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Índice de temas religiosos
El (anti) papa Francisco trabaja para el Demonio

Estas páginas son apuntes que pueden contener errores de un servidor y se van mejorando con el tiempo y la gracia de Dios.

Extractos del Tratado del Espíritu Santo de Mons. Gaume (1864)

Fabuloso libro con un título poco esclarecedor. Sirve para darnos cuenta que somos más excelsos que los ángeles, sirve para entender lo que ocurre en el mundo (especialmente todo lo satánico) e incluso lo conspiranoico (reptilianos).

Tomos del libro

El libro tiene dos tomos. El primero sirve sobre todo para entender en qué mundo vivimos. Cómo él es el escenario de la guerra que hace el Demonio para arrebatarle las almas a Dios. El segundo habla de las armas que Dios nos provee para defendernos: virtudes, dones, frutos y bienaventuranzas.

El primero es más “histórico”, el segundo es más práctico. Por ello (a humilde opinión de un servidor), el primero puede extractarse sin perder mucho, pero del segundo, especialmente a partir del capítulo XXV (de los dones del E.S.) cada palabra vale un tesoro.

Cada tomo tiene su numeración de capítulos.

Notas sobre estos extractos

Hay parte del texto tomado tal cual de la traducción al español de Joaquín Torres Asensio y partes traducidas por un servidor con la intención de hacerla más fiel al original.

En la versión en español hay más notas al pie o son mucho más extensas que las publicadas en la versión en francés de Editions Saint Remi. Normalmente estas notas son los textos originales en latín que reproduce Mns. Gaume entre corchetes. Algunos textos extractados son realmente citas literales de escritos sagrados antiguos.

Las normas de acentuación vigentes en español del s.XIX parecen las contrarias a las actuales. Al transcribirlo se ha actualizado la acentuación. Se han mantenido casi todos los vocablos antiguos.

(Entre paréntesis aparecen comentarios míos).

El texto que resta hasta el final del tomo dos se encuentra en www punto ecomercado punto es barra 454-al-final.doc. Está en bruto, tal como sale del programa OCR.

Extractos

La mayoría de gente tenemos una idea clara de:

- El Padre como creador

- El Hijo como Dios hecho hombre para nuestra salvación

“la acción del Espíritu Santo, por ser interior y menos visible que la de las dos primeras Personas, no es menos real y menos eficaz. El autor (Mons. Gaume) ha querido reparar este olvido, incitar a las almas a invocar más frecuentemente al Espíritu Santo, mostrando Su divina acción sobre el mundo.”

Introducción

Resumen:

Importancia de estudiar y aprender sobre el Espíritu Santo, pues si no, su gracia no se desarrolla en nosotros.

existencia de dos espíritus: Espíritu Santo (del bien) y el Diablo (de su ausencia: el mal), que influyen permanentemente sobre el mundo inferior y se lo disputan. Cada individuo, pueblo, época, pertenece a uno u otro.

Uno, morada de la vida y vestíbulo del cielo, el otro...

La lucha entre ellos forma la trama de la historia.

Por Él (el Espíritu Santo), las otras dos Personas de la augusta Trinidad se ponen, digámoslo así, en contacto con el mundo.(...)

No se ha encarnado como el Hijo (…)

Tres veces solamente se ha mostrado bajo un emblema sensible, aunque pasajero: paloma en el Jordán, nube luminosa en el Thabor, lenguas de fuego en el Cenáculo. Para representarlo, las artes no tienen, como respecto de Nuestro Señor Jesucristo, la facultad de variar sus imágenes. Dos símbolos: he ahí todos los medios plásticos, de que dispone la piedad para hacer ostensibles su existencia y sus beneficios.

(…)

Pues si la pasión de la segunda Persona de la adorable Trinidad conmueve al cristiano hasta en lo más profundo de su ser, ¿cómo ver con sangre fría la pasión de la tercera? ¿No sufre el mismo abandono, el mismo desprecio y frecuentemente las mismas blasfemias? (..)

La instrucción de la primera edad se reduce a algunos detalles muy cortos y bastante abstractos, que fijan en la memoria nombres más que ideas. En la época solemne de la Confirmación, verdad es, las explicaciones se hacen con alguna más extensión. Mas por una parte, la primera comunión absorbe la atención de los niños; y por otra, se continúa trabajando en el terreno de las abstracciones. El Espíritu Santo no toma cuerpo, bajo la palabra del catequista, revelándose por una serie de hechos brillantes. A falta de recursos para hablar como conviene, de la persona y de las obras del Espíritu Santo, se pasa a sus dones.

Pero estos dones, puramente interiores, no son accesibles ni a la imaginación, ni a los sentidos. Grande es la dificultad de hacerlos conocer; más grande todavía la de hacerlos apreciar. En la enseñanza ordinaria, no son explicados claramente, ni en su aplicación a los actos de la vida, ni en su oposición a los siete pecados capitales, ni en su encadenamiento necesario para la deificación del hombre, ni como la coronación del edificio de la salud. Así, la experiencia lo enseña, de todas las partes de la doctrina cristiana, los dones del Espíritu Santo, son tal vez, la menos comprendida y estimada. (…)

Sin el conocimiento serio del Espíritu Santo, y por consiguiente, de la gracia y de sus operaciones, el principio de vida divina, depositado en nosotros por el Bautismo, se encuentra paralizado o contrariado en su desarrollo, y el cristiano sufre, vegeta, languidece y difícilmente llega a la verdad de la vida sobrenatural. Para subir a lo alto de la escala de Jacob, hay que comenzar por conocer los peldaños.(...)

La mayor parte de los cristianos no tienen un conocimiento bien claro de Sus obras, de Sus dones, de Sus frutos, de Su acción en el mundo, y sobre todo, no Le rinden el culto de confianza y de amor al que Él tiene tanto derecho. (…)

Dos Espíritus opuestos se disputan el imperio del mundo. La lucha, que comenzó en el cielo, se ha perpetuado sobre la tierra. Isaías y San Juan la describen. San Pablo nos dice que con el demonio es con quien tenemos que luchar. Nuestro Señor mismo anuncia que vino al mundo para destruir el reinado del demonio. No fingimos nosotros la lucha de estos dos Espíritus; la lucha existe: no inventamos el hecho; no hacemos sino tomar acta de él. Así como es imposible conocer la Redención sin conocer la caída; del mismo modo, no se puede conocer al Espíritu del bien, sin hacer lo mismo con el Espíritu del mal. Apenas hemos nombrado la existencia de Satanás, cuya negra figura aparece como sombra al lado de la luz.

La existencia de estos dos Espíritus supone la de un mundo superior al nuestro, la división de ese mundo en dos campos enemigos, así como su acción permanente, libre y universal sobre el mundo inferior. Después de fijar la realidad de estos tres hechos, establecemos la personalidad del mal Espíritu, su caída, la causa y las consecuencias de la misma, por consiguiente, el origen histórico del mal.

Los dos Espíritus no se han quedado en regiones inaccesibles al hombre, ni son extraños a lo que pasa sobre la tierra. Lejos de eso; señores del mundo se revelan como los fundadores de dos ciudades; la ciudad del bien y la ciudad del mal. Ciudades invisibles, palpables, tan antiguas como el hombre, tan extensas como el globo, tan duraderas como los siglos, encierran en su seno al género humano, todo entero, a éste y al otro lado de la tumba.

El conocimiento profundo de estas dos ciudades importa igualmente al hombre, al cristiano, al filósofo y al teólogo.

Al hombre: atento que cada individuo, cada pueblo, cada época, pertenecen necesariamente a la una o a la otra.

Al cristiano: atento que una es la morada de la vida y el vestíbulo del cielo; la otra, la morada de la muerte y el vestíbulo del infierno.

Al filósofo: atento que la lucha eterna de las dos ciudades forma la trama general de la Historia, y es la única clave para explicar lo que el mundo ha visto, lo que ve y verá hasta el fin, de crímenes y de virtud, de prosperidades y de reveses, de paz y de revoluciones.

Al teólogo: atento que las dos ciudades, mostrando en acción al Espíritu del bien y al Espíritu del mal, los hacen conocer mejor que todos los razonamientos.

Tomo I

Capítulo I El espíritu del bien y el espíritu del mal

Es decir:

- Dos espíritus opuestos se disputan el dominio del mundo (del hombre y la creación)

- Existe un mundo superior al nuestro

- Ese mundo superior está dividido entre buenos y malos

- La doble influencia del mundo superior sobre la creación inferior.(...)

es inevitable reconocer esta coexistencia y lucha perpetua entre la verdad y la mentira, lo justo y lo injusto, los actos buenos y malos.(...)

Estos dos espíritus no son iguales (que sería maniqueísmo), sino de una desigualdad infinita, ya que uno es Dios, poder eterno, y el otro una simple criatura, ser efímero que un soplo podría extinguir.

(Nunca sabremos por qué Dios permite al Diablo tentarnos, intentemos vislumbrar por qué lo hace):

Mundo superior compuesto por seres más perfectos y poderosos que nosotros, sin materia, puramente espirituales: Dios, los ángeles buenos y malos, en número incalculable, mundo de las causas y de las leyes(...)

La existencia de este mundo superior es la primera de las realidades.(...)

Por todos lados, climas, épocas, civilizaciones, el hombre lleva dentro de sí el sentimiento, yo diría que el presentimiento, que el mundo que ve, el orden dentro del que vive, los hechos que se suceden regularmente y constantemente a su alrededor, no lo son todo.(...)

Y no cree en la existencia aislada de un mundo sobrenatural, sino en su acción libre y permanente, inmediata y real de sus habitantes sobre el mundo inferior. Encontramos la prueba de esta fe en que el hombre reza (el único entre todos los seres de este mundo).(...)

Forma más elevada de oración: el sacrificio. Los sacrificios son ofrecidos a seres buenos o malos, pero siempre diferentes de los del mundo inferior. (Nunca se han hecho sacrificios a seres materiales).(...)

La existencia de los sacrificios es la prueba perpetua de la fe de la humanidad en la influencia permanente del mundo superior sobre el inferior.(...)

El mundo de los cuerpos está gobernado por el mundo de los espíritus: este es, aunque lo haya alterado en aspectos secundarios, el dogma fundamental que siempre ha poseído el género humano.(...)

San Gregorio: “En este mundo visible nada puede ponerse en orden y movimiento sino por un ser invisible.”(...)

Hay una escala de perfección en los seres:

- La criatura puramente material es menos perfecta que la criatura material y al mismo tiempo espiritual. A su vez, ésta es menos perfecta que la criatura puramente espiritual.(...)

Toda la creación que ha descendido de Dios tiende incesantemente a volver a Él, ya que todo gravita hacia su centro.

Los seres inferiores no pueden volver a Dios mas que por intermediación de los superiores.(…)

San Agustín: “Todos los cuerpos están regidos por un espíritu con vida e inteligente, potencia angélica”

(lo que Carlos Castaneda llama “los elementales”)(...)

Tres actos de fe del hombre:

- creo y siempre he creído en la existencia de un mundo superior

- creo y siempre he creído en el gobierno del mundo inferior, no por unas leyes inmutables, sino por la acción libre de agentes superiores.

- creo y siempre he creído que algunas veces, de forma excepcional, Dios interviene directamente o por medio de sus agentes en el mundo inferior; es decir, que suspende o modifica las leyes de las cual es autor y hace milagros.

Capítulo II

(habla de los tipos de conocimiento de la verdad y cuál tienen los ángeles y los hombres. Importancia de estudiar y amar. Rebeldía de Lucifer y su consecuencia).

Un combate de ángeles es puramente intelectual, como los seres que en él toman parte: no es más que oposición entre espíritus puros, de los que unos dicen sí a alguna verdad y los otros dicen no.(…)

La felicidad de un ser consiste en su unión con el fin para el que ha sido creado. Habiendo sido criados todos los seres por Dios y para Dios, su felicidad consiste en su unión con Dios. Si se trata de seres inteligentes, hechos para conocer y amar, esta unión se verifica por medio del conocimiento y del amor. Este conocimiento y este amor, desarrollados tanto como lo permiten las fuerzas de la naturaleza, constituyen la felicidad natural de la criatura.

Mas Dios no se ha contentado con esto. A fin de procurar a los seres dotados de inteligencia una felicidad infinitamente mayor, su bondad, esencialmente comunicativa, ha querido que los ángeles y los hombres se uniesen al Bien supremo por un conocimiento mucho más claro y por un amor mucho más íntimo del que la felicidad natural exige: de aquí la felicidad sobrenatural.

De aquí nacen también dos clases de conocimiento de Dios o de la verdad: uno natural, que consiste en ver a Dios, en la medida que la criatura es capaz de verle por sus propias fuerzas; otro sobrenatural, que consiste en ver a Dios de una manera superior a las fuerzas de la naturaleza e infinitamente más clara que la primera. Este segundo conocimiento es un favor enteramente gratuito. Los ángeles y los hombres, como seres libres, para asegurarse su posesión, deben cumplir las condiciones bajo que Dios lo ha prometido.

De ahí nacen, en fin, como acaba de decirse, relativamente a los ángeles y a los hombres, dos clases de verdades: las del orden natural y las del sobrenatural. Los ángeles conocen perfectamente, completamente, en sus principios y en sus últimas consecuencias, en su conjunto y en sus detalles, todas las verdades del orden natural, esto es, las que entran en la esfera nativa de su inteligencia. Dentro de esta esfera, no hay para ellos error, ni duda, ni por consiguiente contradicción posible. (1) ¿De dónde les viene tan admirable prerrogativa? De la excelencia misma de su naturaleza. Expliquemos más este punto de alta filosofía, tan sabido de la barbarie de la Edad Media, y tan ignorado de nuestro siglo de las luces.

El ángel es una inteligencia pura: su entendimiento está siempre en acto; jamás en potencia: es decir, que el ángel no tiene solamente, como el hombre, la facultad o posibilidad de conocer, siempre está actualmente conociendo. Oigamos a esos grandes filósofos, siempre antiguos y siempre modernos, que se llaman los Padres de la Iglesia y los teólogos escolásticos. «Los ángeles, dicen ellos, para conocer, no tienen necesidad ni de investigar, ni de raciocinar, ni de componer, ni de dividir: ellos se miran, y ven. Y la razón es, que desde el primer instante de su creación han tenido todos la perfección natural, y poseído las especies inteligibles, o sea, representaciones de las cosas, perfectamente luminosas, por medio de las cuales ven todas las verdades que pueden naturalmente conocer. Su entendimiento es como un espejo perfectamente puro, en el que se reflejan y se imprimen sin sombra, sin aumento, ni disminución, los rayos del sol de la verdad.

«No así el entendimiento del hombre. Es un espejo imperfecto, salpicado de manchas más o menos espesas, más o menos numerosas, que no desaparecen sino en parte, y esto por el esfuerzo laborioso e incesantemente renovado del estudio y del raciocinio. La razón de esto es, que el alma humana, estando unida al cuerpo, debe recibir sucesivamente de las cosas sensibles y por medio de las cosas sensibles, una parte de las especies inteligibles, mediante las cuales conoce la verdad. Por esto mismo el alma está unida al cuerpo.» (2)

Supuesto que, desde el instante de su creación, los ángeles conocieron perfectamente todas las verdades del orden natural, la prueba a que fueron sometidos tuvo necesariamente por objeto alguna verdad del orden sobrenatural. Estas verdades, inaccesibles a las fuerzas nativas de su entendimiento, no las conocen los ángeles más que por revelación. «En los ángeles, dice Santo Tomás, hay dos clases de conocimiento: el uno natural, con el que conocen las cosas, sea por su esencia, sea por las especies innatas. En virtud de este conocimiento no pueden alcanzar a los misterios de la gracia; por cuanto éstos dependen de la pura voluntad de Dios. El otro es el conocimiento sobrenatural, que los beatifica, y en cuya virtud ven al Verbo, y en el Verbo todas las cosas. Por esta visión conocen los misterios de la gracia, no todos, ni en igual grado, sino según a Dios le place revelárselos.» (3)

Y el combate tuvo lugar en el cielo, in cælo. ¿Qué cielo es ese? Hay tres cielos, o tres esferas de verdades: el cielo de las verdades naturales; el de la visión beatífica, y el de la fe, medio entre los dos primeros.

Acabamos de ver, que desde el primer instante de su creación, conocían los ángeles perfectamente, en su conjunto y en sus últimas consecuencias, todas las verdades del orden natural. Este conocimiento constituye su gloria; en él consiste su inmensa superioridad sobre el hombre. Así, ningún interés podía moverles a protestar contra ninguna de estas verdades. No tenían siquiera posibilidad de hacerlo; porque todo ser repugna invenciblemente su propia destrucción. Siendo las verdades del orden natural connaturales a los ángeles, protestar contra ellas habría sido protestar contra su mismo ser; negarlas, habría sido una especie de suicidio. El combate, pues, no tuvo lugar en el cielo de las verdades naturales.

Tampoco el cielo de la visión beatífica fue el teatro de aquel combate. Este cielo, recompensa de la prueba, es la mansión eterna de la paz. Allí, todas las inteligencias angélicas y humanas, colocadas frente a frente de la verdad, que contemplan sin velos, confirmadas en gracia, unidas en caridad y consumadas en la gloria, viven la misma vida, sin oposiciones, ni divisiones, ni rivalidades posibles.

¿Cual fue, pues, el cielo del combate? Evidentemente, el lugar, o el estado, en que los ángeles, lo mismo que el hombre, debían sufrir una prueba para merecer la gloria. ¿En que consistía la prueba? Evidentemente también, en admitir algún desconocido misterio del orden sobrenatural. Su admisión, para que fuera meritoria, debía de ser costosa, o difícil. Su objeto, pues, fue algún misterio, que a los ojos de los ángeles parecía chocar con su razón, derogar su excelencia, y menoscabar su gloria.

Admitir humildemente este misterio, bajo la fe de la palabra de Dios; adorarlo, no obstante su oscuridad y las repugnancias que en su naturaleza sentían, a fin de verlo después de haberlo creído, tal era la prueba de los ángeles. En este acto de sumisión, aquellas sublimes inteligencias, inclinando ante el Altísimo sus radiantes frentes, venían a decirle: «Nosotros no somos mas que criaturas tuyas. Tú sólo eres el Ser de los seres. Tu ciencia es infinita; no así la nuestra, por grande que sea. Tu caridad es igual a tu sabiduría. Abrazamos con la plenitud del amor el misterio que has tenido la dignación de revelarnos.» En los consejos de Dios, este acto de adoración, que comprende el amor y la fe, era decisivo para los ángeles, como otro semejante lo fue para Adán, y lo es para cada uno de nosotros: Todo el que no crea, se condenará. (4)

«Y Miguel y sus ángeles combatían contra el Dragón: Michael et angeli ejus proeliabantur cum Dracone. Apenas se había propuesto el dogma, que debían creer, cuando uno de los más brillantes arcángeles, Lucifer, lanzó el grito de rebeldía: «¡Protesto! ¡Se nos quiere humillar: yo me elevaré! Se quiere abajar mi trono; yo lo colocaré encima de los astros. Yo me sentaré sobre el monte de la alianza, a los flancos del Aquilon. Yo, y nadie más, seré semejante al Altísimo.» (5) Una parte de los ángeles repite al punto: «¡Protestamos!» (6)

Al oír estas palabras, otro arcángel, no menos brillante que Luzbel, exclama: «¿Quien como Dios? ¿Quien puede resistirse a creer y adorar lo que Él propone a la fe y adoración de sus criaturas? ¡Creo y adoro!» (7) Entonces la muchedumbre de las jerarquías celestiales, repite: «¡Creemos y adoramos!»

Lucifer y sus secuaces, tan pronto castigados como culpables, convertidos en horribles demonios, son precipitados a las profundidades del infierno, que su orgullo acababa de abrir. (8)

¡Terrible severidad de la justicia de Dios! ¿Cuál es la causa, de dónde proviene, que haya habido misericordia para el hombre y no para el ángel? La razón está en la superioridad de su naturaleza. Los ángeles no pueden convertirse, y los hombres sí. «Es artículo de fe, dice Santo Tomás, que la voluntad de los ángeles buenos está confirmada en el bien, y la de los malos obstinada en el mal. La causa de esta obstinación está, no en la gravedad de la falta, sino en la condición de la naturaleza. Entre la aprehensión del ángel y la del hombre media esta diferencia; que el ángel aprehende inmutablemente por su entendimiento, como se verifica en nosotros respecto de los principios primarios que conocemos. El hombre, a1 contrario, por la razón aprehende la verdad de una manera variable, yendo de un punto a otro, y hasta pudiendo pasarse del sí al no. De donde se sigue, que su voluntad no se adhiere a las cosas sino de un modo variable; toda vez que hasta conserva el poder de dejarlas e irse a las contrarias: al revés de lo que sucede con la voluntad angélica; ésta se adhiere fija e inmutablemente. (9)

Conocemos ya 1a existencia, el lugar y el resultado de la prueba de los ángeles; ¿pero cual fue su naturaleza? En otros términos: ¿Cuál es precisamente el dogma cuya revelación vino a ser la piedra en que tropezaron una parte de las inteligencias celestiales? El examen de esta cuestión será el asunto de los capítulos siguientes.

(1) Angelus intelligendo quidditatem alicujus rei, simul intelligit quidquid ei attribui potest, vel removeri ab ea... per se non potest esse falsitas, aut error, aut deceptio in intellectu alicujus angeli... Nescientia autem est in angelis non respectu naturalium cognoscibilium, sed supernaruralium. S. Th., I p. q. LVIII, art. 4; id., art. 5; id., q. LVIII. art. 2; id., q. LVIII, art. 5.

(2) Angelus semper est actu intelligens, non quandoque actu et quandoque potentia, sicut nos. S.Th., I p., q. L,art. 1, et q. LIV, art. 4; id., q. LV. art, 2; id., q. LVIII, art. 1; id. q. LXXXVII, art. 1.-Angeli non congregant divinam cognitionem á rebus divisibilibus aut á sensibilibus. S.Dionys.,de Diviín.nom.,cap.VII, 88.-Id., Vigier, Institut, etc., cap.2, §.3; et cap.3.§.2.

(3) I p., q.LVII, art. 5, corp.

(4)Qui vero non crediderit, condemnabitur. Marc., XVI. 16.

(5)Conscendam, super astra Dei exaltabo solium meum, sedebo in monte testamenti, in lateribus Aquilonis.., similis ero Altissimo. Is.,XIV, 13, 14.

(6)Tal es el primer origen del Protestantismo. En este sentido bien puede alegar antigüedad.

(7)¿Quis ut Deus?

(8)Simul fuit peccatum angeli, persuasio et consensus; sicut est accensio candelæ, illuminatio aeris et visio, quæ omnia sunt instantanea. S.Th., in Sentent., lib.II. dist. 6, art. 2.-II Petr. II 4.

(9) Part. I, q. LXIV, art. 2. corp.; et 1.ª,2.ª, q.LXXXV, art. 2, ad 3.

Capítulo III Dogma que dio lugar a la división del mundo sobrenatural

(prueba que puso Dios a los ángeles y nos pone a nosotros en cada momento, y de la cual depende nuestra salvación)

Decretado desde siempre, el dogma de la Encarnación del Verbo fue, en su momento, propuesto a la adoración de los ángeles. Los unos aceptaron humildemente la superioridad que Él creaba en favor del hombre, los otros, indignados de la preferencia asignada a la naturaleza humana, protestaron contra la determinación divina. Así es el parecer de un gran número de doctores ilustres (…)

Deberá decirse que el misterio de la Encarnación fue la prueba de los ángeles: si 1.º, ellos tuvieron conocimiento de este misterio; si 2.º, este misterio era a propósito para lastimar su orgullo y excitar sus celos; si 3.º, el Verbo encarnado es el único objeto del odio de Satanás y de sus ángeles.

Escuchemos a los doctores, que establecen estas tres verdades. «Todos los ángeles, dice Santo Tomás, conocieron de algún modo, desde el principio de su existencia, el misterio del reino de Dios, realizado por Cristo; pero sobre todo, desde el momento en que fueron beatificados por la visión del Verbo; visión que los demonios jamás tuvieron, porque fue la recompensa de la fe de los ángeles buenos.»

Que todos los ángeles, sin excepción, hayan tenido, desde el primer instante de su creación, algún conocimiento del Verbo eterno, se comprende por la razón. El Verbo es el sol de verdad que ilumina a toda inteligencia que sale de la noche de la nada: no hay más sol que Él. Pues bien, los ángeles, espejos de rara perfección, no pudieron menos de reflejar algunos rayos de este divino sol, del cual ellos eran las imágenes más perfectas. Pero, por más que ellos tuvieran conciencia de sí mismos y de las verdades que poseían, esos rayos estaban todavía velados y debían estarlo.

Criados en estado de gracia, los ángeles no gozaron, desde su origen, de la visión beatífica. No conocieron, pues, sino imperfectamente el reino de Dios por el Verbo. Que este Verbo adorable, por quien todo ha sido hecho, sería el lazo de unión entre lo finito y lo infinito, entre el Creador y la creación toda entera, y que así establecería gloriosamente el reino de Dios sobre todas sus obras; tales fueron los conocimientos rudimentarios de los espíritus angélicos. Era, en germen, el misterio de la Encarnación, o de la unión hipostática del Verbo con la criatura; pero nada más.

Explicando las palabras del Maestro, dice un sabio discípulo de Santo Tomás: « Los ángeles tienen un doble conocimiento del Verbo, uno natural y otro sobrenatural.

«Conocimiento natural, mediante el cual conocen al Verbo en la imagen de sí mismo, que brilla en la naturaleza de ellos. Este primer conocimiento, iluminado por la luz de la gracia y referido a la gloria de Dios y del Verbo, constituía la bienaventuranza natural en que fueron criados. Sin embargo, no eran todavía perfectamente felices, como capaces de mayor perfección, y que podían perderla, lo que en efecto, aconteció a gran número de ellos.

«Conocimiento sobrenatural o gratuito, en virtud del cual los ángeles conocían al Verbo por esencia y no por imagen. Este no les fue concedido en el primer instante de su creación, sino en el segundo, después de una elección libre por parte de ellos.»

Oigamos ahora a Suárez, por cuya boca, dice Bossuet, habla toda la escuela: «Debe tenerse por muy probable la sentencia que cree, que el pecado de orgullo, cometido por Lucifer, fue el deseo de la unión hipostática: lo que le hizo, desde el principio, enemigo mortal de Jesucristo. He dicho que esta opinión es muy verosímil y sigo diciéndolo. Hemos probado que todos los ángeles, en su estado de prueba, tuvieron revelación del misterio de la unión hipostática, que debía verificarse en la naturaleza humana. Es, pues, del todo creíble que Lucifer encontraría ahí la ocasión de su pecado y ruina.»

Una de las glorias del Concilio de Trento, Catharino,sostiene altamente la misma opinión. Entre otros comentarios, explica en esta forma el texto de San Pablo: Y cuando otra vez introduce al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos sus ángeles. «¿Por qué esta palabra de nuevo, otra vez? Por cuanto el Padre Eterno había ya introducido una vez a su Hijo en el mundo, cuando desde el principio lo propuso a la adoración de los ángeles y les reveló el misterio de la Encarnación. Por segunda vez lo introdujo cuando lo envió a la tierra, para que se encarnara de hecho. Pues, en aquella primera introducción o revelación, Lucifer y sus ángeles rehusaron a Jesucristo su adoración y obediencia. Este fué su pecado.

«En efecto, según la doctrina común de los Padres, el demonio pecó de envidia al hombre; y es lo más probable que pecó antes que el hombre fuera criado. Pero no debe creerse que los ángeles tuvieran envidia de la perfección natural del hombre, en cuanto criado a imagen y semejanza de Dios. En esta suposición, cada ángel habría tenido igual razón, y aun mayor, para mirar con envidia a los otros ángeles. Es, por tanto, más verosímil, que el demonio pecó con el pecado de envidia de aquella dignidad a que vio elevada la naturaleza humana en el misterio de la Encarnación.»

En el capítulo siguiente otras autoridades vendrán a confirmar la sentencia del ilustre teólogo.

Capítulo IV

(continuación del anterior)

«De lo dicho se infiere como evidente: 1.°, que Lucifer no pecó por ambición de ser igual a Dios. Sabia demasiado, para ignorar que es imposible igualarse a Dios: puesto que es imposible que haya dos infinitos. Además, es imposible que una naturaleza de un orden inferior se trueque en otra de un orden superior; supuesto que para esto seria menester que se aniquilase. Él no podía tener semejante deseo, siendo así que toda criatura desea, ante todo e invenciblemente su propia conservación. Así, el profeta Isaías no le hace decir: Yo seré igual, sino: Yo seré semejante a Dios.

«Infiérese en segundo lugar, que Lucifer pecó por desear culpablemente ser semejante a Dios. Él ambicionó ser el jefe de los ángeles, no solamente por la excelencia de su naturaleza, privilegio de que ya gozaba, sino queriendo ser su mediador para obtener la bienaventuranza sobrenatural; la cual él quería adquirir por sus propias fuerzas. De este modo, deseó la unión hipostática (la unión con Dios), el oficio de mediador y el lugar reservado a la humanidad del Verbo encarnado, como si a él le perteneciera mejor que a la naturaleza humana, a la cual sabía que el Verbo se uniría. Querer, pues, apoderarse de esto, era por su parte un acto de rapiña. Por esto Nuestro Señor Jesucristo le llama ladrón.» (...)

La envidia de los ángeles no pudo tener mas que dos objetos: Dios o el hombre. Respecto de Dios, querer ser semejante a Dios, igual a Dios considerado en sí mismo y hecha abstracción del misterio de la Encarnación, es un deseo que el ángel no pudo tener. «Este deseo, dice Santo Tomás, es absurdo y contra naturaleza, y el ángel lo sabia.» Luego el objeto de la envidia de Lucifer fue el hombre. «Por la envidia que tuvo al hombre, dice San Ireneo, el ángel se hizo apóstata y enemigo del linaje humano.» Mas, conforme ya lo hemos visto, el ángel no tenia razón alguna para envidiar la dignidad natural del hombre. Esta dignidad consiste en haber sido criado a imagen y semejanza de Dios. Pero el ángel fue también hecho a imagen de Dios, y aun de un modo más perfecto que el hombre. Una sola cosa elevaba al hombre por cima del ángel y podía excitar sus celos; la unión hipostática.

Si el dogma de la Encarnación, considerado en sí mismo, basta para explicar la caída de Lucifer, la explica mejor todavía examinado en sus relaciones y en sus efectos. Por una parte, este misterio es el fundamento y la clave de todo el plan divino lo mismo en el orden de la naturaleza que en el de la gracia. Por otra, para que los ángeles lo aceptaran, exigía de ellos el mayor acto de abnegación: acto sublime, en relación con la sublime recompensa que debía coronarlo.

Toda la creación, material, humana y angélica, desciende de Dios y debe remontarse a Dios; porque el Señor lo ha hecho todo por sí y para sí sólo. Pero una distancia infinita separa lo creado de lo increado. Para suprimir esa distancia se necesita un mediador; y si se necesita, lo habrá. Este mediador estableciendo el punto de unión y, digamos, la soldadura de lo finito y lo infinito, será el lazo misterioso que una todas las creaciones entre sí mismas y con Dios.

¿Quién será ese mediador? Aquél evidentemente, que habiendo hecho todas las cosas, no puede dejar imperfecta su obra; lo será el Verbo Eterno. A la naturaleza divina unirá hipostáticamente la humana, en la cual se reúnen la creación material y la espiritual. Gracias a esta unión del ser divino y del humano, de lo finito y lo infinito en una misma persona, Dios será hombre, y el hombre será Dios. Este Dios-hombre vendrá a ser la deificación de todas las cosas, principio de gracia y condición de gloria hasta para los ángeles, que deberán adorarlo como a su Señor y dueño. (2)

¡Un hombre-Dios, una Virgen-madre, la sublimación más alta del más bajo de los seres, la naturaleza humana preferida a 1a angélica, la obligación de adorar en un Hombre-Dios a su inferior convertido en superior!. Ante esta revelación el orgullo de Luzbel se revela, su envidia estalla. Dios lo ha visto. Rápida como el rayo, la justicia hiere al rebelde y a sus cómplices en esas disposiciones culpables, que eternizando el crimen, eternizan su castigo. Tal es el gran combate de que nos habla S. Juan.

Su primer teatro fue el cielo; la tierra será el segundo.

Capítulo XVII La Ciudad del bien está rodeada de tres murallas

“Una sola cosa cosa constituye, tanto en lo moral como en lo psíquico, todo el peligro de la situación: es la ruptura del equilibrio. Tiene lugar, en el orden espiritual, siempre que el hombre da preponderancia sobre sí mismo al Espíritu del mal más que al Espíritu del bien: algo que depende de él y sólo de él. Con objeto de apartarle de este acto de locura culpable, al que le instigan incesantemente los príncipes de la Ciudad del mal, el Espíritu Santo no se contenta con proveerle de todos los medios de resistencia, sino que le muestra las consecuencias de su felonía. Son terribles, prontas, inevitables: son la esclavitud, la vergüenza y el castigo. Triple muralla con las que el Rey de la Ciudad del bien rodea su feliz Ciudad para preservar a Sus súbditos de la tentación de salir.

La esclavitud. La libertad es hija de la verdad: Veritas liberabit vos.

(…) la libertad es el poder de hacer el bien, como el entendimiento es la facultad de conocer la verdad. La posibilidad de hacer el mal no es parte de la esencia de la libertad como la posibilidad de equivocarse no es parte de la esencia del entendimiento, o como la posibilidad de estar enfermo no es parte de la esencia de la salud. La impecabilidad es la perfección de la libertad, como la infalibilidad es la perfección del entendimiento o la ausencia de enfermedad es la perfección de la salud.

Caer en el pecado es pues un defecto de la libertad, como caer en el error lo es del entendimiento o caer enfermo es un defecto en la salud. Se sigue que más el hombre peca, más muestra la debilidad de su libre arbitrio, así como cuanto más se equivoca más muestra la debilidad de su razón o, cuanto más enferma más demuestra su débil salud. Más todavía: pecando y desvariando el hombre se degrada y se hace despreciable, pues se asemeja al niño, que no tiene ni la libertad ni el entendimiento, o al insensato, que lo ha perdido, o a la bestia, que no lo tendrá jamás.

Capítulo XVIII La vergüenza

“Una cosa que la bestia no hace, que no puede hacer, que no la hará jamás y que la deja a una distancia infinita bajo el hombre, es la oración. El hombre reza, la bestia no. El hombre adora, la bestia no. Dicho de otra forma, entre el hombre y la bestia una sola cosa hace la diferencia: la religión.”(…)

“Es notorio que el primer acto de un hombre que se ha vuelto ciudadano de la Ciudad del mal es abandonar la oración. Un ejemplo entre mil: si hay en la vida cotidiana una circunstancia donde la oración es sagrada es a la hora solemne de la comida. Decimos solemne porque la comida es una acción profundamente misteriosa. Comiendo el hombre comulga con las criaturas, y de la forma más íntima, pues las transforma en su propia sustancia. Y todas las criaturas están viciadas por el Espíritu del mal, a quien sirven de vehículos para introducirse en el hombre y transmitirle sus venenos. Separada de la oración que las purifica expulsando el demonio, esta asimilación está evidentemente llena de peligros. Así lo ha comprendido toda la humanidad.

De ahí, el hecho inexplicable de otra forma, que todos los pueblos, incluso los paganos, han rezado antes de comer. Siendo el hecho algo universal debe tener por tanto una causa universal. Una causa universal es una ley. Rezar antes de comer es pues una ley de la humanidad. El desprecio orgulloso, la sonrisa estúpida no hacen nada. Siempre habrá en la naturaleza sólo dos tipos de seres que comen sin rezar: las bestias y aquéllos que se les asemejan.”

(actualmente es mucho más importante la oración antes de comer pues cada vez abunda más comida kosher o hallal, infestadas por cultos paganos)(…)

“Un segundo signo de la religión es el amor. Siendo el Espíritu Santo caridad, convierte el alma en la que reside en caridad viviente. El signo distintivo de la caridad es el olvido de uno mismo por Dios y por los demás; el olvido del cuerpo a beneficio del alma, el olvido llevado hasta el sacrificio. ¿Entra el hombre en la Ciudad del mal? Al instante desaparece la caridad y le sucede el egoísmo: el hombre se acuerda de él y nada más que de él. En vez de ir de sí mismo hacia los demás, va de los demás hacia sí. El egoísmo sólo conoce una palabra, pero la sabe de maravilla: mi. Mi en todo, mi por todos lados, mi siempre. Después de mi, Dios y Sus ordenes, después de mi, los demás con sus necesidades y deseos; después de mí, nada. Y no es suficiente: el egoísmo es el sacrificio de los demás a él. Inocencia, honor, fortuna, reposo, salud, la misma vida no son nada para él a partir del momento que trata de satisfacerse.

¿Pero qué es el mi del egoísmo? ¿Es su alma? En absoluto, pues amar al alma es la caridad.

¿Qué es pues? Es la parte inferior de su ser, es el cuerpo, y, dentro del cuerpo, la parte más ínfima. Fuera de la fe todo el trabajo del hombre acaba, en última instancia, en la vida corporal. Beber y comer son sus elementos. Empezada por ellos, sostenida por ellos, acaba en ellos. Tener de qué beber y qué comer, tenerlo a medida de sus deseos, tenerlo abundantemente, asegurarse que tendrá siempre: he aquí la primera y la última palabra del egoísmo. Lo demás no es más que un medio o un resultado.

Pues el laboratorio de la vida animal es el vientre. Es pues al vientre que limita, en resumidas cuentas, la vida de todo hombre convertido en súbdito de aquel que es llamado la Bestia, la Bestia por excelencia, la Bestia en todos los sentidos. De aquí, para definir estas inmensas e inmundas manadas de Epicúreo, la palabra a la vez enérgica y justa del apóstol que les llama 'adoradores del dios vientre': Quorum deus venter est. Eso que es cierto del hombre y algunos pueblos, lo fue de la humanidad la víspera del diluvio, y lo será más todavía hacia el fin de los tiempos.

Esta vergonzosa asimilación del hombre a la bestia se produce con todas las consecuencias. Citaremos sólo una: la estupidez o pérdida de inteligencia. La bestia es estúpida en el sentido que no comprende ni admira. No comprende: comprender es ver la idea en el hecho (Intelligere, in tus legere.) Ponga un triángulo a la vista de un perro y verá un objeto material, con tres lados iguales, pero la idea de triángulo se le escapa. ¿Por qué? Porque más allá del dominio de los sentidos no hay nada para él. La bestia no admira. Para admirar hay que comprender. Seguro que el burro está menos impresionado por ver una obra maestra que por ver un cardo. La bestia ni comprende ni admira. Igualmente el hombre que se convierte en bestia.

Caído de las alturas de la fe, no entiende ya más que de la materia y de la vida material. Buscad el objeto final de sus especulaciones, de sus estudios, de sus descubrimientos, de su política y de todo ese movimiento febril que lo arrastra y lo consume: ¿qué encontraréis? El cuerpo y sus apetitos. Luces, progreso, civilización; ¿cuál es el sentido de todas estas palabras pomposas? Traducidas en prosa vulgar, significan: ciencia de la puchera, filosofía de la puchera, amor de la puchera, garantía y glorificación de la puchera. En otros términos, es el programa invariable, el eterno refran de todos los hombres y de todos los pueblos convertidos en bestias por la bestia infernal. «Comamos y bebamos; que mañana moriremos». Esta es nuestra felicidad, este nuestro destino. Pan y placeres: he aquí todo el hombre.

No me aleguéis como pruebas de la inteligencia del hombre animal la habilidad con que manipula la materia. La golondrina, el gusano de seda y la abeja, la manejan más hábilmente que él. Lo repetimos, la inteligencia consiste en leer la idea en el hecho, en ver la causa en el fenómeno; y no precisamente, repárese bien, no esa causa inmediata, que se deja ver en cualquier caso a través del hecho; sino la verdadera causa, la causa primera y el objeto final. Pues todo esto no se conoce más que en la Ciudad del bien.

Al que habita en la Ciudad del príncipe de las tinieblas habladle del mundo de las causas, del mundo de Dios y de los ángeles, que es el verdadero campo de la inteligencia: todas estas realidades son para él abstracciones o quimeras: es estúpido.

¿Qué será, si le señaláis la intervención permanente, universal, inevitable y decisiva del mundo superior? Asomará a sus labios la sonrisa del desprecio; es estúpido.

Descended de estas alturas: decidle que tiene un alma inmortal, criada a imagen de Dios, rescatada con la sangre de Dios, destinada a una bienaventuranza o a una infelicidad eterna: añadidle, que como el único negocio del hombre es salvarse, el ocuparse en todos los demás, excepto ese, es lo mismo que cazar moscas o tejer telarañas: al oir esto, o bosteza o duerme; es estúpido.

Tratad de desarrollar ante sus ojos las maravillas de la gracia, todos esos portentos del poder, de la sabiduría y del amor que han agotado la admiración de los mayores ingenios, en esto le habláis una lengua, de la que no entiende una palabra; es estúpido.

Sermones, libros de piedad o de filosofía cristiana, conversaciones religiosas, fiestas solemnes, que con los misterios más augustos representan al entendimiento y al corazón los beneficios más memorables del cielo y los acontecimientos más grandes de la tierra, en una palabra, todo lo que pertenece al mundo sobrenatural lo pone de mal humor, no comprende nada de eso, no siente nada; es estúpido.

Pero habladle de dinero, comercio, vapor, electricidad, máquinas, carbón de piedra, algodón, remolacha, ganado, praderías, abonos, producción y consumo; entonces todo se vuelve ojos y orejas. Habéis tocado la cuestión vital de su filosofía, la cuestión de la puchera. Él no conoce otra. «Olvidando su dignidad, dice el profeta, el hombre se ha tenido por una bestia sin inteligencia y se le ha hecho semejante.»

El castigo.

Para proteger la paz y la vida de sus súbditos contra los ataques del enemigo, el Espíritu Santo circunvala su Ciudad de un tercer baluarte, más sólido que los primeros.

Si el hombre, quien quiera que sea, osa decir al Rey de la Ciudad del bien: que quiero obedecerte más, non serviam; al instante, de libre que era se hace esclavo y camina al embrutecimiento. Arrastrado a todas las degradaciones intelectuales y morales, comienza a sufrir desde esta vida el infierno que le espera en la otra. Tal es, según acabamos de verlo, la suerte que le está inevitablemente reservada al individuo. ¿Pero sucede, que la rebelión contra el Espíritu Santo se hace contagiosa, hasta el punto de que, en su conjunto, un pueblo o el mismo linaje humano no es más que un gran insurrecto? Entonces el crimen, desbordándose por todas partes, atrae castigos excepcionales.

Toda ley lleva tras de sí una sanción. Toda ley, como impuesta al hombre que se compone de alma y cuerpo, es una espada de dos filos que hiere al prevaricador en las dos partes de su ser. Tomad una ley cualquiera, divina o eclesiástica; examinándola bien, tened por seguro que encontraréis, sin perjuicio de la sanción moral, una recompensa o un castigo temporal, que acompaña su observancia o su violación.

Omitiendo los azotes particulares; estúdiense los anales históricos y proféticos del mundo. En ellos se registran tres grandes catástrofes. La primera, el diluvio, o la ruina del mundo antediluviano. ¿Cuál fué la causa de este cataclismo, en que pereció la raza humana toda entera, excepción hecha de solas ocho personas? El que rompió con su mano omnipotente los diques del mar y abrió las cataratas del Cielo, nos la revela en dos palabras. «Mi Espíritu, dice el Señor, no permanecerá mucho tiempo en el hombre; porque el hombre se ha hecho carnal».

Esta terrible sentencia se traduce así: A pesar de todas mis advertencias, el hombre ha sacudido el yugo de mi espíritu, espíritu de luz y de virtud; y se ha entregado a la influencia del espíritu de tinieblas y malicia. El mundo sobrenatural, su propia alma, yo mismo, no somos ya nada para él. De su cuerpo ha hecho su Dios: se ha convertido en carne. Esa criatura culpable y degradada es indigna del beneficio de la vida; perecerá. De este modo, «un diluvio de pecados trajo el diluvio de agua, que acabó con todos».

Una segunda catástrofe, no menos ruidosa que la primera, es la ruina del mundo pagano. Olvidando la terrible lección que había recibido, el hombre se sustrajo nuevamente a la acción del Espíritu Santo. Entregado en cuerpo y alma al Espíritu maligno, había llegado a reconocerlo casi universalmente por su rey y por su Dios. Bajo mil nombres diversos lo adoraba en millones de templos de uno a otro extremo del mundo, y cuantos eran los actos de adoración, igual era el número de sacrilegios, infamias y crueldades. Como antes del diluvio, así ahora el hombre se había hecho carne; y por esto, al soplo de los bárbaros el mundo pagano desapareció en un diluvio de sangre.

Resta la tercera catástrofe, más terrible y no menos cierta que las precedentes; y es la ruina del mundo apóstata del cristianismo por el diluvio de fuego que pondrá fin a la existencia del hombre sobre el globo. Conculcando los méritos del Calvario y los beneficios del Cenáculo, el mundo de los últimos tiempos se constituirá en plena rebelión contra el Espíritu del bien. Esclavo del Espíritu del mal, más que nunca lo haya sido, se entregará con inaudito cinismo a toda suerte de iniquidades. El número de tránsfugas será tal, que la Ciudad del bien quedará casi desierta, en tanto que la del mal tomará proporciones colosales. Por tercera vez, el hombre se hará carne. El Espíritu del Señor se retirará para no volver; y un diluvio abrasará la tierra, mil veces más culpable, porque será mil veces más ingrata, que la de los paganos y los gigantes.

La esclavitud, la afrenta, el castigo; estos son los tres baluartes, que tiene que franquear el hombre para salirse de la Ciudad del bien. Si a estos medios exteriores se añaden los auxilios y beneficios de todo género, que se prodigan a los venturosos habitantes de esta feliz Ciudad, ¿no hay derecho para creer que nadie querrá abandonarla? ¿Y la experiencia confirma esta conclusión? La historia nos lo va a decir.

Capítulo XX

“De todos los actos religiosos el sacrificio es, sin duda, el más significativo y a la vez el más inexplicable” (...)

“Hay que recordar que ha habido sacrificios humanos por todos sitios durante dos mil años; que han sido practicados a gran escala; que los juegos de anfiteatro, en los que perecían en un solo día varios centenares de víctimas, eran fiestas religiosas; que durante el mandato de los Césares estos juegos se realizaban varios días a la semana; que había anfiteatros en todas las ciudades importantes del imperio romano; que el sacrificio humano (también) tenía lugar fuera de las fronteras de este imperio; que en América ha excedido todas las proporciones conocidas; en fin, que continúa la misma carnicería a hora de hoy (1864) en todos los lugares que han quedado bajo la entera dominación del príncipe de las tinieblas.” (…)

(antes cita un sacrificio humano en Dahomey. Los judíos llegaron a quemar a hijos e hijas en honor a Moloc. 2 Re 23,10; Jer 7,31; 32,35)

“¿Qué se hace con los cadáveres? La historia nos enseña que siempre y en todo lugar el festín, bajo una forma u otra, acompaña al sacrificio.”

(luego cita otro sacrificio en Abomey, con motivo de la muerte de un rey)

“millares de víctimas humanas son inmoladas bajo pretexto de enviar así al difunto rey la noticia de la coronación de su sucesor (Le tour du monde, 103, 104).

Todos estos horrores se cometen en nombre de la religión y hay pretendidos espíritus ilustres que dicen que todas las religiones son buenas. Es, por tanto, indiferente practicar una religión que prohíbe bajo pena eterna atentar contra la vida del hombre como una religión que manda inmolar a los hombres por millares?...”

(realmente sólo hay una religión, las otras no re-conectan al hombre con Dios)

Capítulo XXI bis

“Rival implacable del Verbo Encarnado, Satán quiere ser tenido por Dios. El signo de la divinidad es el culto de adoración (latria). El acto supremo de adoración es el sacrificio. El medio de obtener el sacrificio es ordenarlo. El modo de ordenarlo es a través del oráculo. Como está inmutable en el mal, Satán siempre ha querido hacerse pasar por Dios y lo querrá siempre. Por ello ha siempre querido y querrá el sacrificio. Así, con un nombre u otro siempre ha tenido y tendrá oráculos, allí donde el 'Dios mono' (ver nota) pueda ejercer su imperio.”

(NT: el autor usa “singe de Dieu” por ser Satanás una caricatura de Dios, así como un mono es una caricatura de un hombre)

(Esta consulta al oráculo es una caricatura de:)

“Sabemos que antes de iniciar nada importante, el antiguo pueblo de Dios tenía orden de consultar el oráculo del Señor: os Domini. El Evangelio no cambió en nada esta prescripción. ¿No vemos al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, implorando fielmente la iluminación del Espíritu Santo para saber en los momentos importantes lo que conviene hacer y la manera de hacerlo? ¿No se dirigían las naciones de Oriente y Occidente, tanto en cuanto fueran cristianas, hacia el Soberano Pontífice, oráculo viviente del Espíritu Santo, para preguntarle sobre reglas de conducta, rogándole decidiera entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo e injusto? No es esto consultar al oráculo del Señor: os Domini? En su vida privada, los mismos creyentes, que conservan la fe en las relaciones necesarias del mundo superior con el mundo inferior, cumplen religiosamente con esta práctica. ¿Qué es esto, mas que consultar al oráculo del Señor: os Domini?”

“Por muy abominable que sea, el sacrificio corporal tantas veces ordenado por los oráculos no satisface al demonio. Su odio exige otro más abominable todavía: el sacrificio del alma. Así como inspira el primero, inspira el segundo. En la Ciudad del bien el objetivo final del sacrificio, como el de todas las prácticas religiosas, es el de reparar o perfeccionar en el alma la imagen de Dios, para que, asemejada a su Creador, entre en el momento de la muerte en posesión de la felicidad eterna. Despojar al alma de su belleza nativa despojándola de su santidad, es decir, borrar de ella hasta los últimos vestigios de semejanza con Dios, para que al salir de la vida se convierta en víctima eterna de su corruptor, este es el objetivo diametralmente contrario del Rey de la Ciudad del mal.

Con la misma tiranía que exige la efusión de sangre, exige la profanación de las almas”.

(Sobre desfigurarse el cuerpo)

“La moda de desfigurarse o de deformarse físicamente se encuentra por todos sitios”.

(deformación del cráneo en los Andes, orejas y cuellos en África, pies en China, piercings,...)

“Qué espíritu sugiere al hombre que no está bien tal como Dios le hizo?(...) hay que recordar dos cosas igualmente ciertas: la primera que el hombre fue hecho, en su cuerpo y alma, a imagen del Verbo Encarnado; la segunda, que el objetivo de todos los esfuerzos de Satanás es hacer desaparecer del hombre la imagen del Verbo Encarnado, a fin de conformarle a la suya. Estas dos verdades incontestables llevan lógicamente a la conclusión siguiente: La tendencia general del hombre a desfigurarse es el resultado de una maniobra satánica.(…)

Entre todos los pueblos, uno sólo, mezclado con todos los pueblos, escapa de esta tendencia: es el pueblo judío. Investido de una misión providencial, que usa su identidad para acreditarse, es necesario que sea reconocido eternamente como judío, y Satán no tiene el permiso de desfigurarle.(...)

4º Cuanto más alejadas de la influencia del cristianismo o del Espíritu Santo están las naciones, más prolifera la tendencia a las deformaciones; y al contrario, cuanto más cristianas son, más disminuye.”

(Sobre la barbarie que reinaba en el mundo donde no había llegado el Evangelio):

Capítulo XXIII

(La serpiente como símbolo del diablo. Adoraciones en la antigüedad … y quizá en la actualidad).

“tal era la veneración de la que el odioso reptil disfrutaba entre los griegos, que Alejandro se vanagloriaba de haber tenido uno por padre. De ahí viene que sus medallas le representen en forma de niño saliendo de la boca de una serpiente. Veremos pronto que Augusto alardeaba de tener el mismo origen.”

TOMO II

Capítulo I

Tres cosas constituyen el ser: la medida, el número y el peso. En los seres materiales, la medida es el fondo o la sustancia; el número, es la figura que modifica la sustancia; el peso, es el lazo que une la sustancia a la figura y todas las partes entre sí. (Sustancia, figura y unión componen todo lo creado)(…)

La medida, el número y el peso no están en las criaturas sino porque Dios las ha puesto. Dios no ha puesto esas tres cosas sino porque las posee, es decir, porque Él mismo es de algún modo medida, número y peso.(…)

«En todas las criaturas, dice San Agustín, aparecen los vestigios de la Trinidad. Cada obra del divino artífice presenta tres cosas: unidad, belleza y orden. Todo ser es uno, como una es la naturaleza de los cuerpos y la esencia de las almas. Esta unidad recibe por precisión una forma determinada, como las figuras o cualidades de los cuerpos, la doctrina o el talento de las almas. Esta unidad y esta forma están relacionadas entre sí y ordenadas de algún modo; como en las cuerpos la pesantez y la posición, en las almas el amor y el placer. Y así, puesto que es imposible no vislumbrar al Criador en las criaturas, venimos en conocimiento de la Trinidad, de la cual cada uno de los seres criados presenta un vestigio, más o menos manifiesto. En efecto, en la sublime y adorable Trinidad está el origen de todos los seres, la perfecta belleza y el supremo amor.»(…)

«En cada criatura se encuentran cosas que tienen relación necesaria con las personas divinas como causa. En efecto, cada criatura tiene su propio ser, y su forma que determina la especie y la relación que dice con otras cosas. Ahora bien, según que es una sustancia criada, representa la causa y el principio, y así denota a la persona del Padre, que es principio sin principio. Según que tiene una forma y especie, denota al Verbo, en cuanto la forma de la obra proviene de la concepción del artífice. Según que tiene orden, denota al Espíritu Santo como amor que relaciona unos seres con otros y procediendo de la voluntad creadora. A ésto se refieren la medida, el número y el peso; la medida a la sustancia del ser, el número a la forma y el peso al orden.»

