento no le ayuda. Lo mismo le pasa al hombre. Aunque posea la gracia santificante y todas las virtudes infusas en alto grado, no puede hacer un solo acto sobrenatural, ni siquiera pronunciar el nombre de Jesús, sin la moción del Espíritu Santo» Pues la moción del Espíritu Santo es el efecto de sus dones; y así lo que el viento es para el navío, son los dones del Espíritu Santo para el alma.(...)

en orden al fin último sobrenatural, al cual nos induce la razón en cuanto es informada de algún modo e imperfectamente por las virtudes teologales, en esto no basta la moción de la razón, como no se añada la inspiración y moción del Espíritu Santo(...)

Los dones del Espíritu Santo, necesarios como principios generales del movimiento sobrenatural, lo son además por otros títulos particulares. Son necesarios para conocer el bien y para ponerlo por obra; son necesarios también para evitar el mal; de modo que son a un mismo tiempo luz, fuerza y protección. De donde se infiere, que sería un error considerarlos como un soplo fecundo, como un simple impulso, sin virtud propia. Se les debe tener por otras tantas perfecciones activas y vivificantes añadidas a las virtudes y potencias del alma.

Luz: son necesarios para conocer el bien. Por muy perfeccionada que esté la razón por las virtudes teologales y las demás virtudes infusas, no puede conocer todo lo que debe conocer, ni disipar todas las ilusiones de que puede ser víctima, ni todos los errores en que puede caer. Tiene necesidad de Aquél cuya ciencia es infinita, y que con su presencia la libra de toda ilusión, de toda locura, de toda ignorancia, de toda ineptitud para conocer y comprender. Este perfeccionamiento es necesariamente debido al Espíritu Santo y a sus dones.

Fuerza. Son necesarios para obrar el bien. La gracia santificante habitual no basta para hacernos obrar el bien, al modo que la sangre, principio de vida, no basta tampoco para hacernos vivir; es menester que sea puesta en circulación. Pues bien, el don del Espíritu Santo es quien comunica a la gracia habitual el impulso que la pone en movimiento y la hace eficaz. En este sentido el don del Espíritu Santo es a la vez actual y habitual; como habitual, permanece en el alma que está en gracia; como actual, la inspira, la ayuda, la fortifica, la mueve, según las necesidades del momento, sea a practicar el bien, sea a resistir al mal.

Protección. Nos defiende de nuestros enemigos. El don o la operación del Espíritu Santo no se limita a fortalecernos; también nos protege. El hombre que está en gracia, lo necesita para que lo sostenga contra los asaltos del enemigo. Por esto debe decir constantemente: No nos dejes caer en la tentación. Pero con la gracia santificante y los dones del Espíritu Santo, el cristiano es un ser perfecto. No solamente tiene la vida divina, sino también todos los medios necesarios para desarrollarla y todas las armas para defenderla. «Las virtudes y los dones, añade Santo Tomás, bastan para excluir los pecados los vicios en cuanto al presente y a lo futuro, en el sentido de que impiden cometerlos. Pero en cuanto a los pecados pasados, que pasan como actos y permanecen como reato, el remedio lo tiene el hombre en los sacramentos».

Queda, pues, bien probado que los dones del Espíritu Santo, ya como principios del movimiento sobrenatural, ya como elementos de luz, de fuerza y de defensa, son tan necesarios para la salvación, como el movimiento para la vida, el calor para la savia, el viento para el barco el vapor para la locomotora. Pero ¿son todos los dones igualmente necesarios o en el mismo grado? Sin duda alguna.

«Entre los dones del Espíritu Santo, dice la teología católica, ocupa el primer lugar la sabiduría, y el último el temor. Pero ambos son necesarios para la salvación; pues de la sabiduría está escrito: A nadie ama Dios sino al que habita con la sabiduría; y del temor se lee: El que no tiene temor, no se podrá justificar. Luego también los otros dones son medios necesarios para la salvación: Ergo etiam alia dona media sunt necessaria ad salutem». Además, sin el Espíritu Santo es imposible la salvación: pero el Espíritu Santo es inseparable de sus dones; o está en el alma con todos ellos, o totalmente no lo está. La consecuencia es que los siete dones del Espíritu Santo son todos igualmente necesarios para la salvación: Septem dona sunt necessaria ad salutem.









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