Capítulo II

«En una palabra, los evangelistas toman por punto de partida el misterio de la encarnación. Nos lo revelan y nos mandan creer en él. En cuanto al de la Trinidad, que le precede, y que es su base en la fe, lo tratan como un punto ya manifiesto y admitido entre las creencias de la antigua ley. He aquí por qué no dicen en ninguna parte, sabed, creed que hay tres personas en Dios. En efecto, todo aquél que está familiarizado con lo que enseñaban los antiguos doctores de la sinagoga, principalmente aquéllos que vivieron antes de la venida del Salvador, sabe que la Trinidad en un solo Dios es una verdad admitida entre ellos desde los más remotos tiempos».

Sin embargo, hay una creación más noble que la del universo material, más noble que la del hombre mismo: es la creación del cristiano. Lo mismo que las dos primeras, esta tercera obra maestra comienza por la revelación del dogma de la Trinidad. Cumplióse la plenitud de los tiempos; el Verbo, por quien todo ha sido hecho, descendió a la tierra para regenerar su obra. A su voz, debía surgir un mundo nuevo más perfecto que el antiguo. Él mismo se va a volver a su Padre; pero sus apóstoles han recibido el mandato y el poder para continuar esta maravillosa creación. En el solemne momento de su partida, deja salir de sus divinos labios el inefable nombre de Jehova, que no había pronunciado todavía por entero, y cuya completa enunciación había de ser, según la tradición profética de la sinagoga, la señal de la redención universal».

Capítulo III

Las obras de Dios son de dos clases: de naturaleza y de gracia. Pues unas y otras se atribuyen al Espíritu Santo, como al Hijo y al Padre. En el orden natural la creación del hombre y del mundo: acabamos de verlo por el testimonio de los libros santos. Añadamos solamente la palabra tan precisa del santo hombre Job: «El Espíritu de Dios me crió, Spiritus Domini fecit me. (XXXIII, 4).»

En el orden de la gracia la regeneración del hombre y del mundo.

Capítulo VII Misión del Espíritu Santo

El Padre hace hombre, el Hijo hace cristianos, el Espíritu Santo hace santos y bienaventurados. La obra del Espíritu Santo es, pues, más elevada que la del Padre y del Hijo, como coronamiento de una y otra.(…)

La magnífica misión del Espíritu Santo es completar la obra del Verbo, haciendo en los corazones lo que Él había hecho en las inteligencias, completar de este modo la transformación del hombre en Dios.

Capítulo VIII

¿Cuáles son esas siete columnas que sostienen el edificio (de la Iglesia)? Los siete dones del Espíritu Santo, que hacen a la Iglesia inquebrantable en medio de las tempestades y de los temblores de tierra. ¿De qué manera? Oponiendo cada uno en particular una fuerza de resistencia superior a la violencia de los siete espíritus malignos, poderosos enemigos de la Ciudad del bien. Al demonio del orgullo resiste el don de temor; al demonio de la avaricia el don de consejo; al demonio de la lujuria el don de sabiduría; al demonio de la gula el don de inteligencia; al demonio de la envidia el don de piedad; al demonio de la ira el don de ciencia; al demonio de la pereza el don de fortaleza.

Capítulo X

La gracia es la prueba de la reconciliación, pero los dones no se dan a los enemigos, sino a los amigos. Era, pues, necesario que el Verbo se ofreciera por nosotros en sacrificio y que inmolando su carne destruyera nuestra enemistad para hacernos amigos de Dios y capaces de recibir el don divino: el Espíritu Santo

lo mismo en el orden de la gracia que en el de la naturaleza, Dios no procede bruscamente y por saltos. Por el contrario, todas sus obras se hacen con suavidad y progresando insensiblemente.

Capítulo XI

María fue la más hermosa de las hijas de los hombres. Tipo perfecto de la belleza moral, fué igualmente tipo perfecto de la belleza física.

La virgen es el complemento de la Trinidad.

Capítulo XII

el anatema, cuarenta veces secular, (la edad del mundo entonces) que pesaba sobre la mujer queda levantado para siempre; porque en adelante la mujer aparecerá a la cabeza de todo bien.

Desde la prevaricación primitiva, pesaba sobre la mujer un anatema especial; era preciso que una mujer viniese a levantarlo. Era preciso, a fin de que el Príncipe de la Ciudad del mal pasara por la vergüenza de ser vencido por aquélla misma que él usó como instrumento de su victoria. Era preciso para que la mujer, que fue causa principal de la ruina del hombre, lo fuera de su salvación. Culpable mensajera del demonio, trajo la muerte al hombre; bienhechora mensajera de Dios, debía devolverle la vida.

Capítulo XIII Jesucristo, segunda creación del Espíritu Santo

Una Virgen-Madre es la primera creación del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento; un Hombre-Dios es la segunda. Así lo exigía el orden de la Redención. A partir de una mujer y un hombre culpables Satanás había formado la Ciudad del mal; por uno de esos armoniosos contrastes, tan frecuentes en las obras de la sabiduría infinita, el Espíritu Santo formará la Ciudad del bien a partir de una mujer y un hombre perfectamente justos. Conocemos ya a la nueva Eva; resta estudiar el nuevo Adán.

Divinizar al hombre, tal es el eterno pensamiento de Dios. Satanizar al hombre, tal es el eterno pensamiento del infierno. Divinizar es unir; satanizar es dividir; estos son los dos polos sobre los que gira el mundo moral. Para divinizar al hombre el Verbo creador ha dispuesto unirse hipostáticamente a la naturaleza humana. Hombre-Dios, se hará el principio de las generaciones divinizadas.

Capítulo XV Tercera creación del Espíritu Santo: la Iglesia

El cuerpo de Jesucristo es la santa Iglesia católica. Fuera de este cuerpo divino, el Espíritu Santo no vivifica a nadie.

Capítulo XX Nacimiento del cristiano, el bautismo

(continuación del anterior)

Estos hechos y otros muchos permiten, pues, afirmar con toda seguridad, que entre las criaturas animadas, el objeto privilegiado del odio de Satanás es la mujer; y entre las inanimadas, el agua. La mujer, porque María es la madre del Verbo encarnado: el agua, porque en el bautismo ella es la madre del cristiano, hermano del Verbo encarnado. De ahí proviene la solicitud particular con que la Iglesia vela por la mujer y especialmente por la doncella. De ahí proviene también, que entre todos los elementos el agua es el que la Iglesia purifica más frecuentemente y del que se sirve siempre para purificar las criaturas.(…)

Es pues, eternamente verdadera la bella palabra de Tertuliano: Los cristianos somos pececillos que nacemos en el agua. Pisciculi in acqua nascimur. Y no es menos verdad lo que añade: Y no podemos vivir, sino permaneciendo en el agua. Nec aliter quam in acqua permanendo salvi sumus.

Capítulo XXI Desarrollo del cristiano

¿qué le falta al cristiano? (que nace con el bautismo) Todo lo que le falta al niño recién nacido. Al niño, ahora sea hijo del rey o de un mendigo, le faltan los medios de conservar la vida que tiene. Lo mismo le pasa al cristiano: poseyendo la vida divina, carece todavía de los medios de conservarla y perfeccionarla. Veamos, pues, con cuánta liberalidad ha atendido el Espíritu Santo a las necesidades de su hijo.

Llegamos a los misterios inefables de la gracia. Va a desenvolverse ante nuestros ojos todo el sistema de educación, o más bien, deificación levada a cabo por el Espíritu Santo para conducir al cristiano hasta la semejanza perfecta con su hermano mayor, el Verbo hecho carne. Este magnífico sistema comprende los sacramentos, las virtudes, los dones, las bienaventuranzas y los frutos. Estos medios de conservación y deificación, dispuestos con admirable sabiduría, se suceden, se encadenan, se prestan mutuo concurso, y convierten el desarrollo del cristiano en la obra maestra del Espíritu Santo, en su obra peculiar, o como dice San Pablo, la construcción de Dios: Dei oedificatio estis.

Los sacramentos han sido instituidos para curar las enfermedades del alma: ¿pero cómo producen ese efecto? El Bautismo se instituyó contra la falta de la vida divina; la Confirmación contra la debilidad natural de los niños; la Eucaristía contra las malas inclinaciones del corazón; la Penitencia contra el pecado mortal, o la pérdida de la vida divina; la Extremaunción contra las reliquias del pecado y las enfermedades del alma; el Orden contra la ignorancia y la disolución de la sociedad cristiana; el Matrimonio contra la concupiscencia personal y contra la extinción de la Iglesia, que sería la desaparición de la vida divina sobre la tierra. He aquí el conjunto más completo de remedios preservativos y curativos de todas las enfermedades del alma, inclusa la muerte misma. ¿Quién los concibió? ¿Quién los estableció? ¿Quién les dio la eficacia? El Espíritu Santo (…)

Pero así como el grano de trigo no se envuelve en la tierra sino para que brote en espigas, del mismo modo el elemento sobrenatural no se infunde en el alma sino para que se manifieste por medio de hábitos sobrenaturales que se llaman virtudes. Las virtudes son siete, como los sacramentos, tres teologales y cuatro cardinales.

A las virtudes se agregan los dones; que como inspiraciones permanentes del Espíritu Santo perfeccionan las virtudes, comunicándoles un nuevo impulso, una energía más sostenida, una tendencia más elevada. Son también siete y forman, dice un concilio, las siete grandes santificaciones del cristiano. (…)

Los diez preceptos del decálogo dicen relación a las siete virtudes, teologales y cardinales.

Cuando el cristiano ha llegado a la perfección de la vida divina, lo que resta es que persevere en ella. Mas esto no puede conseguirlo por sí solo. Su debilidad natural, junto con los ataques incesantes de sus enemigos, le exponen continuamente al peligro de un fracaso. Pero la gracia que hemos visto manifestarse en las virtudes y los dones, se manifiesta aquí en oraciones. Las siete peticiones de la oración dominical corresponden a los siete dones del Espíritu Santo (…) Conservados y fortificados por la oración, los siete dones del Espíritu Santo se convierten en las manos del cristiano en armas de precisión contra sus enemigos. Satanás nos ataca con siete armas que se llaman los siete pecados capitales. Los siete dones del Espíritu Santo son su oposición adecuada.

El cristiano, librando valientemente los nobles combates de la virtud, se mantiene en el orden. El orden le proporciona la paz con Dios, con sus hermanos y consigo mismo. De esta paz nacen las siete bienaventuranzas.

En fin, los buenos trabajos dan fruto glorioso, como dice la Escritura: Bonorum enim laborum gloriosus est fructus. Y como no hay mejores trabajos que los que se llevan a cabo en el vasto campo de la vida espiritual, corresponden a estos nobles trabajos los doce frutos del Espíritu Santo El alma feliz que de estos frutos deliciosos se alimente, cata ya en el mundo aquél otro fruto que los comprende a todos, el fruto de la vida eterna: Fructus in vitam æternam. (…)

Si son doce los artículos del Símbolo, doce los frutos del Espíritu Santo y diez los preceptos del Decálogo, siete son los sacramentos, siete las virtudes madres, siete las peticiones del Padre nuestro, siete los dones del Espíritu Santo, siete las bienaventuranzas, siete los pecados capitales, siete las obras de misericordia corporales, y siete las obras de misericordia espirituales.

Capítulo XXII Los números

Los más remarcables son el tres, el cuatro, el siete, el diez, el doce y sus múltiplos. (…)

Si tenemos en cuenta que la Biblia es, de entre todos los libros conocidos, el único que indica constantemente y con precisión aparentemente minuciosa, los números de las cosas, de las medidas y de los años; que la Biblia es la obra de la sabiduría infinita; que no contiene nada inútil y no encierra sino misterio y verdad; si tenemos en cuenta, volvemos a decir, que Dios lo ha hecho todo con número; ¿cómo no hemos de reconocer en esta repetición admirable (de los números citados antes) la intención marcada de instruirnos? Pero, ¿qué nos enseñan los números sagrados?

Según los Santos Padres y en particular San Agustín, el número tres nos enseña la Santísima Trinidad. En Dios hay unidad, trinidad, indivisibilidad. El número tres es uno e indivisible; para dividirlo es preciso fraccionarlo, esto es, romperlo y destruirlo. De Dios vienen todos los seres; del número tres, unidad primordial, salen todos los números. El Dios uno y trino ha grabado su sello en todas sus obras. De aquí este axioma de la filosofía tradicional: Todas las cosas son uno y tres. (…)

Si el número tres es el signo de la eternidad, el signo de Dios en tres personas y del alma en tres facultades, el número cuatro, dice San Agustín, es el signo del tiempo y de la materia. Signo del tiempo; cada uno de los años de que se compone el siglo en divide en cuatro partes: la primavera, el estío, el otoño y el invierno. Esta división no es en manera alguna arbitraria, atendiendo a que señala cambios palpables en la naturaleza. La Escritura cuenta también cuatro vientos, en alas de los cuales se esparcen por los cuatro puntos del globo, ya los granos de las plantas, ya la semilla evangélica.

Admiremos cómo el número cuatro completa la enseñanza del número tres. Revelador de la Trinidad, y de la eternidad, el número tres dice al hombre que sólo Dios es indivisible, inmutable y eterno. Signo de la criatura y del tiempo el número cuatro, le dice que el tiempo y todo lo que es del tiempo es divisible, variable y perecedero; que la tierra es un lugar de tránsito; que nosotros somos en ella viajeros, y que la vida es una marcha incesante hacia lo inmutable.

Lo que el número cuatro enseña por sí mismo, continúa enseñándolo por sus múltiplos. Fecundado por el número tres produce el doce. De entre todos los números el doce es uno de los más sagrados. Representa el tiempo, el espacio, la creación entera, vivificada por la Santísima Trinidad y llamada a la deificación. En el día del juicio, dice el Verbo creador, redentor y santificador, habrá preparados doce asientos para los doce apóstoles llamados a juzgar a las doce tribus de Israel.

¿Qué significan estos doce asientos?, pregunta San Agustín. ¿Por qué el número doce y no otro? El mundo se divide en cuatro partes, según los cuatro puntos cardinales. Los habitantes de estas cuatro partes son llamados, perfeccionados y santificados por la Santísima Trinidad. Como tres veces cuatro son doce, ved por qué los santos pertenecen al mundo entero, y por qué habrá doce asientos preparados para los doce jueces de las doce tribus de Israel. En efecto, por una parte, las doce tribus de Israel representan no solamente la totalidad del pueblo judío, sino la de todos los pueblos; por otra parte, los doce jueces representan la universidad de los santos, venidos de las cuatro partes del mundo y llamados a juzgar a los pecadores, traídos también de las cuatro partes del mundo. Así, el número doce representa a todos los hombres, jueces y juzgados, reunidos de las cuatro partes del mundo ante el tribunal del Hombre-Dios. (…)

(el número doce) es tan sagrado que hubo que completarlo después de la apostasía de Judas. (…)

El número cuarenta, dice San Agustín, marca la duración del tiempo que trabajamos sobre la tierra.

Capítulo XXIII

(continuación del anterior)

Según Santo Tomás, el número diez es el signo de la perfección. ¿Por qué? Porque es el primero y el último límite de los números. Más allá del diez, los números ya no continúan, sino que vuelven a empezar por el uno. (…)

para hacer un santo, se necesitan nos cosas: los diez mandamientos y los siete dones del Espíritu Santo Luego la salvación descansa en el número diez y en el número siete. (…)

Si el orden moral, la virtud, la santidad descansan sobre el número diez combinado con el siete, resulta que el signo del desorden moral o del pecado es el número once, y que la totalidad del desorden moral o del pecado, se designa por el mismo número multiplicado por siete. Expliquemos este nuevo teorema de la geometría divina. Supuesto que el número diez marca la perfección de la virtud en el mundo y de la bienaventuranza en el cielo, el once debe indicar necesariamente el pecado. En efecto, ¿qué es el pecado? Es una transgresión de la ley; y como el nombre mismo lo dice, la transgresión tiene lugar cuando se sale del límite del deber, significado por el número diez. Pues bien, saliendo del diez, el primer número que se encuentra infaliblemente es el once.

Y así sucede que, en el Evangelio, nunca el número once se multiplica por diez, sino por siete. ¿Por qué no se multiplica por diez? Porque diez es el signo de la perfección y comprende a la Trinidad representada por tres y al hombre representado por siete a causa del alma con sus tres facultades, y del cuerpo con sus cuatro elementos. Pues la transgresión no puede pertenecer a la Trinidad: y así, para multiplicar el once, signo del pecado, queda el siete en significación de los pecados del alma y del cuerpo. Los pecados del alma son la profanación de sus tres facultades, como los del cuerpo son la profanación de sus cuatro elementos. (…) De este modo, once multiplicado por siete designa la totalidad de la transgresión y el último límite del pecado.(...)

En los consejos eternos, el descendimiento del Hijo de Dios al mundo tuvo lugar en el momento preciso en que habían pasado setenta y siete generaciones de pecadores; para dar a entender con este número misterioso que había venido a borrar todos los pecados cometidos por el género humano. (…)

¿Cuáles son los cálculos, o mejor, los números especiales con arreglo a los que ha sido edificado el cristiano, sobre los cuales descansa y que son como el maderamen del edificio y la medida de sus proporciones? El cristiano ha sido hecho con dos números los más sagrados: el siete y el diez. Por ellos subsiste; el mundo concluirá, cuando se complete la suma de estos dos números misteriosos combinados conjuntamente y multiplicados por la Trinidad. Como prueba de lo que acabamos de decir, recordemos este bello pasaje de San Agustín: «El Espíritu, autor de los dones santificantes, es designado por el número siete, y Dios, autor del decálogo, por el número diez. Para hacer un cristiano, es preciso reunir esas dos cosas. Si tenéis la ley, no cumpliréis sin el Espíritu Santo lo que está mandado. Pero cuando ayudados por el Espíritu de los siete dones, conforméis vuestra vida con el decálogo, estaréis edificados y perteneceréis al número diez y siete. Perteneciendo ya a este número y sumándolo llegaréis al número ciento cincuenta y tres. En el día del juicio, os encontraréis a la derecha para ser coronados; no a la izquierda para ser condenados.»

Capítulo XXIV La Confirmación

Cada uno de los sacramentos confiere, además de la gracia santificante, una gracia particular que está en relación con el objeto del sacramento que la da; a esta gracia se la llama sacramental. La del sacramento de la Confirmación, es la gracia de la fortaleza. (...)

En materia de sacramentos se llama carácter un poder espiritual destinado a ejecutar algunas acciones en orden a la salvación. Este carácter es una gracia. Se da esta gracia con el objeto de distinguir a los que la reciben de los que no la reciben. Toda gracia obra sobre la esencia misma del alma. El carácter sacramental es pues interior, inherente al alma y, por consiguiente, inamisible. (que no puede perderse) Por eso los sacramentos que lo imprimen no pueden ser reiterados. (Bautismo, Confirmación y Orden).(...)

Se entiende por hábito una disposición o una cualidad del alma, buena o mala. Es buena si está conforme con la naturaleza del ser y con su fin; mala, si es contraria a éste o aquélla. Siendo el hábito una fuerza o un principio de acción, da lugar a actos buenos o malos. Así, el hábito de obrar con reflexión es bueno; porque está conforme con la naturaleza del ser racional. Al contrario, el hábito de excederse en el sueño, en la comida o en la bebida, es malo; porque tiende a poner debajo lo que debe estar encima; el cuerpo sobre el alma.

La virtud es un hábito esencialmente bueno. Esta definición muestra toda la diferencia que hay entre el hábito propiamente dicho y la virtud. El primero es bueno o malo, y conduce al bien o al mal. La segunda es buena y no puede conducir sino al bien. De aquí, esta otra definición de San Agustín; «La virtud es una buena cualidad o un hábito del alma, por el cual se vive rectamente, del cual nadie hace uso para lo malo, y que Dios produce en nosotros sin nosotros».

En el orden puramente natural se distinguen las virtudes infusas y las virtudes adquiridas. Las primeras, como dice San Agustín, están en nosotros sin nosotros; pero es evidente que por los actos frecuentemente repetidos, estas buenas cualidades adquieren a la larga una grande energía. Así desarrolladas, se llaman virtudes adquiridas. Tanto en unas como en otras, el hombre o debe atribuir a sí mismo lo que pertenece a Dios; pues lo mismo en el orden natural que en el sobrenatural, trabaja siempre sobre un fondo divino. Los gérmenes de las virtudes adquiridas están en él sin él. Su mérito consiste solamente en el cultivo que da a los dones del Criador. Y aun así, los actos que resultan de su cooperación, no llegan jamás a la perfección del principio de que dimanan; son semejantes al arroyuelo, cuyas aguas nunca son tan puras como las del mismo manantial.

Las virtudes naturales infusas o adquiridas, procediendo de principios puramente naturales, es decir, no siendo más que el desarrollo de la vida humana, tienen por término la perfección natural. Pedirles que eleven al hombre a un fin sobrenatural, esto es, que lo conduzcan a la perfección de su vida divina, sería pedir un absurdo. La razón de esto es tan clara como la luz del día. En todas las cosas, los medios deben ser proporcionados al fin; luego lo natural no puede producir lo sobrenatural. Sin embargo, lo sobrenatural es el fin para lo cual ha sido criado el hombre. ¿Cómo llegará a él? Santo Tomás va a darnos la respuesta con la claridad que acostumbra.

“Hay en el hombre, dice el angélico Doctor, dos principios motores; el uno interior, que es la razón, el otro exterior, que es Dios. El primero, generador de las virtudes puramente humanas, pone al hombre en estado de obrar, en muchos casos, conforme a la rectitud y a la equidad natural. Pero esto no es bastante; el hombre está llamado a vivir una vida divina. El mismo Espíritu Santo es el principio de esta segunda vida. La gracia que infunde en el alma en el momento del Bautismo, es un elemento divino de donde proceden las virtudes sobrenaturales, como las naturales proceden de la razón o del elemento humano. Tales virtudes reciben el nombre de virtudes sobrenaturales infusas, y no son la gracia, como las virtudes naturales no son la razón, como el acto no es la potencia, como el efecto no es la causa.”

En orden a la vida divina que hay en nosotros y de la cual debemos vivir, a fin de conseguir nuestro último fin, esas virtudes sobrenaturales son tanto y más necesarias que las virtudes puramente naturales o humanas. “La virtud, dice Santo Tomás, perfecciona al hombre y lo hace capaz de actos que están en relación con su felicidad. Ahora bien, hay para el hombre dos especies de felicidad o beatitud; la una proporcionada a su naturaleza de hombre, a la cual puede llegar por sus fuerzas naturales, mas no sin el auxilio de Dios, non tamen absque adjutorio divino; la otra superior a la naturaleza, a la cual no puede llegar el hombre mas que por las fuerzas divinas, por ser ella cierta participación de la naturaleza misma de Dios. Como los elementos constitutivos de la naturaleza humana no pueden elevar al hombre a esta segunda beatitud, se hace necesario que Dios sobreañada nuevos elementos, capaces de conducir al hombre a la beatitud sobrenatural, como los elementos naturales lo conducen a una beatitud natural.”

Todos estos elementos se comprenden bajo la palabra gracia, la más profunda, sin disputa, y la más bella de la lengua religiosa. Ahora bien, a la cabeza de las virtudes nacidas de la gracia, forman las tres teologales: fe, esperanza y caridad. Primeras expansiones de la vida divina, nos ponen, cual conviene, en relaciones sobrenaturales con Dios nuestro último fin y objeto inmediato de las mismas.

La fe deifica la inteligencia puesta en posesión de algunas verdades sobrenaturales que la luz divina le hace conocer. La esperanza deifica la voluntad, dirigiéndola hacia la posesión del bien sobrenatural conocido por la fe. La caridad deifica el corazón, llevándolo a la unión con el bien sobrenatural conocido por la fe y deseado por la esperanza.

Mas el cristiano no solamente debe vivir en relaciones sobrenaturales con Dios, sino también consigo mismo, con sus semejantes y con la creación entera. ¿Cómo llenará esta obligación? Del principio de la vida sobrenatural que en sí mismo tiene salen necesariamente, como un nuevo retoño, las cuatro grandes virtudes morales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Decimos necesariamente; la razón es, porque Dios obra con la misma perfección en las obras de la gracia que en las de la naturaleza. Pues bien; no se encuentra en las obras de la naturaleza un solo principio activo que no vaya acompañado de los medios necesarios para el cumplimiento de los actos que le son propios. Así, siempre que Dios crea un ser cualquiera, lo provee de los medios necesarios para cumplir aquéllo a que es destinado. Pero es una verdad, que la caridad, predisponiendo al hombre a su último fin, es el principio de todas las buenas obras que a él conducen. Es necesario, pues, que sean infundidas juntamente con la caridad, y que de la caridad salgan todas las virtudes necesarias al hombre para cumplir sus deberes no solamente con Dios, sino también con la criatura.

Siendo las cuatro virtudes morales como el quicio sobre el que giran las relaciones del hombre con todo lo que no es Dios, han recibido el nombre de virtudes cardinales. Y esto con razón; pues por ellas están animados, dirigidos, informados sobrenaturalmente nuestros pensamientos, nuestras afecciones y nuestros actos en el orden doméstico y en el orden social. La primera es la prudencia. Esta madre de las virtudes morales a las que dirige, como una madre dirige a sus hijas, se define: Una virtud que en todas las cosas nos hace conocer y hacer lo que es honesto y huir de lo deshonesto. Esta definición, admitida igualmente por la filosofía y por la teología, muestra que sin la prudencia no hay virtud moral.

“En efecto, dice Santo Tomás, vivir bien es obrar bien. No basta conocer lo que debe hacerse; es menester conocer también la manera de hacerlo. Esto supone la elección discreta de los medios. A su vez, esta elección, refiriéndose al fin que se quiere conseguir, supone un fin honesto y los medios convenientes de llegar a él; cosas todas que pertenecen a la prudencia. Si faltan, ya no hay virtud. La precipitación, la ignorancia, la pasión, el capricho, vienen a ser el móvil de las acciones: la virtud misma se convertirá en vicio. Sin la prudencia, pues, no hay virtud posible.”

Saquemos de aquí, cuán regio regalo hace el Espíritu Santo al alma dándole la prudencia en el Bautismo y desarrollándola en la Confirmación. Aprendamos también la necesidad continua que tenemos de esta virtud, que se aplica a todo. Distínguese la prudencia en personal, que enseña a cada cual la manera de cumplir con sus deberes para consigo mismo, para con su alma y su cuerpo; en doméstica, que enseña al padre a dirigir su familia; en política, que enseña a los reyes a gobernar los pueblos de modo que los guíen al fin para que Dios los crió; en legislativa, a la cual deben los legisladores el poder de hacer leyes equitativas y reglamentos saludables.

La prudencia, hija de la gracia y enemiga de la prudencia de la carne, de la astucia, de la mentira, del fraude y de la demasiada solicitud de las cosas temporales, es gloria exclusiva de los habitantes de la Ciudad del bien. Ella los hace felices; y si el mundo actual marcha de revolución en revolución; si todo en él es descontento, inestabilidad, fiebre de oro y de placeres, debe atribuirse a la pérdida de la prudencia cristiana y al reinado de la prudencia satánica.

La segunda virtud moral que brota de la gracia, como el fruto brota del árbol, y llega a su madurez con el sol de la Confirmación, es la justicia. La justicia es una virtud que hace dar a cada uno lo que es suyo. La justicia sobrenatural, ilustrada por la prudencia, respeta ante todo los derechos de Dios. Dios, propietario inconmutable de todo, tiene derecho a todo y sobre todo; por consiguiente, tiene derecho al culto interior y exterior del hombre y de la sociedad. Aquí la justicia se manifiesta en la virtud de la religión, que comprende la adoración, la oración, el sacrificio, el voto y el cumplimiento fiel de los preceptos relativos al culto directo del Criador.

La justicia respeta los derechos del prójimo, rico o pobre, débil o fuerte, inferior o superior. El mundo le es deudor de que acabara la explotación del hombre por el hombre, el infanticidio, la esclavitud, el despotismo brutal, que pesó sobre todos los pueblos antes de la redención, y pesa todavía sobre todas las naciones que no han recibido los beneficios del Evangelio. Enseña también al hombre a que se respete a sí mismo, su alma con sus derechos, su cuerpo con los suyos, su vida, su muerte y hasta su tumba. Enséñale, en fin, a respetar las criaturas, gobernándolas con equidad, es decir, en conformidad con su fin; con espíritu de dependencia, como bienes ajenos; con temor, como quien ha de dar cuenta del uso que de ellos haga. ¡Oh! Imaginad lo que sería el mundo bajo el imperio de la justicia sobrenatural!

La tercera virtud sobrenatural es la fortaleza- Sin ella, la prudencia y la justicia serían letra muerta; pues no basta conocer el bien, ni siquiera quererlo; es necesario tener valor para ponerlo por obra. Este valor es hijo de la fortaleza. La fortaleza es una virtud que tiene el alma en equilibrio entre la audacia y el temor. El audaz peca por exceso, el meticuloso por defecto, el fuerte ocupa un medio entre ambos. La fortaleza tiene dos oficios, activo y pasivo: con el primero arrostra los peligros por cumplir con el deber; con el segundo opone la paciencia a la adversidad.

Son hijas de la fortaleza: la magnanimidad, la confianza, la serenidad, la constancia, la perseverancia, la resignación, y la actividad. Toda esta familia, que es sobrenatural por la gracia, eleva el carácter del hombre a su más alto grado de nobleza, al mismo tiempo que en la vida privada y en la pública, engendra los hechos admirables que sin cesar se admiran desde que el Espíritu Santo, derramado por el mundo, los ha hecho tan comunes. ¿Habrá necesidad de decir, que por razón de las circunstancias presentes, la fortaleza debe ser la gran virtud de los cristianos? Fortaleza para contraponer el número, la grandeza y la santidad de sus obras a las iniquidades del mundo; fortaleza heroica para resistir a los ataques excepcionales que se les dirigen; fortaleza para sufrir los ultrajes inauditos que se prodigan a todo lo más sagrado y más querido que tienen.

La cuarta virtud cardinal es la templanza, que es una virtud que regula el comer y el beber, reprime la concupiscencia y modera los placeres de los sentidos (1). La templanza, igualmente que sus tres hermanas, es madre de noble y numerosa familia. La sobriedad, la abstinencia, la castidad, la continencia, la virginidad, el pudor, la modestia, la clemencia, la humildad y la amabilidad son hijas suyas. Téngalas un hombre, y ese hombre sera el tipo de la belleza moral, la personificación del orden.

Ilustrada el alma por la prudencia, regida por la justicia, sostenida por la fortaleza, impera sobre el cuerpo, y sus mandatos exactamente ejecutados apartan todo lo que degrada a la naturaleza humana. Lejos del hombre temperante la glotonería, la embriaguez, la crápula, la impureza, la loca prodigalidad, el ruinoso lujo, los placeres seductores, en una palabra, la vergonzosa esclavitud del espíritu bajo el despotismo de la carne.

Tal es la cuarta virtud, a que el Espíritu Santo comunica nueva energía en la Confirmación. Dígase ahora si la templanza, en todas sus aplicaciones, es una virtud necesaria al cristiano moderno condenado a vivir en medio de un mundo, esclavo todo él de la intemperancia.

Aunque en muchos casos es muy difícil distinguir entre lo natural y lo sobrenatural, entre la razón y la gracia, ese doble motor de los actos humanos, como dice Santo Tomas; sin embargo, hay distinción real, admitida constantemente por la teología católica y fundada en el principio incontestable de las dos vidas que tiene el cristiano. Vida puramente natural, como criatura destinada a un fin natural y provista de los medios de conseguirlo. Vida sobrenatural, como hijo adoptivo de Dios, destinado a un fin sobrenatural y provisto de los medios de conseguirlo; vida sobrenatural, imperiosamente obligatoria para todos los hombres en el orden actual de la Providencia.

De aquí resulta, que la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, son también virtudes naturales infusas; pero hay gran diferencia entre éstas y la prudencia, justicia, fortaleza y templanza sobrenaturales. Diferencia en cuanto a su principio: las primeras proceden de la razón; las segundas de la gracia. Diferencia en cuanto al fin: las primeras nos ponen en relaciones naturales y puramente humanas con su objeto; las segundas en relaciones sobrenaturales y divinas. Diferencia en cuanto a la eficacia: las primeras son inútiles para la salvación; las segundas nos conducen a ella. Diferencia en cuanto a su dignidad: las primeras se dirigen por las luces de la razón: las segundas por las luces del Espíritu Santo: las primeras hacen el hombre honrado; las segundas hacen el cristiano. Pues entre el hombre honrado y el cristiano hay la misma diferencia, que entre el insecto que se arrastra por el polvo y el ave que vuela por el espacio.

Un solo rasgo nos lo dará a entender. La templanza natural ó filosófica, por ejemplo, se limita a reprimir la concupiscencia en la comida y la bebida, de modo que se eviten todos los excesos capaces de perjudicar la salud y perturbar la razón; es como la infancia de la virtud. La templanza sobrenatural va más lejos. Lleva al hombre a castigar su cuerpo y reducirlo a servidumbre por la abstinencia en el comer, en el beber y en todo lo que puede halagar a los sentidos. Es la verdad de la virtud, la consolidación del orden por la subordinación completa de la carne al espíritu y del espíritu a Dios. Lo mismo pasa con las demás virtudes (1).

Conocemos la diferencia entre las virtudes naturales, y las sobrenaturales. ¿Pero en qué se diferencian estas últimas de los dones del Espíritu Santo? Esta cuestión es sin disputa una de las más importantes que debemos tratar. Resuelta con claridad, arroja gran luz sobre la naturaleza de las operaciones sucesivas con que el Espíritu Santo desarrolla en nosotros el ser divino; mientras el encadenamiento que las une sin confundirlas hace resaltar brillantemente la acción necesaria de cada una. Consagraremos los capítulos siguientes a estudiar este maravilloso trabajo, cuyo conocimiento pondrá en nuestros labios la exclamación del profeta: "Admirable es Dios en sus santos y santo en todas sus obras".

Capítulo XXV Dones del Espíritu Santo

SUMARIO.—Definición.—Explicación detallada de cada palabra.—Lo que hay de común o distinto entre las virtudes y los dones.—Función propia de los dones del Espíritu Santo.—Son necesarios para la salvación.—Necesarios como principios generales del movimiento sobrenatural.—Necesarios como elementos de luz, de fortaleza y de defensa.—Todos son necesarios y con igual necesidad.

La quinta maravilla de la Confirmación es el desarrollo de los dones del Espíritu Santo. Decimos el desarrollo, atendiendo a que, por la virtud del santo Bautismo todos los dones del Espíritu Santo con el Espíritu Santo mismo, residen ya en el cristiano que conserva fielmente la gracia, al modo que todos los elementos de la vida natural se encuentran en el niño, cuando todavía está en la cuna. Por la Confirmación los dones del Espíritu Santo participan del desarrollo general, impreso a la vida divina por este sacramento que con tanta propiedad se llama sacramento de la fuerza. Para dar una idea más exacta de estas nuevas riquezas de la gracia, se necesita ante todo responder a varias cuestiones de interés fundamental.

¿Qué debemos entender por dones del Espíritu Santo? ¿Qué tienen de común los dones con las virtudes? ¿En qué se distinguen? Las virtudes y los dones ¿se dirigen al mismo fin? ¿Cuál es el objeto especial de los dones? ¿Son tan necesarios como las virtudes? ¿Lo son todos?

La respuesta resultará de la definición detallada de los dones del Espíritu Santo en general y de cada uno en particular.

Según Santo Tomás: Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales que nos disponen a obedecer prontamente al Espíritu Santo. Cada una de estas palabras reclama su explicación, como que encierra un tesoro de luz.

Dones. Para caracterizar las gracias de que aquí se trata, la lengua católica los llama dones del Espíritu Santo, es decir, favores, por excelencia, de la tercera persona de la Santísima Trinidad. ¿Y qué? Las brillantes cualidades de los ángeles y de los hombres, las magnificencias de la tierra y de los cielos ¿no son todas ellas, sin excepción, beneficios del Espíritu Santo? Seguramente. “No hay, dice San Basilio, criatura alguna visible o invisible, que no deba al Espíritu Santo lo que tiene.” Y San Cirilo de Jerusalén: “El Espíritu Santo es el maestro, director y santificador universal: todos necesitan de Él, Elías e Isaías entre los hombres, Gabriel y Miguel entre los ángeles.”

Y sin embargo, ninguno de estos favores se llama don del Espíritu Santo. ¿Qué significa esto, sino que los dones del Espíritu Santo aventajan en excelencia a todas las maravillas criadas humanas y angélicas, visibles e invisibles, a todas las virtudes naturales infusas o adquiridas y a todas las virtudes morales sobrenaturales. Pertenecen pues, en el grado más elevado, a un orden de riqueza cuya menor parte vale más que el universo entero.

Expliquemos este misterio. El don de Dios por excelencia, el don, principio de todos los dones, es el mismo Espíritu Santo. Por eso se llama Don de Dios; Donum Dei. El cual, una vez comunicado personalmente al hombre, se derrama y distribuye a todas las potencias del alma, como la sangre por todas las venas del cuerpo. Las anima y diviniza y se hace principio generador de una vida tan superior a la natural, cuanto el cielo se eleva sobre la tierra; pues si la vida natural nos es común con los animales, los paganos y los pecadores, la sobrenatural que debemos al Espíritu Santo, nos asemeja a los santos, a los ángeles y a Dios.

¿Quién podrá medir la extensión de este beneficio? Dar la vida natural a un ángel y a millones de ángeles, a un hombre y a millones de hombres, a un ser cualquiera y a millones de seres; volver la vista a un ciego y a millones de ciegos, el oído a un sordo y a millones de sordos, el movimiento a un paralítico y a millones de paralíticos, son sin duda beneficios, inmensos beneficios.

Pero recoger de entre la basura en que se arrastra a este gusanillo que se llama hombre, y después comunicarle la vida misma de Dios a ese ser-nada, y llenar su entendimiento de luces divinas y su corazón de sentimientos divinos y su voluntad de fuerzas sobrehumanas para hacer el bien y vencer al mal, he ahí otros beneficios, y beneficios muy superiores a los primeros.

Sin embargo, imprimir a estos elementos de vida divina, á estas fuerzas sobrenaturales un impulso potente y sostenido que, durante una larga serie de años y de combates, les haga producir actos perfectos de todas las virtudes, tales que el mismo Dios pueda presentar a las jerarquías celestiales el cristiano que los hace y decirles con cierta especie de orgullo: Este es mi hijo muy amado en quien tengo todas mis complacencias; ¿no es este el beneficio de los beneficios, el don que corona todos los dones? Al describirlo, acabamos de describir los dones del Espíritu Santo y su excelencia incomparable. Son más que la vida natural, más que la vida sobrenatural, mas que las grandes virtudes de prudencia, justicia, fortaleza y templanza sobrenatural; son sus motores divinos.

Dones del Espíritu Santo, y no del Padre o del Hijo. Los dones, maravillas de la caridad, no pueden atribuirse sino al Espíritu Santo que es la caridad misma de Dios, el amor consustancial, el amor en persona, eternamente vivo y eternamente infinito. A la manera en que la naturaleza física no hay más que un sol, principio del calor y de la vida; así en el mundo moral no hay más que un principio santificador, el Espíritu Santo. Los dones, que son medios superiores de santificación, vienen de Él y nos conducen a Él. Pues bien, santificar es unir. Si analizando los designios de Dios, los reducís a su más sencilla expresión, encontraréis un fin único: traer todas las cosas a la unidad.

Por una parte, siendo Dios uno y únicamente bueno, no puede tener en sus obras otro fin que la unidad y la unidad beatificante. Por otra parte, el hombre compuesto de dos naturalezas, es la misteriosa soldadura del mundo espiritual y el material. Uniendo Dios el hombre a Sí mismo con unión sobrenatural, lo santifica; porque le une de la manera más íntima a la santidad por esencia. Al mismo tiempo santifica la universidad de sus obras y vuelve a ser todo en todas las cosas. Así se restablece con nueva gloria la unidad primitiva, rota por la rebelión del ángel y por la desobediencia del hombre. Que sean uno como nosotros somos uno. Esta palabra de profundidad infinita, resume en sus causas, medios y fin, la encarnación del Hijo, la misión del Espíritu Santo, todas las ricas combinaciones del plan divino, en el orden sobrenatural y en el natural, en el mundo de los ángeles y en el de los hombres, en el tiempo lo mismo que en la eternidad.

Añádese en la definición, que los dones del Espíritu Santo son habitudes, es decir, cualidades o inclinaciones inherentes al alma. Si algo puede realzar todavía a nuestros ojos el precio de estos dones divinos, es saber que no son ni gracia pasajera, ni movimientos transitorios y de circunstancias, sino hábitos, esto es, cualidades permanentes, que siendo inseparables del Espíritu Santo, están en el alma todo el tiempo que el Espíritu Santo reside en ella; y reside en ella mientras no tiene que salirse por causa del pecado mortal.

Esta verdad consoladora nos está infaliblemente asegurada. Hablando el Verbo encarnado a sus hermanos de todos los lugares y de todos los siglos, les decía: «Si me amáis, guardad mis mandamientos, y el Espíritu Santo permanecerá en vosotros y será en vosotros.» Mas el Espíritu Santo no está en el hombre sin sus dones; sino que está con todos ellos, y si no, no está; semejante al sol, que no puede estar en ninguna parte sin su luz, su calor y sus principios de fecundidad.» ¡Poseer los dones del Espíritu Santo y con ellos todo lo que hay de más rico en los tesoros de la gracia, qué felicidad y qué gloria! ¡Perderlos, qué vergüenza y qué desdicha! ¿Dónde se encontrará un motivo más poderoso para que guardemos a toda costa la gracia santificante; y si hemos tenido la infelicidad de perderla, la recobremos prontamente, cueste lo que costare de esfuerzos y de lágrimas?

Sobrenaturales, por consiguiente, que nos perfeccionan. Todo lo que es divino, perfecciona a lo que no es tal. Siendo divinos los dones del Espíritu Santo, perfeccionan al alma y todas sus potencias. Pero ¿qué género de perfección les comunican? Igualmente que los dones, las virtudes teologales y las cardinales son también hábitos permanentes, que nos vienen del Espíritu Santo y perfeccionan al hombre. Por esto, no hay diferencia alguna, en cuanto al origen y al fin, entre los dones y las virtudes sobrenaturales, como no la hay entre las hojas, las flores y los frutos, considerados en el árbol que los produce, en la savia que los nutre y en el calor que los madura. Pero a la manera que se diferencian en sus funciones las hojas, las flores y los frutos, diferéncianse también los dones y las virtudes. Resta decir en qué consiste esta diferencia.

Las virtudes sobrenaturales, fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza, son fuerzas divinas comunicadas al alma para obrar el bien sobrenatural. El don es el impulso que pone estas fuerzas en movimiento. Este es el modo con que nos perfecciona, y por consiguiente esta es la diferencia que lo distingue de las virtudes. Este punto de doctrina es capital. Oigamos ahora a Santo Tomás: «Para comprender bien la distinción que existe entre los dones y las virtudes, debemos referirnos al lenguaje de la Escritura, que designa los dones del Espíritu Santo, no con el nombre de dones, sino con el de ESPÍRITUS. Sobre Él reposará, dice Isaías, el Espíritu de sabiduría y de inteligencia, &. Estas palabras dan a entender claramente, que los siete dones del Espíritu Santo están en nosotros por efecto de una inspiración divina, o mejor, son el soplo mismo del Espíritu Santo en nosotros. Pues inspiración quiere decir impulso venido de fuera (1).

«Rica el alma de virtudes sobrenaturales, necesita de un motor que las ponga en acción. Y como las fuerzas sobrenaturales no pueden ser movidas por un motor natural, resulta que el Espíritu Santo es el motor necesario de las fuerzas (sobre)naturales depositadas en el alma por el Bautismo. Ahora bien, el Espíritu santificador se comunica por los siete dones. Y así, se llaman dones, no solamente porque se derraman en nosotros por el Espíritu Santo, sino también porque se ordenan a hacer al hombre pronto y fácil para obrar bajo la influencia divina. Síguese de ahí, que el don en cuanto se distingue de la virtud infusa, puede definirse: Lo que Dios da para poner en movimiento la virtud infusa

Una comparación pondrá de manifiesto esta distinción fundamental. Lo que la savia es al árbol, son las virtudes infusas para el alma bautizada. Para que un árbol crezca y dé fruto, se necesita que la savia sea puesta en movimiento por el calor del sol, a fin de que circule por todas las partes del árbol desde las raíces hasta la punta de las ramas. Lo mismo le pasa al cristiano. Posee por el Bautismo la savia de las virtudes sobrenaturales; pero si ha de crecer y dar frutos, es menester que esta savia divina sea puesta en movimiento y circule por todas las potencias de su ser.

¿Cual es el sol, cuyo vivo calor puede únicamente poner en movimiento esta savia preciosa? Ya lo hemos dicho: el Espíritu de los siete dones. Ahora, la cuestión de la superioridad de los dones sobre las virtudes o de éstas sobre aquéllos, se explica por sí misma. Los dones son inferiores a las virtudes teologales. En efecto, estas virtudes unen el alma a Dios, en tanto que los dones no hacen más que moverla hacia Él. Pero los dones son superiores a las virtudes morales, cuyo oficio es quitar los obstáculos que nos alejan de Dios, mientras los dones nos dirigen verdaderamente y nos mueven hacia Él (1).

La definición termina diciendo: Que nos disponen a obedecer con prontitud al Espíritu Santo. La ignorancia o el conocimiento imperfecto del bien, la pensantez natural, los lazos de las afecciones terrenas, a veces el temor de la pena, los respetos humanos, la disipación del Espíritu, la flaqueza del corazón, el extravío de la voluntad y otros mil obstáculos, nos hacen sordos o indóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo. De aquí proviene una larga serie de imperfecciones y debilidades, el sueño de las fuerzas divinas ocultas en el fondo del alma cual jugos latentes y escondidos en el seno de la tierra; cosas todas humillantes y culpables que pueblan la Iglesia de almas pequeñas, llenas de pensamientos pequeños, y caracterizan tristemente la vida y preparan angustias para la muerte.

Pero viene el Espíritu Santo con sus dones. Es el fuego cuya brillante luz ilumina el entendimiento y cuyo calor enciende el corazón; es el viento fuerte del Cenáculo que rompe todas las resistencias; es la electricidad divina que circulando por todas las facultades del alma, las anima, las conmueve, las lanza hacia otro mundo más alto, y haciendo al cristiano superior a sí mismo, lo precisa a trabajar en su perfección personal y en la salvación de sus hermanos, no con lentitud, sino activamente, no de una manera superficial, sino sólidamente; no accidentalmente, sino con incansable constancia. A este impulso debe el mundo los apóstoles, los mártires, los misioneros, los santos y santas de todas las condiciones; como le deberá también los nobles vencedores o las nobles víctimas de los últimos tiempos.

Definir los dones del Espíritu Santo es hacer ver su necesidad, y acabamos de hacerlo. Insistamos, no obstante, en este punto esencial y establezcamos con pruebas directas la importante verdad de que los dones del Espíritu Santo son absolutamente necesarios para la salvación.

Preciso es decir, que hoy más que nunca importa saber esto y por consiguiente enseñarla, atento que las gentes no lo saben de modo alguno, y aun la mayor parte de los fieles tampoco lo saben bien. A esta ignorancia debe atribuirse el poco caso que se hace de los dones del Espíritu Santo, la poca importancia que se reconoce en el sacramento de la Confirmación y el poco cuidado que se pone en conservar sus frutos. Desconocido así el Espíritu de sabiduría y de vida, ¿que tiene de extraño que el mundo actual camine hacia el abatimiento y la muerte?

Para hacer sensible la necesidad indispensable de los dones del Espíritu Santo, los Padres de la Iglesia emplean diversas comparaciones. A la del árbol, que ya hemos presentado, añaden las siguientes: «A la manera, dice San Agustín, que el ojo más sano no podrá ver, si no viene un rayo de luz a iluminarlo, así el hombre perfectamente justificado no puede cumplir los actos de la vida cristiana si no es ayudado de la luz eterna de la justicia.»

San Basilio, a quien ya hemos citado, añade: «Se puede comparar el hombre a un navío, el cual por muy bien construido que se le suponga, y con toda su dotación de aparejos y marinería, no puede marchar si el viento no le ayuda. Lo mismo le pasa al hombre. Aunque posea la gracia santificante y todas las virtudes infusas en alto grado, no puede hacer un solo acto sobrenatural, ni siquiera pronunciar el nombre de Jesús, sin la moción del Espíritu Santo». Pues la moción del Espíritu Santo es el efecto de sus dones; y así lo que el viento es para el navío, son los dones del Espíritu Santo para el alma.

Resumiendo la doctrina de los Padres, da Santo Tomás la razón fundamental de esta necesidad y dice: “De dos modos perfecciona Dios la razón del hombre: con perfección natural, que es por la luz natural de la razón; y con cierta perfección sobrenatural, por las virtudes teológicas. Y aunque esta segunda perfección es mayor que la primera, sin embargo, la primera la tiene el hombre de un modo más perfecto que la segunda; pues la primera la tiene como en plena posesión, y la segunda en posesión imperfecta, porque sólo imperfectamente amamos y conocemos a Dios. Mas es cosa manifiesta, que quien tiene perfectamente alguna naturaleza o forma o virtud, puede obrar por sí mismo en conformidad a ella, sin excluir la acción de Dios que obra interiormente en toda naturaleza y voluntad. Pero quien tiene imperfectamente alguna naturaleza o forma o virtud, no puede obrar por sí, si no es movido por otro.

“Así el sol, que es perfectamente lúcido, puede iluminar por sí; mas la luna, en quien la naturaleza de la luz reside imperfectamente, no ilumina, como ella no sea iluminada. Así también el médico que conoce perfectamente el arte de curar, puede ejercer por sí mismo; mas su discípulo, que no está bien instruido todavía, no puede ejercer sin que lo instruya el maestro. Así, pues, en cuanto a aquellas cosas que caen bajo el dominio de la razón, es a saber, en orden al fin conatural al hombre, puede éste obrar por el juicio de la razón; y si en esto le ayuda también Dios por inspiración especial, será efecto de la superabundante bondad divina.

“Pero en orden al fin último sobrenatural, al cual nos induce la razón en cuanto es informada de algún modo e imperfectamente por las virtudes teologales, en esto no basta la moción de la razón, como no se añada la inspiración y moción del Espíritu Santo, conforme a aquello de San Pablo: Todos los que son movidos por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. Y lo que dice el salmista: Vuestro Espíritu bueno me conducirá a la tierra de los justos. A saber, por cuanto ninguno puede llegar a heredar aquella tierra de los bienaventurados, si no es movido y guiado por el Espíritu Santo. Por tanto, para conseguir aquel fin, es necesario al hombre tener el don del Espíritu Santo.”

Toda esta bella y profunda doctrina del Ángel de las escuelas, debe resumirse así: “Por las virtudes teológicas y morales el hombre no se perfecciona tanto en lo relativo a su fin último, que no necesite siempre ser guiado por la moción superior del Espíritu Santo.”

Los dones del Espíritu Santo, necesarios como principios generales del movimiento sobrenatural, lo son además por otros títulos particulares. Son necesarios para conocer el bien y para ponerlo por obra; son necesarios también para evitar el mal; de modo que son a un mismo tiempo luz, fuerza y protección. De donde se infiere, que sería un error considerarlos como un soplo fecundo, como un simple impulso, sin virtud propia. Se les debe tener por otras tantas perfecciones activas y vivificantes añadidas a las virtudes y potencias del alma.

Luz: son necesarios para conocer el bien. Por muy perfeccionada que esté la razón por las virtudes teologales y las demás virtudes infusas, no puede conocer todo lo que debe conocer, ni disipar todas las ilusiones de que puede ser víctima, ni todos los errores en que puede caer. Tiene necesidad de Aquél cuya ciencia es infinita, y que con su presencia la libra de toda ilusión, de toda locura, de toda ignorancia, de toda ineptitud para conocer y comprender. Este perfeccionamiento es necesariamente debido al Espíritu Santo y a sus dones.

Fuerza. Son necesarios para obrar el bien. La gracia santificante habitual no basta para hacernos obrar el bien, al modo que la sangre, principio de vida, no basta tampoco para hacernos vivir; es menester que sea puesta en circulación. Pues bien, el don del Espíritu Santo es quien comunica a la gracia habitual el impulso que la pone en movimiento y la hace eficaz. En este sentido el don del Espíritu Santo es a la vez actual y habitual; como habitual, permanece en el alma que está en gracia; como actual, la inspira, la ayuda, la fortifica, la mueve, según las necesidades del momento, sea a practicar el bien, sea a resistir al mal.

Protección. Nos defiende de nuestros enemigos. El don o la operación del Espíritu Santo no se limita a fortalecernos; también nos protege. El hombre que está en gracia la necesita para que lo sostenga contra los asaltos del enemigo. Por esto debe decir constantemente: No nos dejes caer en la tentación. Pero con la gracia santificante y los dones del Espíritu Santo, el cristiano es un ser perfecto. No solamente tiene la vida divina, sino también todos los medios necesarios para desarrollarla y todas las armas para defenderla. «Las virtudes y los dones, añade Santo Tomás, bastan para excluir los pecados y los vicios en cuanto al presente y a lo futuro, en el sentido de que impiden cometerlos. Pero en cuanto a los pecados pasados, que pasan como actos y permanecen como reato, el remedio lo tiene el hombre en los sacramentos».

Queda, pues, bien probado que los dones del Espíritu Santo, ya como principios del movimiento sobrenatural, ya como elementos de luz, de fuerza y de defensa, son tan necesarios para la salvación, como el movimiento para la vida, el calor para la savia, el viento para el barco o el vapor para la locomotora. Pero ¿son todos los dones igualmente necesarios o en el mismo grado? Sin duda alguna.

«Entre los dones del Espíritu Santo, dice la teología católica, ocupa el primer lugar la sabiduría, y el último el temor. Pero ambos son necesarios para la salvación; pues de la sabiduría está escrito: A nadie ama Dios sino al que habita con la sabiduría; y del temor se lee: El que no tiene temor, no se podrá justificar. Luego también los otros dones son medios necesarios para la salvación: Ergo etiam alia dona media sunt necessaria ad salutem». Además, sin el Espíritu Santo es imposible la salvación: pero el Espíritu Santo es inseparable de sus dones; o está en el alma con todos ellos, o totalmente no lo está. La consecuencia es que los siete dones del Espíritu Santo son todos igualmente necesarios para la salvación: Septem dona sunt necessaria ad salutem.

CAPÍTULO XXVI

(continuación del precedente)

Sumario.—Número de los dones del Espíritu Santo.—Inseparabilidad.—Perpetuidad.—Dignidad.—Orden de los dones en Nuestro Señor.—Comienzan por la sabiduría y acaban por el temor.—Razón de este orden.—Manifestación de cada uno de los dones del Espíritu Santo en la vida de Nuestro Señor.—En nosotros los dones comienzan por el temor y acaban por la sabiduría.—Razón de este orden.—Ley del mundo moral.—Necesidad de conocerla y seguirla.—Efectos generales de los dones del Espíritu Santo Sobre el género humano.

Nunca se repetiría demasiado: sin los dones del Espíritu Santo el hombre está privado del movimiento sobrenatural; ni puede conocer convenientemente el bien, ni practicarlo, ni evitar el mal, ni abrir para sí las puertas del cielo. Pero ¿cuál es el número de esos dones, más preciosos que todo el oro del mundo, más necesarios mil veces que la vida natural? La Escritura nos da la respuesta. Hablando Isaías de Nuestro Señor, se expresa en estos términos: «Sobre Él reposará el Espíritu del Señor; Espíritu de sabiduría y de inteligencia; Espíritu de consejo y de fortaleza; Espíritu de ciencia y de piedad; y lo llenará el Espíritu de temor del Señor.» (XI, 2). Lo que se cumplió en el Verbo encarnado, debe cumplirse en cada uno de sus hermanos. Todo cristiano recibe en el día de su Bautismo los siete dones del Espíritu Santo.

¿Por qué estos dones divinos son siete, y no seis u ocho? Recordemos que los dones del Espíritu Santo se ordenan a imprimir movimiento a las virtudes, las cuales son siete, tres teologales y cuatro cardinales. Estas virtudes comprenden todas las fuerzas, virtudes y actos sobrenaturales, cuyo asiento son el entendimiento y la voluntad. Toca al entendimiento apoderarse de la verdad, alimentarse de ella y transmitirla; toca a la voluntad amar la verdad y ponerla por obra.

Para conocer la verdad con un conocimiento útil, el entendimiento necesita de los dones de inteligencia, de consejo, de sabiduría y de ciencia. Los dones de piedad, de fortaleza, y de temor, son los auxiliares indispensables de la voluntad en el amor y la práctica del bien (1). De este modo los dones del Espíritu Santo alcanzan a todas las facultades del alma, a todas las virtudes intelectuales y morales, y las siguen en todos sus actos de cualquier naturaleza que sean (2).

San Gregorio da la misma razón del número siete de los dones, bajo una figura llena de profunda verdad. «Dios, dice, crió el mundo y lo hizo perfecto en siete días. El hombre, hecho a imagen de Dios, es también criador. A cada día de su creación espiritual corresponde un don del Espíritu Santo. Todos juntos completan y perfeccionan los trabajos, así de la vida activa como de la contemplativa» (3). De donde se sigue que el número siete es el que conviene a los dones del Espíritu Santo: un número mayor sería inútil, y menor sería insuficiente. En vista de esta precisión maravillosa, ¿cómo es posible desconocer la sabiduría infinita, que en el orden moral, no menos que en el físico, lo hace todo con número?

Esa divina sabiduría se revela con mayor esplendor cuando se considera, como lo haremos más adelante, que los siete dones del Espíritu Santo se oponen a los siete pecados capitales. Estos siete pecados, o por mejor decir, estos siete Espíritus malos van contra las siete virtudes o potencias del hombre, lo mismo que contra su entendimiento y voluntad, es decir, que atacan al hombre en todo su ser. Para luchar con éxito contra estas siete potencias infernales, necesitaba el hombre de siete fuerzas divinas, y las encuentra, ni más ni menos, en los siete dones del Espíritu Santo.

Nuevo rasgo de sabiduría y de bondad; este brillante cortejo de perfecciones sobrenaturales, esta poderosa cohorte de auxiliares divinos, es indisoluble. Los dones del Espíritu Santo son inseparables unos de otros. «Ninguna virtud moral, dice el príncipe de la teología, puede existir en el hombre sin la prudencia. Todas se reúnen en ésta que las dirige conforme a las luces de la razón. Lo mismo pasa en el cristiano. Todas sus virtudes, todas las fuerzas de su alma; son excitadas y regidas por los dones del Espíritu Santo. Mas el Espíritu Santo habita en nosotros por la caridad; por lo tanto, como las virtudes morales forman un solo haz unido con el lazo de la prudencia, así los dones del Espíritu Santo se encuentran juntamente enlazados en la caridad. El que tiene, pues, caridad, posee los siete dones del Espíritu Santo; y el que la pierde, los pierde juntamente todos; pero al recobrar la gracia, los vuelve a recobrar (1).»

Esta es también, diremos de paso, la razón de que el número siete, se repita con tanta frecuencia en las penitencias Canónicas y en las indulgencias concedidas por la Iglesia (2).»

Los dones del Espíritu Santo no solamente son inseparables; son además tan permanentes que sobreviven aún a la muerte. En el destierro son medios necesarios de santificación; en la patria se convierten en manantiales de gloria y felicidad. «Los dones del Espíritu Santo, continúa Santo Tomás, pueden considerarse en su objeto actual o en su esencia. En tanto que residen en el hombre viador, tienen por objeto las obras de la vida activa, es decir, la práctica de diferentes deberes de que depende la salvación. En este concepto no permanecerán en el cielo; pues una vez conseguido el fin, los medios no tienen razón de ser.

«Otra cosa es, si se les considera en su esencia. En efecto, pertenece a su esencia perfeccionar el alma haciéndola dócil al divino impulso. En el cielo esta docilidad sera completa: allí Dios será todo en todas las cosas, y el hombre estará perfectamente sometido a Dios. Y así, no solo subsistirán en el cielo los dones del Espíritu Santo, principios de esta docilidad, sino que serán incomparablemente más perfectos que por acá; brillarán en los elegidos con espléndido fulgor, y serán la medida de su felicidad y su gloria (1).»

Este fulgor no será el mismo en cada uno de los dones; porque no todos tienen igual excelencia. Verdad es que todos son piedras preciosas que formarán la corona de los elegidos; pero en el cielo, lo mismo que en la tierra, no todas las piedras preciosas tienen igual precio ni el mismo brillo. El rubí, la esmeralda, el topacio, el diamante, tienen cada uno su hermosura específica y su brillo diferente. Nada es mas fácil que probar que hay en los dones del Espíritu Santo cierta dignidad jerárquica que los distingue unos de otros.

Estos dones guardan correspondencia con las virtudes, es decir, que cada don tiene por objeto poner en movimiento una virtud particular y ennoblecerla haciéndole producir actos pronta, fácil y constantemente bajo el impulso del Espíritu Santo. Pero las virtudes se diferencian por su dignidad. Dejando aparte las virtudes teologales, que son las primeras de todas, las intelectuales son también superiores a las morales; y entre las intelectuales, las contemplativas son preferibles a las activas. La razón es, que las primeras perfeccionan la facultad más noble del hombre, que es la razón, mientras que las segundas perfeccionan la voluntad.

Entre los dones tiene que suceder necesariamente lo mismo; pues cuanto más noble sea la cosa que ha de moverse, más noble debe ser el motor; cuanto más perfecta sea la facultad que se ha de perfeccionar, más perfecto debe ser el principio que la perfeccione. «Así, en los dones, añade Santo Tomás, la sabiduría y la inteligencia, la ciencia y el consejo, se prefieren a la piedad, la fortaleza y el temor. Entre estas tres últimas, la piedad se prefiere a la fortaleza, y ésta al temor; como también la justicia se antepone a la fortaleza, y la fortaleza a la templanza. Tal es la superioridad relativa de los dones tomados en sí mismos.»

«Considerados en relación con los actos, la fortaleza y el consejo son antes que la ciencia y la piedad; pues los dos primeros se ejercitan en los casos difíciles, y la piedad y aún la ciencia en los ordinarios. Se ve que la dignidad de los dones corresponde al orden de su enumeración; en unos absolutamente, como la sabiduría y la inteligencia se prefieren a todos, en otros según se aplican, como el consejo y la fortaleza se prefieren a veces a la ciencia y la piedad (1).»

¿Y con qué orden se enumeran los dones del Espíritu Santo? Pueden contarse de dos maneras: descendiendo, en cuyo caso se comienza por la sabiduría y se acaba por el temor; o ascendiendo, y así el temor ocupa el primer lugar y la sabiduría el postrero. Cuando el Espíritu Santo derrama sus dones sobre Nuestro Señor, los nombra por el orden de dignidad; y cuando nos los infunde a nosotros, se citan por el orden de su necesidad. De Nuestro Señor se ha dicho: Sobre Él reposará el Espíritu de sabiduría... y lo llenará el Espíritu de temor de Dios. Pero de nosotros se lee: El temor es el principio de la sabiduría. ¿Cómo se explica esta inversión de la escala?

El Verbo encarnado es la sabiduría eterna, y el primer don comunicado al alma de Cristo es la sabiduría. Con esto ha querido significar el Espíritu Santo, que aquella humanidad santísima, no teniendo pecado ni imperfección, participa en primer término del atributo supremo de la persona divina, a quien está hipostáticamente unida. El último don que nombra el Espíritu Santo, es el temor. El temor reside principalmente en la parte inferior del alma, esto es, en el punto que pone a nuestro Señor en contacto inmediato con nuestra pobre humanidad, y el Espíritu Santo ha querido enseñarnos que el temor es el primer grado de la escala que debe elevarnos hasta Dios, la Sabiduría infinita. Tal es el orden con que el Espíritu Santo se comunica al Dios-Hombre, que es la inocencia misma y el reparador de la inocencia.

Pero nosotros recibimos por el orden inverso los dones del Espíritu Santo; y se concibe (1). Cargado el hombre de miserias y de pecados, el primer sentimiento que debe experimentar es el temor. Por eso, el temor es el primer don que recibe, y la sabiduría es el último a que llega. En el Verbo encarnado, el Espíritu Santo, para llegar hasta nosotros, desciende de la sabiduría al temor; y para volvernos a levantar a la altura de nuestro divino hermano primogénito, nos hace subir desde el temor a la sabiduría.

Si se quiere que el cristiano conozca el encadenamiento y la dignidad relativa de los dones del Espíritu Santo, debe seguirse este orden al explicarlos; pues es tanto más racional, cuanto que los dones del Espíritu Santo se oponen directamente a los pecados capitales. Pues bien, el orgullo es padre de todos los demás: Initium omnis peccati est superbia; por eso se explica el primero. Su remedio es el temor, como lo haremos ver; y así, por el temor debe comenzar la explicación de los dones del Espíritu Santo.

Como es fácil de ver, estos dos órdenes, ascendente el uno y descendente el otro, encierran grandes enseñanzas y bellas armonías. Ni las unas ni las otras se escaparon a la mirada penetrante de los Doctores de la Iglesia. «Los dones, dice San Agustín, nos revelan con el número siete al Espíritu Santo, que descendiendo sobre nosotros empieza por la sabiduría y acaba por el temor; en tanto que nosotros, para elevarnos a Él, comenzamos por el temor y concluimos por la sabiduría. Pues el temor de Dios es el principio de la sabiduría (1).»

Y en otro lugar: «Cuando el profeta Isaías celebra los dones maravillosos del Espíritu Santo, parte de la sabiduría y llega al temor, como descendiendo desde lo más alto hasta nosotros para enseñarnos a subir. Parte del punto a donde nosotros debemos llegar, y llega al punto en que nosotros comenzamos. Descansará sobre Él el Espíritu del Señor, el Espíritu de sabiduría y de entendimiento, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de ciencia y de piedad, el Espíritu de temor del Señor. A la manera, pues, que el Verbo encarnado, no aminorándose, sino enseñándonos, desciende desde la sabiduría hasta el temor; así debemos nosotros elevarnos avanzando desde el temor hasta la sabiduría. El temor, en efecto, es el principio de la sabiduría: es aquel valle de los lamentos, que nombra el profeta cuando dice: Dispuso las ascensiones en su corazón, en el fondo del valle de las lágrimas.»

«Este valle es la humildad. ¿Y quién es el humilde sino el que teme a Dios, y por este temor deja correr de su corazón las lágrimas de la confesión y la penitencia? Dios no desprecia un corazón contrito y humillado. No tema, pues, el hombre permanecer en el fondo del valle. En ese corazón contrito y humillado ha preparado Dios las ascensiones, mediante las cuales nos elevamos hasta Él. ¿Dónde se verifican estas ascensiones? En el corazón, dice el profeta, in corde. ¿De dónde se ha de subir? Del fondo del valle de los llantos. ¿A dónde hay que elevarse? Al lugar que Dios mismo ha preparado, in locum quem disposuit. ¿Qué lugar es este? La mansión del reposo y de la paz, en que habita radiante de luz, la Sabiduría inmortal.»

«Así, para instruirnos, Isaías desciende por grados desde la sabiduría hasta el temor, es decir, desde la morada de la paz eterna hasta el fondo del valle de los llantos, llantos pasajeros como lo es el tiempo. Quiere enseñarnos, a nosotros pobres penitentes que gemimos y lloramos, que no nos quedemos en los gemidos y lágrimas, sino que nos elevemos desde este triste valle hasta la montaña espiritual, hasta la cima en que está edificada la Jerusalén santa, nuestra madre, donde gozaremos de una alegría sin mezcla y sin fin. Esta es la razón de colocarse en el primer lugar la sabiduría, que es la verdadera luz del alma, y en el segundo la inteligencia. Como si respondiera a los que le preguntasen, así: ¿De dónde hay que partir, para llegar a la sabiduría? De la inteligencia. ¿Y para llegar a la inteligencia? Del consejo. ¿Y para llegar al consejo? De la fortaleza. ¿Y para llegar a la fortaleza? De la ciencia. ¿Y para llegar a la ciencia? De la piedad. ¿Y para llegar a la piedad? Del temor. Luego desde el temor, a la sabiduría; del valle de los lamentos, al monte de la paz (1)».

Tomando ocasión el abad Ruperto del modo con que Isaías habla del don de temor cual se encuentra en Nuestro Señor, nos hace admirar la condescendencia profunda del Verbo encarnado, hecho el Salvador y preceptor del género humano. Estas son sus palabras: «Dice el profeta: Y el Espíritu del temor del Señor lo llenará. Es digno de notarse, que hablando de los seis primeros dones Isaías dice constantemente: Sobre Él reposará el Espíritu del Señor, el Espíritu de sabiduría, el Espíritu de inteligencia, y así de los demás. ¿Por que al llegar al séptimo, cambia la palabra y dice: El Espíritu de temor lo llenará? Se comprende el misterio: Dios ha querido mostrar al universo este espectáculo asombroso, el Criador del hombre, el Dios de la eternidad descendiendo hasta el punto de que debe partir el hombre pecador para salir del abismo del vicio y librarse de las cadenas infernales del pecado.

«En efecto, el principio de la sabiduría es el temor del Señor: hasta esto ha descendido el Criador. El Espíritu del temor de Dios lo llenará, dice el profeta. Nada tiene de extraño que haya dicho: Sobre Él reposará el Espíritu de sabiduría y de inteligencia. Estas magníficas cualidades convienen a la majestad de un Dios. Pero ¿cuál es el ángel o el hombre que no se pasme al ver que el Señor desciende hasta el temor del Señor, que el soberano y temible dueño del cielo y de la tierra está lleno de temor, y no en parte, sino plenamente, en toda la extensión que los hombres, inspirados por el Espíritu Santo, pudieron dar a la palabra plenitud? (1).»

Tal es la misteriosa escala, que el Verbo, dirigido por el Espíritu Santo, ha recorrido descendiendo para llegar hasta nosotros, y que nosotros debemos subir para llegar hasta Él. Detengámonos un instante a considerar este doble movimiento de ascenso y de descenso. Este estudio, interesante en sí mismo, tiene tres grandes ventajas. La primera, comprobar con hechos la enumeración jerárquica de Isaías: la segunda, orientarnos en el ejercicio de los dones del Espíritu Santo: la tercera, poner en claro los efectos generales que los dones del Espíritu Santo producen en el género humano.

I.º Comprobar la enumeración jerárquica de Isaías. Indudablemente, la vida del Verbo hecho carne, es una manifestación continua del Espíritu que reposaba en Él. Encuéntranse, no obstante, circunstancias en que brillan más espléndidamente cada uno de los dones del Espíritu septiforme en el mismo orden con que el profeta los enumera.

Entra Jesús en su vida pública, y el primer don que brilla en Él, es la sabiduría. Apenas ha salido de las aguas del Jordán, el Espíritu lo guía al desierto. Allí ayuna cuarenta días y cuarenta noches; permite al demonio que le venga a tentar, a fin de tener ocasión de vencerlo; rechaza sus ataques con palabras divinas admirablemente elegidas, y así da principio a todas las victorias que Él y sus discípulos de todos los siglos y de todos los países, reportarán sobre el eterno tentador.

¿Dónde está el hombre cuya vida presente una sabiduría comparable a la suya?

Uno de sus primeros actos, al volver a presentarse entre los hombres, es entrar en la sinagoga de Nazareth: allí se levanta para explicar los libros santos. Se pone en sus manos a Isaías; lo abre y le sale este pasaje: «El Espíritu del Señor sobre mí: por lo que me ha ungido, para dar buenas nuevas a los pobres me ha enviado, para sanar a los contritos de corazón, para anunciar a los cautivos redención y a los ciegos vista, para poner en libertad a los quebrantados, para publicar el año favorable del Señor y el día del galardón.» (1) Y cuando hubo cerrado el libro, añadió: Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestras orejas. Se ha cumplido; puesto que el profeta habla de milagros del orden moral, y vais a ver cómo en mí y por mí se obran todos estos milagros.

Hallar inmediatamente este pasaje de Isaías y dar su exacto sentido ¿no es el triunfo del don de inteligencia?

He aquí el don de consejo. Conociendo la incredulidad de sus oyentes, les hace entender que esos milagros no son para ellos. «En verdad os digo, que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando fue cerrado el cielo por tres años y seis meses, cuando hubo una grande hambre por toda la tierra: mas a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidonia. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo de Eliséo profeta; mas ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán de Syria (2).»

(1) Luc. IV, 17-10.

(2) Luc. IV, 25-27.

Conocimiento claro y revelación precisa de los decretos eternos acerca de los judíos y de los gentiles, todo se encuentra en estas palabras que en boca de Jesús quieren decir: judíos, con vuestro orgullo cerráreis sobre vuestras cabezas el cielo de la misericordia; toda la lluvia de gracias, caída sobre vosotros por el ministerio de Moisés y los profetas, tomará su dirección hacia los gentiles; y vuestra lepra, de que no querréis sanar, será la curación de la lepra de las naciones a quienes purificará y curará el Espíritu de los siete dones.

¿Puede brillar más claramente el don de Consejo?

No es más difícil encontrar el don de Fortaleza. Los judíos, irritados con la prueba que acababa de darles del don de consejo, se apoderan del Verbo encarnado y lo conducen a la cima de la montaña sobre la cual estaba edificada su ciudad, a fin de precipitarlo desde lo alto; pero se les escapó de entre las manos y se alejó tranquilamente. Esto no era más que el preludio de los actos más brillantes del don de fortaleza.

Echar al fuerte armado de su ciudadela, romper las ligaduras de la muerte, resucitarse a sí mismo a la gloria, ¿qué es todo esto sino el don de Fortaleza, llevado a su más alto grado?

Cada uno de los pasos del Salvador en su vida pública está marcado por el don de Ciencia. ¿Qué digo? Se le ve resplandecer como rayo de luz divina en la oscuridad de su vida oculta. ¿Podríamos olvidar el asombro que produjeron en los ancianos doctores de la ley las cuestiones y respuestas de ese niño de doce años? Pero así como el sol brilla más a medida que se eleva sobre el horizonte, del mismo modo, a medida que Jesús avanza en edad, se ve brillar en Él el don de ciencia con nuevo resplandor. Sube a Jerusalen para la fiesta de los Tabernáculos. Enseña su doctrina ante la multitud reunida en el Templo. La admiración estalla por todas las partes y se expresa de este modo: ¿Cómo sabe éste las Escrituras sin haberlas aprendido?

¿Puede proclamarse mejor el don de Ciencia?

El Verbo redentor, continuando en bajar las gradas de la misteriosa escala, llega al don de Piedad. Nadie ignora lo que revelan las encantadoras parábolas del buen Samaritano; del padre de familia que convida a su festín a los pobres, a los enfermos, a los ciegos y a los cojos; las de la dracma y de la oveja perdidas.

Mas la parábola del hijo pródigo, ¿no es la obra perfecta e inimitable del don de Piedad?

Llegamos por fin al don de Temor. Este don, como quiera que señala al género humano el primer paso que debe dar para elevarse hasta Dios, aparece el último y en los últimos momentos del divino Maestro. Es como la huella todavía caliente en la cual debe comenzar el hombre por sentar su pie. Esta huella inefable queda impresa en el huerto de las Olivas. ¿No véis al Fuerte de Israel, acometido repentinamente de temor, de congoja y de tristeza, cayendo de rodillas y diciendo: Padre, que se aleje, si es posible, de mis labios este cáliz? ¿Se lo imaginan con los escalofríos de la agonía, cubierto de un sudor de sangre, forzado, para no sucumbir, a aceptar el auxilio de un ángel consolador?

Añadid al temor mortal la sumisión más completa y más respetuosa a las órdenes paternales, y decid si el don de Temor se ha manifestado jamás con semejante perfección.

2.° Orientarnos en el ejercicio, o en la práctica de los dones del Espíritu Santo. Conocemos los escalones por los que el Verbo divino ha descendido desde la cúspide de las colinas eternas hasta el fondo de este valle de lágrimas. ¿Cuáles son los que debemos subir nosotros, para verificar el movimiento contrario? Saber esto encierra para nosotros un interés capital. El Verbo ha salvado al hombre y creado un mundo nuevo por los dones del Espíritu Santo.

Por estos mismos dones y únicamente por ellos es como el cristiano, pequeño mundo e imagen del Verbo, puede y debe salvarse y hacer de sí mismo un mundo nuevo. En su mano tiene los medios de un buen éxito. ¿Cómo ponerlos por obra? Ante sus ojos está la escala que tiene que subir. Sería una locura tener la pretensión de elevarse del primer salto al último escalón. Es necesario comenzar por poner el pie en el más bajo. Hemos visto que el último escalón es el temor. En él nos aguarda el Salvador para tendernos la mano. El mismo Espíritu que lo hizo descender hasta él, comienza por elevarnos a nosotros hasta el mismo punto. Tal es su primera operación.

Oigamos a San Bernardo: «Con razón, dice, es llamado el temor de Dios principio de la sabiduría. En efecto, Dios comienza por darse a gustar al alma, cuando le enseña a temer y no a saber: porque temer es gustar: Timor sapor est. Pues bien, el gusto nos hace cuerdos, como la ciencia nos hace sabios. ¿Teméis la justicia y el poder de Dios? pues ya gustáis lo que es Dios justo y poderoso. Sabiduría viene de sabor. He aquí por qué el temor, principio de la sabiduría, derrama en las profundidades del ser, un sabor múltiple que regenera toda la familia interior del alma, purifica su reino y lo pacifica y santifica.»

La afirmación del gran místico es tanto más verdadera cuanto que el don de Temor no produce el temor servil sino el temor filial; temor respetuoso, resignado y confiado, semejante al del Hombre-Dios en el huerto de Gethsemaní.

El temor es, pues, el primer grado de nuestra ascensión hacia Dios, la primera condición de nuestro rescate, la primera ley de nuestra regeneración. La Iglesia que esto sabe y no ignora ninguno de los secretos del orden moral, comienza siempre la salvación de sus hijos por el temor. A sus ojos el trabajo de la regeneración o de la nueva creación impuesto al hombre, se divide en tres períodos que ella llama vía purgativa, vía iluminativa y vía contemplativa, a cada una de las cuales corresponden ciertos dones del Espíritu Santo. El temor es el primer fundamento de la vía purgativa y la vía purgativa es el principio de la regeneración.

Así, leed todos los autores ascéticos, que vienen a ser como los ingenieros de la guerra espiritual; no hallaréis uno que en los planes de ataque y de defensa no proponga el temor como primer centro de operaciones. Escuchad a todos los predicadores de ejercicios espirituales y de misiones, a esos capitanes experimentados que hacen maniobrar todas las fuerzas espirituales contra los poderes enemigos de la salvación; y veréis que no hay uno que no comience la batalla sin poner a la vanguardia las postrimerías del hombre, manantiales eternos de temor.

Intérpretes unos y otros del Espíritu Santo, no hacen más que aplicar la ley inmutable, que propone el temor como principio de la sabiduría. Por el órgano infalible del concilio de Trento, el Espíritu Santo describe la manera como Él mismo obra la justificación de los pecadores. Primeramente, se mueven por el temor de la justicia de Dios; de este temor pasan a la consideración de la misericordia; esta consideración los lleva a la confianza de que Dios los perdonará en vista de los méritos de su Hijo. Entonces comienzan a amarlo como fuente de toda justicia y a detestar sus pecados.

Queda, pues, bien establecido, que por el don de temor es como el hombre se pone en contacto con la sabiduría eterna y principia la obra de su nueva creación. Esta creación, obra perfecta de los siete dones del Espíritu Santo, estuvo, como todas las obras de la gracia, figurada en la creación del mundo material. Como el primer día de la semana primitiva llama al segundo, el segundo al tercero y así hasta el último; del mismo modo, el primer don del Espíritu Santo, puesto en práctica, conduce al segundo y éste a todos los demás hasta llegar al séptimo que es la sabiduría y constituye el descanso perfecto. Llegado el hombre a este punto, puede decir como el mismo Dios, al contemplar su obra: Vió todo lo que había hecho, y era muy bueno (2). Como ya hemos explicado en otra parte el curso de este admirable trabajo, no volveremos a hablar de él.

3.º Efectos generales de los dones del Espíritu Santo sobre el género humano. Los dones del Espíritu Santo hacen de Nuestro Señor Jesucristo un Dios-Hombre y del cristiano un hombre-Dios. La primera cosa que los apóstoles, órganos del Espíritu Santo, predican a los representantes del género humano, reunidos en la plaza del Cenáculo, es la penitencia: Paenitemtiam agite. Pues bien, la penitencia es inseparable del don de temor. Por este don, la humanidad unida al Verbo encarnado no tarda en recibir de su plenitud, de la plenitud de su Piedad, de la plenitud de su Ciencia, de la plenitud de su Fortaleza, de la plenitud de su Consejo, de la plenitud de su Entendimiento, de la plenitud de su Sabiduría. Nosotros recibimos de ella según la capacidad de nuestras almas y la medida de nuestra fidelidad. En Él está el manantial, en nosotros el arroyuelo; en él está el foco, en nosotros la chispa; en él está el Espíritu de los siete dones en toda su abundancia; en nosotros una parte de esta abundancia. He aquí por qué, advierte San Crisóstomo, no dijo el profeta: Doy mi Espíritu, sino: Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne (1).

Empero, ¡ved lo que produce en el mundo esta gota de gracia, esta chispa del Espíritu Santo! «Toda la tierra recibe su influencia y experimenta conmoción. Caída en un principio en la Palestina, gana el Egipto, la Fenicia, la Siria, la Cilicia, el Eufrates, la Mesopotamia, la Capadocia, la Galacia, la Escitia, la Tracia, la Grecia, la Galia, la Italia, toda la Libia, la Europa, el Asia y hasta el mismo Océano. ¿Qué necesidad hay de largo discurso? Tanta tierra como el sol alumbra, otra tanta recorre esta gracia, y esta gracia y esta chispa del Espíritu Santo llenan de ciencia el mundo. Por ella se realizan los milagros y los pecados son perdonados. Sin embargo, esta gracia extendida a tantas regiones no es más que una parte y una prenda del Don por excelencia. Ha depositado en nuestros corazones, dice el Apóstol, la prenda del Espíritu, es decir, de su operación, porque el Espíritu no se divide.

«¿Y qué diremos del manantial? A uno es dado por el Espíritu el discurso de sabiduría; a otro el discurso de ciencia por el mismo Espíritu; a otro fe, a otro gracia de sanidades; a otro el don de milagros por el mismo Espíritu; a otro profecía; a otro discreción de espíritus; a otro el don de lenguas. La gracia que se recibe en el Bautismo extiende todos estos dones a todas las naciones. Ved lo que hace una gota del Espíritu Santo. Que esto lo hace solamente una gota, el profeta lo declara diciendo: Yo derramaré de mi Espíritu. Ved, pues, cuán grande es la poderosa fecundidad de la gracia del Espíritu Santo, que, después de tan largo tiempo, basta para el mundo entero, y que, no conociendo fronteras ni disminución, colma al género humano de inefables riquezas, sin empobrecerse ella en lo más mínimo (1).»

Antes que el ilustre patriarca de Constantinopla, había celebrado el gran Tertuliano la rápida deificación del género humano por el Espíritu de los siete dones. Este milagro era para él una prueba irrefutable de la divinidad del Verbo hecho carne, de quien el mundo había recibido el Espíritu regenerador. «Los apóstoles, dice en su magnífico lenguaje, fueron las bocinas del Espíritu Santo, y sus palabras resonaron en todos los ámbitos del universo. ¿A quién sino han creído las naciones del globo? A Cristo y sólo a Cristo. Ante Él se abren todas las ciudades, ante Él se rompen todas las cerraduras y las puertas de bronce giran sobre sus goznes para darle entrada. Sin duda que estos milagros pertenecen al orden moral y necesario es entenderlos en el sentido de que los corazones de los habitantes de la tierra, asediados, cerrados, poseídos por el demonio, quedaron libres y abiertos por la fe de Cristo. A pesar de esto, son muy reales esos milagros; puesto que el pueblo cristiano habita hoy en todos los lugares. Ahora bien, ¿quién puede extender su reino al universo entero, si no es Cristo Hijo de Dios, anunciado como el que debía reinar eternamente sobre todas las naciones?

«Reinó Salomón, pero en las fronteras de la Judea, desde Dan hasta Bersabé. Reinó Darío sobre los babilonios y los persas; pero no más allá. Reinó Faraón sobre los egipcios; pero sobre ellos solamente. Reinó Nabucodonosor desde la India hasta la Etiopía; pero un poco más lejos su imperio era desconocido. Reinó Alejandro el Macedonio; pero sobre una parte del Asia solamente. ¿Qué diré de los romanos? Estos rodearon su imperio de puestos militares, y estas barreras vivientes eran los límites de su poderío. En cuanto a Jesucristo, su reino y su nombre se extiende por todo el mundo. En todas las partes es creído, en todas las partes es adorado, en todas las partes manda, dándose a todos sin acepción de personas, igual para todos, rey para todos, juez para todos y Dios y Señor para todos. Cree todo esto sin dudar, puesto que lo ves con tus mismos ojos (1).»

Admirado de este mismo espectáculo, exclama San Gregorio: «El Espíritu invisible se ha hecho visible en sus servidores. Sus milagros prueban su presencia. Nadie puede ver el disco deslumbrador del sol, cuando comienza a salir; mas podemos ver la cima de las montañas que dora con sus rayos y sabemos que está sobre el horizonte. Puesto que no podemos contemplar en sí mismo el Sol de justicia, vemos las montañas que él hace resplandecer con su luz, los apóstoles santos cuyas virtudes y milagros anuncian a toda la tierra la salida de sol divino. Si es invisible en sí mismo, vemos las montañas que alumbra. La virtud de la Divinidad en sí misma, es el sol del cielo; la virtud de la Divinidad en los hombres, es el sol de la tierra. Contemplemos, pues, el sol sobre la tierra, ya que no podemos contemplarlo en el cielo (2).»

El género humano sacado de la barbarie pagana y colocado en la plena luz del Evangelio; tales son los efectos generales de los dones del Espíritu Santo. Digámoslo de paso; ante este hecho siempre antiguo y siempre nuevo, ¿qué son las objeciones de la incredulidad contra el cristianismo? Lo que son los razonamientos de un ciego de nacimiento contra la existencia del sol, lo que las palabras del insensato contra la evidencia de los axiomas de la geometría. ¿Cómo se ha realizado este grande hecho en la humanidad? Del mismo modo que se realiza en cada uno de los hombres. Comenzó por el don de temor, el cual ha ido llamando a todos los demás.

¿Qué es lo que predica Juan Bautista, el precursor de la luz? El temor. «Haced frutos dignos de penitencia... Porque ya está puesta la segur a la raíz de los árboles. Pues todo árbol que no hace buen fruto cortado será y echado al fuego (1).» Y Pedro, primer intérprete del Redentor ante los judíos: «Arrepentíos, y cada uno de vosotros sea bautizado en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo (2).» Y Pablo su apóstol ante los gentiles: «Y Dios anuncia ahora a los hombres, que todos en todo lugar hagan penitencia (3).» Así, por doquiera se ve en primera línea el don de temor. Es el temor principio de la sabiduría: tal es la ley inmutable de la redención.

Por el contrario, la perdida del temor es el principio de la ruina. ¿Cómo sacude el mundo cristiano el yugo del cristianismo? ¿Cómo llega hasta el grado de aberración de negar la evidencia de los hechos evangélicos? Perdiendo los dones del Espíritu Santo. ¿Con qué orden los pierde? Con el mismo que los recibe. El primero que pierde, como el primero que recibe, es el temor.

¿Qué pensar de una época que no tiene ya temor de Dios? Como quiera que los dones del Espíritu Santo son inseparables, una época que pierde el temor de Dios es una época que pierde la sabiduría, que pierde el consejo, que pierde la fortaleza de la virtud. Es una época que se halla entregada a los siete espíritus contrarios, al espíritu de soberbia, al espíritu de avaricia, al espíritu de lujuria, al espíritu de iniquidad bajo todos los nombres y en todas las formas. ¿A dónde va? ¿Cómo no asombrarse de lo que vemos? ¿Cómo no presentir lo que veremos? Si el temor es el principio de la sabiduría, la ausencia del temor será el principio de la locura. En este caso, la locura es el preludio del crimen sin remordimientos para los individuos, y de catástrofes sin nombre para los pueblos. Si, pues, el mundo no quiere perecer, vuelva al temor; esta es la primera ley de su conservación, la primera condición de su felicidad (1).

(Leyendo algunos de estos extractos, donde habla de lo dominado que está el mundo por el Diablo, podríamos sacar la conclusión de que “estamos como entonces, como en el s.XIX”; pero no es así. Estamos mucho peor, en el borde del precipicio. Entonces había un papa en cuyas enseñanzas confiar, un pastor a quien seguir con seguridad, unos obispos, como el autor de este escrito, confiables y verdaderos. Ahora nada de esto tenemos. Estamos peor que en los primeros tiempos que, aun estando perseguidos de muerte física, tenían recurso a sacramentos. Ahora en algunas partes del mundo los cristianos son también perseguidos a muerte corporal, pero en todos sitios se nos intenta matar el alma. Alegría, pues se están cumpliendo las profecías y, al final, el “corazón inmaculado” -de la Virgen-, triunfará.) (En México y USA todavía hay algunos sacerdotes verdaderos descendientes de la línea del Rvdo. Mons. Ngo Thuc y no contaminados por la línea del Sr. Lefebvre, pero en Europa, casi no hay, a entender de un servidor).

CAPÍTULO XXVII. EL DON DE TEMOR.

SUMARIO.—Los siete dones del Espíritu Santo opuestos a los siete pecados capitales.Luminoso punto de vista.—Lo que es el don de temor.—Sus efectos: respeto a Dios, horror al pecado.—Su necesidad: él nos da la libertad librándonos del temor servil.—Del temor mundano.—Del temor carnal.—Nos arma contra el espíritu de soberbia.—Qué sea la soberbia y lo que produce.

Cuando Isaías da a conocer a la tierra los dones del Espíritu Santo, no los llama Dones, sino Espíritus. Santo Tomás nos ha manifestado la completa exactitud de este lenguaje, al demostrar que los dones del Espíritu Santo son como el soplo perenne del Espíritu septiforme, que pone en movimiento todas las virtudes y todas las potencias del alma. Uno de los últimos representantes de la gran teología de la edad media, San Antonino, conserva la misma denominación. «Los siete dones del Espíritu Santo, dice este ilustre doctor, son los siete Espíritus enviados por toda la tierra contra los siete espíritus malos de que nos habla el Evangelio. El Espíritu de temor echa fuera el Espíritu de soberbia. El Espíritu de piedad arroja al Espíritu de envidia. El Espíritu de ciencia rechaza al Espíritu de ira. El Espíritu de consejo hace huir el Espíritu de avaricia. El Espíritu de fortaleza repele al Espíritu de pereza. El Espíritu de inteligencia va contra el Espíritu de gula. El Espíritu de sabiduría enfrena al Espíritu de lujuria (1).»

Este luminoso golpe de vista nos descubre, ya la naturaleza íntima de los siete dones del Espíritu Santo, ya el papel necesario que representan, ya el inmenso lugar que ocupan en la obra de la redención humana. El santo arzobispo revela y lustifica con una sola palabra todo el plan de nuestra obra. En efecto, dos espíritus opuestos se disputan el imperio del mundo. Haga lo que quiera, el hombre vive necesariamente bajo el imperio del espíritu bueno o bajo el del malo. Jesucristo o Belial; no hay medio. Tales son las verdades, fundamento de toda filosofía, luz de toda la historia, que nosotros no nos cansaremos de demostrar. Pues bien, según la revelación del mismo Verbo, el Espíritu malo, Satanás, va acompañado de otros siete espíritus peores que él. Estos espíritus nos son conocidos por sus nombres y por sus obras.

Por sus nombres: en lenguaje católico se llaman, espíritu de soberbia, espíritu de avaricia, espíritu de lujuria, espíritu de gula, espíritu de envidia, espíritu de ira, espíritu de pereza.

Por sus obras: ellos son los inspiradores y fautores de todos los pecados, de todos los desórdenes privados y públicos, de todas las vergüenzas, de todas las bajezas, por consiguiente, la causa incesante de todos los males del mundo. ¿Quien de nosotros no ha sido objeto de sus ataques? ¿Quién no ha sentido más de una vez su maligna influencia? Crueles, astutos, infatigables, nos asedian y fatigan día y noche. Es evidente que el hombre abandonado a sí mismo, es demasiado débil para sostener la lucha; testigo la historia de los particulares y de los pueblos que se sustraen a la influencia del Espíritu Santo.

Así, uno de los dogmas más consoladores de la religión, es el que nos muestra al Espíritu del bien viniendo en socorro del hombre, con siete espíritus o siete potencias opuestas a las siete fuerzas del Espíritu del mal. Estos siete espíritus auxiliares nos son igualmente conocidos por sus nombres y por sus obras.

Por sus nombres: se llaman, el Espíritu de temor de Dios, el Espíritu de consejo, el Espíritu de sabiduría, el Espíritu de entendimiento, el Espíritu de piedad, el Espíritu de ciencia y el Espíritu de fortaleza.

Por sus obras: son los inspiradores de todas las virtudes públicas y privadas, los promovedores de todo género de sacrificios, de todo lo que honra y embellece a la humanidad, por consiguiente, la causa incesante de todos los bienes del mundo (1). Para decirlo en dos palabras, el género humano es un gran Lázaro, herido con siete heridas mortales; un soldado débil, atacado noche y día por siete enemigos formidables. El Espíritu de los siete dones se convierte en infalible médico del Lázaro, propinándole los siete remedios exigidos por sus llagas; en auxiliar victorioso del soldado, poniendo a su disposición siete fuerzas divinas opuestas a las siete fuerzas infernales.

Al dibujar con esta exactitud la condición del hombre sobre la tierra, ¿puede la teología católica, que es también la verdadera filosofía, dar una idea más clara de los siete dones del Espíritu Santo, y hacer sentir mejor su necesidad absoluta e inspirar a las naciones lo mismo que a los individuos, un temor más serio de perderlos?

Quedan por explicar en sí mismos y en su oposición con cada uno de los pecados capitales todos estos dones admirables. El primero que se presenta, es el temor. Con el fin de dar una idea práctica del mismo, vamos a responder a tres cuestiones. ¿Qué es el temor? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Cuál es su necesidad?

1.° ¿Qué es el don de temor? El temor es un don del Espíritu Santo que nos hace temer a Dios, como a un padre, y huir del pecado, porque le desagrada (1). Este precioso temor no es ni el temor servil, ni el temor mundano, ni el temor carnal. Aunque Dios sea su objeto, este don no es contrario a la esperanza. La esperanza tiene dos objetos, la dicha futura y los medios de llegar a ella. También son dos los objetos del temor; el mal que el hombre teme, y lo que puede ocasionarlo. En el primer caso, Dios, siendo como es bondad infinita, no puede ser objeto del temor; en el segundo, puede serlo. En efecto, Él puede castigarnos por nuestras faltas, y apartarnos de Sí por toda la eternidad. En este sentido, Dios puede y debe ser temido. Tal es el don de temor en sí mismo. Veámoslo en sus relaciones con el alma.

Los doctores de la Iglesia han visto en los siete días de la creación la figura de los siete dones del Espíritu Santo. Como en cada día de la semana primitiva el Verbo hacía salir una nueva criatura de los elementos preparados por el Espíritu Santo; así en la semana que se llama la vida, cada uno de los dones del Espíritu Santo embellece al mundo moral, al hombre, con una nueva maravilla. Cuando llega al alma cualquier don del Espíritu Santo, se puede aplicar con toda verdad la palabra del profeta: Enviarás tu Espíritu y todo será creado y renovarás la faz de la tierra. De este modo, la venida del soplo divino es, lo mismo para el hombre que para el mundo, una hora solemne de creación y regeneración. Justifiquemos esta bella armonía y comencemos por el don de temor.

El hombre caído está tan hundido en las cosas de los sentidos, que pasa al lado de las más altas verdades del orden moral sin verlas, o si las entrevé, apenas le causan ninguna impresión. Pero cuando el Espíritu de temor de Dios desciende sobre él, pasa en su alma algo parecido al estampido del trueno en una noche oscura. Este trueno, que todo lo hace temblar, es precedido de un relámpago que rasga las negras nubes e ilumina el horizonte. Esto mismo sucede en el corazón del hombre, cuando entra en él el Espíritu de temor de Dios. Como luz repentina, disipa las tinieblas y hace ver con claridad la grandeza de Dios y la fealdad del pecado. Como fuerza, produce en el alma un impulso que la conmueve profundamente. «Mira la tierra, dice el salmista, y la hace temblar (CIII).» Esta tierra es el corazón del hombre. De esta tierra, repentinamente iluminada y fuertemente removida, se ven salir como dos plantas inmortales, un profundo respeto a Dios y un horror extremo al pecado; lo que vamos a conocer estudiando la segunda cuestión.

2.° ¿Cuáles son los efectos del don de temor de Dios? Como se acaba de indicar, el don de temor produce dos efectos: respeto a Dios y horror al pecado (1).

Respeto a Dios. No un respeto ordinario, de la razón más bien que del corazón, sino profundo, universal y práctico. A los ojos del alma llena del Espíritu de temor, sólo Dios es grande; ante su autoridad, desaparece toda autoridad; ante su majestad, se eclipsa toda otra majestad; ante sus derechos, no hay otros derechos, ni ante su servicio otro servicio, ni ante su palabra otra palabra, ni ante sus promesas otras promesas, ni ante sus amenazas otras amenazas, ni ante sus juicios otros juicios.

El alma no contempla solamente a esta majestad infinita en sí misma, sino que la ve reflejarse en todas las demás potestades establecidas por Dios, potestades religiosas y sociales, potestad paterna y civil, potestades superiores e inferiores; la ve en todo lo que lleva el sello de lo divino, en el hombre y en el mundo.

De aquí nace el respeto a la Iglesia, a las santas Escrituras, a la tradición, a las ceremonias, los templos, los días y las cosas de Dios: respeto al alma y a cada una de sus facultades; respeto al cuerpo y a cada uno de sus sentidos; respeto al prójimo y a su fe, sus costumbres, su vida, su reputación, sus bienes, su debilidad, su pobreza; respeto a su ancianidad, su superioridad y todos sus derechos.

Respeto a las criaturas. Para el discípulo del crisma, alumnus chrismatis, todas son sagradas, todas vienen de Dios, son de Dios y han de volver a Dios. Usa de todas y de cada una de ellas; pero con espíritu de dependencia, porque ninguna es suya; con espíritu de temor, porque tendrá que dar cuenta de todo; con espíritu de agradecimiento, porque todo es un beneficio, hasta el aire que respiramos. Como se ve, el don de temor de Dios es el fundador de lo que siempre es tan necesario y especialmente en el mundo actual: la religión del respeto.

Horror del pecado. Gracias al don de temor, el alma se encuentra de repente en otro estado: ya no se conoce a sí misma. Los grandes dogmas de la majestad de Dios y de la enormidad del pecado, de la muerte, del juicio, del purgatorio y del infierno, que poco ha estaban para ella en la oscuridad o sólo a media luz, brillan con esplendor tan vivo, que exclama con santa Catalina de Siena: «Si yo viera a un lado un mar de fuego; y al otro, el más pequeño pecado, antes me arrojaría mil veces al fuego que cometer el pecado.»

Pasmado de no haber visto siempre lo que ahora ve, afligido de no haber sentido siempre lo que siente ahora, el cristiano enriquecido con el don de temor de Dios, exclama con toda la sinceridad de su asombro y con toda la fuerza de su sentimiento: ¿Quién no os temerá, Señor, y quién osará ofenderos? Sólo Vos sois grande, y santo, y bueno, y poderoso. Vos sois el soberano Señor de la vida y de la muerte, y juez supremo de los reyes y de los pueblos. Vos revisáis todos los juicios y juzgáis todas las justicias; Vos, en cuyas manos es cosa horrible caer; Dios vivo, que después de hacer morir el cuerpo, podéis precipitar el alma en el infierno; Vos, que no pudiendo sufrir ni siquiera la vista de la iniquidad, la perseguís, hace seis mil años, con castigos espantables en los ángeles y en los hombres, y la castigaréis con horribles suplicios por toda la eternidad.

Tales son y más enérgicos todavía los sentimientos del alma penetrada del Espíritu de temor de Dios. Si nada hay más noble, nada es tampoco más indispensable.

3.° ¿Cuánta es la necesidad del don de temor? Esto es lo mismo que preguntar, si el hombre necesita ser cuerdo y trabajar en la salvación de su alma; pues el temor es la primera condición de la cordura y de la salud (1). Es lo mismo que preguntar, si el hombre necesita no perder nada de lo que, haciéndole hombre, le impide confundirse con la bestia; pues el temor de Dios hace al hombre y a todo el hombre (2). Es, en fin, lo mismo que preguntar, si el hombre tiene necesidad de conservar su libertad y su dignidad de hombre y de cristiano. En efecto, hay que persuadirse bien de ello, el Espíritu de temor de Dios es el único principio de la libertad y el único guardián de la dignidad humanas. Y la razón es, que sólo él nos libra de todo otro temor. El hombre, quienquiera que sea, está expuesto a tres clases de temor: al temor servil, al temor mundano, y al temor carnal. Uno sólo de éstos es bastante para convertir al hombre, aunque sea emperador o rey, en un esclavo y esclavo degradado.

El temor servil es el que hace respetar a Dios, sólo por miedo; y huir del pecado, sólo por el castigo (3). Fúndase en el amor de sí mismo: este amor no es malo por su naturaleza, porque no es contrario a la caridad: y no es contrario a la caridad; puesto que en virtud de la misma caridad el hombre debe amarse a sí mismo después de Dios, y más que a los otros: por consiguiente, debe temer y evitar el mal del alma y del cuerpo. El temor servil, pues, nacido de este amor persona, no es malo en sí mismo. Antes al contrario, una de las funciones principales de los profetas fué llenar de él el corazón de los pecadores.

«Cuarenta días quedan aún, clamaba Jonás a los ninivitas, y Nínive será destruida (4). Y Dios aprobó su penitencia, aunque nacida de temor servil. «Raza de víboras, decía San Juan Bautista a los judíos obstinados, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira venidera?... Puesta está ya la segur a la raíz de los árboles. Todo árbol que no hace buen fruto, cortado será y echado en el fuego (1).» Nuestro Señor mismo, ¿cuántas veces no atacó esta fibra del temor servil, para atraer los pecadores a penitencia? Ahora les recuerda el infierno con sus braseros eternos y sus tinieblas exteriores; ahora les presenta la parábola de la higuera estéril y del rico avariento; ahora amedrenta sus oídos con estas terribles palabras: «Si no hacéis penitencia, pereceréis todos sin excepción (2).»

El temor servil no es, pues, malo por su propia naturaleza. Sí se hace malo, cuando el hombre, constituyendo en sí mismo su último fin, no respeta a Dios ni evita el pecado, sino en razón de su interés personal. Semejante disposición, esencialmente contraria a la caridad, constituye la servilidad del temor y hace al hombre esclavo, y equivale a decir: Si Dios no tuviera el rayo en su mano, si no hubiese infierno, yo pecaría. Es el razonamiento del esclavo, que teme el látigo, pero no ama a su amo; de los judíos idólatras al pie del Sinaí; de los paganos de Samaria, a quienes se llamó con razón los prosélitos de los leones; del malvado Antíoco a la vista de los terrores de la muerte; de tantos y tantos cristianos que conculcan las leyes de Dios y de la iglesia, porque no ven sanción alguna penal para sus prevaricaciones; o que se abstienen de conculcarlas, porque creen entrever esa sanción y únicamente por esto (3). Inútil sería insistir sobre lo vergonzoso y culpable que es el temor servil (4).

(4) Conviene aclarar más este punto, tan delicado como importante por lo que se roza con la Confesión. El temor servil consiste sustancialmente en el temor de la pena. Pero se distinguen dos clases, el temor simplemente servil y el servilmente servil. Con el primero de tal modo se teme la pena, que se detesta el pecado; es por consiguiente, contrición; la cual, aun siendo imperfecta, si va unida con la confianza en la misericordia divina y con la resolución de hacer las demás cosas necesarias, dispone al hombre para que se le perdonen los pecados en el sacramento de la Penitencia. Con el otro temor que se llama servilmente servil, de tal modo se teme la pena, que queda la voluntad de pecar si no hubiera castigo; no es, pues, detestación, ni dolor del pecado, no es contrición. El primero produce el cambio de la voluntad de mala en buena: el segundo, no. Véase Perrone, Proel. Theol., tract. de Poenit. cap. II. (Nota del traductor)

Temor mundano es el que se concibe por la pérdida de los bienes del mundo, riquezas, dignidades, honores y otros semejantes (1); el cual, aunque en sí mismo es inocente, cesa de serlo cuando nos arrastra al pecado por evitar la pérdida de las ventajas temporales. La historia está llena de las crueldades, cobardías, bajezas, traiciones, envenenamientos, asesinatos, conciencias vendidas y crímenes de todo género que el temor mundano ha hecho cometer.

Faraón ve que se multiplican los hijos de Israel, teme por su reino, y ordena la matanza de todos los recién nacidos de los hebreos. Jeroboan, rey de Israel, teme que las diez tribus, si van a adorar al verdadero Dios en Jerusalén, se aparten de su cetro; las arrastra, pues, a la idolatría, y los hijos de Abraham tendrán que postrarse, bajo pena de muerte, ante los becerros de oro desde Dan hasta Bersabé. Herodes sabe por los Magos el nacimiento del Rey de los judíos: el temor de perder su corona lo induce a degollar a todos los niños de Belén y sus cercanías. En el tiempo de la Pasión, los sumos sacerdotes tienen miedo a los romanos, y por no perder sus dignidades, su fortuna y su poder, decretan la muerte del Hijo de Dios. Pilatos reconoce y proclama la inocencia del Señor y hasta resiste al furor de los judíos. Pero Pilatos teme perder la amistad del César y con ella el empleo: hace, pues, traición a su conciencia y entrega la sangre del Justo.

No hay un reino, ni antiguo, ni moderno, que no presente algunas y aún muchas de estas iniquidades públicas, de estas ilustres ignominias, hijas del temor mundano. Y si descendemos a un orden menos elevado, ¿quién sera capaz de contar las adulaciones vergonzosas, las abdicaciones de conciencia y de carácter, las intrigas culpables, las injusticias, las crucifixiones de la verdad, las afecciones hipócritas de los menguados Pilatos y de los Giezi codiciosos y cubiertos de lepra, siempre tan numerosos en épocas como la nuestra, en que todo se vende porque se compra todo (1)?

Descendamos todavía y preguntemos a esas muchedumbres de jóvenes, hombres y aún mujeres, ¿por qué vuelven la espalda a la religión y abandonan hasta sus más sagrados deberes, como la frecuencia de sacramentos y la santificación del domingo? ¿Por que sonríen a las palabras, se conforman con las modas y se someten a los usos que su conciencia reprueba? No hay uno de esos tránsfugas, que no tenga que confesarse esclavo del respeto humano, esto es, del temor mundano.

El temor carnal es el temor de las incomodidades corporales, de las enfermedades y la muerte. Este temor, conteniéndose dentro de ciertos límites, no tiene nada de reprensible: hácese culpable, cuando por evitar los males del cuerpo, nos arrastra a sacrificar por el pecado los bienes del alma (2). Nada es más culpable, nada más degradante, nada más común que el temor carnal tomado en el mal sentido.

Nada más culpable. El Salvador es atado, llevado a la casa de Caifás y entregado sin protección a los tratamientos indignos de la soldadesca.— Tú eres discípulo de ese hombre, le dicen a Pedro los criados del sumo sacerdote. A estas palabras, el temor carnal se apodera de Pedro, teme para sí la suerte de su Maestro: y Pedro se hace renegado, renegado público, blasfemo y perjuro... ¡Cuántos Pedros se han visto en el trascurso de los siglos!

Nada más degradante. En la boca del esclavo del temor carnal tienen su verdadero lugar las palabras del profeta: «Miedo de muerte cayó sobre mí: temor y temblor vinieron sobre mí; y cubriéronme las tinieblas (1).» La vista de los suplicios y aún de los instrumentos del suplicio, el miedo del dolor, la aprehensión de la muerte, hacen perder el juicio. En este estado, las denegaciones, las protestas, los juramentos, las promesas, nada hay tan indigno que no esté dispuesto a hacer y que no haga el esclavo del temor carnal.

Por salvar lo menos, sacrifica lo más: por evitar penas pasajeras, se hace reo de las eternas: por preservar el cuerpo, entrega su alma, y así pierde el uno y la otra.

Nada más común. Hasta en los casos ordinarios de enfermedades y dolencias, ¿de qué no es capaz el esclavo del temor carnal? ¿No se le ha visto y se le ve todos los días recurrir a medios vergonzosos e ilícitos, sea para prevenir molestias corporales, sea para recobrar una salud que el dueño soberano de la vida tiene a bien no concedérsela completa? ¿Qué son, hoy más que nunca, todas esas adoraciones de la carne, toda esa molicie de las costumbres y de la educación, toda esa cobardía en presencia del deber, todo ese horror a a pena y la mortificación, todo ese refinamiento anticristiano de lujo y bienestar, todas esas consultas médicas de mediums más que sospechosos? Los frutos del temor carnal.

El primer beneficio del don de temor de Dios es librarnos de estas vergonzosas tiranías. El temor servil con el egoísmo que lo inspira, con las desconfianzas y los sombríos terrores que lo acompañan, desaparece arte el temor filial. El que posee este último, encontrando dentro de sí mismo el testimonio de que es hijo de Dios, teme a Dios como un hijo teme a su padre. Su temor va siempre acompañado de confianza y amor. Este doble sentimiento no le abandona jamás, ni siquiera cuando ha cometido faltas; es entonces el pródigo que vuelve a su padre.

En cuanto al temor mundano y al carnal, no ejercen sobre él su ilegítimo imperio. El temor filial los domina, los absorbe o enteramente los echa fuera. Nada teme, nada siente, nada deplora más que una cosa, el pecado. Y éste lo teme, lo siente y lo deplora, no por interés egoísta, sino por amor de Dios y por respeto a su majestad. La conclusión es que, para ser hombre de carácter e independiente, se necesita ser cristiano temeroso de Dios y sólo de Dios. En otros términos, la verdadera fórmula de la libertad y dignidad del hombre está en aquel conocido verso:

Temo a Dios, querido Abner, y no tengo otro temor.

¿Se quiere comprender, desde el punto de vista puramente humano, la necesidad y las ventajas del don de temor de Dios? Basta recordar que el hombre, sea como fuere, no puede vivir sin temor. Si no teme a Dios, teme a la criatura; pues bien, todo hombre que teme a la criatura, es un esclavo. Su libertad, su dignidad, su conciencia son de aquél a quien teme; y fuera de Dios, el que es temido de otros no puede menos de ser un tirano.

He ahí lo que debería comprender y no comprende el que tiene la pretensión de hacerse libre sacudiendo el yugo de Dios. He ahí lo que nuestro siglo debiera comprender y no comprende. Para conquistar la libertad, tiene fiebre de revoluciones. Éstas se multiplican, y cada una de ellas le remacha más fuertemente las cadenas de la esclavitud al cuello y en las manos. Esta esclavitud sera más y más dura, más y más vergonzosa, más y más general a medida que el mundo comprenda menos, que el don de temor de Dios es el principio de la libertad moral y que la libertad moral es madre de todas las demás. Donde está el Espíritu Santo, allí está la libertad, ubi Spiritus Domini, ibi libertas, y no está más que allí.

El segundo beneficio del Espíritu de temor es armarnos contra el espíritu de orgullo (1).

Si el Espíritu Santo tiene siete dones, santificadores del hombre y del mundo, el demonio tiene también sus siete dones, con los que corrompe al mundo y al hombre. Cada don de Satanás es la negación o la destrucción de un don paralelo del Espíritu Santo, y tomados en su conjunto los dones satánicos, forman la oposición adecuada de la economía de nuestra deificación. De aquí resulta, que la guerra sin tregua de estos espíritus contrarios es toda la vida de la humanidad. Asistamos un instante a esta guerra, cuyo objeto somos nosotros.

El primer don que el Espíritu Santo nos comunica es el temor. ¿Qué hace el don de temor? Ante todo, nos hace pequeños debajo de la mano poderosa de Dios. Del sentimiento íntimo de nuestra nada y de nuestra culpabilidad brota la humildad. Esta virtud, madre y guardiana de todas las virtudes, mater custosque virtutum, produce a su vez la desconfianza de nosotros mismos, de nuestro juicio, de nuestra voluntad; la vigilancia de nuestro corazón y nuestros sentidos; el fervor en nuestras relaciones con Dios; la modestia, mansedumbre e indulgencia respecto al prójimo; todas esas disposiciones, hijas del don de temor, son el cimiento del edificio, que vienen a concluir sobreponiéndose los otros dones del Espíritu Santo (1).

Por donde aparece evidente, que constituyéndonos el espíritu de temor dentro de la verdad, debía sernos comunicado el primero, y que la primera enseñanza que saliera de la boca del Redentor, debía de ser la de la humildad (2).

En virtud del antagonismo perpetuo, que tantas veces hemos señalado, no es menos evidente, que la primera gota de veneno, que el demonio destilará en las almas, será lo contrario de la humildad, el orgullo. ¿Por qué? Porque el demonio es el padre de la mentira, y el orgullo es la mentira. ¿Qué hace el orgullo? Nos saca de lo verdadero y nos constituye en lo falso. Falso respecto a nosotros mismos; no somos nada, y el orgullo nos persuade de que somos algo; nos infla, nos levanta, nos inspira preferencias injustas y nos llena de confianza y complacencia en nosotros mismos.

Falso en lo tocante a Dios y al prójimo. Cuanto más el orgullo nos exalta a nuestros propios ojos, más debilita en nosotros el sentimiento de nuestras necesidades y el conocimiento de nuestros deberes. Para el orgulloso se acabó la oración seria, se acabó la vigilancia severa y sostenida, se acabó de pedir o aceptar consejos: lleno de sí mismo, lo sabe todo, lo ha visto todo, y se basta en todo: él y siempre él.

Presumido, con aire de juez, altanero, bajo con el fuerte, déspota con el débil, egoísta, pendenciero, cruel, disputador, fastidioso para todos e ingobernable, viene a ser la prueba viviente de aquella verdad: que el orgullo es la deformación más radical de la naturaleza humana (1).

Esta deformación conduce a la disolución de todos los lazos sociales y origina la religión del desprecio, negación adecuada de la religión del respeto. El adepto de esta religión satánica lo desprecia todo: a Dios, sus mandamientos, sus promesas y sus amenazas; a la Iglesia, su palabra, sus derechos y sus ministros; a sus padres, su autoridad, su ternura, sus canas; desprecia, en fin, el alma, el cuerpo, y todas las criaturas. Usa y abusa de la vida, como si fuese propietario de ella y propietario irresponsable. Tal era la religión del mundo pagano; tal vuelve a ser inevitablemente la del mundo actual, a medida que pierde el don de temor de Dios. Religión del respeto o religión del desprecio; no hay medio.

Sin embargo, está escrito que la humillación sigue al orgullo como la sombra al cuerpo (1). Humillación intelectual, el falso juicio, el error, la ilusión. Humillación moral, la impureza con todas sus vergüenzas. Humillación pública: Aman espira sobre un madero de cincuenta codos de alto: Nabucodonosor se ve trasformado en bestia. Humillación social: la antigüedad pagana pasa todo el tiempo de su existencia forcejando entre el despotismo y la anarquía. Humillación religiosa, el mundo y el hombre pagano yacen inevitablemente postrados a los pies de ídolos inmundos y crueles. Y bien, librar a la humanidad de semejantes ignominias, ¿no es nada? ¿Quién la libra? El don de temor de Dios. ¿Habremos, pues, de preguntar si es necesario, especialmente en nuestros días?

CAPÍTULO XXVIII. EL DON DE PIEDAD

SUMARIO. —Lo que es el don de piedad.—En qué se diferencia de la virtud de la religión y de la caridad.—Dos objetos del don de piedad: Dios y el hombre.—Sus efectos respecto a Dios.—Respecto al prójimo: obras de misericordia, corporales y espirituales.—Necesidad del don de piedad: opuesto al espíritu de envidia.—Lo que es la envidia.

El don de temor es el primer grado de la escala misteriosa, que debemos recorrer para volver a Dios: el segundo es el don de piedad. El temor que viene del Espíritu Santo, como tiene algo de filial, contiene en germen el don de piedad, que brota de aquél como su primera flor y primer fruto. Para dar un conocimiento práctico de este nuevo beneficio, responderemos a tres preguntas: ¿Qué es el don de piedad? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Cuál su necesidad?

1.º ¿Qué es el don de piedad? La piedad es un don del Espíritu Santo, que nos llena de afección filial para con Dios y nos hace honrarlo como Padre (1). San Pablo canta este don delicioso, cuando dice: «No habéis recibido espíritu de servidumbre para que viváis todavía dominados por el temor; sino que recibísteis el espíritu de adopción de hijos, con el cual clamamos diciendo: Padre mío, Padre mío (2);» Así el don de piedad, igualmente que el de temor, obra en el alma una nueva creación. Si el hombre es poco sensible al temor de Dios, lo es todavía menos a su amor. La insensibilidad del corazón es uno de los mayores obstáculos para la salvación. Mas cuando sobreviene el Espíritu de piedad, el corazón se cambia de repente; este espíritu hace en el corazón lo que el fuego hace en la cera. El fuego ablanda la cera, la pone en disposición de recibir toda suerte de impresiones, y además la derrite y la hace correr como el agua y el aceite.

Este milagro del don de piedad lo distingue de la virtud de la religión y constituye su superioridad. Por la virtud de la religión, el hombre honra a Dios como Criador y soberano Señor de todas las cosas; por el don de piedad lo honra como Padre. La virtud de la religión ve en Dios la majestad; el don de piedad ve, además de la majestad, la paternidad. La virtud de la religión nos hace adoradores respetuosos; el don de piedad nos hace hijos respetuosos y amantes, y que tenemos respeto precisamente porque tenemos amor (2).

Así, el don de piedad crea un nuevo orden de relaciones inefablemente dulces y nobles entre Dios y nosotros. De la clase de criaturas nos eleva a la dignidad de hijos, y derrama en nuestro corazón los sentimientos propios de esta filiación gloriosa, como nos da todos sus derechos. Este favor, apenas sospechado por el judío y completamente desconocido del gentil, arrebata en admiración al apóstol San Juan. «Considerad, nos dice, cuál caridad nos ha dado el Padre, queriendo que tengamos nombre de hijos de Dios, y lo seamos. (3)» El don de piedad se diferencia también de la caridad bajo dos aspectos; el espíritu de piedad es el excitador de la caridad, como el viento es el impulsor de la nave. La caridad nos hace amar a Dios, porque es infinitamente perfecto e infinitamente bienhechor; el don de piedad nos hace que lo amemos, porque es padre, más padre que todos los padres, padre de los cristianos y de todos los hombres a quienes amamos como hermanos (1).

2.° ¿Cuáles son los efectos particulares del don de piedad? Se cuentan dos efectos principales o actos particulares del don de piedad, según los objetos respecto a los cuales se ejercita. Son estos objetos: Dios y todo lo que al mismo pertenece, sus templos, sus ministros, su palabra; el prójimo, su cuerpo y su alma (2). Siendo Dios el principal objeto del don de piedad, resulta de aquí que el acto principal de este don es el culto filial, interior y exterior que damos a Dios.

Culto interior. Se compone de todos los sentimientos de fe, esperanza y caridad impresos en un corazón ablandado por el fuego de la piedad filial. Sentimientos todos que revisten un carácter particular, difícil de explicar. En efecto, ¿cómo decir lo que son los deliquios de amor, las resoluciones heroicas, las lágrimas placenteras, los santos deleites, las dulces familiaridades, la confianza y las confidencias infantiles, las mismas quejas y los tiernos reproches del alma que se siente hija y esposa de Dios? Prestemos oído atento a algunos de sus ecos. Ella le dice en sus ternuras: Mi amado para mí, y yo para él, yo le así; y no le dejaré (3). En sus expansiones: Preparado está mi corazón, oh Dios, preparado está mi corazón; tú eres mi herencia; fuera de tí, no hay nada para mí ni en el cielo ni en la tierra (4). En sus arideces: ¿Hasta cuándo me olvidarás? Bien ves que soy en tu presencia como un jumento, y mi alma como una tierra sin agua (5).

En sus tristezas: ¿Por qué apartas de mí tu rostro? ¿Por qué te manifiestas como dormido, oh Señor? ¿No ves que mi voz ha enronquecido a fuerza de llamarte? Pero hagas lo que hagas, yo no me apartaré de tí sin que me bendigas (6). En su desaliento: Aunque me mates, Señor, esperaré en tí (1). En sus sufrimientos: Preciso es confesar, que sóis maravillosamente hábil para atormentarme: ¿Por ventura soy yo duro como las piedras, o mi carne como el estaño? ¿Está bien, oh Dios mío, que descarguéis todo el peso de vuestro poder contra una hoja seca que se lleva el viento (2)? En los reveses de la fortuna, o en la pérdida de los allegados: Cállome, Señor, y no abro mi boca; porque sois vos quien lo ha hecho. Así sea, oh Padre mío; puesto que así lo habéis tenido a bien: (3) En sus mismas faltas: Sois mi Redentor y mi Padre; vos me perdonaréis mi pecado; porque grande es (4).

He ahí algunos de los sentimientos que el don de piedad despierta en el alma y que dan la medida de la superioridad moral, que el mundo cristiano debe al Espíritu Santo (5).

(5) El cristiano, hijo de Dios, en sus relaciones con el Padre celestial, llega, gracias al don de piedad, hasta un grado de familiaridad que nos asombra, sin dejar por esto de ser legítima. Se echa de ver sobre todo en sus oraciones. Véase una de ellas que con sumo placer traducimos. El original italiano, escrito toscamente, con faltas de ortografía y de prosodia, está sacado del devocionario de un paisano de Colle Berardi, cerca de Casamari, llegado a Roma para las fiestas de Pascua de 1858. Un francés recogió sin escrúpulo alguno este papel. Las señales evidentes de un largo uso hacían creer que su dueño lo sabía de memoria. «¡Eterno Padre! Os presento dos letras de cambio.—Una es la «acerba pasión de vuestro único amado Hijo, muerto por nosotros en «la cruz.—La otra es el dolor de su santísima Madre que por mi amor «y por mi culpa sufrió tan amargas penas.—Cobraos, pues, Eterno «Padre, de estas dos letras de cambio lo que os debo y volvedme el resto, «rifatemi il resto.»

Culto exterior. A estos sentimientos de piedad filial corresponde un orden de hechos privados y públicos que llevan impreso el mismo carácter. Hechos privados: entre el Padre celestial y su hijo, el hombre, todo se hace común; tienen las mismas alegrías, las mismas tristezas, los mismos intereses, los mismos pensamientos, el mismo objeto. Penetrado de ternura este hijo ama sobre todas las cosas la gloria de su Padre. A fin de procurarla o de repararla todo le viene llano, oraciones, mortificaciones, limosnas, buenos ejemplos y buenos consejos, trabajos, sacrificios. Cuando ve los ultrajes que se hacen a su Padre y las almas que el paganismo moderno le arrebata, hácesele pesada la vida. Para hacer más ligera esta carga, se asocia con ardor a todas las obras reparadoras. La más preciosa de todas, la Propagación de la fe, tiene en él uno de sus más ardientes partidarios. No se verifica una nueva conquista evangélica, cuya noticia no lo inunde de alegría; no se suscita una persecución que no lo conmueva hasta arrancarle las lágrimas.

Si ama la gloria de su Padre, no ama menos su casa. El sonar de la campana que lo llama, hace vibrar todas las fibras de su corazón y pone en sus labios aquellas palabras de los verdaderos israelitas: Alegría me causa lo que se me dice: Iremos a la casa del Señor. Su porte da a entender el respeto filial de que está poseído. La pompa de las ceremonias, la magnificencia de los ornamentos sagrados, el brillo de los vasos del altar, constituyen su más dulce espectáculo. Lejos de considerar como una pérdida, a semejanza de los Judas antiguos y modernos, las ricas telas, la plata, el mármol, las piedras preciosas que se ofrecen a Nuestro Señor en sus templos, querría, por el contrario, tener en su mano todas las riquezas del mundo para regalárselas a su Padre. Tales son las disposiciones y los hechos que en el orden privado revelan el espíritu de piedad filial.

Hechos públicos. La más alta expresión del don, de piedad filial es el culto católico que manifiesta un océano de amor. En sus festividades, en sus sacramentos, en sus ceremonias, no hay nada que sea sombrío, seco o extraño; todo por el contrario, respira dulzura, e infunde confianza. Sólo el amor canta, y el catolicismo siempre está cantando. Canta sus alegrías y sus tristezas; sus temores y sus expiaciones aún las más duras; canta hasta la misma muerte y los misterios de la tumba.

Sí, canta siempre, porque ama siempre y su amor está siempre respirando inmortalidad. ¿Qué dicen sino todos sus cantos, sus himnos, sus prosas, sus prefacios? Una sola cosa: amor. ¿Qué son en efecto sino la traducción, bajo mil variadas formas, de la divina oración del amor filial: Padre nuestro que estás en los cielos? No se ha visto, ni se verá jamás cosa semejante entre los paganos, ni entre los herejes. La razón de esto está en que el espíritu de piedad no se encuentra más que en la Iglesia.

¡Dios mío! Nadie tan padre como vos; nadie tan tierno: Tam pater, nemo; tam pius nemo (1). Ved, pues, lo que el don de piedad ha venido a poner en el corazón y en los labios del género humano; del género humano que durante cuatro mil años estuvo diciendo: Moriré ciertamente, porque he visto a Dios (2). ¡Y ante esta revolución, profunda como el abismo, brillante como el sol, inexplicable como Dios, aún hay quien venga a pedir la prueba de la verdad del cristianismo y de la divinidad del Espíritu Santo!

Sin embargo, el fuego no sólo ablanda la cera, sino que la liquida y la hace correr: esta misma acción ejerce sobre las almas el espíritu de piedad. El amor filial que nos inspira hacia Dios, se difunde primeramente sobre lo que pertenece más de cerca a Dios; los ángeles, los santos, los sacerdotes. (3) Para no hablar más que de los ministros del Señor, el don de piedad nos da el sentido práctico de estas palabras: «El que os oye, me oye a mí; y el que os desprecia a mí me desprecia (4).» Y el de estas otras: «El que es adoctrinado en la palabra, haga partícipe de todos sus bienes al que lo adoctrina (5).»

(2) Judic., XIII, 22. (4) Luc., X, 16. (5), Galatas, VI, 6.

Para el que está iluminado por el don de piedad, no es el sacerdote lo que por desgracia es para el mundo actual, ni un hombre como otro cualquiera, ni un extranjero, ni un enemigo de las luces y de la libertad; sino que es el embajador de Dios, el bienhechor de la humanidad, el maestro más seguro, el mejor de los amigos. De aquí la ternura filial que se encierra en el corazón de los verdaderos católicos hacia los padres de sus almas; la docilidad en seguir sus consejos, la solicitud que pasan por sus necesidades, la dicha que experimentan en recibir sus visitas, en ofrecerles hospitalidad, en hacerlos partícipes lo mismo de las alegrías que de las desgracias de familia; las súplicas que elevan por su conservación; el celo con que salen a su defensa o la prisa que se dan para cubrir sus faltas con el manto de la caridad. El espíritu de piedad filial, abarcando toda la jerarquía sagrada, desde el soberano pontífice hasta el último de los clérigos, asegura la dicha de la sociedad, porque es la salvaguardia de la ley fundamental de su existencia: Honra a tu padre y a tu madre, y vivirás largos años sobre la tierra.

El hijo que ama a su padre, no ama solamente a sus enviados, sino que ama también su palabra (1). A los ojos del cristiano, animado del espíritu de piedad, la palabra de Dios, ya la comprenda o no, es igualmente querida y respetable. Sabe que le viene de su Padre y que es la verdad; esto le basta. Si la comprende, la acepta sin discutir. Si no la comprende, pregunta su interpretación, y no a su razón individual, sino a la iglesia. El impío que blasfema de la Escritura santa, el hereje que la desnaturaliza, el mal cristiano que la desdeña, y critica y hace burla de la palabra divina, le causan horror.

Como el hijo bien nacido, no lee jamás sin enternecerse el testamento de su querido padre; así el verdadero católico nunca lee el Antiguo y, sobre todo, el Nuevo Testamento, sin que su lectura le hable al corazón. A imitación de San Carlos, lee el texto sagrado de rodillas y con la cabeza descubierta, y como San Antonio se asombra, no de que un emperador escriba al último de sus súbditos, sino de que el mismo Dios se haya dignado de escribir al hombre. Más todavía, a ejemplo de los primeros cristianos, lleva frecuentemente consigo mismo el Evangelio; y así viaje como esté de asiento, alimenta todos los días con él su corazón y su espíritu.

Otro de los objetos del don de piedad, es el prójimo (2).

La virtud natural que se llama piedad filial, nos conduce a amar no solamente a nuestro padre carnal, sino además a todo lo que está unido a él por los lazos de la sangre. El espíritu de piedad lleva a cabo el cumplimiento de este deber de un modo mucho más perfecto y dilatado. Mucho más perfecto; la gracia y no la naturaleza es su principio y su móvil: mucho más dilatado; todos los hombres son su objeto. Del corazón donde reside el don de piedad, brota produciendo las siete obras de misericordia corporales y las siete espirituales. Es semejante al candelero de oro que con sus siete brazos iluminaba el templo de Jerusalén y lo embalsamaba con los más suaves perfumes. Estas obras, hijas del don de piedad, abarcan todas las necesidades de la humanidad. Que se cumplan fácilmente, y las sociedades tocarán a su perfección y la tierra será un cielo. Basta nombrarlas para probarlo.

Las siete obras de misericordia corporales son:

1.ª Dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Siendo el alimento la primera necesidad del hombre, es también el primer objeto y el primer acto del don de piedad. ¿Puede un hermano ver sufrir a su hermano, sufrir hambre y sed, sin darle de comer y de beber? Pero entre el hombre que socorre a su semejante y el cristiano que ejerce la caridad, hay una gran diferencia.

El primero obra por el móvil completamente humano, de la fraternidad natural; el segundo, por el impulso superior de la fraternidad divina. El primero puede dar, sólo el segundo se da. El primero da a los que ama; el segundo da aún a sus enemigos. El primero es inconstante, el segundo perseverante como el principio que le hace obrar. Basta al primero haber dado el pan y el agua: la dicha del segundo consiste en consolar al necesitado y añadir a lo estrictamente necesario, algo más que sea compatible con sus recursos y esté en armonía con las necesidades del pobre.

2.ª Dar posada al peregrino. Puede el hombre no necesitar pan para saciar su hambre, ni agua para apagar su sed; pero va de viaje y es extranjero. Se cierra la noche y no tiene abrigo ni medios de procurárselo. El Espíritu de piedad quiere que lo tenga, y lo tendrá. A diferencia de la hospitalidad natural, que antes de abrir su puerta examina los andrajos del pobre y su semblante, la hospitalidad cristiana lo recibe a ojos cerrados y con los brazos abiertos. Sabe que en la persona del pobre, cualquiera que pueda ser, dispensa acogida y albergue y abrigo al Mendigo celestial: Christus est qui in universitate pauperum mendicat.

3.ª Vestir al desnudo. El Espíritu de piedad filial ha dado y sigue dando todos los días y en todos los puntos de la tierra en que se deja sentir, pañales al recién nacido, y al pobre vestido para cubrirse y cama para descansar. Él hace resonar en todos los oídos cristianos estas palabras de un gran doctor de la Iglesia: «Al famélico pertenece el pan que guardas en tu casa; al desnudo, el vestido que tienes encerrado en el fondo de tu arca; al descalzo, ese calzado que la polilla se come; al necesitado, ese dinero que tienes enterrado. Cuantos sean los pobres que pudiendo socorrer no socorras, tantas serán las injusticias que cometas (1).»

4.ª Visitar al enfermo. El mundo pagano que contaba por miles sus teatros, no tenían un solo hospital. Mas sopló el Espíritu de piedad, y el mundo se llena de palacios para recibir a las víctimas de las enfermedades humanas. Generación tras generación, estos palacios se han poblado de ángeles visibles cuyo risueño semblante ha consolado al enfermo, cuya industriosa caridad le ha procurado mil dulzuras y cuya mano, suave y fuerte a la vez, ha curado sus llagas o ahuecado la paja de su lecho. El mismo espíritu lleva, sin cesar un solo día, a la dama caritativa, a la discípula de San Vicente de Paul, al asilo del sufrimiento; y bajando así el fuerte hasta el débil, contribuye, más eficazmente que todos los discursos, a apretar los lazos sociales.

5.ª Consolar al preso. Ordinariamente el pobre, lo mismo que el enfermo, pueden en muchas circunstancias exponer sus necesidades y excitar la compasión. Esto recurso falta al prisionero. Una doble barrera aleja de él la caridad: los muros de su prisión y la repugnancia que inspira. Gracias al don de piedad, los horribles calabozos del paganismo y las fétidas mazmorras del mahometismo se han cambiado en prisiones menos mortíferas. El prisionero no estará ya solo para devorar sus lágrimas y arrastrar sus cadenas; y si debe subir al patíbulo, tendrá un brazo fraternal que lo sostenga, y un amigo desinteresado que lo consuele y le abra el cielo en recompensa de su sacrificio.

6.ª Redimir al cautivo. La Roma pagana daba al acreedor el derecho de vender por dinero al deudor insolvente. El Espíritu de piedad al soplar sobre el mundo, no solamente abolió este derecho bárbaro, sino que inspiró al mismo tiempo fundaciones consagradas al rescate del deudor. Toda la antigüedad pagana hacía la guerra para conquistar botín y esclavos; rara vez se rescataba a los soldados prisioneros. Ser vendidos como bestias de carga, inmolados sobre la tumba de los vencedores, o reservados para los juegos homicidas del anfiteatro, era la suerte ordinaria que les esperaba. Gracias al don de piedad, la guerra se ha hecho más humana; la vida de los prisioneros es respetada, su canje o su rescate ha venido a ser ley sagrada entre las naciones cristianas. El cautivo cristiano, cualquiera que sea su nombre, su condición o su país, es para el cristiano un hermano y amigo. Los anales de Marruecos, de Tánger, de Túnez, de Argel y otras mil ciudades, darán eternamente cuenta de los milagros de redención, verificados durante muchos siglos a favor de los cautivos cristianos (1).

(1) Desde 1198 hasta 1787, los Trinitarios rescataron en las costas de Berbería 900.000 esclavos. Por su parte los Padres de la Merced libertaron 500.000. Contando los gastos de viaje y de trasporte, los derechos que tenían que pagar y otras extorsiones de dinero, el precio de un esclavo ascendía por término medio a 6.000 libras, lo cual para 1.200.000 da el total enorme de 7 millones de pesetas. ¡Y aún se habla de la caridad moderna y de la filantropía! Véanse los Anales de la propagación de la fe, n. 233, p. 271,: an. 1867.

7.ª Enterrar a los muertos. Colocar en el número de las obras más excelentes todo lo que más repugna a la naturaleza, es obra admirable del Espíritu de Piedad. Pues bien, el mundo cristiano ha visto lo que el mundo pagano no hubiera podido jamás ni aún suponer, asociaciones numerosas, tales como los Celitas, consagradas a dar sepultura a los muertos. ¡Qué lección de respeto al hombre no se encierra en los cuidados religiosos que aún hoy mismo deben tenerse con los restos mortales del pobre, no menos que con los del rico! ¡Qué incesante predicación de ese dogma que es el consuelo de la vida y la base de la sociedad, del dogma de la resurrección de la carne! Así es como el corazón del cristiano, fundido por el Espíritu Santo, cual la cera es fundida por el fuego, se reparte para todas las necesidades corporales del hombre, desde la cuna hasta el sepulcro. Con igual solicitud se consagra a sus necesidades espirituales; siete géneros de sacrificio o siete obras de misericordia las alivian.

l.ª Enseñar al que no sabe. La primera necesidad del alma es la verdad. Hacerla brillar a sus ojos es también la primera devoción que inspira el Espíritu de piedad. La bella antigüedad no era más que un rebaño de bestias. Las tres cuartas partes, y algo más, del género humano, compuestas de esclavos, vivían sin Dios, sin fe, sin esperanza, sin consuelo, sin otra ley que el capricho de sus amos. Éstos mismos, esclavos a su vez del Espíritu de las tinieblas, o desdeñaban, o ignoraban, o combatían, o desfiguraban la verdad. El amor fraternal de las almas, inspirado por el Espíritu de piedad, ha cambiado la faz del mundo, sacándolo de la barbarie e impidiendo que vuelva a caer en ella. Él es el que de uno a otro polo multiplica los órganos de la verdad, y desde la entrada hasta la salida de la vida, enciende los faros destinados a alumbrar el tenebroso derrotero de la humanidad. Él es quien todos los días lleva allende los mares y establece en medio de las tribus salvajes al misionero católico y a la hija de la caridad.

2.ª Corregir al que yerra. Apenas llega el hombre al uso de la razón, cuando ya siente en sí mismo la ley de la carne; esta potencia funesta emplea mil solicitaciones para arrastrarlo al mal. Advertirle, a fin de prevenir la caída; levantarlo, cuando cae; tal es, en el orden espiritual, el segundo beneficio del Espíritu de piedad. ¿Quién podrá medir su extensión? Preservar o curar al hombre de una enfermedad mortal, es un beneficio; dar la vista a un ciego, es un beneficio; volver a poner en camino al viajero extraviado que marcha al precipicio, es un beneficio.

Mas preservar al alma o curarla de la lepra mortal del pecado; abrir los ojos al pecador que no ve su desgracia, que no la quiere ver; hacer que acepte el consejo que rechaza, la corrección que le irrita, el socorro de la mano que lo detiene al borde del abismo, ¿no es un beneficio incomparablemente más grande? Para realizar todo esto ¡qué hábiles industrias, qué dulces palabras, qué sacrificios más difíciles para la naturaleza, y qué medios más ingeniosos nos sabe inspirar el Espíritu de piedad! Y sin embargo, nunca se contará el número de las almas, almas de jóvenes y ancianos, almas de padres y de hijos, que él ha preservado o apartado del mal, y que preserva o aparta todos los días.

3.ª Dar buen consejo al que lo ha de menester. ¿Quién no tiene necesidad de este nuevo beneficio del Espíritu de piedad? El hombre nace envuelto en tinieblas; no tiene para guiarse más que los resplandores inseguros de su razón vacilante. Con la edad llega a ser juguete de su imaginación y de sus sentidos. En las relaciones con sus semejantes está expuesto con frecuencia a ser víctima de los artificios de un extraño o de sus propias perplejidades. Infeliz, si queda abandonado a sí mismo; más infeliz todavía, si no quiere admitir consejo. El que se constituye en maestro de sí mismo, se hace discípulo de un tonto (1).

(1) Qui se sibi magistrum constituit, se stulto discipulum subdit. S. Bern.

Sí, por cierto, es un hecho acreditado por la experiencia, que la necedad, hija del orgullo, conduce a la ruina. Así, de un consejo depende a veces la fortuna, el honor y la salud; por consiguiente, no hay limosna más útil que un consejo inspirado por el Espíritu de piedad. Aún cuando el tribunal de la penitencia no tuviese otro objeto que el de dar consejos, todavía sería digno de las bendiciones de toda la tierra.

4.ª Consolar al triste. La vida del hombre en esta tierra de prueba no es sino una serie de sufrimientos bajo todos los nombres y en todas las formas. En tanto que la muchedumbre se apiña en rededor de los dichosos del siglo, deja solo con sus pesadumbres al afligido. El Espíritu de piedad previene este acto cruel de egoísmo, inspirando al hombre una verdadera compasión hacia el que sufre. Gracias a él, ¡qué diferencia entre el desgraciado bajo el imperio del paganismo, y el desgraciado bajo el reinado del cristianismo! Allí, una insensibilidad estoica y casi bárbara; aquí, corazones enternecidos y ojos que lloran. Allí, cuando más, algunas palabras frías como el destino inexorable; aquí, palabras llenas de esperanza, que reaniman el valor abatido y hacen la cruz ligera, llegando a veces hasta a hacerla preferible a los más dulces placeres. Por lo menos, ¡cuántas lágrimas dulcificadas, cuántas desesperaciones evitadas, cuántos suicidios impedidos!

5.ª Sufrir con paciencia las flaquezas de nuestros prójimos. El consuelo nos ayuda a soportarnos a nosotros mismos; la paciencia nos hace soportar a nuestro prójimo. Haz con tu hermano, dice el Espíritu de piedad al cristiano, lo que quieras que él haga contigo. Él tiene sus defectos, tú tienes los tuyos. Si quieres que él te sufra, súfrelo tú también a él. Llevando entre los dos la carga, la encontraréis menos pesada; sobre todo, la haréis meritoria. El Espíritu de piedad ha hablado, y los genios más opuestos pueden vivir juntos; y familias que de otra manera serían un infierno anticipado, llegarán a ser mansión de la concordia y vestíbulo del cielo.

6.ª Perdonar las injurias. Entre sufrir con paciencia una injuria y perdonarla de todo corazón, hay gran diferencia. Puede callarse la boca, y estar sin embargo profundamente ulcerada el alma. De ahí los inveterados y negros rencores que hacen de la vida una vergüenza y un tormento. Mas he aquí que el Espíritu de piedad repite al oído del corazón herido: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y de estas omnipotentes palabras brotan millones de milagros más grandes que la resurrección de un muerto. El brazo se desarma, el resentimiento se apaga, el perdón deja de ser una debilidad; y en lugar de pasar por una gloria, la venganza repugna como un crimen vergonzoso.

7.ª Rogar a Dios por los vivos y difuntos, y en especial por nuestros perseguidores. Estar olvidado durante la vida, y sobre todo después de la muerte, o no ser más que objeto de un recuerdo estéril, es uno de los más crueles tormentos para el corazón. El Espíritu de piedad ha venido a evitárnoslo. No olvidaréis, nos dice, ni a los vivos ni a los muertos, ni aún a los que os persiguen. Tened recuerdos útiles para todos; vuestras oraciones obtendrán para ellos los bienes que vuestro corazón desea, pero que vuestra impotencia no puede darles. Los favores que han hecho y los infortunios que han socorrido en la tierra y en el purgatorio estas sencillas palabras, nadie los sabrá, como no sea en el día de las grandes manifestaciones, en el cual nos será dado ver en toda su extensión la fecundidad inagotable del Espíritu de piedad.

3.° ¿Cuánta es la necesidad del don de piedad? Apelamos ahora a todo hombre imparcial y le preguntamos, si es posible, aún desde el punto de vista meramente humano, imaginar cosa más fecunda y más necesaria que el don de piedad. Si, lo que es imposible, no supiese responder, considere el don de piedad bajo otro aspecto. El hombre, no nos cansaremos de repetirlo, está colocado entre dos espíritus opuestos; haga lo que quiera, él obedece a uno o a otro. Si no es inspirado por el Espíritu de piedad, es impulsado por el Espíritu contrario. ¿Y cuál es éste? Es el Espíritu de Envidia (1). Entristecerse por el bien de otro, alegrarse de su mal; he aquí lo que es la envidia en sí misma (2).

¿Puede imaginarse nada más perverso, más vergonzoso y más antisocial? Nada, a no ser la misma envidia considerada en sus efectos. ¿Cuáles son éstos? Mientras que el don de piedad ablanda el corazón, lo ennoblece, lo dilata y lo derrama en efusiones de amor hacia Dios y hacia el hombre; la envidia lo endurece, lo degrada, lo cierra, lo hace malo y desdichado. El gusano en la madera, el orín en el hierro, la polilla en la ropa; todo esto es la envidia en el corazón. Lo corroe y lo llena de toda especie de mal y lo despoja de toda especie de bien. Los demás vicios se oponen a una virtud particular; la envidia se opone a todas. Semejante a las aves nocturnas, cuyos ojos ofusca la luz, el envidioso no puede soportar el brillo de ninguna virtud, de ninguna superioridad, de ninguna ventaja, de ninguna afección que no se dirija a él.

De aquí proviene que la envidia sea llamada, no una fiera mala, sino una fiera muy mala (1). La envidia perdió a los ángeles en el cielo. La envidia perdió a nuestros primeros padres en el paraíso terrenal. La envidia hizo de Caín un fratricida. La envidia vendió a Joseph. La envidia crucificó al Hijo de Dios. Si hubieran de referirse todas las ruindades, los envenenamientos, las calumnias, los odios, las injusticias, las divisiones, los actos del más cruel egoísmo, es decir, las vergüenzas, las desgracias engendradas por la envidia, se necesitaría citar casi todas las páginas de la historia de los pueblos y de las familias. Librar a la humanidad de semejante azote, es el beneficio reservado al Espíritu de piedad. ¿Y ésto, no es nada? El don de piedad es, pues, como todos los otros, un elemento social, que ninguna invención humana podrá reemplazar jamás.

CAPÍTULO XXIX. EL DON DE CIENCIA

SUMARIO.—Lo que es el don de ciencia.—Obra sobre el entendimiento.—Diferencia entre el don de ciencia, la fe y la ciencia natural.—Palabras de Donoso Cortés. El don de ciencia hace discernir con certidumbre lo verdadero de lo falso y preserva de los sofismas del error.—Obra sobre la voluntad y nos preserva de las fascinaciones mundanas.—Desarrolla y ennoblece todas las ciencias.— Pasaje de Donoso Cortés.—El don de ciencia es hoy más necesario que nunca.—Opuesto al espíritu de cólera.—Pruebas de esta oposición.—El don de ciencia, principio de paz universal.

Ablandar la dureza del corazón y comunicarle una sensibilidad exquisita para todo lo que debe amar; infundirnos filial sumisión y afección respecto a Dios; hacernos fraternalmente compasivos, dulces, afables, indulgentes para con el prójimo; matar la envidia y los celos, elementos destructores de la felicidad y la concordia; formar entre el cielo y la tierra, como entre todos los hombres, el gran lazo social de la caridad; tales son los efectos generales del don de piedad. No menos precioso, ni menos necesario es el don de ciencia: basta darlo a conocer para probar este aserto. De aquí nuestras tres cuestiones: ¿Qué es el don de ciencia? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Cuál su necesidad?

1.° ¿Qué es el don de ciencia? La ciencia es un don del Espíritu Santo, que perfecciona el juicio y nos hace discernir con certidumbre, en las cosas espirituales, lo verdadero de lo falso y el bien del mal (1).

Decimos que perfecciona el juicio. Los dones de temor y de piedad obran principalmente sobre la voluntad. Ésta, ciega por naturaleza, reclama una dirección, sea para temer, sea para amar; y no puede recibirla más que del entendimiento. Pero nuestro entendimiento está envuelto en tinieblas, sujeto a mil ilusiones y expuesto sin cesar a ser víctima del error. Evidentemente, su primera necesidad es una aptitud sería para discernir lo verdadero de lo falso, aptitud que, haciéndonos apreciar las cosas en su justo valor, fija con certidumbre la medida de nuestras afecciones y temores. ¿Quién satisface esta primera necesidad? El don de ciencia.

Este don no es ni la ciencia divina en sí misma, ni la fe, ni la ciencia natural. No es la ciencia divina, en el sentido de que este don aporte al alma la plenitud de todos los conocimientos: pero si no es la ciencia, es un medio necesario para obtenerla. En efecto, comunica al entendimiento un impulso, un vigor, una extensión, una aptitud, que lo hace capaz de conocer del modo que Dios conoce, por una simple visión (1). De aquí nace una gran facilidad para aprender la verdad y razonar de ella. De aquí también un discernimiento seguro para distinguir lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo incierto, lo sólido de lo imaginario, lo real de lo que sólo es aparente.

No es la fe; pero la perfecciona, como todos los dones del Espíritu Santo perfeccionan las virtudes teologales (2). Por la fe se conoce la verdad y se le presta consentimiento. Por el don de ciencia se conoce la verdad más claramente, se la apoya con más sólidas razones, se afirma más a conciencia, rationabile obsequium, se defiende más victoriosamente y se predica con más eficacia. El don de ciencia nos hace llegar a esta perfección por el estudio de las cosas criadas, de las que forma una vasta síntesis y como una escala de luz que nos eleva hasta Dios.

Para el cristiano enriquecido con el don de ciencia, el universo es un libro escrito por dentro y por fuera. Por encima de los cuerpos y de sus propiedades, por encima de las proporciones químicas de los elementos que los componen, ve lo que hay oculto, a Dios, al Dios poderoso, al Dios sabio, al Dios bueno, que lo hace todo con número, peso y medida, y lo dirige todo a un mismo fin: oye lo que de otros no es oído, el concierto armonioso de los seres, que cantan, cada uno a su modo, las alabanzas de su autor (1).

No es la ciencia natural. El hombre, con el trabajo de su razón, puede llegar a juzgar con certidumbre de ciertas verdades; es decir, que la ciencia humana se adquiere por el raciocinio y la demostración. Pero Dios juzga con certidumbre de la verdad, sin razonamientos ni discursos, por simple intuición; y lo propio le pasa, dentro de ciertos límites, al hombre dotado del don de ciencia (2). De ahí proviene una enorme diferencia entre el sabio que no tiene el don de ciencia y el cristiano que lo posee. Con la cabeza llena de álgebra, como dice el conde de Maistre, tiene el primero una ciencia, penosa en su marcha, incierta en sus afirmaciones y estéril en sus resultados.

Bien diferente es la ciencia del segundo. Con libertad en sus procedimientos y dotado de aquella mirada segura que debe al Espíritu Santo, distingue sin trabajo entre la verdad y el error. Es una ciencia neta en sus afirmaciones. La historia de la razón privada del don de ciencia, es un libro de partida doble. La primera página dice, sí; la segunda dice, no: resultado, cero. Repasad todas las escuelas de la antigüedad pagana: ¿en cuál de ellas encontraréis una afirmación firme, una de esas afirmaciones que se sostienen a costa de la vida? Pero recorred esos mismos países después de la difusión del Espíritu de ciencia. Por todas partes oiréis afirmaciones firmes, inquebrantables, vencedoras del sofisma y de la espada.

Al modo que en el centro del sistema planetario véis al sol radiante de luz, así en el centro del mundo cristiano veréis un magnífico cuerpo de doctrina compuesto de doce artículos; y después veréis también a los más brillantes ingenios, que aplicando aquellas verdades a todos los estudios materiales, sociales y políticos, componen la gran síntesis de la ciencia católica a que la humanidad cristiana debe bajo todo aspecto su evidente superioridad.

Es una ciencia inmensa en su extensión. La ciencia del sabio ordinario, igualmente que la razón que es su principio y su guía, es limitada en su objeto. El mundo sobrenatural, es decir, más de la mitad del dominio científico, se le escapa o no lo ve sino al través de oscuras nubes. Con algunas verdades penosamente enlazadas en forma de sistema podrá formar algunos sabios en ramos especiales; pero un verdadero sabio, jamás: siempre le faltarán la profundidad y la síntesis. La profundidad: esa ciencia ve las superficies y las aplicaciones materiales de las cosas; pero el quid divinum, que se oculta en la brizna de yerba no menos que en el sol, ni lo sospecha siquiera, como no sospecha las aplicaciones morales a que da lugar. La síntesis: como no conoce de modo alguno, o sólo conoce muy imperfectamente a Dios, al hombre, al mundo y sus mutuas relaciones, es incapaz de enlazar, como se necesita, los conocimientos del orden inferior con las verdades del orden superior y de dar a sus trabajos un carácter de verdadera utilidad.

Es una ciencia fecunda en sus resultados. El más hermoso resultado de la ciencia es conducir el hombre a su fin. Pues bien, la ciencia humana no ha enseñado nunca a nadie, ni enseñará jamás a ninguno de una manera cierta, cuál sea ese fin y cuáles los medios que a él conducen. Mas el don de ciencia no sólo engrandece todas las ciencias humanas y las coordina, sino que además ha dotado al mundo de una ciencia cuyo nombre mismo fue desconocido de las academias paganas, de una ciencia que ella sola hace más servicios a la sociedad que todas las otras juntas. Hablamos de la ciencia de los santos, sciencia sanctorum.

Efectivamente, la ciencia de los santos es entre todas la más magnífica, la más extensa, la más útil, la única necesaria, la única que hace progresar verdaderamente a la humanidad, la única a que necesariamente se refieren, so pena de corromperse, todas las demás ciencias sociales, filosóficas, naturales y matemáticas. ¿Y por qué es así? Porque la ciencia de los santos es la única que está llena de verdad y sólo de verdad, verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo.

Para disipar una ilusión, que muchas veces engendra una admiración funesta, acabamos de marcar la diferencia que existe entre un entendimiento rico del don de ciencia y otro que no lo tenga. «La disminución de la fe, que produce la disminución de la verdad, dice Donoso Cortés, no lleva consigo forzosamente la disminución, sino el extravío de la inteligencia humana. Misericordioso y justo a un tiempo mismo, Dios niega a las inteligencias culpables la verdad, pero no las niega la vida; las condena al error, más no a la muerte. Por eso todos hemos visto pasar delante de nuestros ojos esos siglos de prodigiosa incredulidad y de altísima cultura, que han dejado en pos de sí un surco, menos luminoso que inflamado en la prolongación de los tiempos, y que han resplandecido con una luz fosfórica en la historia. Poned, sin embargo, en ellos vuestros ojos; miradlos una vez y otra vez, y veréis que sus resplandores son incendios, y que no iluminan sino porque relampaguean. Cualquiera diría que su iluminación procede de la explosión súbita de materias de suyo oscuras, pero inflamables, más bien que de las purísimas regiones donde se engendra aquella luz apacible, dilatada suavemente en las bóvedas del cielo, con soberano pincel, por un pintor soberano.»

«Y lo mismo que aquí se dice de las edades, puede decirse de los hombres. Negándoles o concediéndoles la fe, les niega Dios o les quita la verdad: ni les da ni les quita la inteligencia. La de los incrédulos puede ser altísima, y la de los creyentes humilde. La primera, empero, no es grande, sino a la manera del abismo; mientras que la segunda es santa, a la manera de un tabernáculo: en la primera habita el error, en la segunda la verdad. En el abismo está, con el error, la muerte; en el tabernáculo, con la verdad, la vida. Por esta razón para aquellas sociedades que abandonan el culto austero de la verdad, por la idolatría del ingenio, no hay esperanza ninguna. En pos de los sofismas vienen las revoluciones, y en pos de los sofistas los verdugos (1).» Después de haber considerado el don de ciencia en sí mismo, para conocerlo mejor, falta estudiarlo en sus efectos.

2.º ¿Cuáles son los efectos o las aplicaciones del don de ciencia? El ignorante ve la superficie de las cosas; el sabio ve el fondo. El ignorante se deja fascinar; no así el sabio que lo pesa y lo mide todo. De este modo el primer efecto del don de ciencia es, según lo hemos indicado, hacernos discernir con certidumbre lo verdadero, de lo falso; lo sólido, de lo imaginario; lo verdadero, de lo aparente. El cristiano que lo posee, comprende instintivamente la falsedad de las objeciones de la impiedad contra la religión. Estos ataques, lejos de quebrantar su fe, le mueven a despreciarlos y le causan fastidio y horror. Para él, el hombre a quien el cristianismo sacó de la barbarie, de la idolatría, de la esclavitud, y que después niega el cristianismo, el que insulta o deja insultar al cristianismo, el que se avergüenza del cristianismo, el que abandona el cristianismo, es entre todos los seres el más vil y el más odioso; porque es el más ingrato y el más culpable.

Contra el criterio recto y seguro de que está dotado, se estrellan, por más enmascaradas que vengan, las sutilezas de la mentira y las argucias del sofisma. Este discernimiento no sólo vence de los sofismas del incrédulo; también resiste a los sofismas del mundo. El verdadero católico, dirigido por el Espíritu de ciencia, ve con claridad dos cosas que nadie ve sino él.

La primera es la nada de todo lo que el mundo busca y ama. Cual ciego que ha recobrado la vista, con su mirada divinamente iluminada, penetra a fondo la vanidad de las riquezas, honores y placeres: con igual seguridad que si se tratara de una verdad matemática, comprende que todas estas cosas reunidas no pueden contentar a un alma inmortal criada para Dios, a la manera que el aire no puede saciar el hambre de una bestia de carga. Para él no hay palabra más verdadera que este grito de desesperación del más sabio y más venturoso de los reyes: Vanidad de vanidades y todo vanidad y aflicción de espíritu (1).

La segunda es la admirable hermosura, grandeza y utilidad de todo lo que el mundo teme y tan cuidadosamente rehuye. A la luz del don de ciencia conoce la perfecta armonía de la humillación, de la pobreza y del sufrimiento con las necesidades del hombre caído. Recibe todo eso como un enfermo recibe el remedio que debe salvarlo de la muerte y devolverle la salud, como un negociante recibiría al cliente que viniera a ofrecerle en cambio de algunas bagatelas tesoros inamisibles. Su divisa es la palabra de San Pablo: «Todo lo que antes me parecía ganancia, lo he reputado como pérdida por causa de Jesucristo. Y en verdad, todo lo tengo por pérdida por el conocimiento eminente de Jesucristo mi Señor, por cuyo amor he resuelto perder todas las cosas y las tengo por basura con tal que gane a Cristo (2).»

El segundo efecto del don de ciencia es obrar sobre la voluntad y poner sus actos en armonía con las luces del entendimiento. En el cristiano animado del don de ciencia, el odio del error, de la herejía, de la incredulidad, del racionalismo, no es una ciencia especulativa. Con la vigilancia que ejerce sobre sí mismo, con su apartamiento de toda lectura, de toda conversación anticatólicas, con el ejemplo, la oración y demás medios que tiene a su alcance, opone una barrera a las bestias feroces que talan el campo de la verdad.

Tales son las disposiciones de todos los justos, es decir, de todos los hombres que están en gracia. Dios añade en favor de algunos la facultad superior de comunicar la ciencia por la palabra; que es lo que San Pablo llama el discurso de la ciencia: sermo scientiae. El discípulo del Espíritu Santo, a quien se le ha concedido ese sublime discurso, emplea su voz y su pluma, no sólo en defenderse, sino en defender a sus hermanos. Vigilias, estudios, gastos, fatigas, todo lo da su celo por bien empleado. Así es como a la ciencia que mata, opone él la ciencia que vivifica.

Igual conducta observa respecto a las fascinaciones mundanas. Si la nada de los honores, riquezas y placeres le inspira desprecio, el peligro que ofrecen le hace coger aversión a todo lo que el mundo estima. Es como uno que viajando de noche, tropieza en una pesada bolsa: la coge y se cree feliz pensando haber hallado un tesoro; pero al hacerse de día, ve que la bolsa está llena de pedazos de cristal y de reptiles venenosos y la arroja lejos de sí con indignación.

¡Cómo compadece a esa turba tumultuosa que se llama el mundo! ¡A esos pobres insensatos, que se consumen persiguiendo fantasmas, y tejiendo telarañas, que se irritan por una injuria y se anonadan por una enfermedad o por un revés de fortuna! Pero él, contento con la posición en que la Providencia lo ha colocado, no tiene deseo alguno de salir de ella. Si es pobre, despreciado y perseguido, se encuentra feliz por parecerse a su divino hermano, el Verbo encarnado; si tiene riquezas, no permite que se apeguen a ellas ni su pensamiento ni su corazón. Y aún muchas veces, por uno de esos actos de sublime locura, levanta entre sí y los peligrosos y falaces bienes de esta vida la barrera infranqueable de los tres votos de castidad, pobreza y obediencia.

El tercer efecto del don de ciencia es irradiar sobre todas las ciencias humanas, orientarlas, fecundizarlas, ennoblecerlas y darles firmeza. Sólo el sabio cristiano afirma; los filósofos paganos no afirmaron nada. La afirmación es de origen cristiano. Es privilegio exclusivo del Espíritu de ciencia hacernos conocer científicamente el fin del hombre y del mundo, la naturaleza y armonía de los seres: pues bien, sin este conocimiento preliminar no existe ninguna ciencia. Por esto se lee en nuestros libros santos: «Vanos son, es decir, sin solidez de entendimiento ni de corazón, todos los hombres en quienes no existe la ciencia de Dios (Sap. XIII, 1).» Charlatanes mudos, añade San Agustín, loquaces muti, llenos de palabras y vacíos de ideas.

A su vez, Proudhon en sus Confesiones de un revolucionario, escribe estas palabras: «Es admirable ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología.» Sobre lo cual Donoso Cortés dice así: «Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de Mr. Proudhon. La teología; por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas (1).» Pero la teología supone el don de ciencia como el hijo supone al padre. El que está dotado de él, es teólogo y posee en germen todas las ciencias. En efecto, añade Donoso Cortés: «Posee la verdad política el que conoce las leyes a que están sujetos los gobiernos; posee la verdad social el que conoce las leyes a que están sujetas las sociedades humanas; conoce estas leyes el que conoce a Dios; conoce a Dios el que oye lo que Él afirma de sí, y cree lo mismo que oye. La teología es la ciencia que tiene por objeto esas afirmaciones. De donde se sigue, que toda afirmación relativa a la sociedad o al gobierno, supone una afirmación relativa a Dios; o lo que es lo mismo, que toda verdad política o social se convierte forzosamente en una verdad teológica.»

(1) Ensayo, &., lib. 1, cap l.

«Si todo se explica en Dios y por Dios, y la teología es la ciencia de Dios, en quien y por quien todo se explica, la teología es la ciencia de todo (2). Si lo es, no hay nada fuera de esa ciencia, que no tiene plural; porque el todo, que es su asunto, no le tiene. La ciencia política, la ciencia social, no existen sino en calidad de clasificaciones arbitrarias del entendimiento humano. El hombre distingue en su flaqueza lo que está unido en Dios con una unidad simplicísima. De esta manera distingue las afirmaciones políticas, de las afirmaciones sociales y de las afirmaciones religiosas; mientras que en Dios no hay sino una afirmación, única, indivisible y soberana. Aquél que cuando habla explícitamente de cualquiera cosa, ignora que habla implícitamente de Dios, y que cuando habla explícitamente de cualquier ciencia, ignora que habla implícitamente de teología, puede estar cierto de que no ha recibido de Dios sino la inteligencia absolutamente necesaria para ser hombre (1).»

(2) Por consiguiente, el principio de todo saber es el don de ciencia.

Gracias al don de ciencia, difundido por el mundo, los siglos cristianos han visto tantas veces a esos teólogos admirables, y por consiguiente verdaderos sabios, de todas las edades y condiciones: Bernardo, Francisco de Asís, Teresa de Jesús (2), Catalina de Siena, pastores, campesinos y aún niños, gentes sin letras humanas, pero dotadas del olfato de la verdad, permítasenos la frase, que sabían descubrirla con maravilloso instinto y hablar de ella, a veces con una sencillez que parecía su ser natural, a veces con una energía que subyugaba las convicciones más rebeldes, a veces con una profundidad que asombraba a los sabios y con un buen sentido tan seguro que sus apreciaciones se convertían en otros tantos axiomas y reglas de conducta.

Este don precioso no se ha perdido. Hoy mismo ¿dónde hay que buscar la ciencia de la vida, la rectitud del juicio, la certidumbre de las afirmaciones, la intuición del conjunto que enlaza el fin con los medios y los medios con el fin, el sentido práctico de las cosas, ese gran maestro de la vida, como le llama Bossuet? No en las academias literarias, ni en las asambleas políticas, ni en las corporaciones que presumen de sabias; buscad todo eso en los verdaderos cristianos.

(1) Ensayo, &., ibid. (2) El sabio autor francés no llevará a mal que intercalemos aquí justísimamente el nombre inmortal de la incomparable doctora mística, honra de su sexo y gloria preclarísima de España. (Nota del traductor)

«La ciencia de Dios, continúa el ilustre publicista español, da al que la posee sagacidad y fuerza; porque a un mismo tiempo aguza el ingenio y lo dilata. Lo que para mí hay de más admirable en la vida de los Santos, y señaladamente en la de los padres del Yermo, es una circunstancia que aún no ha sido apreciada debidamente. Yo no se de ningún hombre acostumbrado a conversar con Dios y ejercitarse en las divinas especulaciones, que en igualdad de circunstancias no se aventaje a los demás, o por lo entendido y vigoroso de su razón, o por lo sano de su juicio, o por lo penetrante y agudo de su ingenio; y sobre todo, no se de ninguno que en circunstancias iguales no saque ventaja a los demás en aquel sentido práctico y prudente que se llama el buen sentido (1).»

3.º ¿Cuanta es la necesidad del don de ciencia? El don de ciencia, ya lo hemos visto, nos hace discernir con certidumbre lo verdadero de lo falso, lo real de lo imaginario. ¿Ha sido nunca más necesario que hoy? En un mundo que niega a Dios, que niega a Jesucristo, que niega la Iglesia, que proclamando la igualdad de todas las religiones envuelve la verdad y el error en un desprecio común, que niega la distinción absoluta del bien y del mal, que llama progreso a lo que no es sino desviación, y luz a las tinieblas y libertad a la servidumbre, ¿cómo discernir lo verdadero de lo falso? En un mundo que no vive más que para las riquezas, los honores y los placeres, que no estima en nada los bienes del alma y de la eternidad, que ha llegado a tratar de quimera el mundo sobrenatural todo entero, ¿cómo será posible librarse de la fascinación general? En medio de semejante Babilonia, ¿no deberemos levantar la vista al cielo y clamar al Espíritu Santo: «Señor, Dios mío, ilumina mis ojos para que yo nunca me duerma en la muerte; no sea que alguna vez diga mi enemigo: He prevalecido contra él(2)?»

(1) Ensayo, &., lib. II, cap. 8. (2) Psal. XII, 4-5.

Este deber es tanto más apremiante cuanto que el hombre se encuentra en la alternativa indeclinable de vivir bajo el imperio del Espíritu de ciencia, o bajo la tiranía del Espíritu contrario. ¿Cual es este espíritu directamente opuesto al don de ciencia? Según San Antonino, es el quinto don de Satanás, que se llama Ira. «El Espíritu de ciencia, dice el santo teólogo, rechaza el Espíritu de ira que impide ver la verdad, lo cual es el oficio de la ciencia (1).» Como la noche viene infaliblemente en pos del día cuando el sol abandona el horizonte, así el espíritu de ira se apodera del alma que pierde el espíritu de ciencia. Esta afirmación parece extraña. No se percibe a primera vista la oposición que hay entre el don de ciencia y la ira. Para comprenderla, es necesario distinguir dos clases de ira y recordar los principales efectos del don de ciencia.

Hay una ira justa y santa que no es de modo alguno contraria al Espíritu de ciencia. Tal fue la ira, o más bien, indignación de Nuestro Señor contra los profanadores del templo; tal es la vehemencia con que un predicador truena contra el vicio, y la resistencia enérgica que el propietario opone al ladrón o al asesino. Semejante ira, si por ventura merece este nombre, lejos de ser contraria al don de ciencia, no es sino la ciencia armada para defender un bien verdadero por medios legítimos: no es contraria al don de ciencia; puesto que no perturba la razón ni se excede en nada de los límites de la justicia.

Pero hay otra ira que acusa un gran fondo de descontento y de irritación, que estalla por causas no legítimas, que tiende a reemplazar la fuerza del derecho por el derecho de la fuerza. Esta es la ignorancia armada para defender un bien o rechazar un mal, más imaginarios que reales.

En cuanto al don de ciencia que tiene por objeto el conocimiento razonado y cierto de la verdad, su primer efecto consiste en comunicarnos una gran rectitud de juicio, la cual nos hace apreciar y estimar cada cosa en su justo valor, y además obrando sobre la voluntad, regula sus actos por las luces del entendimiento perfeccionado. Ahora bien, el don de ciencia nos hace ver claramente que los bienes y males de este mundo no son ni verdaderos bienes ni verdaderos males; que lo que suelen los hombres llamar mal, la pobreza, la humillación, el sufrimiento, no es un mal verdadero; y lo que suelen los hombres llamar bien, las riquezas, los honores y placeres, no es un verdadero bien, sino muchas veces un mal y siempre un peligro.

El cristiano que gracias al don de ciencia sabe todo esto, y cuya voluntad anda en armonía con su ciencia, tiene mil razones para no llenarse de ira: tales son su dignidad que se compromete, el escándalo que se da, la paz que se altera, el odio que se engendra, el pecado que se comete por la usurpación del derecho divino de la venganza. Y al revés, para irritarse no encuentra razón alguna. ¿Ni qué podría irritarlo? ¿La injuria? Mas ésta es para él una preciosa semilla de mérito. ¿La injusticia o la ingratitud? Mas él conoce toda la miseria humana; y sabiendo que él mismo necesita de indulgencia, dice: Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen. ¿La pérdida de sus bienes? Mas él sabe que perdiéndolos no ha perdido nada propio, y dice con la calma del santo Job: El Señor me lo había dado, el Señor me lo ha quitado: como ha querido el Señor, así se ha hecho: bendito sea el nombre del Señor. Y lo mismo hace en los demás accidentes que el mundo llama reveses, calamidades y desgracias. Tal es la serenidad del alma iluminada por el Espíritu de ciencia.

Por el contrario, el alma vacía de ese espíritu, luego al punto se llena del espíritu de ira. La razón es muy sencilla: esta alma se forma una falsa idea de las cosas. Ciega en sus apreciaciones, estima, ama, teme sin regla segura. Para ella los males son bienes, y viceversa. Como el gozar tranquilamente, sin contradicciones y sin inquietudes, de lo que ella llama bien, le es tan imposible como el no verse expuesta todos los días a lo que tiene por mal, se turba, murmura, se irrita, rechaza con violencia lo que va en contra de su mentida dicha, en una palabra, cae víctima de la ira; cae por la falsa idea de su derecho o por su apreciación inexacta de los bienes y los males.

Tan cierto es esto, que en todas las lenguas recibe la ira el epíteto de ciega; no se le podría aplicar mejor otro alguno. Hija de la ignorancia, la ira impide al hombre reflexionar. Se apaga en él la llama de la razón y cede su lugar a la fuerza. Toda la vida se concentra entonces en los labios que injurian, en la punta del pie que hiere, en el puño que descarga el golpe (1).

Esto que es verdad respecto al individuo, no deja de serlo respecto a los pueblos y respecto a la humanidad. Suponed apartado de la tierra el don de ciencia ¿qué os queda? La ignorancia de los verdaderos bienes y de los verdaderos males, y con la ignorancia la ira y con la ira la guerra. ¿Y qué es la guerra? Es la ira de los reyes y de los pueblos. ¿Por qué el mundo pagano estuvo siempre en guerra? Porque estuvo siempre dominado por la ira. ¿Por qué siempre dominado por la ira? Porque le faltaba el don de ciencia. Toda su existencia fue muy bien definida por San Pablo con estas palabras: tiempos de ignorancia, tempora ignorantiae. Ciego apreciador, se apasionó constantemente de los falsos bienes y estuvo siempre en armas para conquistarlos o para defenderlos. Por la misma razón, la guerra no fue ni menos viva, ni menos constante, en el orden de las ideas, que en el orden de los hechos. Esta ignorancia hizo perecer el mundo de los Césares, como había hecho perecer el mundo de los gigantes (2).

¿Por qué, desde hace cuatro siglos, el mundo moderno está en guerra intelectual y material? Porque no cesa de estar dominado por la ira. ¿Por qué no cesa de estar dominado por la ira? Porque le falta el don de ciencia; y faltándole este don, vuelve a ser pagana la estimación que hace de las cosas, paganas vuelven a ser sus apreciaciones, paganos sus juicios, sus afecciones, sus tendencias, sus afirmaciones, sus negaciones, todo pagano. Examinada en su fondo ¿qué viene a ser la horrible confusión de que somos testigos? Según la profunda palabra de la Escritura, no es otra cosa que la gran guerra de la ignorancia, magnum inscientae bellum (1).

Guerra de ideas, porque falta la ciencia divina; guerra de intereses, porque la ciega pasión de los bienes terrenales reemplaza al amor de los bienes espirituales; guerra del hombre contra Dios, porque no conoce la verdad; guerra del hombre contra el hombre, porque ya no conoce la caridad; guerra de todos contra todos, que acabará por catástrofes inauditas, a menos que no le ponga término el Espíritu de ciencia, reinando con la plenitud de su luz y de su fuerza. Y poner fin a semejante azote, conjurar tales desgracias, ¿no es nada? He aquí, sin embargo, el gran servicio que sólo el quinto don del Espíritu Santo puede prestar al mundo

CAPÍTULO XXX. EL DON DE FORTALEZA

SUMARIO.—Qué sea el don de fortaleza.—Diferencia entre la virtud de fortaleza y el don de fortaleza.—Lugar medio que ocupa entre los siete dones.—Los dos objetos del don de fortaleza: hacer y padecer.—Lo que el hombre debe hacer: reconquistar el cielo.—Tres enemigos que tiene que vencer: el demonio, la carne, el mundo.—Lo que el hombre debe padecer.—Debilidad del hombre.—Efectos del don de fortaleza, ya para hacer, ya para padecer.—Palabras de San Pablo.—Necesidad del don de fortaleza.—Su oposición con la pereza.—Qué sea el espíritu de pereza.—Lo que obra.—Retrato del mundo, esclavo del espíritu de pereza.

El don de ciencia es un magnífico suplemento de la razón. Es para el alma lo que el telescopio para el ojo. Por el conocimiento cierto y razonado de la verdad, nos comunica la sencillez de la paloma y la prudencia de la serpiente, neutraliza los sofismas de la impiedad, ilumina las ciencias humanas y las relaciona en una vasta síntesis. Por la rectitud que imprime al juicio, separa lo verdadero de lo falso, el bien del mal. Por la justa apreciación de las cosas nos preserva de los encantos fascinadores del mundo y del demonio, de las ilusiones del espíritu, de los errores del corazón, manantial de tormentos y rencores, divisiones, y desesperación.

Resulta de esto, que el don de ciencia en la tierra, es la paz; si este don falta, sobreviene la guerra. Dos razones, sobre todo, debieran hacerlo más apreciable hoy que nunca; el entusiasmo por la ciencia, y la fascinación producida por las bagatelas. Sin este don necesario, el sabio es un topo cuyos ojos ofusca la luz, o un niño balbuciente; y el hombre, cualquiera que sea, un tejedor de telarañas, un constructor de castillos de naipes.

Con todo, no basta conocer la verdad con claridad, ya sea en el orden sobrenatural, ya sea en el natural; el hombre necesita del valor de ser consecuente consigo mismo. Y debe ser grande este valor; porque la verdad exige frecuentemente rudos combates y la virtud costosos sacrificios. El Espíritu Santo ha provisto a esta necesidad con un nuevo don: la Fortaleza. El conocimiento de este nuevo beneficio dará respuesta a nuestras tres cuestiones: ¿Qué es el don de fortaleza? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Cuál es su necesidad?

1.° ¿Qué es el don de fortaleza? La fortaleza es un don del Espíritu Santo que nos comunica el valor de acometer grandes empresas por Dios, y la confianza de llevarlas a cabo a pesar de todos los obstáculos (1). Entre el don de fortaleza y la virtud de la fortaleza, San Antonino marca cuatro diferencias.

Primera. Tanto el uno como la otra suponen cierta firmeza de alma, ya para hacer, ya para padecer; pero la virtud de la fortaleza tiene su esfera de acción limitada al poder humano y no se extiende más allá. El don de fortaleza tiene la suya a la medida del poder divino en el cual se apoya, según la palabra del profeta: Con el poder de mi Dios saltaré la muralla, es decir, venceré todos los obstáculos insuperables por las fuerzas naturales.

Segunda. La virtud de la fortaleza da al alma valor para arrostrar los peligros, más no la confianza de arrostrarlos y evitarlos todos. El don de fortaleza hace lo uno y lo otro, ya sea necesario hacer frente a grandes peligros, ya sobreponerse a grandes dificultades.

Tercera. La virtud de la fortaleza no se extiende a todo lo que es difícil. La razón es, porque la virtud de la fortaleza se apoya sobre el poder humano. Ahora bien, el poder humano no es el mismo para todas las dificultades; sino que según ellas son, se divide en facultades diferentes. Así, algunos tienen fuerza para vencer las concupiscencias de la carne, y no la tienen para arrostrar los tormentos y la muerte. Otra cosa es el don de fortaleza. Apoyándose en el poder divino como si fuera propio suyo, se extiende a todo y basta para todo. Job lo proclama en estas generosas palabras: Ponme cerca de ti y venga a atacarme quien quiera.

Cuarta. La virtud de la fortaleza no siempre consigue el fin en sus empresas; porque no depende del hombre llegar al objeto de sus obras y evitar todos los males y peligros: la prueba está en que acaba por sucumbir muriendo en ellos. El don de fortaleza verifica todas estas maravillas consoladoras. En efecto, por las obras generosas que al hombre hace realizar, lo conduce a la vida eterna que es el fin de todas las empresas y la victoria de todos los peligros. Glorioso resultado que lo llena de una confianza que excluye todo temor contrario, y que San Pablo celebra diciendo: Todo lo puedo en aquél que me conforta (l). Tal es el don de fortaleza en sí mismo. Resta mostrarlo en sus relaciones con los otros dones y en los efectos que produce.

2.° ¿Cuáles son los efectos del don de fortaleza? Ya se cuente subiendo, ya descendiendo, el don de fortaleza ocupa el cuarto lugar entre los dones del Espíritu Santo. Está colocado en el centro de este brillante cortejo como un rey en su trono, o como un general en medio de sus oficiales. Dos razones explican el lugar que le está designado. Por una parte, entre todas las obras divinas, las que más llaman la atención son las obras de fortaleza; por otra, el don de fortaleza protege a todos los demás dones y los reduce a actos. Por ellos, por su conservación y su gloria libra continuos combates. Si el reposo interior es obra de todos los dones, la acción exterior pertenece al de fortaleza (2). Y como sus dos objetos son hacer y padecer, realizar ambas cosas con valor y perseverancia son los dos efectos que produce.

Hacer. El don de fortaleza, hemos dicho, comunica el valor de emprender grandes cosas. ¿Cuáles son? Si no se tratase más que de ciertas acciones ruidosas, ajenas a la vida ordinaria de la mayor parte de los hombres, no sería de muy alto precio el don de fortaleza, porque rara vez sería necesario; y sin embargo, es indispensable para la salvación, como todos los demás. ¿Cuáles son las grandes cosas a que se aplica? Para conocerlas basta con estudiar la cuestión siguiente: ¿Qué es el hombre?

El hombre es un rey destronado que va en busca de su trono. Que el hombre fue creado rey y que cayó de su dignidad real, es una verdad que se encuentra escrita en la primera página de la historia de todos los pueblos. Este es el dogma que están revelando siempre y a todas horas, aún a aquél que lo niega, la lucha intestina del bien y del mal, la coexistencia de sublimes instintos y de innobles pasiones en un mismo corazón. Que el hombre esté llamado a reconquistar su reino, es otra verdad no menos cierta que la primera. Sobre ella descansan la religión y la legislación de todos los pueblos, porque en ella se asienta la distinción del bien y del mal. El bien es lo que conduce al hombre a su rehabilitación, el mal lo que de ella lo aleja. Volver a sentarse en su trono es, pues, la grande obra que el hombre debe llevar a cabo. Ahora bien, como los medios son siempre de la misma naturaleza que el fin, grandes son los medios dados al hombre para que llegue a su fin último. Emplearlos con valor y perseverancia es, pues, realizar una gran cosa para la que es indispensable el don de fortaleza (1). ¿Cuáles son estos medios de rehabilitación y de conquista? Son en número de diez, llamados por excelencia el Decálogo, o las diez palabras. Estas diez palabras son como diez encarnaciones de Dios. Practicándolas el hombre, se convierte en un decálogo viviente, se rehabilita, se hace rey y en cierto modo Dios.

Cumplir, pues, el decálogo es la gran cosa que el hombre debe hacer, la única para que le ha sido dado el tiempo.

Esta empresa es tan difícil como grande. Tres potencias formidables se han coaligado para hacerla fracasar: el demonio, la carne y el mundo. El demonio: lo que llevamos dicho en la primera parte de nuestra obra nos dispensa de hablar de la astucia, de la crueldad, del odio de este primer enemigo, y por consiguiente, de los peligros que nos hace correr. Faraón, que uniendo la hipocresía a la crueldad, emprende el exterminio del pueblo de Israel; Nabucodonosor, que hace arrojar a los jóvenes hebreos en un vasto horno, encendido siete veces más que de costumbre y cuyas llamas se elevan hasta el cielo; Herodes, el asesino de los niños de Belén, representan imperfectamente al demonio, con su odio, con sus astucias y su insaciable sed de almas.

La carne, foco incandescente donde arden día y noche, desde la cuna hasta el sepulcro, la delectación, el amor, la vanidad, la cólera, el deseo, la animadversión, el odio, la tristeza, la osadía, la insubordinación, la esperanza, el miedo, la desesperación. ¿Cómo representaremos esta carne que conspira siempre contra el espíritu? Es Eva, que ofrece el fruto prohibido a su marido, y le invita a gozarse con ella en el mal. Es la mujer de Putiphar, que solicita al crimen al hermoso y casto Josef. Es Tamar, que ataviada con vestidos de cortesana, se sienta en la encrucijada, para esperar a Judá y enredarlo en sus lazos vergonzosos. Es Dalila, que adormece a Sansón en su regazo, le corta la cabellera donde residía su fuerza y lo entrega a los Filisteos, es decir, a los demonios que le sacan los ojos y se divierten con él.

Hábil la carne para arrastrar al mal, no lo es menos para apartar del bien. No hay género de guerra contra sí mismo que el hombre no deba conocer; no hay sacrificio que no deba estar pronto a imponerse. Ya es una pasión largo tiempo alimentada que es preciso dominar; ya una amistad llena de encantos seductores que es necesario cortar; ya bienes malamente adquiridos que es preciso restituir; y para todo esto ¡qué de reclamaciones, qué de objeciones, qué de dificultades y extorsiones no hay que sufrir! Otras veces llama Dios a una vocación sublime: quiere un sacerdote, un misionero, una carmelita, una hija de la caridad; los cuales, como Abraham, deben abandonar la tierra de sus padres, su familia, sus amigos y partir a remotas regiones. ¿Quién podrá decir las lágrimas, las súplicas, los pretextos, los obstáculos, que la carne y la sangre oponen aquí también al divino llamamiento? Y sin embargo, bajo pena de muerte, es preciso sobreponerse a todo.

El mundo: turba inmensa de renegados que se agitan en medio de placeres insensatos, y cuyas provocaciones, chocarrerías, máximas, costumbres, lujo, fiestas, teatros, modas, festines, grabados, estatuas, bailes, cantos, escritos, son otros tantos dardos inflamados. Es preciso que el hombre viva en medio de esa fascinación general, sin dejarse fascinar; en medio de ese incendio de lujuria sin quemarse, como los tres niños hebreos en el horno de Babilonia sin perder ni siquiera uno de sus cabellos. Vencer al demonio, vencerse a sí mismo, tal es la obra que el hombre debe realizar; obra inmensa y muy por encima de sus fuerzas. Con todo, esta es la primera y más fácil parte de su tarea; padecer es la segunda.

Padecer. San Antonino y Santo Tomás aducen muchas razones, para probar que exige más fuerza el padecer que el obrar. Sin duda, dicen, atacar y arrojarse en el peligro es antes, en cuanto al tiempo, que padecer y sufrir. Sin embargo, padecer y sufrir toca más a la esencia de la fortaleza, es más noble, más difícil y más perfecto. Desde luego, es más difícil combatir contra uno más fuerte, que contra otro más débil. Ahora bien, el que ataca se presenta como más fuerte, mientras el que sostiene el choque aparece más débil.

Además, aquel que sufre y padece, siente actualmente el mal y el peligro, en tanto que aquel que ataca no los ve mas que como posibles. Pues bien, es más fácil impresionarse por el mal presente que por el futuro. En fin, el padecer supone un largo período de tiempo, mientras que el atacar puede verificarse en un abrir y cerrar de ojos. Mas para continuar largo tiempo impertérrito en el ataque, el peligro y el dolor, se necesita mucha más energía que para llevar a cabo de repente una obra difícil (l). De aquí esta sentencia de un gran capitán: No son las mejores tropas las más ardorosas en el combate, sino las más duras en la fatiga.

¿Qué es lo que el hombre debe padecer? Mejor sería preguntar, qué es lo que no debe padecer. Dolores físicos y dolores morales, nacidos unos de adentro, venidos otros de afuera, foris pugnae, intus timores; enfermedades de todo género y de todos los órganos, pobreza, contradicciones, calumnias, injurias, injusticias, ataques por parte del mundo, del demonio y de la carne, en una palabra, penas del cuerpo y del alma bajo todas la formas; tal es el cortejo que rodea al hombre durante todo el curso de su peregrinación sobre la tierra.

Y no hablamos más que de la condición común a todas las existencias. Con frecuencia el hombre, y sobre todo el cristiano, está predestinado a sufrimientos excepcionales. Su virtud irrita al mundo y al demonio. Contra él especialmente se dirigen su odio, sus sarcasmos, sus desprecios. Para él, hoy como otras veces, se forjan en la mayor parte de la tierra las cadenas, se abren las prisiones, se levantan las horcas, se afilan los sables, y se encienden las hogueras. Es preciso que el hombre, el niño y el anciano y la tímida doncella desafíen todo este aparato de muerte y la muerte misma: la apostasía sería el infierno.

¿Pero qué es el hombre? La misma debilidad. Buscad lo mas débil que hay en la naturaleza, una hoja que el viento arrebata, esto es el hombre. Así lo define el mismo Espíritu Santo: Folium quod vento rapitur (2). Incapaz de concebir un pensamiento bueno, no puede hacer ni querer por sí mismo cosa que pueda aprovecharle para su último fin. Inconstante, forma buenas resoluciones que no cumple. Cobarde, le asusta la menor pena; sensual, tiene horror a la mortificación; insubordinado, le pesa el yugo de la obediencia. A la más pequeña violencia que tiene que hacerse por Dios, ya se presenta el descontento en el fondo de su corazón, la resistencia en su voluntad, la oposición en su espíritu, la queja y la murmuración en sus labios. Ved lo que es, y nada más, esa hoja seca que se llama hombre.

Y sin embargo; es necesario que este ser tan débil se convierta en la fuerza por excelencia; es necesario que este hijo de Dios llegue a ser perfecto como su Padre. A pesar de todos los obstáculos que hemos señalado, a pesar del demonio, a pesar del mundo, a pesar de sí mismo, es preciso que este rey caído reconquiste el trono que perdió. Medid su debilidad, medid la magnitud de la empresa, y tendréis medida la necesidad continua que tiene del don de fortaleza.

Gracias a este divino don, el mundo, desde hace diez y ocho siglos, no está viendo más que increíbles maravillas. Ha visto millones de almas, almas de ricos y almas de pobres, almas de sabios y almas de ignorantes, almas de ancianos y almas de niños, en el claustro y en el siglo, en Oriente y en Occidente, bajo todas las latitudes, fuertes, y valerosas, y constantes en la ejecución de sus santos propósitos; fuertes y valerosas para vencer las tentaciones; fuertes, magnánimas y generosas para soportar las adversidades y los dolores. El mismo Espíritu Santo les rinde este homenaje: «Los cuáles por fe conquistaron reinos, obraron justicia, alcanzaron las promesas, cerraron las bocas de los leones, convalecieron de enfermedades, fueron fuertes en guerra, pusieron en huida ejércitos extranjeros, y devolvieron a las mujeres sus muertos resucitados (1).»

Conocemos lo que han hecho: ¿qué es lo que han padecido? «Los unos fueron estirados, no queriendo rescatar su vida, por alcanzar mejor resurrección. Otros sufrieron escarnios, y azotes, y cadenas y cárceles: fueron apedreados, aserrados, probados, murieron muerte de espada, anduvieron de acá para allá, cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, desamparados, angustiados, afligidos: de los cuales el mundo no era digno: andando descaminados por los desiertos, en los montes, y en las cuevas, y en las cavernas de la tierra. Y por eso teniendo también puesta sobre nosotros una tan grande nube de testigos, dejando todo el peso del pecado que nos cerca, corramos con paciencia a la batalla, que nos está propuesta (1).»

He aquí lo que el mundo ha visto; he aquí lo que el mundo ha oído. En nombre de todos estos discípulos de la fortaleza ha oído a Pablo lanzando este sublime reto a todas las potencias enemigas: «Nada temo; porque lo puedo todo en aquel que me conforta. ¿Pues quién nos separará del amor de Cristo? ¿tribulación? ¿o angustia? ¿o hambre? ¿o desnudez? ¿o peligro? ¿o persecución? ¿o espada?... Estoy cierto que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni virtudes, ni cosas presentes, ni venideras, ni violencia, ni altura, ni profundidad, ni otra criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Jesucristo Señor nuestro (2).»

Ha oído a Teresa de Jesús, tomando por divisa: O padecer, o morir. Ha oído a una de las hijas de Teresa, Magdalena de Pazzis, decir, si posible fuera, con más sublimidad que su madre: Padecer y no morir. Ha oído a Juan de la Cruz, resumiendo sus votos en estas palabras: Padecer y ser despreciado por Dios. ¿Cuántos otros sublimes gritos, igualmente desconocidos del mundo pagano, han resonado en los oídos de la humanidad cristiana, desde el día en que el Espíritu de fortaleza descendió sobre ella! ¡Y para creer en el cristianismo hay todavía quien pide milagros!

(l) Hebr., XI, 35; XII, l.

3.° ¿Cuánta es la necesidad del don de fortaleza? Después de lo que acabamos de decir, parece superflua esta pregunta; sin embargo, no tiene nada de eso. Respecto al don de fortaleza como a los demás del Espíritu Santo, el hombre se encuentra en la alternativa inevitable que hemos apuntado: o vivir bajo el imperio del Espíritu de fortaleza, o pasar la vida debajo de la tiranía del Espíritu contrario. ¿Qué Espíritu es éste? El de pereza (3). Veamos en qué consiste este espíritu y qué efectos produce en el hombre y en el mundo. La pereza es un entorpecimiento espiritual, que nos impide cumplir con nuestros deberes (1). Es el anestésico de Satanás. Apenas se inocula este virus en el alma, la embota y hace que le produzca náuseas todo lo que es un bien espiritual. Su último fin, la amistad de Dios en este mundo, su gloria en el otro, los medios de llegar a ella, los deberes, las virtudes, los sermones, las fiestas, los sacramentos, la oración, las buenas obras, todo, todo lo que sea religión es para ella una carga y le da fastidio.

De donde nace, según la explicación de San Gregorio, la pusilanimidad, pusillanimitas, especie de abatimiento y de molicie ante cualquier obligación, por poco costosa que sea, tal como el ayuno, la abstinencia, la mortificación de los sentidos o de la voluntad: la tibieza, torpor, que prescinde del deber, o no lo cumple sino imperfectamente o con descuido y negligencia: la distracción del espíritu, mentis evagatio, que en los ejercicios de religión, está pensando en todo menos en la presencia de Dios: la instabilidad del corazón, instabilitas cordis, cuyas inconstancias para el bien son más difíciles de contar que los movimientos de una caña agitada por vientos contrarios: la malicia, malitia; al pensar en los deberes impuestos al hombre y al cristiano, el perezoso siente como pesar de haber nacido, y sobre todo, de haber nacido en el seno del cristianismo: el odio, rancor, hacia el sacerdote y hacia cualquiera que le predique sus obligaciones, y aún hacia los mismos objetos materiales que se las recuerdan: el fomento de todos los vicios, porque escrito está de la ociosidad, hija de la pereza, que enseña toda especie de mal; en fin, el desaliento, la desesperación y la impenitencia final (2).

Se comprende el estado a que debe llegar un hombre, un pueblo, un mundo, bajo la tiranía de este demonio. Si no hay nada más brillante que el cuadro de los discípulos de la fortaleza trazado por el mismo Espíritu Santo, nada hay más triste que el retrato de los esclavos del Espíritu de pereza.

Ser degradado, sin energía para el bien, estúpidamente indiferente para sus intereses eternos, confundiendo todas las religiones en un común desprecio a fin de no practicar ninguna, hundido en la materia, el perezoso espiritual, hombre, pueblo o mundo, quiere y no quiere a la vez. Tiene oídos y finge no oír, ojos y finge no ver, pies y no se mueve, manos y no trabaja. Se parece a una puerta que se abre y se cierra veinte veces al día, y por la noche se encuentra siempre en el mismo lugar. Esconde la mano debajo de su sobaco, y le cuesta trabajo si la ha de llevar a la boca (1).

Este hombre, este pueblo, este mundo, no solamente se degrada, sino que además se hace pobre de verdades y de virtudes. Oigamos todavía al Espíritu Santo: El león está en la calle, dice el perezoso, y la leona en los caminos; si salgo, seré devorado. Pasé por el campo del hombre perezoso y vi que estaba todo lleno de ortigas, y las espinas habían cubierto su superficie, y la cerca de piedras estaba destruida. Imita, pues, a la hormiga, perezoso, aprende en su escuela. Durante el verano, acopia para el invierno. ¿Hasta cuándo, perezoso, dormirás tú, hasta cuándo estarás bostezando?

Y te vendrá la indigencia como caminante, y la pobreza como hombre armado. Como el vinagre a los dientes y el humo a los ojos; así es el perezoso a aquéllos que lo envían. Si esto es para los hombres ¿qué será para Dios? Espada arrinconada que se enmohece, pie inactivo que se hincha, vestido arrimado que la polilla devora, agua corrompida donde se forman y bullen los insectos más asquerosos, alimento desabrido que se arroja de la boca y no se vuelve a tomar jamás. No debe ser apedreado el perezoso con piedras, no es digno de ellas; sino con el estiércol de los bueyes (2).

(1) Prov, XXVI, 13, 15.

(2) De stercore boum lapidatus est piger; et omnis qui tetigerit eum excutiet manum ejus. Eccl., XXII, 2; XXIII, 29; Prov, VI, 11; X, 26; XIII, 4; XXIV, 30.—De stercore boum, dicen los comentadores; porque el buey es modelo de trabajo.

CAPÍTULO XXXI. EL DON DE CONSEJO.

Sumario.—Lo que es el don de consejo.—En qué se distingue de la prudencia y del don de ciencia.—Efectos del don de consejo.—Respecto a nuestra vida y a la vida de los demás.—Palabras de Donoso Cortés.—El don de consejo ha creado las órdenes religiosas.—Explicación de este hecho.—Inmenso beneficio del don de consejo.—Necesidad del don de consejo: se opone a la avaricia.—Explicación.—Naturaleza de la avaricia y sus efectos con relación al hombre y al mundo.

El don o espíritu de fortaleza, superior a esta virtud en extensión y energía, tiene dos objetos: hacer y padecer. Está colocado en medio de los siete dones como un rey en medio de sus oficiales para protegerlos y dirigirlos. Gracias a su influencia, se hace el hombre capaz de llevar a feliz término la gran empresa para que está en el mundo, la conquista del cielo. Entonces retroceden delante de él las tres potencias coaligadas para detener su marcha: el demonio, la carne y el mundo; y él soporta con valor indomable las fatigas del eterno combate y ofrece al cielo y a la tierra el más bello espectáculo que puedan contemplar.

Este don de fortaleza, necesario al hombre, a la sociedad y a la humanidad entera para hacer o padecer noblemente grandes cosas, no lo es menos para preservar de la esclavitud del espíritu contrario, que es la pereza. Ésta que degrada al hombre y lo empobrece y hace despreciable, ofrece un triste contraste con el espíritu de fortaleza, tal como se ha manifestado en todos los siglos y se manifiesta hoy mismo en todos los países católicos.

Mas para hacer o padecer en conformidad al fin de la vida, no basta tener vigor para hacer y para sufrir; ese vigor tiene que ser dirigido. «Mal se corre, dice San Agustín, si no se sabe hacia dónde: Non bene curritur, si quo currendum est nesciatur.» Pues bien, el dirigir el vigoroso aliento del hombre esforzado, toca al don de consejo. Lo veremos estudiando nuestras tres cuestiones: ¿Qué es el don de consejo? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Cuál su necesidad?

1.° ¿Qué es el don de consejo? El consejo es un don del Espíritu Santo que nos hace discernir con certidumbre los mejores medios de llegar al cielo (1). Este nombre es admirable. Consejo es el parecer que alguno nos da. ¡Qué noble don! En una multitud de circunstancias el hombre es incapaz de decidirse por sí mismo. ¿Qué hace entonces para salir de su incertidumbre? Pide consejo; y esta conducta no puede ser más sabia. Hijo mío, decía Tobías. ( IV. 19), pide siempre consejo al sabio. De un buen consejo pueden depender la fortuna, el honor, la vida. ¡Cuántos yerros, disgustos y lágrimas puede excusar! Ahora bien, en el único negocio importante, en el único que tiene consecuencias eternas, en el negocio de la salvación, el Espíritu Santo mismo tiene a bien ser nuestro consejero, y lo es por el don en que nos ocupamos.

Este don se distingue de la virtud de la prudencia y del don de ciencia. Se distingue de la prudencia, en su principio, su extensión y su certidumbre. En su principio: la razón es el principio de la prudencia natural; pero mediante el don de consejo el Espíritu Santo mismo es quien nos guía. En extensión: la virtud de la prudencia, ahora sea natural o sobrenatural, no puede ni abrazar ni prever todos los medios más propios para llegar al objeto apetecido; y a pesar de toda su aplicación, «los pensamientos de los hombres son tímidos, e inciertas nuestras providencias (2).» Por el contrario, el don de consejo se extiende a todo lo que nos es necesario conocer para decidirnos sabiamente en un caso dado. En certidumbre. Nadie ignora los cálculos y tanteos que preceden a una determinación importante, las vacilaciones que la acompañan, y las incertidumbres que la siguen. En el don de consejo no hay nada de esto. El mismo Espíritu Santo nos comunica su luz y determina nuestra elección (l).

En cuanto a la diferencia entre el don de consejo y el don de ciencia, he aquí en qué consiste. Al comunicarnos el don de ciencia el conocimiento cierto de la verdad, nos hace capaces de discernir fácilmente lo verdadero de lo falso, y el bien del mal. El don de consejo va más lejos. Nos hace distinguir y escoger entre lo verdadero y lo más verdadero, entre lo bueno y lo mejor: es decir, que nos indica los medios más apropiados a nuestro fin supremo, según las circunstancias de tiempos, lugares y personas.

Empero, no basta considerar en sí mismo el don de consejo; para conocerlo bien, es menester verlo en sus efectos.

2.° ¿Cuáles son los efectos del don de consejo? Acabamos de indicarlos diciendo que el don de consejo nos hace escoger los medios más a propósito para alcanzar nuestro último fin. Esto quiere decir, que este don divino nos preserva de las desgracias, desesperadas muchas veces, a que nos conduciría una elección imprudente. Esto significa también, que nos ayuda a hacer nuestras obras, como el mismo Dios hace las suyas, con número, peso y medida. Esto denota, en fin, que como miembros que somos del gran cuerpo del Verbo encarnado, nos coloca a cada uno en su lugar y nos hace funcionar de manera que se procure, sin embarazo, la armonía del conjunto: armonía magnífica, poderosa unidad, que es el fin de todos los dones y operaciones del Espíritu Santo.

El don de consejo es de un uso incesante. Como el ciego necesita de un guía para todo, así el hombre, quienquiera que sea, niño, mozo o viejo, rico o pobre, rey o vasallo, eclesiástico o seglar, tiene necesidad de ser dirigido en cada uno de sus actos, y lo es en realidad. Y esto que es verdad en los individuos, lo es en la familia y en las sociedades y en el género humano entero. ¡Desgraciado, pues, aquél que en el gobierno de su vida o de la vida de otros, desdeña el Espíritu de consejo! ¡Más desgraciado todavía el que busca el espíritu de consejo donde no está! Y está donde esté el Espíritu Santo, y no está más que allí, y está en proporción de las comunicaciones del Espíritu Santo. De aquí proviene que los santos, es decir, los hombres de buen consejo por excelencia, son verdaderos tesoros para el mundo.

«Si el género humano, dice Donoso Cortés, no estuviera condenado irremisiblemente a ver las cosas del revés, escogería por consejeros entre la generalidad de los hombres a los teólogos, entre los teólogos a los místicos, y entre los místicos a los que han vivido una vida más apartada de los negocios y del mundo. Entre las personas que yo conozco, y conozco a muchas, las únicas en quienes he reconocido un buen sentido imperturbable, y una sagacidad prodigiosa, y una maravillosa aptitud para dar una solución práctica y prudente a los más escabrosos problemas, y para encontrar siempre un escape o una salida en los negocios más árduos, son aquéllas que han vivido una vida contemplativa y retirada; y al revés, no he encontrado todavía, ni pienso encontrar jamás, uno de esos hombres que se llaman de negocios, despreciadores de todas las especulaciones espirituales y sobre todo de las divinas, que sea capaz de entender negocio ninguno: a esta clase numerosísima pertenecen aquéllos que toman por oficio engañar a los otros, siendo ellos los que se engañan a sí mismos (1).»

Si nosotros ignoramos individualmente los beneficios personales del Espíritu de consejo, el mundo no debe ignorar que le es deudor de la más útil y perfecta de sus instituciones. ¿Cuál es? La gran institución de las órdenes religiosas. Oigamos a los príncipes de la teología contar la historia de esta creación maravillosa; y por rendir homenaje al Espíritu de Consejo, recordemos que la antigüedad no conoció cosa semejante, que las órdenes religiosas comenzaron con la efusión del Espíritu Santo en el Cenáculo, y que desaparecen de todos los lugares de donde el Espíritu Santo se retira.

«Siendo Dios la perfección, enseñan Santo Tomás y San Agustín, la gloria y felicidad del hombre consisten en estar unido a Él de la manera más íntima; porque éste es su fin. Mas por las preocupaciones y obstáculos de la vida ordinaria, tal unión es imposible; por esta razón, la ley añade a los preceptos los consejos, los cuales se ordenan a despegar al hombre, cuanto es posible, de todas las solicitudes de la vida presente.

Sin embargo, este despego no es tan necesario que sin él no pueda el hombre alcanzar su fin. La virtud y la santidad no son incompatibles con el uso racional de los bienes terrestres. De esta manera, las advertencias de la ley divina no se llaman preceptos sino consejos, en cuanto persuaden al hombre a despreciar lo menos por lo más y lo peor por lo mejor. Pues bien, en el estado presente los cuidados del hombre tienen tres objetos: nuestra persona, qué deba hacer, dónde haya de habitar; las personas que nos están unidas por los lazos más íntimos, como la esposa y los hijos; finalmente, los bienes exteriores y los medios de adquirirlos o conservarlos.

Para romper de un golpe estos tres obstáculos de la unión íntima con Dios, el Verbo encarnado da tres consejos, que el Espíritu Santo hace gustar y tomar por regla de conducta. La pobreza voluntaria quita todos los cuidados de los bienes terrestres. La virginidad y la castidad voluntaria despegan el alma de toda solicitud de los bienes del cuerpo. La obediencia voluntaria libra de todos los afanes que la independencia de la voluntad ocasiona relativamente a la conducta de la vida y los bienes del espíritu (l).

(l) S. Anton., IV p., tit. XII , c. II.

Los discípulos del crisma, alumni chrismatis, que tienen valor para llevar a cabo este heroico desprendimiento de todo, pueden cantar con el salmista: Nuestra alma como pájaro escapó del lazo de los cazadores: el lazo se rompió y nosotros quedamos libres (103). Nada les impide desde entonces hacer de Dios el centro de todas sus afecciones y gravita hacia Él con todas las potencias de su ser. A vista de todo el mundo cumplen en el orden moral la gran ley que preside al mundo planetario, donde todos los astros gravitan hacia el sol empujados por una fuerza irresistible. ¿Qué más diremos? Amar como ellos aman es orillar, romper, conculcar todos los obstáculos que pueden retardar la velocidad de su movimiento hacia Dios o desviar su dirección. También en esto cumplen en el orden moral la ley que preside al movimiento terrestre, donde vemos los torrentes y los ríos arrollando a su paso todo lo que se opone a su curso impetuoso hacia el Océano.

Ahora calculemos, si es posible, todos los servicios y beneficios que la humanidad debe a las órdenes religiosas así en el orden temporal como en el moral, y sabremos en parte lo que el mundo debe al solo don de consejo. Decimos en parte; como quiera que sí conocemos los bienes de que el espíritu de consejo nos colma, nos queda todavía saber los males de que nos libra. La respuesta a la cuestión siguiente acabará de instruirnos.

3.° ¿Cuánta es la necesidad del don de consejo? Por cuanto el hombre no tiene la verdad en sí mismo, es un ser enseñado; y porque es un ser enseñado, es forzosamente un ser dirigido. Pues bien, igualmente que el mundo, el hombre está también colocado entre dos direcciones opuestas; una que viene del Espíritu de luz, y otra del espíritu de tinieblas. Sea lo que sea, y haga lo que haga, tiene que obedecer a la una o a la otra: imposible le es evadirse de esta alternativa. Si el Espíritu de consejo se retira del hombre o del mundo, su lugar no queda vacío; luego al punto lo ocupa el espíritu contrario que es el de avaricia.

Nada es más fácil de probar que la oposición directa de la avaricia al espíritu de consejo: el cual, iluminando nuestro entendimiento, nos hace escoger los medios más a propósito para alcanzar nuestro último fin. El primero es el desapego de los cuidados de la vida por el desasimiento de las cosas criadas. El segundo consiste en despojarse voluntariamente de todos esos bienes.

¿Qué es la avaricia? El amor desordenado de las riquezas: su efecto inevitable es oscurecer el entendimiento y falsear la voluntad. Apenas entra en un hombre el espíritu de avaricia lo fascina. Los bienes terrenos forman ante sus ojos un espejismo engañoso fuera del cual no ve nada que sea digno de sus pensamientos: persigue este espejismo y se consume contemplándolo, y de puro absorto que está en su contemplación insensata, olvida los verdaderos bienes. En vez de allanar su camino, lo obstruye con mil obstáculos. En lugar de conservar su libertad de acción y de pensamiento, se enreda en intrincados lazos y se pierde en afanes interminables, que son fuentes de amarguras e iniquidades, hasta que la muerte viene a decirle: Tejedor de telarañas, cazador de moscas, constructor de castillos de naipes, hay que partir para la eternidad, y partir con las manos vacías (l). Sí, con las manos vacías de buenas obras, pero repletas de pecados.

La avaricia es una madre fecunda que engendra hijos no menos criminales que su madre. He aquí algunos: la dureza de corazón, cordis duritia. Nada hay más insensible que el avaro. Ni las calamidades públicas, ni los harapos del pobre, ni los lamentos del enfermo, ni las lágrimas del huérfano y de la viuda, son capaces de hacerle desatar el cordón de su bolsa. Tiene sobre su alma el seco y duro sello del metal que adora. La falsía, falsitas. No hay mentiras, ni engaños que el avaro escrupulice, sea para vender, sea para comprar. Entre todas las virtudes la buena fe es la que menos conoce.

El fraude, fraus. De las palabras pasa a los actos. Defraudar en los pesos y medidas, defraudar en la naturaleza y calidad de los objetos, es para el avaro moneda corriente. La violencia, violentia. Este nombre tiene que darse a las concusiones públicas, a los robos en grande, a los compromisos escandalosos, a los contratos usurarios, a las intrigas miserables con que se engaña a los crédulos, se abusa de la debilidad, se trafica con la conciencia, y se hacen riquezas a expensas del honor y la justicia.

La traición, perfidia. El avaro no tiene más que un amigo, su oro. En un sentido bien diferente que Melchisedech, puede afirmar que no tiene padre, ni madre, ni hermanos, ni hermanas, ni genealogía alguna en el mundo. El enemistarse con sus parientes y amigos, moverles pleitos, fomentar las divisiones y los odios, descender a todas las bajezas, vivir del egoísmo, de la difamación y la envidia, es cosa sencilla para un avaro, como haya de por medio pérdidas o ganancias.

Si el espíritu de avaricia se extiende a la sociedad, todos los estigmas justamente aplicados al avaro individual, deberán hacerse extensivos al avaro colectivo. De esta sociedad, de esta nación, de esa muchedumbre se podrá decir con toda verdad, que nadie hay más malvado; que no tiene temor de Dios, ni justicia, ni lealtad; que es un vasto bazar en que todo se vende porque se compra todo, la libertad, el honor, la conciencia; una agregación de filibusteros y piratas que, a menos de una conversión milagrosa, acabará por no contar más que dos clases de individuos, los engañados y los bribones.

Entretanto, esta sociedad poseída del demonio de la avaricia, se distinguirá por dos caracteres. Latente o manifiesta, será permanente en ella la guerra de los que no tienen contra el que tiene. Revoluciones incesantes traerán catástrofes sin fin, como justo castigo de gente que cambió su Dios por el becerro de oro. La locura reemplazará la razón, el tiempo será preferido a la eternidad, lo que es menos a lo que es más.

¿Qué sabiduría, qué buen sentido, pregunta la Escritura, qué elevación de inteligencia puede quedar a aquél que está soldado a su arado, que constituye su gloria en sus máquinas y en la aguijada con que pica a los bueyes, que no habla más que de pastos, agricultura y trabajos materiales, cuyas conversaciones son todas de becerros, cuyo corazón está hundido en los surcos de sus tierras y su pensamiento en la manteca de sus vacas (l)?

Salvar al mundo de semejante degradación, ¿no será hacerle un beneficio inmenso? ¿De quién se puede esperar? ¿Acaso de los legisladores, filósofos u otros semejantes? No, de modo alguno, sino del Espíritu de consejo, y sólo de él. ¡Y el mundo lo olvida!

CAPÍTULO XXXII. EL DON DE ENTENDlMIENTO.

Sumario.—Lo que es.—En qué se diferencia de la fe y del don de ciencia.—Sus efectos obran sobre el entendimiento y sobre la voluntad.—De qué modo.—Ejemplo de los apóstoles.—Lo que es el cristiano sin el don de entendimiento.—Lo que es cuando lo posee.—Su necesidad.—De qué espíritu nos libra.—Palabras de San Antonino.—El espíritu de gula y sus efectos.—La debilitación de la inteligencia.—La loca alegría.—La inmodestia.—La pérdida de la fortuna y de la salud.—Cuadro del sensualismo actual.

En medio de las tinieblas de la noche, el niño distingue entre mil la voz de su padre; tan pronto como la oye, corre hacia donde esa voz le llama. Lo mismo pasa con el alma dirigida por el don de consejo. Entre los diferentes partidos que se le presentan y los movimientos diversos que la solicitan, distingue sin trabajo el partido que debe tomar y el movimiento que ha de seguir. El don de consejo, obrando sobre la voluntad, no menos que sobre el entendimiento, imprime al alma un fuerte impulso que la hace vencer los movimientos de la naturaleza y la torna dócil a los movimientos de la gracia. De aquí nace una rectitud de intención, una pureza de los afectos y una sabiduría de conducta que hacen divina su vida entera. De aquí también resulta una generosidad constante y a veces heroica para hacer toda clase de sacrificios y desasirse de los obstáculos que le impedirían llegar a la perfección.

Si nos quedamos en el mundo, es el desapego de las criaturas y en especial de las riquezas: si el impulso es más fuerte, es el abandono completo de los bienes criados mediante los tres votos religiosos, que son principio de gloria para la Iglesia y de beneficios para la sociedad. En el siglo, como en el claustro, quedamos libres del espíritu de avaricia, causa incesante de que se pierdan infinitas almas. Tales son en compendio los efectos del don de consejo.

Más noble es todavía el don de entendimiento o inteligencia. Para conocer la naturaleza y extensión de las riquezas incomparables de este nuevo elemento deificador, vamos a estudiar, como en los otros, las tres cuestiones siguientes: ¿Qué es el don de entendimiento? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Cuál su necesidad?

1.° ¿Qué es el don de entendimiento? El entendimiento es un don del Espíritu Santo, que nos hace comprender y penetrar las verdades sobrenaturales (1). La palabra entendimiento o inteligencia tanto vale como cierto conocimiento íntimo; viene de la latina intelligere, que significa leer interiormente, intus legere. El conocimiento de los seres que afectan nuestros sentidos, la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto, se limita a las cualidades exteriores; mas el conocimiento intelectual penetra hasta la esencia de las cosas.

Ahora bien, hay muchas cosas que están como ocultas debajo de velos y que sólo la inteligencia puede penetrar. De esta manera se oculta bajo las formas exteriores la sustancia de los seres; bajo las palabras, lo que ellas significan; bajo las comparaciones y figuras, la verdad figurada; y en los efectos, las causas. Cuanto mayor es la fuerza de nuestro entendimiento, más íntimamente penetra las cosas. Nuestra luz natural no tiene más que un alcance limitado, incapaz de penetrar más allá de ciertos límites. Sin embargo, el hombre ha sido criado para un fin sobrenatural, y no puede conseguirlo sino en cuanto lo conozca juntamente con los medios de llegar a él. Tiene, pues, necesidad de una luz sobrenatural para entender lo que excede el alcance natural de su entendimiento. Esta luz sobrenatural, comunicada al hombre por el Espíritu Santo, se llama el don de entendimiento (l).

Se ve ya, en qué se diferencia este don, de la inteligencia natural, de la fe y del don de ciencia. La inteligencia natural es la facultad de conocer las verdades fundamentales que pueden ser conocidas por la razón. La inteligencia sobrenatural o el don de entendimiento va más lejos, y no proviene de la naturaleza, sino de la gracia; y penetra, no solamente las verdades del orden puramente humano, sino las del orden sobrenatural (2).

Se diferencia de la fe, cuyo oficio propio es hacernos asentir firmemente a las verdades del orden sobrenatural; en tanto que el don de inteligencia nos hace penetrar y comprender estas verdades cuanto un hombre es capaz de ello. «Si bien el don de inteligencia, dice San Antonino, corresponde a la fe y la supone, no se sigue de ahí que pueda, como la fe, estar en el hombre sin la gracia santificante. La razón es, que la fe implica el simple asentimiento a la verdad, asentimiento que puede existir en virtud de la luz del entendimiento independientemente de la gracia. Pero el don de inteligencia lleva consigo cierta penetración de la verdad en su relación con nuestro fin último, penetración que no puede existir sin la gracia santificante. Así, el pecador que conserva la fe, puede comprender las verdades que cree, pero no las comprende plenamente ni las penetra (3).»

Por lo que hace al hombre que está en gracia, puede quedar en cierta oscuridad sobre las verdades no necesarias para la salvación; pero respecto a las necesarias, el Espíritu Santo le da siempre el entendimiento suficiente. Este límite señalado al don de inteligencia, es muchas veces un beneficio de la sabiduría divina, que quiere alejar de este modo, o hacer imposibles las tentaciones del orgullo (l).

Se diferencia del don de ciencia. El don de ciencia se opone a la ignorancia, ante la cual la verdad es como si no fuera; y el don de inteligencia se opone a la cortedad del entendimiento obtuso que se para en la superficie de las cosas sin penetrar el fondo. El objeto principal del don de ciencia es hacer distinguir con seguridad entre la verdad y el error; pero el don de entendimiento nos hace penetrar, hasta en sus profundidades, la verdad que el don de ciencia nos ha mostrado despegada de toda mezcla (2). Y así, por la fe tiene el hombre el conocimiento de la verdad; por el don de ciencia, la certidumbre razonada; por el don de entendimiento, la comprensión y cierta especie de intuición incoada.

2.º ¿Cuáles son los efectos del don de entendimiento? Igualmente que los otros dones del Espíritu Santo, este del entendimiento es especulativo y práctico; conviene a saber, dice relación a las verdades que se han de creer y a los deberes que se han de practicar. «El don de inteligencia, enseña la teología, no se aplica solamente a las cosas que primitiva y principalmente son objeto de la fe, sino también a los que tienen relación con ella, como son las buenas obras que se relacionan íntimamente con la fe, toda vez que ésta obra por la caridad.

«Por esto el don de inteligencia se extiende a los actos, en cuanto éstos deben ser conformes a las leyes eternas cuyo sentido y extensión no puede la razón sola penetrar como conviene. Indudablemente, la razón humana dirige al hombre en los actos humanos; mas la regla de los actos humanos no es la razón sola, sino también la razón eterna que excede a toda razón creada. Luego el conocimiento de los actos, en cuanto deben ser regulados por la razón divina, sobrepuja a la razón humana y reclama imperiosamente la luz sobrenatural del don de inteligencia (1).»

De aquí resulta, que este don obra sobre el entendimiento y sobre la voluntad. ¿Queremos saber lo que hace en el entendimiento? Tres luces nos iluminan: la razón, la fe, el don de inteligencia. La razón es una lámpara sepulcral que no proyecta más que una luz dudosa, apenas suficiente para abrirse paso al través de la oscuridad de la noche y permitirnos entrever los objetos más cercanos. La fe es una antorcha más luminosa, que brilla en las tinieblas, pero cuyos rayos no iluminan más que imperfectamente un horizonte limitado (2). El don de entendimiento es el sol que disipa las tinieblas y las nubes, e ilumina hasta las cosas más lejanas, por encima de sí y alrededor de sí.

¿Será necesario hacer notar la diferencia de estas tres luces? Si entro en una habitación con una luz, distingo, pero con trabajo, los objetos que en ella se encuentran. Si entro con una antorcha más luminosa, veo los objetos con menos trabajo, pero imperfectamente. Si entro en pleno mediodía, veo todos los objetos perfectamente en toda su hermosura y sin trabajo alguno.

¿Cuáles son los objetos que el don de entendimiento hace brillar a nuestra vista? No son otros que la verdad en todos sus ordenes, y en todas sus fases; la verdad en el orden religioso. La Escritura la sostiene, pero cubierta con velos, que sólo el don de entendimiento tiene poder de levantar o de hacerlos trasparentes. Así, los apóstoles, antes de la ascensión de su Maestro, tenían la razón y la fe, y sin embargo no entendían las Escrituras. El primer beneficio de Nuestro Señor Jesucristo, después de su resurrección, fue abrirles el espíritu, a fin de dar lugar al don de entendimiento, para cuando viniese el día de Pentecostés a comunicarles el conocimiento claro y como la visión de la verdad oculta en los divinos oráculos (3).

El Espíritu de entendimiento descendió al alma tenebrosa de los pescadores de Galilea, y se convirtieron en ingenios de primer orden, en soles resplandecientes cuyos rayos iluminan el mundo entero. Ved sino, con qué maravillosa facilidad Pedro, apenas salido del Cenáculo, lee a los judíos las Escrituras y les muestra por doquiera al Verbo, redentor de Israel y de los gentiles, nombrado en las promesas, oculto bajo las figuras, anunciado en las profecías, preparado por todos los acontecimientos.

Ante él desarrolla el magnífico cuadro de los misterios del reino de Dios, cuyos ángeles mismos no tenían de él hasta entonces sino un conocimiento imperfecto, y ofrece a la contemplación de sus oyentes este cuadro radiante de luz y de belleza. Éstos, a su vez, iluminados por el don de entendimiento, entienden lo que hasta entonces no habían entendido, ven lo que hasta entonces no habían visto, y con el entusiasmo del amor abrazan la verdad, a la manera que, después de una larga ausencia, abraza el hijo a su querida madre de la cual nada puede ya separarlo (1).

Lo que aconteció a los apóstoles, sucede respecto al cristiano. Puede tener la fe; mas si ha perdido por el pecado mortal el don de entendimiento, la Escritura santa con todos sus tesoros de verdad, con todas sus bellezas y todas sus luces, es para él un libro cerrado. Lee la letra que mata, pero se le escapa el espíritu que vivifica. Hieren sus ojos algunos rayos esparcidos, pero no ve el foco. La lectura misma de este libro bajado del cielo, le hastía y lo fatiga.

Lo mismo sucede con otros preciosos depósitos, en los cuales se contiene la verdad. Estos son, el magisterio de la Iglesia, las obras de teología y de filosofía cristiana, los sermones, el mundo físico y los sucesos de la historia. Pues bien, sin el don de entendimiento estos depósitos de verdad apenas están entreabiertos, y las verdades que encierran son muy mal conocidas y mucho menos entendidas, muy poco admiradas y todavía menos amadas (1).

Pero sobreviene el espíritu de entendimiento y todo se ilumina. El Antiguo y el Nuevo Testamento se abren hasta sus profundidades, y permiten contemplar los misterios del Verbo que era, en la Ley como en el Evangelio, el Alfa y Omega de todas las cosas. El símbolo católico, el Decálogo y los Sacramentos aparecen como el cuerpo de doctrina más noble, mejor relacionado y más perfecto que el hombre haya conocido jamás.

La teología resplandece como la reina de las ciencias, digna del estudio y de las preferencias de todo espíritu serio. Sigue sus huellas la filosofía cristiana, su hija primogénita, cuyas enseñanzas no son menos necesarias a los reyes para el gobierno de sus pueblos, que a los mismos súbditos para el arreglo de su vida. Los sermones, los catecismos, las instrucciones religiosas, sea cualquiera la forma que revistan, no son ya vanos sonidos que hieren los oídos del cuerpo sin llegar al oído del corazón. Dentro del alma está el Espíritu de entendimiento que se los traduce a cada uno, se los hace entender, gustar, retener y practicar, según aquellas palabras del Apóstol: Todos serán enseñados por Dios: Erunt omnes docibiles Dei.

Escudriñador de los misterios más profundos del mundo sobrenatural, el Espíritu de entendimiento no escudriña menos y descubre los secretos del mundo físico. Para quien está dotado de él, el universo material es lo que debe ser, lo que es en realidad, un velo diáfano echado sobre el mundo espiritual, una irradiación de lo invisible; un espejo en el que se reflejan el poder, la sabiduría, la bondad, la eternidad, la divinidad del Criador; un libro escrito por dentro y por fuera, que enseña a todos los beneficios de Dios y los deberes del hombre.

Por lo que hace a los sucesos de la historia, lo mismo que a las criaturas materiales, no tienen oscuridad alguna para el Espíritu de entendimiento. Abrazando de un solo golpe de vista el trascurso de los tiempos, ve todo el periodo anterior al Mesías, con la formación y caída de sus grandes imperios, con sus guerreros, sus batallas, sus revoluciones incesantes, sus movimientos tan variados y tan profundos, resumiéndose en esta sola frase: Todo para que nazca Jesús en Belén.

No menos luminoso se presenta el periodo posterior a la venida del Deseado de las naciones. Con todos los sucesos prósperos y adversos que comprende, se traduce por esta sola frase: Todo para establecer, conservar y propagar el reino del Rey inmortal de los siglos. Y el fin de este reino no es otro que la deificación del hombre en la tierra y su glorificación en la eternidad.

El don de entendimiento no obra únicamente sobre la inteligencia; obra también sobre la voluntad. Ahora bien, los movimientos de la voluntad están en razón directa de las luces del espíritu. Tanto más claramente ve el espíritu una cosa, cuanto el corazón está más inclinado, es decir, dispuesto a amarla o a temerla. La religión, como obra divina, no tiene oscuridad para el alma que está en posesión del don de entendimiento. Los fundamentos del edificio están a la vista. Sin comprender la naturaleza de los misterios, ve su necesidad y el lugar que ocupan; ve los hechos y la razón de los hechos, la armonía de los medios con el fin, y el majestuoso conjunto que de todo ello resulta. La fe se le hace tan fácil, que casi no tiene mérito en creer; tan clara, que no se explica cómo no ven otros lo que ella ve; tan firme que no hay nada capaz de hacerla vacilar.

Por más que el demonio armado de engaños, el sofista con sus mentiras y el mundo con sus escándalos, pretendan arrancarle una negación, una duda siquiera, esa alma se ríe de sus ataques. Es el cedro del Líbano que permanece inquebrantable en medio de la tempestad. Es el mártir que entona su Credo al borde de la hoguera; es la joven doncella, que desde el fondo de la soledad, envía al mundo estos sublimes acentos: «Aún cuando todos los hombres cambiaran de religión, y reunieran sus esfuerzos para hacerme vacilar en mi creencia, no conseguirían nada. Me parece que los vencería a todos con la fuerza de la fe; ésta se halla tan profundamente arraigada en mi corazón, que el mismo infierno con todas sus legiones no sería capaz de quebrantarla.»

Se comprende qué generosidad de corazón debe producir un conocimiento tan levantado y tan seguro de las cosas divinas. Gracias al don de entendimiento, podía exclamar David: «Por eso amé tus mandamientos, más que al oro y al topacio (1).» De aquí viene el fervor en el servicio de Dios, la resistencia victoriosa de las tentaciones, el desprecio del mundo y de sus falsos bienes, la paciencia en el dolor, la resignación en la pobreza, el sacrificio de sí mismo en favor del prójimo, el despego de la vida y la aspiración constante hacia las realidades futuras. Traducidas en actos públicos estas disposiciones, se convierten para las familias, para las ciudades y los pueblos, para la sociedad entera, en una fuente de virtudes que ennoblecen a la humanidad, de beneficios que la consuelan y de sacrificios que la preservan de los castigos tantas veces merecidos por las iniquidades del mayor número.

3.° ¿Cuánta es la necesidad del don de entendimiento? La respuesta a esta cuestión ya esta dada, en parte, en lo que precede. El don de entendimiento produce efectos positivos y efectos negativos. Como hemos visto, los efectos positivos son iluminar el espíritu y ennoblecer el corazón. Pues bien, nada más necesario que esta doble acción del espíritu de entendimiento. Tenéis fe, y creéis que Dios está en todas las partes, que os ve, que os oye y que os ha de juzgar. Tenéis fe, y creéis que la gran Víctima sacrificada en el patíbulo del Calvario, es vuestro Dios y vuestro modelo. Tenéis fe, y creéis tener un alma que salvar, que no tenéis más que una, que nadie os la puede salvar, y que si la perdéis, seréis eternamente la criatura más desgraciada. Tenéis fe, y creéis que un solo pecado mortal condena a tormentos sin fin. Tenéis fe, y creéis que la religión creída y practicada, no según vuestros caprichos, sino como Dios la quiere y la Iglesia os la enseña, es el único medio de evitar el infierno y merecer el cielo.

Creéis firmemente todas estas verdades. ¿De dónde proviene, sin embargo, que os causen tan poca impresión? De que no entendéis; y no entendéis porque os falta el don de entendimiento. Dios con sus derechos, el Bautismo con sus promesas, la vida con sus destinos, la eternidad con sus espantos y con sus resplandores, se os presentan como sombras lejanas y fugitivas. No tenéis sino un conocimiento vago, confuso, seco y estéril, de todas esas grandes realidades. Tenéis ojos y no veis; oídos y no oís; voluntad y no queréis. Os falta el fruto del don de entendimiento, el sentido cristiano, este sexto sentido del hombre bautizado (1).

Sí, les falta a la mayor parte de los hombres de hoy y a un número demasiado grande de mujeres. Falta a la familia, falta a la sociedad, falta a gobernantes y gobernados, falta al mundo actual. Mundo de pretendidas luces y de pretendido progreso, no queda más que un remedio para ti, y es, que te sea dado de nuevo el Espíritu de entendimiento y él te haga ver claramente el abismo inevitable a donde te conduce a grandes pasos el Espíritu de las tinieblas que ha vuelto a ser, en castigo de tu orgullo, tu guía y tu maestro (2).

Efectivamente, respecto a este don, como a todos los demás, el hombre se encuentra colocado en una alternativa inevitable, la de vivir bajo la influencia del Espíritu de entendimiento, o bajo la influencia del Espíritu contrario; no hay medio. Cuando el uno se retira, sobreviene inmediatamente el otro. ¿Cuál es el Espíritu contrario al don de entendimiento? «Es, responde San Antonino, el espíritu de gula (3).» ¿Cómo justificaremos la afirmación del gran doctor? Demostrando lo que es la gula en sí y en sus efectos.

(1) Nos autem sensum Christi habemus. I Cor., II, 16.

(2) Gens absque consilio est et sine prudentia: utinam saperent et intelligerent, ac novissima providerent. Deut., XXXII, 28, 29. (3) Spíritus intellectus removet spiritum gulae quae mentem offuscat ut nihil spiritale valeat intelligere, fumositatibus repleto cerebro. VI p., tit X, p. 153.

La gula es el amor desordenado de comer y beber. Es el sensualismo usurpando el lugar del alma. Es la carne victoriosa en su lucha contra el espíritu. Por medio de la manducación, se pone el hombre, de la manera más intima, en comunicación con las criaturas materiales, inferiores a él e impregnadas totalmente de las malignas influencias del demonio. El desorden en el comer, por cualquier motivo que sea, hace predominar la vida de los sentidos sobre la vida del espíritu y el cuerpo sobre el alma. El desorden, si se hace habitual, llega a poner en los platos el pensamiento, la vista, el gusto, el olfato, y postra al hombre ante el dios vientre en actitud de adorarlo.

El primer efecto de tal desorden es la debilitación del entendimiento, hebetudo. El alma y el cuerpo son entre sí como los platillos de una balanza; cuando el uno sube, el otro baja. Por el exceso en el beber y comer, el organismo se desarrolla, el espíritu se embota, se espesa, se hace obtuso, perezoso e inhábil para el estudio y demás funciones puramente intelectuales; por fuerza resulta esto: dime con quién andas y te diré quién eres. De estar en contacto íntimo, habitual y culpable con la materia, con la parte animal, el hombre se hace materia, se hace bestia, animalis homo. De aquí este antiguo adagio: «El que come una vez al día, es ángel; el que come dos veces, hombre, y el que come tres veces, bestia (1).»

La experiencia confirma el adagio; cuanto más se come, menos se discurre. Cuanto más uno se regala en la comida, tanto menos sensato es en sus pensamientos. «No se halla la sabiduría en la tierra de los que viven deliciosamente, dice la Escritura (2).» Y en otra parte: «Pensé en mi corazón apartar mi carne del vino, para trasladar mi ánimo a la sabiduría (3).» Nunca ha habido un gran ingenio que fuese glotón. Los hombres más esclarecidos, los santos han sido todos modelos de sobriedad. Gracias a su triunfo sobre la materia, estaban espiritualizados hasta el punto de ver, por decirlo así, la verdad cara a cara y sin ningún velo.

(1) Qui semel est, Deus est; homo, qui bis; bestia, qui ter.

(2) Sapientia non habitabit in terra suaviter viventium. Job, XXVIII, 13.

(3) Cogitavi in corde meo abstrahere a vino carnem meam, ut animum meum transferrem ad sapientiam. Eccl., II, 3.

Otra cosa muy distinta le pasa al esclavo de la gula. Las verdades más importantes son para él como si no fuesen: no las comprende poco ni mucho, ni le hacen más impresión que si fuesen fábulas o quimeras. San Pablo confirmaba este hecho, hace diez y ocho siglos. «El hombre animal no percibe aquellas cosas que son del Espíritu de Dios (1).» Pues bien, lo que pertenece al dominio del Espíritu Santo es, ni más ni menos, que el magnífico conjunto de verdades, leyes, armonías y bellezas que se reflejan en todo el universo.

«El espejo lleno de manchas no refleja distintamente la imagen de los objetos; así el entendimiento hebetado y hecho obtuso por la crápula, no recibe el conocimiento de Dios (2).» San Crisóstomo usa el mismo lenguaje: «Nada más pernicioso que la gula, nada más ignominioso; ella hace al entendimiento obtuso y craso y vuelve carnal al alma; ciega la inteligencia y no le permite percibir cosa alguna (3).» Acerca de este punto, como acerca de los demás, la Iglesia no deja de ser el órgano infalible de una ley fundamental, cuando, en el prefacio de Cuaresma, recuerda al mundo entero estas verdades tan poco meditadas en nuestros días: «El ayuno reprime los vicios, eleva la mente y da la virtud y el premio: Vitia comprimis, mentem elevas, virtutem largiris et praemia

(l) Animalis autem homo non percipit ea quae sunt Spiritus Dei. I Cor. II, 14.

El segundo efecto del espíritu de gula es la loca alegría, inepta laetitia. Victoriosa la carne sobre el espíritu, a consecuencia del exceso en los alimentos, publica su insolente triunfo. Risas inmoderadas, chistes ridículos, ocurrencias las más veces obscenas, gestos inconvenientes o pueriles, cantos, gritos, bailes, placeres ruidosos, fiestas teatrales, son su inevitable expresión. «Y sentóse el pueblo, dice la Escritura, a comer y beber, y se levantaron a jugar (1).». Y en otra parte: «Llenémonos de vino precioso y de perfumes... coronémonos de rosas... no haya prado alguno, por el que no pase nuestra licencia (2).» Y también en Isaías: «Y he aquí gozo y alegría matar becerros y degollar carneros, comer carnes y beber vino: Comamos y bebamos, porque mañana moriremos (3).»

Este hecho, tan frecuentemente repetido en los sagrados libros, no se escapa a la penetración de San Gregorio: «Casi siempre, dice, la voluptuosidad es compañera de la vida regalada; pues mientras el cuerpo se deleita en los goces de la comida, el corazón se esparce en locas alegrías (4).» Todo pueblo de glotones es un pueblo de bufones; tal es el axioma formulado por la filosofía y confirmado por la experiencia. En todos los tiempos, se ven seguir a los placeres de la mesa las manifestaciones de la alegría sensual, y estas manifestaciones, ora sangrientas, ora obscenas, están siempre en razón directa de la causa que las produce.

(1) Sedit populus manducare et bibere, et surrexerunt ludere. Exod., XXXII, 6.

(2) Vino pretioso et unguentis nos impleamus... coronemus nos rosis, nullum pratum sit, quod non pertraseat luxuria nostra. Sap., II, 7, 8.'

(3) Isaiae, XXII, 13.

Y bien, ¿qué significa todo esto, sino la debilitación visible del Espíritu de entendimiento? El esclavo de la gula ya no comprende la naturaleza, ni la condición fundamental de la vida presente. La vida es una prueba, o como dice el Concilio de Trento, una penitencia continuada. Vita christiana quae est perpetua paenitentia. En cuanto puede, el goloso la convierte en un perpetuo gozar. Olvida, desprecia, tiene horror a aquellas palabras del soberano juez: Si no hiciéreis penitencia, todos pereceréis de la misma manera (5). Comprometer su salud pisoteando las leyes del ayuno y la abstinencia, le cuesta menos que beberse un vaso de agua. Es el profano Esaú que vende su primogenitura por un plato de lentejas, y se marcha importándole poco lo que ha hecho: Abiit parvi pendens.

(5) Luc., XIII,3.

El tercer efecto de la gula es la inmodestia, immunditia. Inmodestia en las palabras, inmodestia en los gestos, inmodestia en las miradas, inmodestia en los pensamientos, inmodestia en las acciones; estos tristes efectos del exceso en beber y comer son bastante incontestables para que haya necesidad de establecer su genealogía.

Recordemos solamente algunos axiomas de la sabiduría universal: El que alimenta delicadamente su carne, experimentará sus vergonzosas rebeliones.—El esclavo gordo y obeso cocea.—No hay cosa más lujuriosa que el vino.—En el vino reside la lujuria.—La gula es madre de la lujuria y el asesino de la castidad.—Ser glotón y pretender ser casto, es querer apagar un incendio con aceite.—La gula es el apagador de la inteligencia.—El glotón es un idólatra que adora al dios vientre.—El templo del dios vientre es la cocina; su altar la mesa; sus sacerdotes los cocineros; sus víctimas, los platos; su incienso, el olor de los manjares; este templo es toda una escuela de impureza.—La multitud de platos y de botellas atrae multitud de espíritus inmundos, entre los cuales el demonio del vientre es el peor de todos.—La salud física y moral de los pueblos se calcula por el número de cocineros (l).

(1) Véanse los textos en nuestra obra: Le signe de la croix au dix-neuvieme siecle, lettre 19.

En llegando a cierto grado, el espíritu de gula conduce a su esclavo a la embriaguez y a la crápula, al abandono de sus negocios, a la pérdida de su fortuna, a la miseria y a la ruina de la salud. El Espíritu de entendimiento, manteniendo en el hombre la subordinación natural del cuerpo con respecto al alma, es causa de la salud del uno y de la otra. (2) Por el contrario, el Espíritu de gula que rompe dicho equilibrio, produce infaliblemente la enfermedad. Para el alma consiste la enfermedad en la debilitación de la razón y de la inteligencia; para el cuerpo, en el sufrimiento seguido de la muerte. Escuchemos temblando los divinos oráculos. La gula mata más hombres que la espada (1). Así tenemos que Nabucodonosor, Faraón, Alejandro, César, Tamerlan y todos los asesinos coronados que han cubierto de cadáveres el mundo, hicieron perecer menos hombres que la gula.

Lo que es verdad para los individuos, es verdad para los pueblos. Que el Espíritu de gula, es decir, de refinamiento, de delicadeza, de exceso en los alimentos, el lujo de la mesa, o sea el amor del regalo, se apodere de una época, y veréis extenderse en las mismas proporciones la debilitación de la inteligencia, el embrutecimiento de la humanidad y la raquitis de la raza. A esta época que se envanecerá seguramente de sus luces, no le habléis del mundo sobrenatural, ni de sus leyes, ni de sus agentes, ni de sus relaciones incesantes con el mundo inferior, porque no os entenderá: Amimalis homo non percipit.

Sí, por cierto, le queda bastante inteligencia; mas es para apreciar, como el animal, lo que ve con sus ojos y toca con sus manos; para dirigir una operación mercantil, concebir una jugada de bolsa, construir máquinas, fabricar tejidos y juzgar de las cualidades de un producto. Sus luces no alcanzan a más. La actividad humana, la industria y la civilización se reducirán al culto de los sentidos. A fin de practicarlo en todo su esplendor, establecerá mil profesiones cada vez más materiales, y más materialistas las unas que las otras.

(1) Eccli. XXXI, 23 et XXXVII, 34.

La política misma marchará por este camino. En vez de ser el arte de moralizar a los pueblos, será el arte de materializarnos. La inquietará muy poco el que ataques incesantes quebranten los dogmas que son el fundamento de las sociedades y tronos. Pero si ella logra poner al hombre en estado de comer bien, de beber bien, de digerir bien y de dormir bien, creerá haber cumplido toda justicia y proclamará que todo marcha del mejor modo en el mejor de los mundos.

¡Política de criadores de cuadrúpedos, que no comprende que el hombre no vive sólo de pan, y que regenerar un pueblo no es lo mismo que engordarlo! ¡Política de ciegos, que conduce el mundo a una repetición de Nínive con Sardanápalo, de Babilonia con Baltasar, de Roma con Heliogábalo! Pero entonces, hecho carne el hombre, se alejara de él el Espíritu de Dios; y como los imperios que acabamos de citar, el mundo perecerá asfixiado en la cloaca de sus costumbres.

¿No es a ésto a donde nos dirigimos? Lo que podemos afirmar, pues que salta a la vista de todo el mundo, es el desprecio general del sacerdote, representante del orden moral; es el descrédito de aquellas ciencias que no tienen por objeto directo el aumento del bienestar material; es la dificultad siempre creciente de hacer comprender a los niños las verdades elementales de la religión; es, en las generaciones adultas, la debilitación visible del sentido cristiano y la indiferencia estúpida hacia todo aquello que se eleva por encima del nivel de los intereses materiales; es el aumento rápido de las tabernas y los figones (l).

(1) Según la última estadística hecha en Francia, habían llegado a la monstruosa cifra de ¡500.000! y después, lejos de disminuir, han aumentado.

¿Qué prueban, entre otros muchos, estos fenómenos desconocidos hasta el presente? Lo que prueban es el desbordamiento del sensualismo. Lo que prueban es, que marchamos a paso de gigante hacia la indescriptible época de la decadencia romana, en la cual la vida estaba resumida en estas dos palabras; pan y juegos, panem et circenses. Lo que prueban, por fin, es, que una inmensa multitud de hombres han caído de las alturas del espiritualismo cristiano, para vivir únicamente de los sentidos, por los sentidos y para los sentidos.

Sí, no hay que olvidarlo: los hombres hartos o ávidos de placeres se hacen ingobernables. El esclavo engrosado cocea (1); si llega a romper sus cadenas, las hará pedazos sobre la cabeza de los que él llama sus tiranos. Entonces, crímenes suceden a crímenes, catástrofes a catástrofes, dolores a dolores. Preservarnos de tales calamidades es el beneficio, cada día más necesario, del don de entendimiento. ¿Es fácil medir su grandeza?

(1) Incrassatus... recalcitravit: incrassatus, impinguatus, dilatatus, dereliquit Deum. Deuter., XXXII, 15.

CAPÍTULO XXXIII. EL DON DE SABIDURÍA.

SUMARIO.—Qué sea el don de sabiduría.—Todos los dones del Espíritu Santo contribuyen a la deificación del hombre; de qué modo contribuye a ello el don de sabiduría.—Diferencia que le distingue de los demás dones, de la fe, de la virtud de sabiduría, de la sabiduría gratuita.—Efectos del don de sabiduría sobre el entendimiento y sobre la voluntad.—Retrato del verdadero sabio.—Necesidad del don de sabiduría.—Libra al hombre de la tiranía del espíritu contrario, la lujuria.—La lujuria en el hombre y en la sociedad.

Ayudado el hombre del don de ciencia para pasar de los efectos a la causa, distingue con certidumbre lo verdadero de lo falso. Viendo por el don de consejo, la diferencia entre lo bueno y lo mejor, elige los medios más adecuados para llegar a su fin. Gracias al don de entendimiento penetra más allá. Leyendo la causa en los hechos, ve claramente la bondad de su elección, es decir, la evidencia de las verdades que deben conducirlo a su salvación; de suerte que nada es capaz de oscurecerlas a sus ojos, ni de arrancarlas de su corazón.

El primer efecto de esta penetración que coloca al hombre, por decirlo así, frente a frente del mundo superior, es un desarrollo maravilloso de la vida intelectual. El segundo es una elevación nada común de pensamientos, una gran magnanimidad de sentimientos, una sublime indiferencia hacia la vida del cuerpo. Lleno de este don divino, el hombre siente toda la verdad de estas palabras: El reino de Dios no es la comida ni la bebida: Regnum Dei non est esca et potus. Obligado a sujetarse a las necesidades de la vida animal, puede decir como el arcángel: «Parecía en verdad que comía y bebía con vosotros; mas yo uso de un manjar invisible y de una bebida que no puede ser vista de hombres (1).»

Así, el don de entendimiento espiritualiza la inteligencia casi en un todo, cuanto puede ser espiritualizada; como el espíritu contrario la materializa cuanto puede materializarla. Para acabar de perfeccionar al hombre, ¿qué queda por hacer al Espíritu Santo? Espiritualizar el espíritu y el corazón de ese hombre, cuanto cabe en lo posible. ¿Cómo realiza el Espíritu Santo este último acto de nuestra deificación? Comunicándonos el don de sabiduría.

Este don forma el último peldaño de la misteriosa escala, que el Verbo encarnado ha bajado para llegarse hasta nosotros, y que el hombre debe subir para elevarse hasta el nivel de su divino hermano, hacerse semejante en todo a él y realizar en su persona las palabras del Padre celestial: Este es mi hijo muy amado, en quien me he complacido. La contestación a nuestras tres cuestiones dará a conocer este don que corona los demás. ¿Qué es el don de sabiduría? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Cuánta es su necesidad?

1.° ¿Qué es el don de sabiduría? La sabiduría es un don del Espíritu Santo, que nos comunica en el más alto grado, el conocimiento y el amor de las cosas divinas.

Todos los dones del Espíritu Santo tienen por objeto el contribuir, cada uno a su modo, a la deificación del hombre.

(1) Tob., XII, 19.

Tres se dirigen principalmente a la voluntad: los de temor, piedad y fortaleza. Cuatro tienen por objeto principal la inteligencia: los de ciencia, consejo, entendimiento y sabiduría. Pero este último es el más noble de todos. Como el fin resume los medios desarrollándolos, el don de sabiduría contiene y perfecciona todos los demás. Así, puede decirse que la sabiduría es el temor de Dios perfeccionado, la piedad perfeccionada, la ciencia perfeccionada, la fortaleza perfeccionada, el consejo perfeccionado, el entendimiento perfeccionado.

Basta comprender el don de sabiduría, para saber cómo perfecciona a todos los demás. Conocimiento y amor de la verdad en el más alto grado a que el hombre puede llegar: he aquí lo que es dicho don. Ahora bien, hay muchos modos de conocer la verdad.

El conocerla por las causas segundas, por las criaturas, por las obras exteriores de Dios, tales como la encarnación del Verbo, la creación y gobierno del mundo, la justificación del hombre y otras semejantes, pertenece al don de ciencia (1).

(l) El don de ciencia nos enseña a conocer la verdad por las causas segundas, por las criaturas, y a arreglar nuestra conducta en conformidad con este conocimiento. El don de sabiduría nos hace ver la verdad en la causa de las causas, en Dios mismo, y nos la hace amar en Dios y en sus obras. Así, el don de ciencia tiene por objeto principal los efectos, y el don de sabiduría la causa. El uno procede por vía de análisis, el otro por vía de síntesis. Véase S. Th., 2, 2, q. 9, art. 1, 2. Se ve que en el sistema de nuestra deificación, no ha quedado olvidado ningún medio, y que el Espíritu Santo se acomoda a todas las condiciones.

Conocerla por los motivos de credibilidad, hasta el punto de quedar tan convencido que no haya nada capaz de debilitar nuestra adhesión, es el objeto del don de entendimiento.

Conocerla en las aplicaciones que deben hacerse a los actos particulares, es el beneficio que el don de consejo nos hace.

En fin, hay todavía un modo más perfecto de conocer la verdad, cual es el de verla en la causa primera, en la causa de las causas, en Dios, y verla con un amor inmenso. Desde esta altura se juzga con certidumbre de todas las causas segundas y de sus efectos; se pone el pensamiento y la acción en armonía, no ya con tal o tal verdad aislada, con tal o cual causa segunda, con tal o tal efecto particular, sino con la causa primera. Entonces, el hombre participa en cierto modo del privilegio de los ángeles de la primera jerarquía, los cuales ven en Dios mismo la razón de las cosas. Posee en este caso la magnifica síntesis de la verdad, y puede juzgar de todo el plan divino, así en el orden natural como en el sobrenatural, puesto que puede juzgar del mismo Dios (1).

Se ve, pues, cuán superior es el don de sabiduría a los dones de ciencia, de consejo y de entendimiento y cómo los perfecciona, no menos que a los de temor, piedad y fortaleza. Gracias al don de sabiduría, los actos de los otros dones adquieren una energía, una constancia, una extensión, una suavidad, una perfección, proporcionadas a las luces y efusiones de amor que fluyen de este don superior a los demás. Así es como queda elevado el corazón del hombre a nivel de su inteligencia.

En cuanto a la diferencia que hay entre el don de sabiduría y la fe, la virtud de sabiduría y la sabiduría gratuita, fácil es conocerla. La fe se adhiere a la verdad, tal como le es propuesta, y no va más lejos. La virtud de la sabiduría es un hábito adquirido por el estudio, o infundido por la gracia: pero esta virtud, natural o sobrenatural, no tiene la altura, ni la extensión, ni la certidumbre, ni la suavidad, ni la espontaneidad del don de sabiduría (2). Este don, tomando como punto de partida la verdad conocida por la fe, confirmada por el don de ciencia, penetrada por la virtud de sabiduría, la ilumina en todas sus partes, y saca de ella las consecuencias, ya para orientar nuestros pensamientos, ya para dirigir nuestras acciones y conformar nuestra vida intelectual y moral a la razón divina.

Otras muchas diferencias existen también entre el don de sabiduría y la sabiduría, a las que alude el apóstol, cuando dice: A uno es dado por el Espíritu Santo el discurso de sabiduría (1). Por de pronto, ésta puede ser común a los buenos y a los malos. Es privilegio suyo conocer las verdades divinas, no con un conocimiento adquirido, sino por ciencia infusa a fuerza de discurso, y tan perfectamente, que pueda enseñarlas a los demás y refutar a los que las contradijeren. Mas la sabiduría no se encuentra sino en los buenos, a quienes comunica no solamente la luz, sino también el gusto de las cosas divinas. Habita lo mismo en el niño que en el hombre, mientras perseveran en estado de gracia: en el segundo está en acto, en el primero en potencia por razón de su poca edad. Aunque en diferentes grados, todos la poseen en cuanto es necesaria para su salvación (2).

2.° ¿Cuáles son los efectos del don de sabiduría? Inundar al espíritu en una luz superior a toda otra luz, llenar el corazón de una afición inefable hacia Dios y todas las cosas divinas: tales son, como acabamos de indicar, los dos efectos principales del don de sabiduría. Veamos lo que sucede al hombre dotado de este precioso don. Le sucede lo que a un ciego que recibe la vista a la edad de treinta o cuarenta años. ¿Qué pensaría este hombre del mundo, mientras estuvo ciego? Creía en la existencia del sol, de la luna y de las estrellas; creía que hay árboles, frutos y flores, y muchas especies de peces en el agua y de aves en el aire y de otros animales en la tierra. Creía todo esto, porque se lo habían dicho; pero no excitaba en él ningún conocimiento preciso y no le producía ni amor, ni alegría, porque no había visto nada.

(1) I Cor., XII, 8. (2) S. Anton.,ubi supra.

Mas he aquí que este hombre obtiene de repente la vista. Ve cómo el sol esparce por doquiera sus rayos; ve las montañas cubiertas de árboles y de frutos; ve los prados esmaltados de flores a cuál más bella, y asombrado de tanta hermosura que ve por vez primera, se queda estupefacto.

Dejad ahora al ciego y volvéos hacia el alma humana. Posee ésta la luz de la fe, cree que Dios es infinito, que es manantial inagotable de todas las perfecciones; pero como esta luz es bastante pálida, no excita en el alma mucho amor de Dios, ni mucha alegría. Pero que el Espíritu Santo le comunique la luz del don de sabiduría. ¡Qué súbito cambio se obra en ella! Las perfecciones divinas se muestran a su vista en todo su esplendor. Queda como fuera de sí misma y como sumergida en el océano de la divinidad (l).

Hemos visto que el don de entendimiento abre también los ojos del alma; pero entre la iluminación que produce y aquélla que procede del Espíritu de sabiduría, hay una gran diferencia. El don de entendimiento ilumina, una tras otra, las verdades particulares; pero no contemplándolas en la causa primera, no las relaciona entre sí hasta el punto de hacer de ellas una vasta síntesis. Este privilegio pertenece al don de sabiduría.

En la amorosa luz de que es foco, abraza y hace ver todo el conjunto de las cosas divinas; las verdades de la fe, toda la doctrina cristiana, la teología, la escritura, las reglas de la moral pública y privada, y todo lo que puede contribuir a la santidad de la vida y al logro de la salvación (2).

El don de entendimiento no va acompañado, al menos en tanto grado como el de sabiduría, del gusto y del amor de las cosas divinas; y esta es otra gran diferencia.

«En efecto, dice San Buenaventura, una cosa es saber que la miel es dulce, y otra es comerla y gustar realmente su dulzura.»

Iluminada el alma por el don de entendimiento, cree y sabe que Dios es infinitamente dulce; sin embargo, no gusta su dulzura. Pero, ¿posee el don de sabiduría? Entonces no solamente sabe que Dios es infinitamente dulce, sino que gusta también su inexplicable dulzura, y su corazón se llena de ella. De aquí resulta, que el alma encuentra sus delicias en conversar con Dios y procurar su gloria; De aquí proviene el espíritu de oración, el espíritu de recogimiento, el espíritu de sacrificio, la unión amorosa del alma con Dios trasformándose de algún modo en Él; el reposo de todas sus potencias, la calma de sus pasiones, el amor de la soledad y del silencio. Entonces es cuando el alma puede decir, imitando a la esposa de los Cantares: Mi amado es todo para mí y yo soy toda de mi amado; yo soy su propiedad y su reino. Él reina en mí y me gobierna. Él es el dueño y el director de mi vida interior y exterior. No soy yo quien en mí vive, sino que Él es quien vive en mí.

La sabiduría, como luz y amor que es, esparciéndose afuera, hace al hombre enteramente a su imagen. Ahora bien, según el apóstol Santiago, la sabiduría que viene del Espíritu Santo, es casta, pacífica, modesta, dócil, amiga de los buenos, llena de misericordia y de buenos frutos, no juzgadora ni fingida (1). Tal es, a grandes rasgos, el retrato del verdadero sabio.

Es casto. Aquí debe entenderse que no solamente tiene la pureza de cuerpo, sino también la pureza de alma y de doctrina. Es un hecho, que la verdadera castidad conyugal, la verdadera virginidad, la verdadera continencia, la verdadera pureza de palabra y de doctrina, no se encuentran mas que en el cristianismo y en el sabio cristiano. Basta para convencerse de esto, echar una mirada sobre el paganismo, sobre el mahometismo, el luteranismo, el racionalismo moderno y sobre los pretendidos sabios de sus diferentes escuelas.

Es pacífico. Las luchas, las discusiones, las riñas, las disputas, le son antipáticas; nuevo rasgo que lo distingue de los falsos sabios. La razón de esto es muy sencilla. La verdadera sabiduría es hija del Espíritu Santo: el Espíritu Santo es manantial de paz y de concordia: la paz es la tranquilidad del orden: el orden es fruto de la sabiduría. Es necesariamente humilde. Y la humildad es la madre de la paz.

Es modesto. Modestia en sus afirmaciones y pretensiones; modestia en sus palabras y maneras; modestia en el alimento, en el vestido, en las comodidades y placeres, son los caracteres del verdadero sabio. He aquí lo que constituye otra diferencia entre él y el falso sabio. ¿Quién ignora cuán pretenciosos, vanos, arrebatados, orgullosos, susceptibles y sensuales, no fueron los sabios del paganismo, los sabios de la herejía; cuánto no lo son todavía los sabios de la incredulidad moderna? Animales de gloria, como los llama San Jerónimo, no vivieron ni viven, no escribieron ni escriben, sino para que los demás se ocuparan y se ocupen de ellos, para adquirir nombre o posición; ¡y desgraciado de aquel que se atreva a tocarles con solo la punta del dedo!

Es dócil. Esto es, tiene facilidad para dejarse persuadir, y no le falta para persuadir a los demás. Lleno de luz, su espíritu reconoce sin trabajo la verdad desde el momento en que le es propuesta; lleno de amor hacia ella su corazón, la abraza con ardimiento. Llena de amor y de verdad su palabra, no halla por parte de las almas rectas ninguna formal resistencia. ¡Cuán diferentemente sucede con los filósofos del error y sus adeptos! A las pruebas más convincentes oponen obstinadamente estúpidas negaciones. Sólo los errores más groseros encuentran abierta su alma; y cual hijos del padre de la mentira, los abrazan como hermanos y los enseñan como verdades.

Es amigo de los buenos. Entre el sabio cristiano o el verdadero cristiano, lo cual es lo mismo, y los verdaderos cristianos, los verdaderos buenos de todos los siglos y de todos los países, hay una afinidad real. Afinidad poderosa que, semejante a la chispa eléctrica, conmueve en un abrir y cerrar de ojos a todas las almas católicas y las pone completamente de acuerdo. Pensamientos, alegrías, dolores, esperanzas, temores, intereses, todo se hace común. De aquí la inmensa fraternidad del bien, que es el carácter tal vez más inexplicable de la verdadera religión. «En esto conocerán todos, que sois mis discípulos, si tuviéreis caridad entre vosotros,» decía el Verbo encarnado. (Joan. XIII, 35). Enemigos de los buenos y amigos de los malos; esto han sido siempre y son todavía los falsos sabios de todos los tiempos y de todos los lugares. ¿No es esto lo que hoy se ve, acaso con más claridad que nunca? Sea cual sea la región que habiten y la máscara con que se cubran, el Espíritu malo conoce a los que son suyos, los exalta y los defiende. En su favor excita las simpatías de todos sus hermanos en impiedad, en revolución, en anticristianismo.

Está lleno de misericordia y de buenos frutos. De misericordia, porque posee en persona al Espíritu de aquél que ha dicho: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. De buenos frutos, porque su alma es uno de los racimos de la viña; cuya cepa inmortal y siempre fecunda es el Verbo encarnado. Uno de los caracteres del falso sabio es el egoísmo, y por consiguiente, la sequedad y la dureza del corazón: Viscera impiorum crudelia; y juntamente la esterilidad en buenas obras. Ved cuál fue en Grecia y Roma el reino de los filósofos, y cuál ha sido entre nosotros a fines del último siglo. Contad, si podéis, las crueldades que no cometieran; las buenas obras que hicieran, las instituciones útiles que fundaran.

No es amigo de juzgar. Cuanto más ilustrado y caritativo es el hombre, tanto menos inclinado se siente a juzgar, criticar y censurar al prójimo. Él sabe mejor que nadie, que el juicio pertenece a Dios; que el Evangelio prohíbe juzgar a los otros, si no se quiere ser juzgado; y que nada hay más expuesto a error que los juicios humanos, basados las más veces en antipatías o simpatías, y aún en simples apariencias. Muy al revés se porta el falso sabio. Sin dudar de nada, porque no se fija en nada, esclavo de sus intereses y de sus pasiones, juzga atrevidamente, acusa, critica, condena, atribuye a los demás intenciones que jamás han tenido y les hace decir lo que nunca han dicho. ¿Qué hacen noche y día, al hablar del soberano pontífice, del clero y de los católicos, esos escritorzuelos que la echan de filósofos y lo invaden todo?

No es fingido. Este es también uno de los más bellos caracteres del verdadero sabio. Decir la verdad, nada más que la verdad; la verdad en las relaciones de hombre a hombre o de pueblo a pueblo: la verdad en la historia y en la ciencia; decirla sin ambages ni mezcla de error; decirla con respeto, porque es la verdad; con amor, porque es el pan del hombre; aplaudir a los que la dicen, porque es luz para el ciego, remedio para los enfermos, consuelo de afligidos, salud de las naciones (1).

De aquí resulta, que el alma del verdadero sabio es trasparente. Esta transparencia se refleja hasta en su tranquilo mirar y las facciones de su rostro. Bien diferentes son por cierto el alma del falso sabio, su mirada y su figura.

Hijo del gran mentiroso, tiene habitualmente la mentira en sus labios y en su pluma. Aunque afecta la verdad, la sinceridad y la santidad, no es sino para enseñar el error, la hipocresía y la iniquidad: es lobo con piel de oveja. Pero, por más que haga, el lobo se revela en sus ojos, apenas entreabiertos; en su mirada, oblicua e insegura, y en las facciones contraídas, inmóviles y rígidas de su rostro, que parecen conspirar para cubrir con un velo impenetrable sus intenciones y sentimientos.

Luz sobre toda luz, amor sobre todo amor, paz, serenidad, trasformación del hombre en Dios; he aquí, en sus efectos positivos, el admirable don de sabiduría. Estudiarlo en sus efectos negativos es demostrar, desde un nuevo punto de vista, cuán necesario es.

¿Cuanta es la necesidad del don de sabiduría? La necesidad del don de sabiduría es extrema, absoluta, universal. ¿Habrá necesidad de probarlo? Libre el hombre para escoger un amo, no lo es para no tener ninguno. Al decir el hombre, queremos decir la familia, el pueblo, todo el género humano. Vivir bajo el imperio del Espíritu de sabiduría, o bajo el imperio del Espíritu contrario, es la alternativa inevitable, de todos los días, de todas las horas y en todas las posiciones. ¿Cuál es el espíritu satánico, opuesto al Espíritu de sabiduría? Es el espíritu de lujuria (l). El uno eleva al hombre hasta Dios; el otro lo rebaja hasta el bruto.

A fin de apreciar, cual conviene, este doble movimiento de ascenso y de descenso, es necesario hacer dos advertencias importantes: la primera, que hay tres clases de sabiduría contrarias a la sabiduría divina; y son, la sabiduría terrena, la sabiduría animal y la sabiduría diabólica. «Todo agente, dice Santo Tomás, obra por un fin. Si busca su fin en los bienes de la tierra, se llama sabiduría terrena: si en los bienes corporales, será sabiduría animal: si en su propia excelencia, se dice sabiduría diabólica, porque imita la soberbia del diablo, de quien dice Job (41), que es el rey entre todos los hijos de la soberbia (2).»

El Ángel de las escuelas no hace más que comentar al apóstol Santiago, que llama satánica esta triple sabiduría, o mejor, esta triple aplicación de la misma sabiduría (3). Ahora bien, esta satánica es un crimen, una desgracia, y una locura.

Es un crimen; puesto que por ella el hombre, despreciando la voluntad de Dios, las luces de su propia inteligencia y las aspiraciones de su corazón, pone voluntariamente y a sabiendas su último fin en las criaturas, y trastorna así todo el plan divino.

Es una desgracia; por la razón de que es crimen, y por las consecuencias temporales y eternas que en sí entraña. Estas consecuencias son las injusticias, las inquietudes, los engaños, la desesperación, los remordimientos, las divisiones intestinas, las revoluciones sociales y las penas del infierno.

Es una locura; porque apaga en el lodo de las criaturas las dos antorchas de la inteligencia y de la fe. Loco es aquel que ha perdido el sentido humano y el sentido divino: no teniendo ya sentido alguno, no sabe discernir las cosas: llama verdadero a lo falso y falso a lo verdadero, bueno a lo que es malo y malo a lo que es bueno, necesario a lo inútil e inútil a lo necesario. Esclavo de una idea fija, pone en ella su dicha y por ella lo olvida todo; noche y día va a caza de desvaríos, fantasmas y naderías, y agota sus fuerzas en perseguir y abrazar esto. En vano os empeñaréis en ilustrarlo; no os comprenderá; las bagatelas son para él tesoros. ¿Le amenazáis con quitárselas? Pues, se enfurece, grita, pega, patea y llora: esta loco (1).

Y ved, rasgo por rasgo, lo que es un hombre o un pueblo poseídos del espíritu de sabiduría satánica. Mal apreciador de sí mismo, de sus destinos, de sus deberes y de sus intereses, coloca abajo lo que debe estar arriba y arriba lo que debe estar abajo; pone lo principal en el lugar de lo accesorio y lo accesorio en el de lo principal; lo fugitivo en el lugar de lo inmutable, lo natural encima de lo sobrenatural, lo finito sobre lo infinito, el cuerpo antes que el alma. No hay argumento humano capaz de desengañarlo; es loco y se empeña en serlo: Nolluit inlelligere ut bene ageret.

Médicos, no os acerquéis demasiado a él, elegid una buena hora, insistid con maña para hacerle que acepte vuestros remedios: aún así no estaréis seguros de que no responda a vuestros caritativos afanes, con burlas, con injurias, irritándose contra vosotros, pegándoos o dándoos la muerte, como lo ha hecho frecuentemente y todavía lo hace; vedlo sino al punto.

El género humano estaba atacado de esta criminal y deplorable locura, cuando el Verbo encarnado bajó del cielo para curarlo. Por sus profetas, por Sí mismo y por sus apóstoles, le anuncia el objeto de su misión. ¡Oh hombre, tu sabiduría te engañó! Esta sabiduría es terrena, animal, diabólica; es la locura, es la muerte. Yo perderé la sabiduría de los sabios, yo reprobaré la prudencia de los prudentes (l). A las nuevas de la llegada del divino médico, todos los enajenados del corazón se conturban hasta las profundidades de su ser, y se preparan a recibirlo, como así lo hicieron, insultándolo, persiguiéndolo, crucificándolo (2).

La segunda observación es, que la triple sabiduría, o mejor, la triple locura de que acabamos de hablar, termina casi siempre por la locura de la carne. Por un loco de orgullo y avaricia, hallaréis cien locos de lujuria. Esta caída está en la naturaleza de las cosas. El hombre ha sido criado para adorar; si no adora al Dios Altísimo, adorará a los dioses más viles; si no adora al Dios espíritu, divinizará y adorará la carne. De aquí resulta, que si los examináis con cuidado, en el fondo de todos los cultos paganos, de todas las prácticas demoníacas, de toda conciencia emancipada, encontraréis una inmundicia. Venus es la última palabra de todo esto. El despotismo de la carne comienza por la gula y acaba por la lujuria. Pues bien, de todas las locuras es la lujuria la más vergonzosa, la más furiosa, la más fecunda en desastres y la más difícil de curar.

Así como el Espíritu Santo es inseparable de sus dones, Satanás es inseparable de los suyos. Como el don de sabiduría supone y corona todos los dones del Espíritu Santo, el don de lujuria supone y arrastra en su seguimiento todos los dones satánicos. No hay impuro que no sea soberbio, avaro, glotón, celoso, colérico y perezoso: esto es un hecho confirmado por la experiencia de las almas y por las enseñanzas de la historia. Los espantosos satélites de la lujuria, atentos siempre a las ordenes de su jefe, no hay crimen que no cometan por obedecerle. Los duelos, los asesinatos, los envenenamientos, los raptos, las violencias, los infanticidios, la crápula, los negros celos, la pérfida murmuración, la odiosa calumnia, las traiciones, las bajezas, los robos, las divisiones, los odios, todo, todo es obra suya.

Como la lujuria llegue a reinar en un pueblo, o en una época cualquiera, no esperéis otra cosa que iniquidades sin número y sin nombre, ideas depravadas, gustos estragados y costumbres sin ejemplo. Contaréis por miles las vidas sin remordimientos, los que mueren sin arrepentirse, los locos y los suicidas en proporciones desconocidas. La vida misma, viciada casi en su origen, se manifestará por la raquitis y la degeneración de la raza. Ora semejante a un edificio construido sobre un terreno pantanoso que está amenazando siempre con hundirse por su propio peso; ora semejante a una ciudad tomada por asalto en la cual la muerte y el pillaje toman carta de naturaleza; la sociedad entregada al Espíritu de lujuria, estará sin cesar a punto de arruinarse, o se convertirá en un circo ensangrentado, en el cual, desencadenadas todas las pasiones, no habrá meros espectadores, sino que todos los asistentes lucharán a muerte. Así acaban los pueblos voluptuosos.

¿No bastarán todas estas calamidades de todo género, para hacernos sentir la necesidad del don que de ellas nos preserva? En vano el mundo actual multiplica las revoluciones para llegar a la libertad. Una sola revolución puede traérsela: esta no es otra que la revolución moral, la cual quebrantando la tiranía de la lujuria y de sus satélites, lo colocará bajo el imperio del Espíritu de sabiduría. De otro modo, no.

Llegados al último de los siete dones, echemos una mirada retrospectiva a nuestro trabajo. Hasta aquí hemos estudiado los dones del Espíritu Santo en sí mismos. Mas este estudio, por muy importante que sea, no basta. Para conocer bien los dones del Espíritu Santo, se necesita verlos en acción. Sólo así será posible conocer toda su belleza, y su poderosa fecundidad, y su necesidad, y su aplicación a los actos de la vida, y lo que influyen en la felicidad del mundo.

Tal es el nuevo horizonte que se va a abrir ante nuestros ojos.

CAPÍTULO XXXIV. LAS BIENAVENTURANZAS.

Sumario.—Resumen del estudio sobre los dones del Espíritu Santo.—Son principios activos.—Lo que producen.—Lo que son las Bienaventuranzas.—De dónde viene su nombre: cuál sea su número.—Se adaptan a las diferentes edades de la vida.—Relación que dicen con la felicidad de cada hombre.—Cómo promueven el bien de la sociedad.—Superioridad que tienen sobre las virtudes.—Su orden jerárquico.—Relación de cada bienaventuranza con su recompensa.—Grados de la recompensa.

El estudio que hemos hecho de los dones del Espíritu Santo puede resumirse en las verdades siguientes: los dones del Espíritu Santo son los principios deificadores del hombre y de la sociedad; el mundo les debe todo lo que tiene de verdaderamente bueno. Al don de temor de Dios, debe sus grandes hombres; al don de piedad, sus innumerables asilos para todas las miserias; al don de ciencia, sus afirmaciones ciertas y sus sabios de buena ley; al don de consejo, la multitud de sus vírgenes y todos sus servicios gratuitos de caridad; al don de inteligencia, la superioridad intelectual que tiene sobre las naciones que no son cristianas o han dejado de serlo; al don de sabiduría, esos sublimes locos que se llaman santos, y son luz, gloria y salud de la humanidad (1).

A los dones del Espíritu Santo se oponen los siete pecados capitales, principios corruptores del hombre y del mundo, dones satánicos que producen efectos proporcionados a su naturaleza, a los que deben atribuirse todas las vergüenzas y todos los crímenes del linaje humano.

Como quiera que el hombre y el mundo viven bajo la influencia del Espíritu del bien o del Espíritu del mal, resulta que desde la caída primitiva obedecen a un impulso septiforme: septiforme es, y debe serlo. Por una parte, el Espíritu Santo, es inseparable de sus dones, como Satanás de los suyos. Por otra, este impulso debe alcanzar a todas las facultades del hombre y determinar, como de hecho determina, sus operaciones, buenas o malas. Tales son los dos principios que mueven a los hombres. El mundo, dirigido por el soplo del Espíritu Santo, es un navío que a velas desplegadas se dirige al puerto: dirigido por el soplo del Espíritu maligno, es una nave sin brújula que acaba infaliblemente por perderse. Si se quiere, pues, vaticinar la suerte futura de cualquier reino o de cualquier época, no se necesita sino ver a qué impulso obedecen.

En medio de esto, la deificación del hombre, comenzada por el Verbo y continuada por el Espíritu Santo, no ha llegado aún a su perfección. Los siete dones divinos no son en nosotros fuerzas dormidas: son otros tantos principios activos que deben manifestarse por medio de operaciones proporcionadas a la naturaleza y objeto de cada cual. No de otro modo el árbol, cuya savia se pone en movimiento por el calor del sol, debe producir hojas, flores y frutos, según su especie. La comparación evangélica, que ya nos ha hecho sensible la diferencia entre las virtudes y los dones, nos hará también comprender la diferencia entre los dones y las bienaventuranzas.

¿Qué se entiende por bienaventuranzas? ¿De dónde viene este nombre? ¿Cuántas son? ¿Qué relación guardan con la felicidad de cada hombre? ¿Cómo contribuyen al bien de la sociedad? ¿En qué son superiores a las virtudes? ¿Cuál es su orden jerárquico? ¿Cuáles sus relaciones con los dones del Espíritu Santo? Estas cuestiones comprenden en su conjunto, a juicio nuestro, una materia tan poco conocida y no menos interesante que los dones del Espíritu Santo.

1.º ¿Qué se entiende por bienaventuranzas? Las bienaventuranzas son los dones del Espíritu Santo en acción (1). Pasa con el cristiano lo mismo que con el árbol. Cuando ha recibido en el Bautismo la vida divina y con ella las virtudes infusas; cuando el Espíritu Santo ha venido con sus siete dones a poner en movimiento todas esas virtudes, como el calor lo hace con la savia, el cristiano puede y debe practicar ciertos actos de perfección sobrenatural que lo encaminan a su último fin (2).

Estos actos se llaman bienaventuranzas, esto es, beatíficos. Diferéncianse de las virtudes y los dones, como el efecto se diferencia de la causa, el arroyo del manantial y la flor del árbol; o por hablar el lenguaje teológico, como la facultad en acto se diferencia de la facultad en potencia. «Las bienaventuranzas, dice Santo Tomás, se distinguen de las virtudes y los dones, como los actos de los hábitos (3). De esta manera, las bienaventuranzas no son, como su nombre parece indicarlo, hábitos o estados permanentes, sino actos transitorios, producidos por habitudes permanentes que se llaman dones del Espíritu Santo.

2.º ¿De dónde viene su nombre? El nombre tan dulce y tan poco conocido de bienaventuranzas significa dicha perfecta, reposo final. «La bienaventuranza, dice un gran teólogo, es el soberano bien, el fin último: todos convienen en esto. Y entendemos por soberano bien el que tiene todas las cualidades del bien y ninguna del mal, y no le falta nada, ni se le puede añadir nada; el cual consta que no es más que uno, a saber, Dios que es bondad infinita, de quien todos los demás bienes dependen en su ser, origen y conservación; y cuya posesión hace bienaventurados a los ángeles y a los hombres que participan de su bienaventuranza uniéndose a Él (4).»

(2) No es necesario decir que todo esto se hace simultáneamente y con una sola operación.

Ahora bien, la bienaventuranza es el fin último de la vida humana (1). Tan cierta es esta verdad, que el hombre podrá, sí, falsear la ley que le inclina a la felicidad; mas no podrá sustraerse a ella. A sabiendas o sin saberlo, por el camino del crimen o por las sendas de la virtud, trabaja noche y día por la felicidad: tranquilo y contento, si la encuentra; inquieto y desgraciado, si la persigue en vano. Es como la aguja imantada, que sometida a una atracción misteriosa, gravita incesantemente hacia el polo, y no para hasta ponerse en relación directa con este punto del cielo.

Si la bienaventuranza es la felicidad perfecta y la felicidad perfecta es la plena posesión de Dios, tres cosas resultan evidentes. La primera: que con relación al hombre, la bienaventuranza es a un mismo tiempo perfecta e imperfecta. Imperfecta en el mundo, donde no vemos a Dios, soberano bien, sino al través de las sombras de la fe; y no lo poseemos sino imperfectamente. Perfecta en el cielo, donde veremos a Dios cara a cara y lo poseeremos sin temor de perderlo nunca jamás. La segunda: que el hombre no llega a su fin de un salto. La tercera: que su fin, o la bienaventuranza no es, ni puede ser de este mundo.

En estas verdades de lógica y de buen sentido se encuentra, digámoslo de paso, la prueba sin réplica de tres puntos fundamentales: la existencia de la otra vida, la libertad humana y la obligación que el hombre tiene, durante su paso por el mundo, de encaminarse a su fin con progreso continuo; que no para otra cosa le ha sido dado el tiempo. Este progreso, como camino que es para la bienaventuranza, es ya la bienaventuranza incoada. De donde proviene, que en su lenguaje profundamente filosófico, llama el Evangelio bienaventuranzas a ciertos actos de la vida presente, que conducen más directamente a la bienaventuranza de la otra.

Desenvolviendo el texto sagrado, añade la teología católica, que se les da el nombre de bienaventuranzas por dos razones. La primera: porque nos hacen felices acá en la tierra. Es un hecho de experiencia universal, que la mayor suma de contento, aún en este mundo, la disfruta el cristiano que practica fielmente los siete actos sublimes que el Verbo encarnado llamó bienaventuranzas. La segunda; porque nos conducen más directamente a la bienaventuranza final, de que nos hacen gozar con la esperanza, a la manera que de alguna persona suele decirse, que ha conseguido el objeto de sus deseos cuando tiene esperanza fundada de obtenerlo. ¿No escribió el mismo Apóstol: Hemos sido hechos salvos en la esperanza? Pues la esperanza de alcanzar nuestro último fin se funda en algo que nos dispone y nos acerca a él. Este algo consiste en las operaciones de los dones del Espíritu Santo; y por esto se llaman bienaventuranzas, o actos beatíficos (1).

Justificaremos de una manera sensible este nombre de bienaventuranza, cuando expliquemos las relaciones de cada una con el don correspondiente. Y lo haremos con el fin de que se vea que las cosas de que el Evangelio hace depender la felicidad, no son el manantial de una simple felicidad mística, como ahora dicen, en significación de puramente espiritual y casi imaginaria. La verdad es, que bajo todos los aspectos y en la más lata acepción de la palabra, las bienaventuranzas producen lo que su nombre expresa. Para la vida presente, lo mismo que para la futura, son realmente manantial de felicidad.

3.° ¿Cuántas son las bienaventuranzas? Siete contamos según los concilios y Santo Tomás. La octava, enunciada por San Mateo, no es sino la confirmación y manifestación de las otras. En efecto, desde que el hombre esta afianzado en la pobreza espiritual, en la mansedumbre y demás beatitudes, la persecución es impotente para apartarlo de estos bienes inestimables (1).

Las razones de este número siete se revelan por sí mismas. Por una parte, bastan siete bienaventuranzas para constituir la felicidad: menos sería poco; más, sería inútil. Por otra, no siendo las bienaventuranzas o actos beatíficos sino las operaciones de los dones del Espíritu Santo, o más bien, estos mismos dones en acción, no pueden ser más que siete. Además, según teólogos profundos, estas siete beatitudes guardan relación con las siete edades de la vida del hombre; así como estas siete edades del hombre están en armonía con las siete edades del mundo, y éstas a su vez, con los siete días de la creación (2).

4.º ¿Qué relación tienen las bienaventuranzas con la felicidad de cada hombre? «La vida presente, dice San Antonino, se divide en siete edades, durante las cuales el Verbo encarnado se ha hecho nuestro regulador universal, mediante las siete bienaventuranzas. Éstas, que no son sino actos virtuosos, debe el hombre tenerlas todas y siempre; pero acomodando cada una en particular a la edad en que se encuentra. En esto consiste el principio de su dicha (3).»

(3) Vita praesens distinguitur per septem aetates, in quibus omnibus regulat nos Christus per septem beatitudines. Omnes istas quae aliud non sunt quam actus virtuosi, debet quilibet habere simul habitualiter. Licet quaelibet per se adaptari possit uni aetati hominum. Ubi supra.—Esta división setenaria de la vida se relaciona probablemente con la revolución climatérica que se verifica en nosotros, cada siete años, y que se tomaba sériamente en cuenta por los fisiólogos antigüos.

La primera edad es la infancia, que comprende desde el nacimiento hasta los siete años. Las virtudes y los encantos de este periodo de la vida son el cariño, la humildad, el desprendimiento, la sencillez, el candor. El niño que esto tiene, expresa en sí mismo la semejanza con el Dios-niño: marcha hacia el fin para que fue criado; es feliz. Esta es la primera bienaventuranza, y evidentemente la que mejor conviene a la primera edad: Beati pauperes spiritu.

La segunda edad se extiende desde los siete a los catorce años. Practicar la mansedumbre, la obediencia y amabilidad, que junto con el candor y las nacientes gracias ganan los corazones, he ahí el deber propio de esta hermosa parte de la vida. El que lo cumple, representa igualmente la imagen del Verbo encarnado: se encamina a su último fin, es feliz. Esta es la segunda bienaventuranza, y evidentemente la más propia de esta edad: Beati mites.

La tercera edad abraza desde los catorce años a los veintiocho. Este período equivale a dos, a causa del desarrollo físico y moral del hombre. La adolescencia es la edad de los peligros. El mundo que sonríe, las pasiones que se despiertan, los sentidos que hablan, todo se convierte en ocasión de luchas incesantes. Entonces más que nunca necesita el hombre de la mortificación, de la vigilancia, de las santas tristezas de la penitencia, del saludable desagrado del retiro. Si comprende esto y su conducta corre parejas con su creencia, será feliz. Esta es la tercera bienaventuranza: Beati qui lugent.

La cuarta edad comprende desde los veintiocho años hasta los cuarenta y dos. Esta edad en que la juventud se desborda, es ardorosa para los negocios, ávida de dinero, honores y posición social, para cuya obtención no suele ser demasiado delicada en la elección de medios. Por lo cual, oh joven, si quieres evitar la lepra de Giezi y la sed eterna del rico Epulón, trabaja por excitar en ti la sed ardiente y el hambre continua de la justicia. A este precio, y no de otro modo, podrás ser feliz. Es la cuarta bienaventuranza, y se ha hecho para ti: Beati qui essuriunt et sitiunt justitiam.

La quinta edad se extiende desde los cuarenta y dos a los cincuenta y seis años. Es la edad de la virilidad y también en la que comienza la vida a declinar. El hombre ve entonces detrás de sí, la vida que se va; y delante, la eternidad que avanza. En semejante situación, ¿qué es lo más cuerdo que puede hacer? Tener piedad de su propia alma. ¿Qué significa esto? Por una parte, reparar las pérdidas que pecando le ocasionó. Por otra, poner en seguro su fortuna, haciéndola trasportar, por mano de los pobres, al lugar donde ha de vivir eternamente. Obrando así, es feliz con la felicidad propia de esta edad: practica la quinta bienaventuranza: Beati misericordes.

La sexta edad comienza en los cincuenta y seis años y termina en los setenta. Edad de la vejez, que hacen venerable los cabellos blancos y la experiencia; pero que puede y debe hacerse respetar mucho más por las santas costumbres y el buen ejemplo. Como el anciano no sea alguno de esos veteranos del crimen, de quienes habla el profeta Daniel, le es muy fácil evitar las manchas del pecado. Sus sentidos se han debilitado; las rosas de sus mejillas se han convertido en arrugas; el fuego de la concupiscencia ha perdido sus ardores. Saque, pues, partido de esta decadencia del hombre exterior, para embellecer con una conducta sin tacha al hombre interior. Por la inocencia de su vida, que le restituye en parte los encantos de la infancia, se convierte para la juventud en un consejero a quien obedece y un modelo a quien respeta; y para todos los que le rodean, en un centro de atracción que irradia el buen olor de Jesucristo. Es feliz con la bienaventuranza especial, que guarda armonía con su edad, y es la sexta: Beati mundo corde.

La séptima edad comienza a los setenta años y se prolonga hasta el fin de la vida. Es la edad de la decrepitud, la edad de los años que no agradan, como dice la Escritura. La debilitación de los sentidos, la caducidad de los órganos, la necesidad de cuidados desconocidos, las enfermedades, los achaques, el depender de otros, el apartamiento de los amigos y aún de los parientes, el olvido y menosprecio del mundo, el recuerdo pesaroso de lo pasado, las tristes previsiones de lo porvenir, todas estas cosas y muchas más son como otros tantos enemigos que asedian al anciano; y que, a no hacerlo el más desventurado de los hombres, le imponen la necesidad de buscar dentro de sí mismo la paz y tranquilidad que no le podrán robar sus relaciones con todo lo que le rodea. Por esto, la sabiduría infinita le tiene reservada la séptima bienaventuranza: Beati pacifici.

Con el fin de infundir ánimo al pobre anciano en medio de tantos elementos conjurados para acabar con él, Dios añade a continuación: Bienaventurados los que por conformarse a la voluntad de Dios, son perseguidos (1).

5.° ¿De qué manera las beatitudes evangélicas contribuyen al bien de las sociedades? Una vez establecido que las bienaventuranzas son el manantial de la felicidad individual, es consecuencia lógica que procuran el bienestar de las sociedades.

Las sociedades son felices cuando están en el orden; y esto acontece cuando conociendo su último fin, es decir, su felicidad, se encaminan hacia ella con paso seguro. Pero la mayor parte de los hijos de Adán, pueblos e individuos, atraídos por su corrupción nativa, buscan su felicidad en las criaturas. Ese poderoso y ciego atractivo, apartando al hombre de su fin, es el manantial de todos los males por los que la tierra merece cien veces el nombre de valle de lágrimas.

Engañado el género humano por el ángel de las tinieblas, busca la felicidad por tres caminos diferentes, el de los honores, el de las riquezas y el de los placeres. Las tres primeras bienaventuranzas rectifican con autoridad soberana esa funesta tendencia. Bienaventurados los humildes y desprendidos, y los mansos, y los que lloran.

¿Por qué son bienaventurados? Porque están a cubierto de la fascinación general que hace desdichados a los demás. Son bienaventurados, porque no estimando sino en muy poco la posesión de los bienes terrenos, los adquieren sin pasión, los poseen sin inquietud y los pierden sin inútiles pesadumbres. Son bienaventurados, porque cada acto de humildad, de desprendimiento, de mansedumbre y de tristeza cristiana los aproxima a la suprema felicidad. Son bienaventurados, porque tienen en perspectiva los bienes de la eternidad, magnífica recompensa del desprecio con que miraron los bienes del tiempo.

(1) S. Anton., ubi supra.

El desasirse cristianamente de las cosas perecederas, ¿no vale nada para la felicidad del mundo? En esto consisten las tres primeras beatitudes. El segundo paso hacia la felicidad está en las dos siguientes: Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia; bienaventurados los misericordiosos. Las tres primeras bienaventuranzas, despegando al hombre de las criaturas, hacen que se aficione al soberano bien; pues el corazón humano no puede estar vacío. Así es como lo constituyen en el orden relativamente a Dios, es decir, en paz con Dios.

Las dos siguientes le procuran la paz con el prójimo. El hombre está en paz con el prójimo cuando cumple con sus deberes de justicia y de caridad: cumple con ellos perfectamente, cuando, por una parte, sus palabras y sus obras dan testimonio de que está animado, esto es poco, de que lo devora el hambre y la sed de la justicia en todo y para con todos; y cuando, por otra parte, muestra hacia su prójimo y aún hacia sus enemigos una caridad indulgente que excusa las faltas o las intenciones; compasiva, que socorre todas las necesidades; misericordiosa, que perdona las ofensas.

Paz con Dios, paz con el prójimo; he ahí los efectos de las cinco primeras bienaventuranzas. ¿Qué falta para completar, aún en lo temporal, la felicidad del hombre y de la sociedad, sino la paz consigo mismo? Las dos últimas bienaventuranzas la proporcionan: Bienaventurados los limpios de corazón; bienaventurados los pacíficos. Haciéndonos la primera practicar la pureza de corazón por medio de la mortificación, la vigilancia y la oración, mantiene la necesaria subordinación de la carne al espíritu y nos constituye en el orden. La segunda, por medio de la mansedumbre y la paciencia nos hace dar muestras, en nuestras relaciones con la familia y la sociedad, del orden que reina en nuestro interior, y nos da derecho para llamarnos hijos de Dios, que se complace en llamarse a sí mismo Príncipe de la paz, Princeps pacis.

¿Qué os parece? El cristiano que practica las siete bienaventuranzas, o los siete actos beatíficos por excelencia, ¿no es verdad que disfruta de una felicidad mística? Si la Europa actual, si el mundo entero, poseyera esta felicidad que osáis llamar imaginaria, ¿les iría demasiado mal con ella? ¡Insensatos! Los hombres y los gobiernos de hoy afectan creer que las bienaventuranzas evangélicas no valen cosa para el bienestar temporal de las sociedades; cuando precisamente la ausencia de estos elementos, sociales como ningunos otros, es la causa de las revoluciones de que hemos sido, somos y seremos víctimas.

6.° ¿Qué especie de superioridad tienen las bienaventuranzas sobre las virtudes? En el mero hecho de que los dones del Espíritu Santo, como elementos santificadores, son superiores a las virtudes morales, sus operaciones son más perfectas que las de las virtudes. Por esto merecen antonomásticamente el nombre de bienaventuranzas, o actos beatíficos. La virtud hace que el hombre use moderadamente de los honores y riquezas: el don hace que los desprecie. Con este sublime desprecio el cristiano se hace el ser más libre, el más santamente independiente, y por lo tanto, el más feliz que hay en el mundo: Beati pauperes.

La virtud impide al hombre seguir los movimientos de la ira, contrarios a la razón: el don hace más; lo libra de ellos. Secando en el fondo del alma la fuente de la hiel y de la cólera, comunica al cristiano una mansedumbre inalterable que le gana los corazones: Beati mites.

La virtud arregla las afecciones tocantes a la vida temporal: el don adelanta más; las sustituye con la santa tristeza de los desterrados: Beati qui lugent.

La virtud nos hace ejercitar la justicia para con Dios y para con el prójimo: el don le saca gran ventaja; nos hace dar a Dios y al prójimo lo que les debemos, no sólo con exactitud, sino con devoción y con gusto. En lo tocante a la justicia y a nuestras obligaciones de justicia, nos llena, según la frase del Evangelio, de un ardor comparable al que la comida excita en el hambriento y el agua en el sediento: Beati qui esuriunt et sitiunt.

La virtud nos hace ejercitar la caridad corporal y espiritual con los que la razón nos recomienda, como son nuestros amigos y allegados: el don se eleva más alto; ve la necesidad, nada más que la necesidad; la llaga, nada más que la llaga: el andrajo, nada más que el andrajo; y por amor de Dios, da, cura, consuela, sin distinción de propios o extraños, de amigos o enemigos, de griegos o de bárbaros: Beati misericordes.

De estas cinco bienaventuranzas fielmente practicadas, resulta una pureza de afecciones y pensamientos, mucho más perfecta que la que tiene en la simple virtud su origen y sus reglas: Beati mundo corde. Esta pureza, haciéndonos semejantes a Dios, tres veces santo, nos da un derecho particular de llamarnos hijos de Dios: Beati pacifici. «De aquí proviene, dice Santo Tomás, que las dos últimas bienaventuranzas no tanto se presentan como actos meritorios, cuanto como recompensas (1).» Son a la vez el comienzo de la felicidad perfecta y el lazo que une las bienaventuranzas a los frutos, de que hablaremos muy pronto.

Entretanto, este simple bosquejo, que nos hace ver la superioridad de las bienaventuranzas aún sobre las virtudes sobrenaturales, nos ayuda a medir la altura que el cristiano tiene sobre el hombre honrado y sobre el sabio pagano. Y en vista de esto, ¿quién no compadecerá a los pretendidos moralistas del siglo diez y nueve? Caídos de las alturas del orden sobrenatural en que el Bautismo los había colocado, estos soberbios ignorantes, superbus nihil sciens, osan hacer parangón entre la perfección cristiana y la pagana, entre la moral de Sócrates y la moral de Jesucristo. Blasfemos y perjuros, no temen llamar a la primera, la moral de este mundo y de las gentes honradas; y a la segunda, la moral del otro mundo y de los místicos: y luego, so pretexto de que ellos no son vasos de elección, se quedan sin practicar ninguna.

7.º ¿Cuál es el orden jerárquico de las bienaventuranzas? Lo mismo que los dones del Espíritu Santo que las producen, las bienaventuranzas están encadenadas entre sí dentro de un orden jerárquico, por cuyos grados se eleva el cristiano hasta la perfección del ser divino, y por consiguiente, al colmo de la felicidad, como lo haremos ver más adelante. Al presente, tenemos que estudiar dos cosas dignas de la Sabiduría que lo hace todo con número, peso y medida. La primera es, la relación que existe entre cada bienaventuranza y su recompensa; la segunda, la graduación de la misma recompensa.

La recompensa. El cielo o la felicidad perfecta es indudablemente la recompensa común de todas las bienaventuranzas; pero esta recompensa se presenta bajo diferentes aspectos en armonía con el género particular de mérito que alcanza cada una de las bienaventuranzas. Si, pues, es una verdad que el pecador es castigado en aquello mismo en que pecó, es igualmente verdad que el justo recibe recompensa en lo mismo en que mereció. ¿Qué cosa más a propósito que esta divina ecuación, para excitar nuestro celo y sostener nuestro aliento en los diferentes senderos que conducen a la felicidad?

Así, para los que se hacen pequeños y pobres, el cielo es el poder, la opulencia, la gloria: Regnum caelorum.

Para los que se distinguen por su mansedumbre, el cielo es el imperio de los corazones en la tierra de los vivos: Possidebunt terram.

Para los que lloran, el cielo es el consuelo y la alegría sin alteración y sin fin: Consolabuntur.

Para los que tienen hambre de justicia, el cielo es la hartura perfecta: Saturabuntur.

Para los misericordiosos, el cielo es la misericordia con sus ternuras inefables: Misericordiam consequentur.

Para los limpios de corazón, el cielo es la visión clara de Dios en todo el esplendor de su hermosura y en toda la magnificencia de sus obras: Deum videbunt.

Para los pacíficos, el cielo es el nombre glorioso y el privilegio incomparable de hijos de Dios: Filii Dei vocabuntur.

A esta bella armonía hay que agregar otra, que es la graduación en la recompensa. Para comprenderla, basta con un poco de atención. La primera recompensa es tener el cielo. Esta es la felicidad común de todos los santos; mas no igual para todos; pues en la bienaventuranza hay muchas gradas, como en la casa del Padre celestial hay muchas moradas.

La segunda es poseerlo. Poseer el cielo significa más que tenerlo. Hay muchas cosas que se pueden tener sin poseerlas de una manera tranquila y permanente.

La tercera es tener consuelo. Estar contento con la posesión del cielo es más que tenerlo y poseerlo. ¡Cuántas cosas hay que son agradables y no se poseen sin dolores!

La cuarta es saciarse. Lo cual es más que estar contento. La hartura supone la abundancia del consuelo, y el reposo en la alegría.

La quinta es ser objeto de la misericordia. La dicha celestial no se medirá, ni por nuestros méritos, ni siquiera por nuestros deseos, sino por las riquezas infinitas de la infinita misericordia. ¿Quién podrá comprender lo que este favor divino añade a todos los otros?

La sexta es ver a Dios. Esta nueva felicidad sobrepuja a todas las precedentes. Ver a Dios es más que todo lo dicho y significa una dignidad más alta. Ver al Rey con intimidad y cuando se quiere, es más que habitar en su palacio y que disfrutar de sus beneficios.

La séptima es ser hijo de Dios. Ya no hay nada que sea más que ésta. En la corte de los reyes el grado más alto es el de sus hijos, herederos del trono.

De esta manera, conducir al hombre de grado en grado hasta la dignidad suprema de hijo de Dios, de hermano y coheredero del Verbo encarnado, es la última palabra de todas las bienaventuranzas y de todas las operaciones del Espíritu Santo (l).

Cuando se ha completado el misterioso trabajo de deificación, el Espíritu de amor le envía al justo el sueño de la muerte. Al despertar de él al otro lado de la tumba, encuentra, el justo todas las bienaventuranzas que ha practicado, reunidas, inmortalizadas y magníficamente engrandecidas en una sola, el cielo, la bienaventuranza por excelencia.

Tales son los grados de la escala, por donde subimos desde el fondo de este valle de lágrimas hasta la cima de la montaña de la verdadera y eterna felicidad. «El Espíritu Santo, dice San Agustín, al descender sobre el Dios-hombre, comienza por la sabiduría y acaba por el temor, para humillarse hasta nosotros. Pero cuando desciende sobre el hombre, destinado a la deificación, comienza por el temor, a fin de elevarlo hasta el Verbo encarnado que es la Sabiduría eterna. Tengamos, pues, a la vista estas gloriosas ascensiones, apresurémonos a subir los escalones que nos conducen a Nuestro Señor y Padre. Llevemos valientemente la carga, de la vida. Crucemos a paso firme y con la vista fija en nuestro último fin, entre las seducciones y tribulaciones pasajeras del tiempo: en el término de nuestro viaje nos espera la paz que no se altera nunca, ni se ha de acabar jamás. A esto nos exhorta la octava bienaventuranza como conclusión de todas las demás: Bienaventurados los que padecen persecución; porque de ellos es el reino de los cielos (1).

CAPÍTULO XXXV. (CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR.)

Sumario.—Relaciones entre los dones y las bienaventuranzas.— Éstas son los dones en acción.—Cada bienaventuranza se traduce en un don.—Importancia de este estudio para estimar la riqueza y apreciar la necesidad de las bienaventuranzas y los dones.—El don de temor en acción; primera bienaventuranza: ejemplo.—El don de piedad en acción; segunda bienaventuranza; ejemplo.—El don de ciencia en acción; tercera bienaventuranza; ejemplo.—El don de fortaleza en acción; cuarta bienaventuranza: ejemplo.

8.° ¿Cuáles son las relaciones de las bienaventuranzas con los dones del Espíritu Santo? Ya lo hemos indicado: son las mismas que existen entre el efecto y la causa, entre el fruto y el árbol que lo produce. Las bienaventuranzas son los dones del Espíritu Santo en acción. Pero lo que llevamos dicho no nos parece bastante para que se comprendan la belleza, el encadenamiento y la necesidad de estos elementos santificantes, y por consiguiente que beatifican al hombre y la creación. Hoy en especial, las verdades católicas no se conocen bien, ni se aman, ni se admiran, sino cuando toman cuerpo, digámoslo así, palpable a nuestras manos y visible a nuestros ojos. Así es como nada hay que haga apreciar mejor la caridad católica en el mundo entero, que la hija de San Vicente de Paul. Lo mismo puede decirse de los dones del Espíritu Santo y de las bienaventuranzas; por esto vamos a presentar unos y otras viviendo y obrando en los cristianos en quienes se personifican.

A fin de poner de manifiesto que el Espíritu del Cenáculo continua en la Iglesia, escogeremos nuestros ejemplos en los anales contemporáneos del catolicismo, haciendo una excepción en favor de San Francisco de Asís, cuya vida debiera ser el manual de nuestra época. El primer don del Espíritu Santo se traduce por la primera bienaventuranza, y da lugar a actos admirables de humildad, de arrepentimiento y horror del pecado.

«En un día crudo de invierno y de mucho frío, se dirigía San Francisco de Asís, de Perusa a Santa María de los Ángeles. Conforme iban andando, dijo a Fray León, su compañero de viaje: Hermano León, ovejita de Dios, si los frailes menores hablasen la lengua de los ángeles, y conocieran el curso de los astros y la virtud de las plantas y los secretos de la tierra, y la naturaleza de las aves, de los peces, de los hombres y de todos los animales, de los árboles, las piedras y el agua, tenga por muy cierto que no por eso disfrutarían de la perfecta alegría.»

«Y un poco más adelante: Oh, hermano León, aunque los frailes menores convirtieran con su predicación a todos los pueblos infieles, fíjese bien en ello, no por esto tendrían motivo para estar completamente alegres. Y continuó hablando así por espacio de algunas millas.»

«Al fin, lleno de asombro Fr. León, preguntó al santo: Pido por Dios a vuestra Paternidad, que me diga en qué consiste la perfecta alegría. San Francisco respondió: Cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, bien mojados y cubiertos de lodo, transidos de frío y muertos de hambre, si llamando nosotros a la puerta, el portero nos dice: ¿Quién es? nosotros responderemos: Somos dos hermanos vuestros. Si él entonces replicara: Mentira; sois dos vagos que andáis por el mundo quitando las limosnas a los verdaderos pobres; ¡fuera de aquí! y no quisiera abrirnos y nos dejara fuera toda la noche a la intemperie, expuestos a la nieve y al frío y muriéndonos de hambre; si nosotros sufrimos este tratamiento con paciencia, sin turbarnos ni murmurar; y si además pensamos humildemente y con caridad, que el portero nos conoce bien por lo que somos, y que por permisión de Dios habla así contra nosotros, créame, hermano, en esto consiste el verdadero contentamiento.»

«Y si continuamos llamando, y encolerizado el portero nos echara como holgazanes importunos y nos colmara de injurias y nos diera de bofetadas; y nos dijera: Marcháos de aquí, miserables, ladronzuelos; id al hospital, no hay aquí para vosotros nada que comer; si nosotros soportásemos este mal tratamiento con gozo y con amor, oh hermano León, no tenga duda, en esto consiste la alegría perfecta.»

«Si, finalmente, en aquel apuro el hambre, la sed y el rigor de la noche nos precisaran a instar con lágrimas y lamentos para que nos dejaran entrar en el convento, e irritado entonces el portero saliera con un palo, y nos agarrara de la capucha, y nos tirara a la nieve, y nos magullara a palos hasta dejarnos cubiertos de heridas; si nosotros sufriésemos todas estas cosas con alegría, pensando que debemos participar de las humillaciones de Nuestro Señor Jesucristo bendito.. hermano León, créalo firmemente, en esto se encuentra realmente la alegría verdadera. Y ahora, hermano, escuche la conclusión. Entre todos los dones del Espíritu Santo, el más considerable es el de vencerse a sí mismo y sufrir con gusto por amor de Jesucristo las penas, las injurias y los oprobios (1).»

Ante el espectáculo de tan admirable humildad, no resta sino levantar los ojos al cielo y repetir las palabras de la eterna Sabiduría: «Gracias te doy, oh Padre mío, que ocultaste estas cosas a los sabios y a los prudentes, y las revelaste a los pequeñuelos.»

(l) Florecillas, cap. VIII.

Veamos ahora el don de temor con relación al pecado. No hay una madre que sienta tanto dolor por la muerte de su hijo, como el alma inspirada por el don de temor siente sus faltas más pequeñas. El P. Alfonso Rodríguez estaba lleno de este don divino. Cada vez que pasaba por cierta parte de su casa, se ponía de rodillas, pedía perdón a Dios llorando, se inculpaba a sí mismo y se mesaba los cabellos, y esto por espacio de muchos años. ¿Había, tal vez, cometido en aquel sitio algún pecado enorme? No por cierto: se había permitido cierta ligereza en el mirar, con la cual creía haber ofendido a Dios (l).

El mismo Espíritu de temor, que inspira el arrepentimiento del pecado cometido, hace también que se le tenga horror antes de cometerlo. En 1841, un mandarín hizo prender a varios cristianos y los compelía a apostatar; pero la firmeza con que le respondían le persuadió de que no podría lograr su intento. Encadenarlos a todos era hacer más ruido y más víctimas de lo que él quería. No sabiendo en su despecho qué partido tomar, se limitó a describir con su bastón un círculo alrededor de una joven que tenía de rodillas delante de sí; pues es costumbre de los chinos estar de hinojos ante el juez que los interroga. «Si sales de este círculo, le dijo, es prueba de que has apostatado.» Y se retiró.

Todos se fueron marchando del pretorio, excepto la joven, a quien el temor de abjurar de su fe retenía de rodillas e inmóvil en el estrecho espacio donde la vara del mandarín acababa de encerrarla. El secretario de este magistrado, curioso de saber qué partido habría tomado la inocente cautiva, volvió sobre sus pasos, y encontrándola en el mismo sitio y actitud, la invitó a levantarse y salir.—«No, dijo ella, antes me moriré de hambre, que dar un paso.—Mira que el mandarín no lo ha dicho en serio.—No importa, yo he oído sus palabras y no conozco sus intenciones. Insistió largo rato el secretario, y no pudo obtener otra respuesta. Entonces, él mismo borró la raya que su amo había trazado, y sacó de allí a la valerosa doncella (2).»

Citemos un postrer rasgo que nos hará ver al Espíritu de temor de Dios y al Espíritu contrario disputándose una alma en una lucha terrible. Durante el año de 1840, TrinhQuang-Kanh, gobernador del Tong-Kin, hizo prender a un catequista llamado Toan, de setenta y cuatro años de edad, Sometido a los más atroces suplicios, el desventurado viejo tuvo la debilidad de apostatar. Algunos días después, el gobernador lo hizo volver al pretorio con otros renegados, y les dijo a todos: «Supuesto que habéis dado oídos a la razón, el rey os perdona y yo también.—«Dénte otros las gracias, respondió el anciano arrepentido, que yo deploro mi culpa y me quedo preso para expiarla.»

Montado en cólera el tirano al oír estas palabras, vomitó mil injurias y descargó un fuerte bastonazo sobre el anciano. Como, en medio de esto, no parecía quebrantada la fortaleza del mártir, mandó a los soldados que lo encerraran en una horrible cloaca y lo obligaran, sin reparar en los medios, a desdecirse de su retractación. Dos días después, lo volvió a llamar a su tribunal. «¿Estás ahora, le dijo, dispuesto a pisar la cruz?—No, mandarín, demasiado es ya haber ultrajado una vez a mi Redentor.—Escucha: tu menosprecias mis ordenes; tal vez atenderás mejor los consejos de los que han participado de tus errores, y así te abandono a su celo. Si te reducen a mejores sentimientos, los perdonaré a ellos y a ti también; cuando no, subiréis todos al cadalso.»

Los renegados no tardaron en asociarse con excesivo ardor a las miras del tirano, ingeniándose por acabar con la paciencia de su víctima. Los unos le colmaban de maldiciones; los otros le escupían en la cara. A todos los hacía elocuentes la propia cobardía y con gran calor le persuadían a obedecer al mandarín, ya que no por conservar su vida, a lo menos para librar del suplicio a tantos padres de familia como eran ellos, cuya suerte él con su obstinación comprometía. A tan terrible prueba estuvo expuesto el anciano por espacio de cuatro días. Llegado el quinto, cuando ya le habían medio vencido, el gobernador lo hizo presentar a su tribunal y le dio tormento tan violento, que el infeliz sucumbió por segunda vez.

Su recaída fue acogida con grandes risotadas del mandarín y los circunstantes. «Anda a descansar, le dijo, para que recobres tus fuerzas y vuelvas a disfrutar de tu libertad.» Entonces los soldados le daban la enhorabuena; pero los remordimientos de la conciencia lo hacían sordo a todos los elogios y parabienes. Pasó aquella noche entre lágrimas y sollozos con síntomas de la desesperación. Felizmente se encontraba en la misma cárcel un sacerdote, que después alcanzó la palma del martirio. El pobre anciano todo cubierto de heridas, se arrojó a sus pies y con gemidos inconsolables le confesó su última caída, levantándose doblemente fortalecido por la palabra del presbítero y la virtud sobrenatural del sacramento.

Al siguiente día, el gobernador lo hizo comparecer para asegurarse de la sinceridad de la apostasía mediante nuevas profanaciones.—«Ni los tormentos ni la muerte me harán abjurar otra vez la fe, dijo al perseguidor. Confío de haber recobrado por el arrepentimiento la gracia de mi Dios; tiempo es ya de que le sea fiel.»

Y así fue, que lo atormentaron sañudamente y sin limitación alguna. Derribado en tierra, lo molieron a palos: atado de pies y manos, lo arrastraron al tribunal aporreándolo sin cesar; le echaron una canga con hierros; lo metieron en un calabozo, lo sacaron después para exponerlo a los rigores de un sol abrasador; luego lo desnudaron y lo ataron a una columna con un crucifijo a cada pie. Haciéndole extender los brazos en forma de cruz, se los sujetaron a los dos extremos de la canga atravesada sobre las espaldas, y así lo dejaron cinco días y cinco noches en tan horrible posición. Mientras duró este suplicio, los soldados le insultaban, escupíanle en la cara y le daban de bofetadas y le arrancaban las barbas. En fin, volvieron a la prisión al infeliz anciano, medio muerto y como paralítico de todos sus miembros. El mandarín ordenó que lo hicieran morir de hambre.

La agonía duró algunos días. Cuando entraba a verle alguna persona, aprovechaba la ocasión para humillarse declarando sus pecados: «Me extravié, decía, tuve la debilidad de imitar la apostasía de los principales de mi pueblo; mas al presente me he vuelto sinceramente a Dios y quiero morir por su amor. Os conjuro a que pidáis a Cristo por mí.» Sintiendo que se acercaba su fin, legó sus ropas a un sargento que le había dado algunos pedazos de pan; le prometió, conforme este soldado se lo pedía, que se acordaría de él en el paraíso; cayó desfallecido, aplicó a la boca los dedos como para chupárselos según era mucha la sed que padecía, y algunos instantes después espiró, victorioso felizmente en el último combate (1).

Tales son los efectos del don de temor de Dios y los vestigios que los santos nos han dejado de su viaje a la patria celestial: Haec sunt vestigia quae sancti nobis reliquerunt in patriam revertentes.

Detrás del don de temor de Dios viene el de piedad; el cual, como principio que es de amor filial, se traduce en la segunda bienaventuranza cuyos actos respiran ternura y respeto a Dios y a todo lo que le está consagrado; así como al prójimo y a todo lo que le pertenece en el orden espiritual o temporal. Veámosle, pues, manifestarse en los neófitos de ultramar.

«Todo el tiempo que pasamos en Walis, escribe un misionero, fue una fiesta continua para nosotros y para los naturales. Mes y medio permanecimos allí. ¡Cuánto se edifica uno y se confunde, al ver la piedad de estos buenos isleños! A cualquier hora del día o de la noche hay seguridad de encontrar adoradores ante el Santísimo Sacramento. Todas las mañanas hay oración en común y gran concurso a la Misa, durante la cual no cesa el canto de los himnos. Al hacerse de noche, o como dicen ellos, cuando la cigarra ha cantado, se acude otra vez al pie de los altares para la oración de la tarde; la cual concluida, se retiran los fieles a sus casas.

«Pero apenas se ha reunido la familia, comienza en todas las casas, sin excepción, el rezo del rosario seguido del canto de los himnos y de la repetición del catecismo. No se oye en aquella hora en toda la isla más que un concierto de alabanzas divinas, durante el cual es imposible no sentirse conmovido y enternecerse hasta derramar lágrimas (2).»

(1) Annales de la Propag. &., n. 85, p. 429. (2) Annales de la Propag. &., n. 120, p. 346, an. 1848.

Algunos años antes, el viajero que perdido en los mares hubiese aportado a esta isla, no habría oído a la hora mencionada, sino el vociferar de los antropófagos al volver de sus horribles festines.

El amor filial de los nuevos cristianos a Jesucristo sacramentado, se manifiesta espléndidamente cuando su Divina Majestad sale a la calle. «¡Cómo os habríais edificado, escribe el misionero de Futuna, cuando en esta naciente cristiandad se llevó por vez primera el sagrado Viático a un enfermo! Mientras el sacerdote marchaba a la sombra de plátanos, cocos y árboles del pan, los piadosos neófitos dejaban sus casas y venían con profundo respeto y recogimiento ejemplar a colocarse arrodillados al paso del Santísimo Sacramento (1).»

Igual piedad manifiestan hacia todo lo que pertenece a la religión.

«La afluencia al tribunal de la penitencia es tal, que desde el niño que comienza a balbucear hasta el anciano encorvado hacia el sepulcro, todos tienen anhelo de confesarse... Tienen tan gran respeto al tribunal de la penitencia, que un día vino llorando un padre de familia, a preguntarme si habría pecado gravemente una hija suya que había tenido la curiosidad de abrir un confesonario que había en el valle (2).»

El cristiano que ama a Dios, ama la casa de Dios, como un hijo ama la casa de su padre. A este amor filial debió la antigua Europa esos edificios magníficos que la cubrían como con un manto de gloria. Este mismo amor hace prodigios entre los pueblos nuevamente convertidos. «El trabajo principal, escribe el apóstol de Mangareva, el que pone en movimiento a toda la población, es la construcción de una iglesia. Como esta isla no tiene piedra, la mayor parte de las cabezas de familia se ocupan, hace ya bastante tiempo, en explotar los islotes de roca que distan unas cinco leguas de mar.

«Una vez traídas las piedras a la orilla, las van volcando a brazo hasta ponerlas al pie de la obra. Los jóvenes se disputan las espuertas para arrimar los materiales, y se ha dispuesto que se releven por tandas semanalmente. Unos van a pescar coral para hacer cal; otros traen la arena necesaria que dista media legua. Las mismas mujeres interrumpen sus tareas habituales para buscar en el monte la caña para que arda la calera. Además, de los filamentos del coco hacen, con ayuda de sus hijos pequeños, las cuerdas que los operarios necesitan.

«El rey ha hecho un llamamiento a la generosidad de su pueblo. Hacían falta muchas vigas y demás madera de carpintería, y estas islas apenas producen más que el árbol del pan, vegetal precioso que proporciona el alimento a la población. Sin embargo, no hubo nadie que no se prestara a darlo en mayor cantidad que se quería recibir.

«Si a este le decíamos: No, que tu tienes pocos, y a aquel otro: Tu árbol es demasiado hermoso, es lástima cortarlo, no lo consentiremos.—¿Qué importa, respondían, cortémoslo, que es para Dios. ¿No es el Señor quien nos los ha dado? ¿No nos dará otros? Hemos tenido necesidad de mucho cuidado para que la generosidad de estos buenos y amables cristianos no les trajera perjuicio. No podréis formaros una idea del ardor con que prosiguen su empresa. El rey y los principales mantienen a sus expensas a todos nuestros trabajadores. Los pescadores se han comprometido a proveer gratuitamente de pescado a los operarios por todo el tiempo que estén ocupados en el que llaman trabajo del Señor (1).»

(1) Annales de la Propag., &., n. 82, p. 216, an. 1842,

«El que es de Dios, decía el Salvador del mundo, oye las palabras de Dios. Por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios (2).» Amar la palabra de Dios, escrita o hablada, es pues un nuevo efecto del don de piedad. Para que nos sirva de estímulo y de confusión, admirémoslo en los nuevos cristianos. «Lo que entre los habitantes de Walis, continúan los Anales, nos anima al cumplimiento de nuestro deber, es lo muy ávidos que son de la palabra de Dios. Además de las instrucciones de los misioneros, hay en cada pueblo y en cada caserío catequesis de hombres, de mujeres y de niños, Los más adelantados enseñan a los menos instruidos; todos confiesan y comulgan mensualmente poco más o menos. En todas partes se reza al anochecer el rosario, seguido de un canto a la Santísima Virgen (1).»

(2) Joan, VIII, 47.

Igual fervor se observa entre los hielos de la América Septentrional. Nuestros salvajes no podían mostrar mayor avidez de la palabra de Dios. Especialmente los catecúmenos se distinguían por su celo en instruirse para apresurar el feliz momento en que por el Bautismo serían admitidos en el número de los fieles. Más de seis horas al día los teníamos en la iglesia, y la mayor parte de este tiempo se destinaba al catecismo y a las instrucciones familiares a que asistía toda la gente. Lejos de cansarse de estos ejercicios, apenas habían salido de la capilla, se reunían otra vez en diferentes grupos y procuraban fijar más y más las ideas que les habíamos expuesto, y esto por espacio de dos o más horas y, a veces, hasta bien entrada la noche. Si les ocurría alguna duda, venían a consultar a los misioneros; y entonces, ni que estuviéramos acostados o en pie, durmiendo o trabajando, no había más que darles audiencia y responder a sus preguntas (2).»

Continuando el Verbo encarnado sus divinas enseñanzas, decía a sus apóstoles y sacerdotes: «Quien a vosotros oye, a mí me oye: y quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia.— El que a vosotros recibe, a mí recibe: y el que a mí recibe, recibe a aquél que me envió (3).» Esta palabra sobrevive a todos los siglos. El sacerdote ha sido, es y será siempre objeto de veneración y ternura filial para los verdaderos cristianos. Acerca de lo cual, dos hechos, entre mil, representan toda la tradición.

Vivía en Nápoles en el siglo diez y seis la venerable Úrsula Benincasa, fundadora de los teatinos e inspirada institutora del Escapulario de la Inmaculada Concepción. Desde su más tierna edad esta niña de bendición tenía tal respeto a los sacerdotes, que al verlos se ponía de rodillas, les abrazaba los pies, se hacía bendecir de ellos y besaba hasta las huellas de sus pasos. Su presencia le causaba tanta alegría, que frecuentemente se ponía a la ventana sólo por verlos pasar. Tan pronto como los columbraba, se inclinaba profundamente y daba todas las señales de la más afectuosa veneración, como si se tratara de la persona misma de Jesucristo.

Más adelante, decía sencillamente a su confesor: «Cuando yo era pequeñita, tenía impaciencia de que llegaran los días festivos, por dos razones: la primera, porque no trabajando, podía vacar más libremente a mis ejercicios de piedad; la segunda, porque podía estarme en la ventana a mi gusto y ver pasar por la calle a los sacerdotes, a quienes miraba yo como ángeles del cielo en tanto que la vista de los demás hombres me causaba gran desagrado.» Hacía tanta estima de los sacerdotes, que añadía: «Aunque yo viera con mis propios ojos a un sacerdote caer en alguna falta, antes que creerla, creería que mis ojos me engañaban (1).»

Oigamos ahora a un apóstol de las islas Gambier: «Estaba yo un día sentado en una peña en lo hondo de un ancho valle, ocupado en instruir algunas personas de edad algo avanzada. Advirtieron algunos isleños que hacía ya mucho rato que estaba yo allí, y formaron juicio de que debía tener hambre; por lo cual enviaron de prisa un muchacho a que cogiera un coco. Era el muchacho de poca edad y los cocos muy altos. Imaginad un madero completamente recto en cuya parte más alta se abre en forma de quitasol un gran ramillete de hojas de quince pies de longitud. Los buenos salvajes me dirigieron la palabra diciendo:

«Ruega, padre, ruega por que el niño no caiga y se mate. Cuando el coco estuvo preparado, me lo presentaron diciendo: Padre, en donde quiera que te encuentres, si tienes hambre, di: Tengo hambre, y nosotros te daremos de comer...

«Me es imposible dar una idea del respeto que nos tienen y de las atenciones que nos prodigan. A la menor palabra que digamos, todos se afanan por complacernos. Si tenemos necesidad de ir de una isla a otra, los remeros están siempre dispuestos a conducirnos. Si les hacemos reparar que el viaje tendrá que durar algunos días y que tememos serles molestos: No, no, responden, habla padre, habla y ejecutaremos. Esta deferencia por parte de nuestros neófitos, es el efecto natural del amor filial con que corresponden al amor verdaderamente de padres que nosotros sentimos hacia ellos (1).

Estas demostraciones no son pura fórmula. Mirando con razón al misionero como su padre y mejor amigo, los nuevos cristianos saben, cuando hay necesidad, imponerse en favor de él los mayores sacrificios. «Dos misioneros del Tong-Kin se encontraban reunidos en una casa; llegó ésto a oídos de sus perseguidores. Al punto se presenta la autoridad local, seguida de tres satélites armados de palos. ¿Quién sois? preguntó al padre Lac, que fue el primero a quien encontró, ¿sin duda sois un maestro de religión? Y sin aguardar respuesta: ¿Dónde está el jefe de los cristianos? dijo entrando en el presbiterio para arrestar al padre Thi. Se exhortaba a Andrés Lac a que huyese; pero el santo misionero, inmóvil y resignado, se contentó con responder: ¡Cúmplase la voluntad de Dios! Si quieren prenderme, será ésta la segunda vez que soy cautivo por Jesucristo.

«El jefe mandó a los dos confesores entrar en su barca y se los llevó a su morada. Algunos cristianos iban detrás, suplicándole que soltara a sus inocentes prisioneros.—Consiento en ello, les dijo, con tal que me traigáis seis barras de plata. Al momento, los buenos neófitos regresan a sus casas, vacían sus bolsas, piden prestado a sus vecinos y vuelven con todo lo que pudieron recoger, que consistía en sesenta objetos de su uso, a más de tres grandes marmitas, lo cual valía casi las dos terceras partes de la suma exigida.—Ved todo lo que poseemos, exclaman, depositando su tesoro a los pies del jefe: devolvednos por lo menos al padre Lao. Les devolvió los dos, y nuestros cristianos se retiraron muy gozosos por haber salvado a sus pastores, a costa de su fortuna (1).»

El Espíritu de piedad, hemos dicho, hace que el corazón se dilate en efusiones de caridad para con el prójimo. Ágapes, cuidado de los pobres y enfermos, advertencias caritativas, todas las maravillas que obraba entre los primeros cristianos, las renueva entre los idólatras nuevamente convertidos. Pasemos en silencio todas las obras de misericordia corporal, para citar un rasgo de misericordia espiritual. La persecución se ensañaba en el Tong-kin. Un anciano de sesenta y nueve años fue reducido a prisión con gran número de cristianos. Entre estos últimos se hallaba su yerno, joven que estaba en la flor de su edad. Este buen anciano que temblaba algunas veces a vista de la muerte, debió su invencible valor a las exhortaciones del yerno.

«Padre mío, le decía este, considerad la edad que tenéis. Dos géneros de muerte se ofrecen a vuestra vista; la una natural, cuyas consecuencias son dudosas; la otra impuesta por los perseguidores, con la eterna felicidad por recompensa. ¿Cómo vacilar en una elección, donde es tan fácil de conocer el mejor partido? Si fuera permitido lamentarse por la vida en estas circunstancias, estuviera bien esto en mí que soy joven y vigoroso; y sin embargo, veis que la abandono alegremente por Dios. Dejo a mi esposa en la flor de su edad con cuatro niños que no pueden ganarse el sustento; pero Dios que me los ha dado, sabrá proveer a sus necesidades. ¿Os espanta el dolor que han de producir los varazos? No temáis nada de esto, padre mío; yo recibiré en vuestro lugar todos los que los mandarines os impongan; estemos, pues, animosos y contentos.

«Cuando los jueces ordenaron los azotes, el admirable joven se tendió en tierra para recibir desde luego los que le tocaban; y cuando se preparaban a varear a su padre, se levantó ensangrentado y dijo a los mandarines: Mi padre es anciano y débil; yo os ruego que tengáis piedad de él y permitáis que sea yo azotado en su lugar. Entonces se tendió de nuevo ante los mandarines y sufrió con heroico valor una segunda flagelación.

«Al mismo tiempo que el futuro mártir animaba a su suegro, recibía él mismo de parte de los suyos excitaciones de valor y muy dulces consuelos. Fue a verlo muchas veces su esposa, llevando al pecho al más pequeño de sus hijos, y le exhortaba a no pasar pena por ella y a que estuviese tranquilo por la suerte de sus cuatro hijitos; añadiéndole, que aun cuando se quedase sola, esperaba con la gracia de Dios, poder criarlos y educarlos. Verdaderamente esta mujer fuerte mostró ser digna esposa de un mártir, y su hija ser digna de tal madre. Esta niña, de once años, se escapó furtivamente un día de la casa paterna para ir a ver al santo confesor en su prisión. Anduvo sola media jornada de camino, atravesó sin temor por entre soldados y guardias, y penetró hasta donde se hallaba su padre, al que animó a morir antes que pisar la cruz. Algunos días después los valerosos atletas recibieron la corona del martirio (1).»

En orden ascendente, el tercer don del Espíritu Santo es el de ciencia. Éste nos enseña a hacer la mayor estima de nuestra alma y de la del prójimo. ¿De qué sirve al hombre ganar todo el mundo, si llega a perder su alma? Esta verdad capital se confirma por los actos de la bienaventuranza. Los siglos cristianos han producido en un solo día mas afirmaciones heroicas de este género, que el mundo pagano en dos o tres mil años. Lo que se verificó, verificándose continua.

«En Francia, escribe un misionero de la China, causaría más que asombro el ver a pobres enfermos, a quienes no quedan más de dos o tres días de vida, venir embarcados desde quince, veinte, treinta leguas, para recibir los últimos sacramentos. Pero aquí esto es lo ordinario. En un solo día me trajeron nueve de diferentes lugares a la misma capilla, la cual quedó convertirla en un verdadero hospital. Los confesé, les di la Comunión y a la mayor parte de ellos la Extremaunción, enviándoles a todos llenos de consuelo y quedándome tan contento como nuestros buenos neófitos. ¿Qué dirían de esta piadosa costumbre los cristianos indiferentes de Europa, mucho más si se añade que estos heroicos fieles mueren con bastante frecuencia en sus barcas a mitad de camino? «Sucedió, ha pocos días, un hecho curioso que os hará admirar más y más la fe de nuestros cristianos. Había sido yo llamado por un enfermo que se hallaba en uno de los extremos de mi distrito. Después de la misa, vi entrar dos mensajeros que me suplicaron fuera a visitar a otro enfermo de una cristiandad que distaba diez leguas: al punto me puse en marcha con ellos. Yendo de camino, encontramos una barca en la cual iban algunos fieles que me traían otro enfermo. Como no reconociesen al barquero que me conducía, continuaron dirigiéndose hacia la parroquia que yo acababa de dejar, en tanto que iba a otra vecina a la suya. Estas pobres gentes, después de haber remado todo el día, llegan, por fin, de noche y muy cansados. No encuentran al misionero: ¿qué harán? Vuelven a ponerse en camino, esperando reunirse conmigo antes de mi vuelta; nuevo chasco; yo me había internado más, después de haber celebrado la santa misa; por fin, nuestras barcas se encontraron, y esta vez se conocieron unos a otros los barqueros.

«El enfermo me causó más lastima que sus acompañantes. No pudiendo volver atrás, le ofrecí confesarlo en su miserable barca y administrarle después la Extremaunción. Pero este valeroso hombre me contestó que hacía mucho tiempo que no había tenido la dicha de comulgar, y que puesto que estaba conmigo, no me abandonaría antes de ser fortalecido con todos los sacramentos. Tuvo, pues, que volver a nuestra capilla y hacer conmigo un viaje de ocho leguas (1).»

En el mismo grado de estima que la nuestra, pone el don de ciencia el alma de nuestros prójimos; sobre todo de aquéllos que nos están unidos por los lazos de la sangre. En tanto que hoy entre los cristianos degenerados de la vieja Europa, el matrimonio no parece ser para los esposos más que una escuela de recíproco escándalo, una sociedad para condenarse mutuamente; entre los fieles nuevamente convertidos, el gran cuidado del marido es la salvación de su mujer, y recíprocamente. Gracias al Espíritu de ciencia, comprenden cuán miserable es la unión por algunos días, unión que la muerte deberá romper para siempre o hacer eternamente desgraciada.

«En el año de 1840, fue encarcelado en el Tong-kin occidental un virtuoso padre de familia, llamado Martin Tho. A contar desde el día de su arresto, no pareció preocuparse más que de su sacrificio, bien que dejaba una esposa y ocho hijos. Esta admirable familia animada toda del espíritu de su jefe, lejos de procurar abatir su valor, hacía votos por que permaneciese fiel.

«Cuatro o cinco días después que los hubieron arrebatado al padre, pidieron permiso los hijos a su madre para ir a verlo a la prisión.—Hijos míos, les dijo ella, vuestro padre está sobre el campo de batalla y no se sabe todavía si será bastante dichoso para confesar el Evangelio. La sola idea de los tormentos que se le preparan, es ya una buena prueba sin que vayáis vosotros a aumentársela. Si vais a visitarlo, puede ser que la vista de sus hijos y el recuerdo de su casa le causen una emoción funesta para su fe; puede ser que su ternura hacia vosotros le haga olvidar la gloria que le espera. Sin embargo, si alguno de vosotros quiere penetrar en su prisión, yo no me opongo a ello, con tal que vaya antes a consultarlo con el catequista del gran padre Doan; si él accede a vuestra demanda, la confirmo; si la encuentra imprudente, no vayáis.»

«Pero cuando se supo que el santo confesor había triunfado de todos los tormentos, la buena madre dijo entonces a sus hijos: vuestro padre ha confesado gloriosamente, por la gracia de Dios, el nombre del Señor; así, marchad a verlo, consoladlo en sus penas y animadlo a padecer por el amor de Dios. Al momento parten los dos hijos mayores, un hijo y una hija; el héroe cristiano los estrecha entre sus brazos y les dice: Hijos míos, vuestro padre va a morir muy pronto. La última recomendación que os hago y que vosotros haréis en mi nombre a todos vuestros hermanos, es que os acordéis de que no tenéis más que una alma; pedid a Dios que os de la gracia de permanecer fieles a vuestra religión; sobre todo, conservaos puros del contagio del mundo (1).»

La fortaleza es el cuarto don del Espíritu Santo; obrar y sufrir son sus dos objetos. Se manifiesta por la cuarta bienaventuranza, es decir, por actos de firmísimo amor para hacer que reine la justicia, expulsar a Satanás de los dominios que ha usurpado, y establecer el reinado del Verbo encarnado, ya en nosotros mismos, ya en los demás. Como ejemplo de empresa heroica, no sé que haya nada que pueda compararse a la manera como penetró uno de nuestros misioneros en la Corea, península que es casi una isla.

Hacía muchos años, que el sacerdote Maistre intentaba en vano entrar por mar o por tierra en este país idólatra. Desahuciado enteramente, no por esto se desanimó, sino que concibió el audaz proyecto de hacerse arrojar en la costa con un anciano guía, y esperar del cielo el éxito de su generoso deseo. Pero era más fácil concebir este plan, que ejecutarlo. A falta de junco o navío, se necesitaba una barca y no la había; un piloto y no se encontraba. Solicitó con instancia a hombres que se tenían por intrépidos, y no pudo conseguir ni piloto, ni barca. Lejos de desmayar, el misionero redobló su confianza en Dios y no quedó defraudado.

(1) Annales, &., n. 83, p. 263, an. 1842. Los preciosos Anales de la Prop. de la Fe están sembrados de ejemplos que prueban cómo nuestros nuevos hermanos del Asia, del África y del Oriente poseen la plenitud del don de ciencia, aplicado, ya al desprecio de los falsos bienes, ya a la estima de la pobreza, ya al discernimiento de la verdad y del error; dando todo por resultado la firmeza en la fe y la concordia de las familias.

En medio de esta defección universal, un padre jesuita, misionero en la China que poseía algunos conocimientos de náutica, vino a ofrecérsele de piloto. Llegó a encontrarse también un pequeño junco pagano y algunos remeros. Para proteger en cuanto era posible la pequeña expedición, el cónsul de Francia en Chang-Hai encargó al padre Helot, erigido en comandante de la flota, la comisión de visitar los restos del naufragio de un buque francés que encalló en las costas de la Corea. Todo así organizado, el pequeño junco levó su ancla de madera, desplegó sus velas de paja, y comenzó a navegar ligero por el mar Amarillo hacia la isla, desconocida del campo francés. Apenas había entrado en alta mar, cuando se levantó repentinamente una furiosa tempestad. Era Satanás quien la suscitaba para impedir el efecto de tan santa empresa. Largo tiempo luchó la embarcación contra las olas que, con horrible mugir se amontonaban sobre ella para detenerla en su camino y engullírsela. Después de inútiles esfuerzos, hubo que virar de bordo e ir a buscar abrigo detrás de una isla cercana.

Este fatal contratiempo, en vez de concluir con el valor de los dos misioneros convertirlos en pilotos, aún se les aumentó. Pasados que fueron dos días, volvió a desplegar sus velas la frágil embarcación. Ya habían perdido de vista. la costa y era prudente asegurarse de la dirección que habían de seguir. Se consultaron los instrumentos y no dieron indicaciones ciertas. Al cabo de ocho días no se había presentado sobre el horizonte cosa alguna que pudiera alegrar las miradas inquietas de los intrépidos navegantes. En fin, al noveno día, se encontraron delante de un pequeño grupo de islas, hacia el cual dirigieron con alegría la embarcación. Los misioneros bajaron a la ciudad edificada sobre la costa, para entablar conversación con sus habitantes.

Cuando he aquí que llega el mandarín del lugar a hacer a los extranjeros embarazosas preguntas; se le invitó a pasar a bordo. El padre Helot que desempeñaba las funciones de piloto, de capitán y de encargado de negocios, se apresuró a tomar el primero la palabra y a presentar sus cartas al mandarín, suplicándole le indicase el lugar del naufragio. El astuto magistrado rehusó contestarle. Se le habló de marcharse, y apenas volvió las espaldas, se pusieron a la vela. Con permanecer algunas horas, hubieran comprometido el éxito de su empresa. Tras de una navegación verificada en medio de peligros de todo género, descubrieron el punto deseado para el desembarco. Así que hubo llegado la noche, el sacerdote Maistre se apresuró a ponerse el pobre traje propio de la Corea, en medio del religioso asombro de la pequeña tripulación; después de lo cual, bajó con su viejo guía a una pequeña canoa que llevaba por mástil una caña de bambú y una estera por vela. Echándose a la espalda un lío de las cosas más necesarias, el intrépido misionero comenzó a subir por las escarpadas sendas de las montañas, detrás de las cuales desapareció bien pronto, para exponer su vida a los inminentes riesgos del apostolado (1).

(l) Anales., n. 148, p. 233 y sigui., año de 1853.—El sacerdote Maistre llegó a ser uno de los mártires de la Corea.

Es un valiente el que arrostra la muerte sobre el campo de batalla, por más que esté rodeado de millares de hombres que la arrostren igualmente, y vaya pertrechado de todas las armas necesarias para defenderse. ¿Pero qué nombre daremos a aquél, que solo y sin armas, va a desafiar el peligro cierto de morir en medio de un pueblo entero para el cual será alegre fiesta inmolarlo y gozarse en su suplicio? Sólo el Espíritu de fortaleza puede obrar un prodigio semejante. Buena prueba es de ello, el que no lo vio nunca el antiguo mundo pagano, como ni tampoco el cisma ni la herejía. Sufrir es mucho más heroico todavía, siendo esto también un nuevo milagro del Espíritu de fortaleza. Refiramos solamente dos ejemplos de esta fortaleza sobrehumana en las pruebas y en medio de las más violentas tentaciones.

«Sucedió en Conchinchina, que dos jovencitas hijas de un cristiano llamado Nam, la una de catorce años y de diez la otra, habían sido conducidas a la prefectura juntamente con su madre, su padre y su abuelo. Como rehusaran apostatar, ordenó el mandarín que les golpeasen los pies y las piernas, para hacer que avanzasen y pisaran la cruz. A pesar de este cruel suplicio quedaron defraudadas las esperanzas del mandarín.

«Las dos niñas se dejaron magullar horriblemente, antes que dar un paso hacia adelante. Llevadas y colocadas a la fuerza sobre el instrumento de su salvación, no cesaban de protestar contra la violencia que se les hacía; y se defendían de esta profanación involuntaria por medio de actos del más profundo respeto. El juez no pudo menos de admirar su valor, y colmándolas de elogios las volvió a enviar con su madre (1).»

El Espíritu de fortaleza que hace dos heroínas de estas dos niñas Annamitas, naturalmente tan tímidas, obra el mismo milagro en China. «Véanse algunos detalles de la constancia de que dio pruebas en la persecución una joven China llamada Ana Kao. Sorprendida en el momento de estar entregada a sus oraciones, fue presa por los satélites que le propusieron elegir entre la apostasía y la muerte. No dudó ni siquiera un instante, y les respondió con firmeza que prefería morir. La condujeron, pues, al tribunal de los grandes mandarines. Estos le mandaron ponerse de rodillas sobre una cadena de hierro; dos soldados desenvainaron sus espadas y se las pusieron al cuello para asustarla. En esta actitud se le mandó insultar a la cruz y resistió a esta nueva prueba con igual constancia.

«Entonces los mandarines, que sabían estaba extenuada de hambre, hicieron que le presentasen alimentos y le dijeron que comiera en señal de apostasía. Ella les contestó al punto: Si comer es a vuestros ojos una apostasía, yo os declaro que moriré de hambre, antes que tomar el más pequeño alimento; pero si no veis en ello más que una acción ordinaria é indiferente, comeré. Confundido el mandarín, le dijo encolerizado: Eres una testaruda; come de la manera que te agrade.

«La mujer y la hija del mandarín movidas a compasión hacia la virgen cristiana, unieron sus instancias a las de los jueces, y la exhortaron vivamente a renunciar a la fe; pero ella resistió a esta nueva tentación, como había resistido a las amenazas. Conducida a la capital, continuó sosteniendo los mismos combates y siempre con una constancia, inquebrantable. Todavía sigue presa (1).»

Al lado de semejantes pruebas ¿qué otra cosa son las nuestras sino juegos de niños? Si sucumbimos, es porque nos falta el don de fortaleza. Cuando habita en una alma, obra lo que acabamos de admirar y lo que dice un piadoso escritor: «La madera unida con cola fuerte, primero se rompe por otra cualquier parte que por la apegadura. Lo mismo sucede, Dios mío, con el alma unida a Vos por el don de la fortaleza. Testigos son los mártires. Más difícil era apartarlos de vuestro amor, que separar el pie de la pierna y la cabeza del cuello. El temor había formado en ellos esta doble cadena de amor que no era fácil romper. Os amaban con todo su corazón, de todas veras; con toda su alma, sin ningún género de resistencia; con todo su espíritu, sin olvidaros ni por un solo instante. Señor, concededme un amor semejante, a fin de que yo jamás me separe de Vos (2).»

CAPÍTULO XXXVI

(CONCLUSIÓN DEL ANTERIOR.)

SUMARIO.—El don de consejo en acción; quinta bienaventuranza.—Ejemplos.—El don de entendimiento en acción; sexta bienaventuranza.—Ejemplos.—El don de sabiduría en acción: séptima bienaventuranza.—Ejemplos.—Remedo satánico de las bienaventuranzas divinas.—Los siete dones del Espíritu del mal, traduciéndose en sus siete bienaventuranzas.

En el quinto peldaño de la misteriosa escala que nos conduce hasta Dios, nos encontramos al don de consejo, el cual se manifiesta por la quinta bienaventuranza. Hacernos acudir con ardor a donde la voz de Dios nos llame, procurar conocerla por todos los medios, desprendernos, cuanto lo permitan las condiciones de la existencia terrena, de todo lo que sea obstáculo a nuestra perfección; y para esto, no arredrarnos ante ningún género de sacrificio; tales son los actos beatíficos que revelan en una alma la presencia del Espíritu de consejo. Vémoslo resplandecer en la conducta de los primeros cristianos. Como el mundo pagano lo admiraba, hace diez y ocho siglos, en la conducta de nuestros antepasados; así el mundo moderno, que se ha hecho otra vez pagano, se ve obligado a reconocerlo en nuestros nuevos hermanos de la China y de la Oceanía.

Sí ; porque desear ardientemente recibir el Espíritu Santo, es ya un efecto del don de consejo; y de este deseo estaba animada la niña de quien nos hablan los preciosos Anales de la Propagación de la Fe. «Mi segunda misión, escribe uno de nuestros apóstoles de la China, fue igualmente llena de bendición. Me acuerdo con alegría, haber encontrado allí una niña de diez años, perfectamente instruida en nuestra religión, lo cual a esta edad es cosa muy rara entre los Chinos.

«Esta niña deseaba con ardor recibir el sacramento de la Confirmación, que yo dudaba concederle, porque la encontraba demasiado joven todavía. Quise cerciorarme de si su valor correspondía a su inteligencia, y le dije:—Si después de confirmada, el mandarín ordena que te lleven a la prisión, y te pregunta acerca de tu fe, ¿qué le responderás?—Le responderé: soy cristiana por la gracia de Dios.Si te manda renunciar al Evangelio, ¿qué harás?—Le responderé: ¡Jamás!—Si hace venir a los verdugos y te dice: O apostatas, o de lo contrario se te corta la cabeza, ¿cuál será tu respuesta?—Le diré: ¡Córtala! Encantado al verla tan bien dispuesta y tan valerosamente resuelta, la admití con alegría al sacramento que tan fervorosamente deseaba (1).»

Siendo la verdadera religión el camino real de la tierra al cielo, será uno de los primeros efectos del don de consejo hacernos buscar y emplear todos los medios de conocerla bien. ¿Qué mayor sabiduría puede haber? ¿No es el primer cuidado del viajero preguntar el camino, cuando marcha por una tierra desconocida? Y puesto que, cuanto mejor se conoce la religión, más se la ama, tanto más dispuesto se está en este caso a realizar todos los sacrificios que exige y a practicar el sublime desprendimiento indicado por el don de consejo. Desde este punto de vista, hagámonos cargo de lo que él inspira, aún en medio de la persecución, a los nuevos cristianos anamitas.

«Mis catequistas, escribe un misionero de Conchinchina, me habían hablado varias veces de un certamen general de catecismo; que se celebraba anualmente en He-sin, cuando los fieles gozaban de completa libertad. Todas las cristiandades vecinas eran invitadas a tomar parte en él, y hubiérase echado un negro borrón cualquiera de ellas que no hubiera correspondido al llamamiento.

«Un día dije a los catequistas:—Es preciso celebrar un concurso.—Padre, eso no es posible.—Bien sé que un gran concurso como los de otras veces no es posible; pero uno pequeño, al cual sean llamadas sólo algunas cristiandades y que tenga lugar por la noche, es muy fácil y, lo que es más, cuento con asistir a él. Al domingo siguiente se anunció públicamente en la iglesia la apertura próxima de un concurso de catecismo. Este anuncio excitó un entusiasmo febril entre toda la juventud. Se dio un mes de tiempo para prepararse. A no haber sido testigo yo mismo, no hubiera podido jamás formar idea de tan singular emulación. Los niños por un lado y las niñas por otro, se reunían todas las noches por pequeñas secciones en casa de los principales directores encargados de enseñar el catecismo al pie de la letra. La recitación se prolongaba hasta las once, y algunas veces hasta más tarde.

«Si por casualidad hubiéseis pasado por la cristiandad de He-sin, os hubiera atronado los oídos un ruido de cantos piadosos que no carecían de cierta armonía. Los Anamitas recitan el catecismo cantando, lo mismo que sus demás oraciones. El mismo ruido movían durante el día en las casas particulares, en los campos y hasta por los caminos, los que se preparaban para el concurso repasando y preguntándose unos a otros la lección de la víspera; y el domingo tenía lugar en la iglesia una repetición general, a la cual asistían todos los catequistas. Todos los candidatos a quienes el consejo de su aldea había encontrado capaces de sufrir la prueba del examen, habían sido inscritos para el certamen.

«El primer concurso tuvo lugar durante una noche entera en la capilla de He-Bang. Esta iglesia, aunque bastante capaz, no pudo contener la multitud de espectadores. Yo tuve que contentarme con ser simplemente uno de tantos asistentes. Fui introducido furtivamente en la iglesia y ocultado detrás de las colgaduras del altar mayor, en las que una pequeña abertura me permitía verlo todo sin ser visto. Uno de nuestros padres anamitas, hombre grave y muy respetado entre los cristianos, presidió el concurso. Estaba sentado magistralmente en un sillón colocado sobre la grada del altar, y debajo se colocaron a uno y otro lado, los jefes de las diferentes cristiandades; los examinadores, elegidos de entre los más instruidos de cada aldea, estaban en medio; y al toque de un tan-tan se anunció la apertura de la sesión.

«Después de invocar solemnemente al Espíritu Santo, cierto personaje, vestido de un largo traje de ceremonia, sacó de una urna los nombres de los dos primeros opositores, a quienes llamó con voz extentórea. Un segundo personaje, vestido de la misma manera, sacó de otra urna un papel en el cual estaban indicados los capítulos del catecismo que debían ser la materia del examen: lo que proclamó también en alta voz y comenzó el acto. Los dos candidatos se preguntaban y respondían mutuamente en medio de un silencio profundo, interrumpido de cuando en cuando por un redoble de tambor: era que alguno de ellos se equivocaba en alguna palabra.

«Entonces ellos paraban hasta que los examinadores dijeran si la equivocación debía o no considerarse como falta. Sólo había dos grados: el que sin turbarse ni equivocarse en nada, decía la parte que le hubiera tocado en suerte, obtenía el primer grado: una sola palabra en que vacilara, le hacía descender al segundo. Si cometía tres yerros, no merecía ni alabanza ni censura, mas ésta recaía ya sobre el que cometía cuatro. Los dos personajes de vestido largo proclamaban el nombre de los vencedores, que con acompañamiento de música eran conducidos procesionalmente al altar de la Santísima Virgen, a quien ofrecían su triunfo y se consagraban a ella con una oración especial, volviéndose a ocupar su sitio al son de un golpe de música.

«La reunión, que había durado hasta la mañana, se terminó con una Misa en acción de gracias; y al concluir, se distribuyeron en abundancia cruces, medallas y rosarios. Mas esta muchedumbre tenía hambre y no se les podía enviar a sus casas en ayunas. Además de que entre los Anamitas una función religiosa no sería completa, si no concluyera con una comida. Yo no tenía interés en derogar esta costumbre. Pero en vano se llamó al convite, según mis ordenes, a los pobrecitos que habían salido vencidos: de tal modo se ocultaron, que no hubo medio de encontrarlos. Concluida la fiesta a satisfacción general, cada grupo se volvió alegre a su aldea y yo me restituí a mi prisión (1).»

La relación de estos certámenes piadosos hará sin duda, a nuestros grandes doctores de Europa balbucear la palabra puerilidad y sonreír con aire de compasión. Guarden sus sonrisas para sí mismos y para sus exposiciones y concursos agrícolas. Hacer formar en gran parada en su presencia y en la de otros graves personajes, los bueyes, las vacas, los caballos, las mulas, asnos y cerdos; dar después buenos premios a los productos más notables que se presentan, con la mira de mejorar todas las razas de bestias, la asnal, la bovina, la cabruna y la porcuna, esto lo encuentran ellos utilísimo y dignísimo de sí mismos, ni dejarán de llamarlo un glorioso progreso del siglo de las luces. ¡Y a los ojos de esos mismos hombres será cosa pueril ejercitar, por medio de una noble emulación, las almas inmortales en el conocimiento profundo de las verdades, que son la condición de su felicidad y la base misma de las sociedades! Habláis de puerilidad: decid en qué lado se la encuentra. Si lo ignoráis, tanto peor para vosotros: con eso ponéis de manifiesto que habéis descendido al nivel de vuestros concurrentes (2).

Entretanto, los frutos del don de consejo se manifiestan entre nuestros nuevos hermanos con igual esplendor que entre nuestros abuelos. No conservar sino las menores relaciones posibles con todo lo terreno para marchar a paso firme y acelerado hacia la patria eterna, y para esto romper en caso necesario los más caros vínculos de la naturaleza; tales son los ejemplos que nos dan.

Oigamos a uno de nuestros apóstoles: «No pudiendo permanecer más tiempo en la Nueva-Caledonia sin rechazar la fuerza con la fuerza, anuncié a nuestros neófitos, venidos de diez leguas alrededor, la noticia de nuestra próxima partida. No les quedaba más partido, que elegir entre volverse a sus casas o venirse a Futuna donde encontrarían misioneros. Al oír la novedad, todos rompieron en llanto: sólo la fe, les hacía derramar aquellas lágrimas.—¿Y mi padre? decía uno; ¿y mi madre? decía otro, ¿no han de ser nunca cristianos? Así exhalaban su dolor. No pude yo sufrir este espectáculo y me retiré para que consultaran entre sí la resolución que hubieran de tomar.

«Volví poco después e hice cesar sus lamentos preguntándoles qué habían resuelto.—Seguiros a donde quiera que vayáis, respondieron.—Pero si nos volvemos a Europa, allí hace frío y os moriríais muy pronto.—Tanto mejor; nada deseamos ahora más que la muerte. Su acuerdo unánime había sido trasladarse a cualquier isla bien lejana donde hubiera misioneros, para no oír nunca hablar de su patria que consideraban reprobada para siempre. Nos hicimos a la vela, y durante la travesía que duró un mes, nuestros queridos cristianos estuvieron tan edificantes que el capitán y los marineros, con ser luteranos, me rogaron varias veces que invitara a los neófitos a hacer la oración sobre cubierta, para tener el gusto de presenciarla. Echamos anclas en Futuna un domingo por la mañana. El puerto estaba desierto.—¿Dónde están los habitantes de esta población? me repetían sin cesar el capitán y los marineros. No sabían que los naturales de Futuna, católicos fervorosos, se habían ido todos a Misa. Las casas estaban abandonadas; pues en esta isla convertida no se sabe lo que es el robo. Pasó una hora, y de repente oímos resonar por todas partes el canto de los himnos. Era que los isleños volvían de la iglesia bendiciendo a Dios. Nuestros padres misioneros salieron presurosos a recibirnos; y los primeros cristianos de la Nueva Caledonia, perseguidos de sus compatriotas por la fe, eran recibidos como hermanos por los neófitos de Futuna (1).»

Abandonar su país y su familia antes que dejar el camino del cielo, es un rasgo evidente del don de consejo: pero abandonarse a sí mismo es otro aún más evidente. «En Walis, escribe un misionero; donde ejercité el santo ministerio por espacio de cinco meses, tuve muchos motivos de consuelo. Fue entre otros, cuando tres doncellas, hijas de los principales jefes de la isla, me pidieron con grandes instancias permiso para consagrarse a Dios de una manera especial por el voto de castidad. Este pensamiento lo habían concebido ellas mismas por inspiración de la gracia. El Espíritu Santo les había hecho entender, que es un consejo evangélico y que agradan al Señor los que lo practican libremente (1).»

Y no solamente en las playas inhospitalarias de la Oceanía hace el Espíritu Santo germinar las flores de la virginidad. Por su divina influencia crecen también en el manchado suelo de la China y la Conchinchina. Dejemos hablar a un apóstol del celeste imperio. «Tenemos en cada cristiandad cierto número de personas que sin estar ligadas con los votos religiosos, hacen profesión de guardar la virginidad. Con razón se las puede llamar la flor de la misión, y flor que es la gloria del jardín de la santa Iglesia. ¡Qué hermoso es, ver la cepa de la virginidad germinar lozana aquí en medio del fango de la idolatría. No hay palabra para explicar la licencia de las costumbres de un país infiel: pero el exceso del vicio sirve en los designios de Dios, para hacer que resalte más el brillo de la más pura de las virtudes; y con esto bastaría a cualquier entendimiento claro para reconocer el origen celestial de la virginidad. Más de trescientas almas cultivan esta virtud sólo en mi distrito, que tiene unas nueve mil personas. Todo lo que hacen en Europa las hermanas de San Vicente de Paul, son capaces de hacerlo las vírgenes de China (2).» ¡Oh! ¡Las hijas de los antropófagos o de embrutecidos idólatras convertidas de repente en vírgenes cristianas, es decir, en todo lo que hay de más hermoso, sublime y angelical (l)! Al ver este milagro mil veces repetido, ¿qué habría dicho el mundo pagano, él, que en tiempo de Augusto no pudo encontrar siete vestales en el imperio de los césares? Menos incrédulo y más racional que los impíos modernos, habría seguramente exclamado: El dedo de Dios está aquí: Digitus Dei est hic.

El sexto don del Espíritu Santo es el de entendimiento. Los actos que produce y que forman la sexta bienaventuranza, revelan un conocimiento claro de las verdades cristianas, magnanimidad en la fe, conformidad constante entre lo que se cree y la vida que se lleva, en una palabra, el reino efectivo de lo sobrenatural en el hombre y en la sociedad.

«Diríase, escribe un misionero de Oceanía, que el Espíritu Santo en persona se ha hecho catequista del niño de quien voy a hablar. He encontrado en Tonga un pequeño prodigio que difícilmente creeríais. Es un niño de cinco años y a pesar de esto tan suficientemente instruido, que no he logrado que se turbara en ninguna cuestión de catecismo preguntándole de todas las maneras. Este angelito nos ha pedido permiso para enseñar la doctrina cristiana a sus parientes, quienes, excepto su padre y su madre, permanecen todos en el paganismo. Es un catequista tanto más excelente, cuanto que nada es posible negar a su inocente sencillez.

«Él es quien bendice la mesa y da gracias al fin de la comida en la familia. Apenas habrá visto celebrar la Misa cinco o seis veces, y ya sabe imitar todas las ceremonias. Una hoja de plátano le sirve de corporal: una concha marina, de cáliz. Gusta él mucho de repetir, que cuando sea hombre, dirá Misa de veras. ¡Plega a Dios confirmar esta vocación y que la Oceanía cuente un día a este prodigioso niño entre sus apóstoles (2).

(1) En París hay una joven hermana de la caridad, que es parienta de Abd-el-Kader.

El don de inteligencia que tan maravillosamente abre el espíritu de los niños, produce en los adultos una especie de intuición de la verdad, en virtud de la cual, despojándose la fe de sus sombríos velos, se hace inquebrantable. En este género nada hay superior al ejemplo dado por el rey de Bongo en el Japón. Su conversión fue la alegría de la Iglesia. A consecuencia de esto, abrumado de adversidades y humillaciones, cuando todo parecía conjurarse para turbar su fe, pronunciaba solemnemente estas hermosas palabras: «Juro en vuestra presencia, oh Dios Todopoderoso, que aunque todos los Padres de la Compañía de Jesús, por cuyo ministerio me llamásteis al cristianismo, renunciaran a lo que me han enseñado; aunque yo llegara a saber que todos los cristianos de Europa habían renegado de vuestro nombre, yo os confesaría y reconocería y adoraría, por más que me hubiera de costar la vida, como al presente os confieso y reconozco y adoro por el único Dios verdadero y omnipotente del universo (1).»

El don de entendimiento, iluminando el espíritu, obra sobre la voluntad y le comunica la inteligencia de la vida. Mas la vida es una prueba y la penitencia es la ley que ha de cumplir. «Gran número de nuestros cristianos, escribe un misionero de la India, ayunan el sábado, no haciendo más que una comida al ponerse el sol. Muchas veces en mis viajes he oído a mi guía responder a los que le preguntaban si había comido: ¡Eh! ¿No sabéis que hoy es sábado? Y el pobre indio había caminado toda la mañana con un buen paquete a la cabeza, fatigándose y llegando rendido por facilitar el éxito de mi santo ministerio. Hay muchas comarcas donde es casi general esta práctica del ayuno, aún entre los trabajadores del campo. Muchos de ellos, en especial cuando trabajan a destajo o en casa propia, prefieren parar a mediodía para poder dejar hasta el anochecer la única comida que hacen.

«Este espíritu de mortificación me proporciona frecuentes ocasiones de edificación en el santo tribunal de la penitencia. Si me acontece imponer por penitencia algún ayuno que caiga en sábado,—Padre, suelen responder la mayor parte, yo ayuno todos los sábados.—Pues con ese ayuno basta para cumplir la penitencia que te impongo, les contesto frecuentemente. Pero rara vez se contentan. Si indico el miércoles o el viernes, suelo encontrarlos ya ocupados por otro ayuno de devoción. Hace poco tiempo que acababa yo de prescribir una buena obra semejante: me pareció que la penitente estaba turbada.—¿Qué ocurre? le dije.—Padre, me respondió, hace tres años que no como más que una vez al día; ¿cómo he de hacer para cumplir el ayuno que Ud. me impone? Lo repito lleno de gozo: estos ejemplos no son raros entre nuestros cristianos (1).» Andemos con cuidado: estos cristianos recién nacidos podrían ser los jueces de los viejos servidores de la fe. De todos modos, admiremos la Providencia que escogió a estos fieles del Oriente para con sus santas austeridades de contrapeso al sensualismo de Occidente.

El séptimo don del Espíritu Santo en el orden ascendente, es el de sabiduría; el cual es el último grado de luz y de amor antes de llegar a la visión beatífica, y abre los ojos del espíritu y sobre todo las orejas del corazón a la luz y la voz de la verdad. Nos hace ver a Dios, nos hace gustar a Dios, y nos trasforma en Dios completando nuestra filiación divina. ¿Queréis verlo en acción? Estudiemos la séptima bienaventuranza, o sea, los actos beatíficos con que se manifiesta. Tomemos, por ejemplo, un indiferente, un incrédulo, uno de esos hombres cuya raza es hoy tan numerosa, que tienen ojos y no ven, que tienen corazón y no sienten las cosas sobrenaturales, un hombre, en fin, como el capitán de quien vamos a hablar: consideradle sometido a la acción del don de sabiduría y veréis un milagro.

Durante la larga travesía que hacían unos misioneros hacia remotas playas, donde iban en busca de almas para Jesucristo y del martirio para sí mismos, empleaban sus ocios en catequizar a los marineros jóvenes y prepararlos a la primera comunión. Todos los domingos se les decía Misa; pero el capitán del barco no asistía nunca. Ninguna señal, ninguna palabra suya dejaban entender que fuera católico. Cuando he aquí que a la conclusión de cierta buena lectura, se le escapan de repente algunas palabras que revelan los combates de su alma. El Espíritu de sabiduría acababa de visitarla.

«Dios nos inspiró hacer una novena para obtener su conversión. La concluimos el día 3 de Junio. Pues bien, ese mismo día, a las nueve de la noche, en el momento en que uno de los misioneros se paseaba sobre cubierta, el capitán se le acerca y con voz conmovida le dice: Tengo que pedirle a Ud. un gran favor.—Mande Ud. lo que quiera, respondió el misionero.—Quiero confesarme, no esta noche, que sería demasiado poco tiempo para disponerme; pero no ha de pasar de mañana. Con esto entraron en conversación que se prolongó hasta las altas horas de la noche. Al día siguiente, el capitán asiste a la Misa, que se celebró a pesar de no ser domingo. La tripulación no podía creer lo mismo que estaba viendo.

«Habíamos fijado la primera comunión para la festividad de la Santísima Trinidad; pero habiendo el capitán manifestado su deseo de comulgar, si era posible, con sus marineros, y queriendo disponer de más tiempo para prepararse a un acto tan augusto, accedimos con el mayor gusto a sus deseos. Entretanto, la vida del capitán era la de un apóstol: predicaba con la palabra y con el ejemplo. Una noche, cuando acababa de confesarse, fue a un misionero y se puso a hablarle de las cosas de Dios; pero de una manera tan sorprendente, que el sacerdote quedó asombrado de oírlo. Otra vez la conversación recayó sobre las posesiones demoníacas.—¿Cree Ud., dijo el capitán, que al presente hay también esa clase de posesiones del demonio?—Sin duda alguna, respondió el misionero, y en los países de infieles son muy frecuentes.—Lo mismo da, repaso el marino, ¡valiente chasco acabo de darle yo! ¡Cómo apretará los dientes en lo más hondo del infierno! Y al decir esto, dos gruesas lágrimas asomaron a sus ojos yendo a perderse en su gran bigote.

«Llegó, por fin, el 19 de Junio. Este día fue sin duda uno de los más bellos de nuestra vida. Hubo comunión general. La cubierta del buque se había convertido en una iglesia. El techo y las paredes eran simples toldos, artísticamente colocados: el interior estaba tapizado de telas preciosas; el suelo cubierto de estera china, y el improvisado altar bien decorado con imágenes y cuadros: nuestra iglesia flotante era, si no magnífica, por lo menos pasaderamente hermosa. Pero lo más bello de todo era el espectáculo que la tripulación presentaba. Los marineros, los oficiales, el capitán, todos estaban allí con sus trajes de fiesta en la actitud más devota. La dulce alegría del cielo se reflejaba en todos los rostros.

«Concluida la solemnidad, el capitán se arrojó al cuello de su confesor y le dijo: Los más felices momentos de la vida van siempre mezclados de amargura: pero hoy mi corazón está contento de todo en todo. No habríais podido menos de derramar lágrimas al oír también las reflexiones de los marineros.—Ved ahí, decía uno de los más avanzados de edad, si ahora naufragásemos, lo mismo me importaría a mí morir, que comerme un bocado de pan.—Habiendo concluido la ceremonia en perfecta calma, comenzó a levantarse viento y la embarcación surcaba rápidamente las ondas.—¡Qué extraño es, gritó el timonero, que ahora andemos tanto! El buque se ha aligerado de un peso inmenso. Yo solo tenía más pecados que pesa todo el casco, y todos han ido a pique (1).»

Convertir a un cristiano indiferente e incrédulo en piadoso neófito y fervoroso apóstol, inundar de luz y de júbilo un corazón cerrado a todas las impresiones de la gracia, y en un instante; he ahí sin duda un milagro del don de sabiduría. Hacer de un antropófago un hombre, y de este hombre un hijo de Abraham, renovando su ser de arriba abajo, hasta el punto de hacerle detestar todo lo que amaba y amar todo lo que detestaba, y esto con invencible constancia; es otro milagro, igual, ya que no superior, al primero.

«Nuestros neófitos de Mangareva, por el mucho amor que tienen a su nueva fe, cantan por todas partes los dogmas severos del cristianismo en un ritmo bastante agradable, como en otro tiempo los rapsodistas cantaban las ficciones de Homero y los pescadores italianos los versos del Taso. Todos los años, al acercarse los días del Rey, los habitantes de cada una de las islas componen, a su modo, una especie de narración o exposición de los pasajes del Evangelio que más les han llamado la atención. A la redacción de esta pieza literaria contribuyen todos, hombres y mujeres, según la capacidad de su inteligencia o los grados de su memoria. Concluido este trabajo, lo aprenden de memoria en toda la isla, a fuerza de repetirlo con un canto inventado adrede. Después, cuando llega el día de la fiesta, todos los habitantes del archipiélago se reúnen en Mangareva y cantan su pei, a la sombra de los árboles del pan y bajo la presidencia de los ancianos de cada isla. Reunidos así todos los habitantes, proclaman la idea que ha obtenido la victoria. Estos son los juegos florales de Mangareva.

«Este pueblo, que al presente excita, por la inocencia de sus costumbres, la admiración de todos los oficiales de marina, es el mismo que, antes de la llegada de los misioneros, hostilizaba a las embarcaciones que venían a visitarlo. Los habitantes estaban en guerra continua aniquilándose mutuamente: eran antropófagos hasta el punto de que en cierta ocasión, después de una lucha sangrienta entre dos partidos, quedaba un montón enorme de cadáveres, y en lugar de enterrar estas víctimas de la discordia, los vencedores las devoraron en un gran festín que duró ocho días. Muchos ancianos deponen todavía este hecho y muestran el sitio en que los cadáveres estaban amontonados.

«Tres años hace que ha muerto una mujer que se había comido a sus dos maridos, muertos sucesivamente en tiempo de hambre. Las costumbres de estos insulares eran disolutas, como en toda la Oceanía. Se entregaban al robo quitándose unos a otros la recolección que habían hecho del árbol del pan, y hasta procurando pillar las embarcaciones que aportaban a sus playas. Hoy sus costumbres son por lo menos tan puras como los del mejor pueblo de Francia. El robo, vicio tan arraigado en el corazón de todo oceánico, ha quedado completamente extirpado de esta isla. Varios capitanes de buques mercantes han querido hacer la prueba: andando por estas islas dejaban caer al descuido algún pañuelo, navaja y otros objetos; y siempre ha resultado, que estas prendas eran presentadas y devueltas por el primer habitante que se las hallaba (1).» Tal trasformación ha obrado en este pueblo el Espíritu de sabiduría (2).

Si el Espíritu del bien tiene su escala de deificación, la gran mona de Dios, Satanás, tiene también su escala de degradación. Conocemos ya la primera; pero importa que conozcamos igualmente la segunda. Al modo que en pintura son necesarias las sombras para que resalten los colores; así en el orden moral los errores y los males sirven para poner de relieve la verdad y el bien. Por lo mismo que Satanás tiene sus dones, tiene también sus falsas beatitudes. Cuando entra en un hombre por el pecado mortal, le comunica los primeros, y el desventurado esclavo suyo practica los actos falsamente beatíficos que de aquéllos se derivan.

El primer don de Satanás es el orgullo, principio de todo pecado, como la humildad es base de toda virtud. La última palabra del orgullo es Aman colgado de un poste de cincuenta codos de altura, y Nabucodonosor trasformado en bestia. El término en que viene a parar la primera beatitud satánica, es hacerse aborrecible de Dios y de los hombres.

(l) Annales., &., n. 143, p. 298, &. (2) Acerca de las relaciones de los dones con las bienaventuranzas, véase San Agustín De serm. Dom. in monte, lib n. 3-14

El segundo don satánico es la avaricia. Su gran ejemplar es el rico perverso que murió y fue sepultado en los infiernos, y Judas vendiendo a su Maestro y ahorcándose después. La última palabra de la segunda beatitud satánica es convertir al hombre en el más insensato y perverso de los nacidos. El más perverso: «No hay cosa más inicua que el que ama el dinero, dice el Espíritu Santo. Porque éste aun su alma tiene venal (3).»

(3) Eccl., X, 10.

El más insensato: la vida que le fue dada para ganar el cielo, la consume en fabricar telarañas, frágiles tejidos que ni siquiera podrán servirle para sudario (1).

El tercer don de Satanás es la lujuria; el cual puesto en práctica, viene a dar de sí, entre mil inmundicias, los Salomones y los Sardanápalos, ahogados en la cloaca de sus costumbres. La marchitez del hombre en todo su ser, la ceguedad del entendimiento, la insensibilidad del corazón, la muerte impenitente, este es en sus efectos generales la tercera bienaventuranza satánica.

El cuarto don de Satanás es la gula. El epicúreo coronado de rosas, que se prepara a morir, cantando el vino y el placer; Baltasar que llena a Babilonia con el ruido de sus festines, mientras los Medos están a las puertas de su ciudad; son la traducción viva de la cuarta bienaventuranza satánica.

El quinto don de Satanás es la envidia. ¿Queremos verlo en acción? Caín matando a su hermano y los fariseos haciendo morir al Hijo de Dios; he ahí el término glorioso de la quinta bienaventuranza satánica.

El sexto don satánico es la ira. La hiena con las crines erizadas, la leona recién privada de sus cachorros, el puercoespín armado de sus púas, son los tipos a que se asemeja el hombre practicando la sexta bienaventuranza satánica.

El séptimo don de Satanás es la pereza. El chino que nos describen los misioneros, para el cual el mundo sobrenatural es como si no fuera, indiferente a todo, excepto a cuatro cosas, comer bien, beber bien, digerir bien y dormir bien, que no daría un céntimo por conocer una verdad más, y para quien la suprema sabiduría consiste en su indiferencia estúpida en materias religiosas (2), tal es la personificación de la séptima beatitud satánica.

(1) Is., LIX, 5, 8. (2) Impius, cum in profundum peccatorum venerit, contemnit Prov., XVIII, 3.

De este vergonzoso y culpable marasmo, a donde lo ha conducido gradualmente, viene el Espíritu del mal a sacar al hombre, a quien ha hecho bienaventurado según el mundo, beatificándolo a su modo, cuando llega la terrible hora de llevarlo a las negras mansiones de su eterna bienaventuranza.

CAPITULO XXXVII. LOS FRUTOS.

SUMARIO.—Lo que son los frutos del Espíritu Santo: relación que dicen con los frutos de los árboles.—Cualidades que constituyen el fruto.—Cómo se producen los del Espíritu Santo.—El injerto, la poda.—Explicación que la visión de Santa Perpetua suministra.—Variedad de especies en el jardín del Espíritu Santo.—Por qué se llaman frutos.—Este nombre nos recuerda nuestra semejanza con Dios y la bondad de Dios para con nosotros.—Diferencia entre los frutos y las bienaventuranzas.

Hemos explicado la gracia, las virtudes, los dones y las bienaventuranzas. Hemos contemplado todo el magnífico sistema de elementos deíficos, que encadenándose unos con otros, elevan al hombre hasta la semejanza con el Verbo encarnado. Y sin embargo, no está agotada la mina: a todas esas riquezas se añaden otras riquezas.

«Glorioso es el fruto de los buenos trabajos», dice la Escritura (1). ¿Y qué trabajos más nobles que los de nuestra deificación? ¿Qué frutos más deliciosos que los que les corresponden como recompensa? Cada beatitud o acto beatífico nos aproxima a Dios. Pues Dios es juntamente perfección absoluta y felicidad suprema. De donde resulta, que a cada paso que damos hacia Dios, corresponde un goce, es decir, que los frutos nacen de las beatitudes, como del árbol el fruto. Estos nuevos favores del Espíritu Santo, completando la obra de nuestra creación divina, hacen del cristiano como un Dios de la tierra, terrenus Deus, y de su vida terrestre un cielo anticipado, conversatio in coelis.

(1) Bonorum enim laborum gloriosus est fructus Sap., III 15.

Para comprender esto, basta con saber lo que debe responderse a las cuestiones siguientes: ¿Qué se entiende por frutos del Espíritu Santo? ¿Cómo se producen? ¿Por qué se llaman así? ¿En qué se diferencian de las bienaventuranzas? ¿Cuál es su número? ¿A qué se oponen?

1.° ¿Qué se entiende por fruto del Espíritu Santo? En el orden natural se llama fruto el producto de los árboles y plantas: la manzana es el fruto del manzano; la nuez, de la noguera; la fresa, de la planta del mismo nombre, y así de los demás. Los frutos, tan varios como las plantas, se asemejan todos en que tienen algo que es agradable según la especie de cada uno, y en que son el último esfuerzo de la planta (l). Ser agradable y el último esfuerzo de la planta son las dos condiciones necesarias para constituir el fruto propiamente dicho. Por falta de ellas, las hojas y las flores no se llaman frutos.

Aun el mismo fruto, antes de madurar, no lleva el nombre de tal simplemente y por excelencia. Para nombrarlo cuando se encuentra en ese estado imperfecto, se le agrega un epíteto que califique su imperfección; y se dice: fruto ácido, fruto verde. La razón es que no tiene todavía las cualidades esenciales del fruto: el color, el sabor, la dulzura, cuyo conjunto constituye su belleza y su bondad, formando un producto perfecto. Cuando el árbol ha dado su fruto, ha cumplido su destino; entonces descansa y se prepara a dar nuevos frutos a su debido tiempo.

De aquí esta definición del Ángel de las escuelas: «Se llama fruto al producto de la planta cuando llega a la perfección y tiene cierta dulzura (2).»

Según una comparación familiar del Evangelio, el hombre es un árbol: sus obras son los frutos. De donde se toma esta otra definición de Santo Tomás: «Frutos son todas las obras de virtud, en las cuales se deleita el hombre (1).» Los frutos del hombre como los de las plantas, se diferencian unos de otros por sus cualidades, según la naturaleza de la savia que circula por las venas de ese árbol viviente. Si los producen la razón y las virtudes puramente humanas, son bellos y buenos con una belleza y bondad puramente naturales. Si los producen la gracia y las virtudes sobrenaturales, son bellos y buenos con una belleza y una bondad sobrenaturales.

Para que el producto de la planta merezca, como acabamos de ver, el nombre de fruto, debe ser el último esfuerzo de la planta y tener cierta dulzura. No son menos necesarias ambas condiciones para constituir el fruto espiritual. Por de pronto, todo acto virtuoso, para poderse llamar fruto, debe ser perfecto en su género, es decir, ser el último esfuerzo del principio que lo produce. El acto imperfecto no es digno de este nombre. Así, las veleidades del bien, los actos de cualquier virtud, practicados con flojedad o con mala intención, ya no son frutos espirituales, como ni los abortos, ni las flores, ni las hojas son frutos naturales (2).

Es preciso además, que el acto virtuoso tenga cierta dulzura. ¿Qué dulzura es ésta? Es el testimonio de la conciencia y el gozo íntimo que lleva consigo el cumplimiento entero y noble del deber. Aunque esta dulzura no sea siempre sensible, no por esto deja de ser real. Se puede aquí hacer aplicación de aquellas palabras del Apóstol: «En verdad que al presente toda corrección no parece ser de gozo, sino de tristeza: mas después dará un fruto muy apacible de justicia, a los que por ella han sido ejercitados (3).» Esta dulzura hecha habitual en el alma, constituye el festín delicioso de que habla el Espíritu Santo y que reemplaza todas las alegrías sin poder ser reemplazado por ninguna de ellas (1). ¿De dónde proviene que del deber dignamente cumplido resulte la alegría? De que es un paso más hacia Dios, nuestro fin último y suavidad infinita.

Se ve por esta explicación, que los Frutos del Espíritu Santo son todas las buenas obras dignas de este nombre, hechas bajo la inspiración del Espíritu Santo y en las que el hombre encuentra su alegría. (2) Esta definición distingue los frutos del Espíritu Santo de los actos virtuosos en general. Efectivamente, hay en el hombre dos principios de acción: el uno natural, que es la razón; el otro sobrenatural, que es la gracia. Las buenas obras practicadas según las luces de la razón, son los frutos de la razón. Las buenas obras hechas bajo el impulso de la gracia, son los frutos del Espíritu Santo, autor de la gracia. Grande es, pues, la diferencia entre unos y otros. Los primeros son obras naturalmente buenas, actos de virtudes puramente humanas, por consiguiente, inútiles para el cielo y que no proporcionan más que un placer imperfecto. Los segundos poseen junto con toda la bondad natural de los primeros, una bondad sobrenatural que los hace dignos del cielo; porque la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona: Gratia non tollit naturam, sed perficit.

2.° ¿Cómo se producen los frutos del Espíritu Santo? He aquí una de las cuestiones más bellas de teología. Preguntar de qué manera produce el Espíritu Santo sus frutos en el hombre, es preguntar cómo el árbol produce los suyos. El árbol produce sus frutos por el injerto y por la poda, según su especie. Por análogos medios el hombre, árbol miserable, viciado, raquítico, produce frutos de belleza inmarcescible y delicioso sabor.

El Espíritu Santo forma al nuevo Adán, verdadero árbol de vida, plantado en medio del verdadero Edén que es la santa Iglesia católica. En este árbol divino están injertadas por el Bautismo las ramas del acebuche que se llaman el viejo Adán (1). Estos injertos, nutridos como de una savia sobrenatural, de la gracia del Espíritu Santo que habita en Nuestro Señor Jesucristo en toda su plenitud, participan de la vida del árbol divino, y producen frutos de la misma naturaleza que los de aquél. Así, no es el hombre, si hemos de hablar con propiedad, quien los produce, sino el mismo Espíritu Santo, principio necesario, eternamente activo y eternamente fecundo de la vida sobrenatural. De aquí viene el que se llamen, no frutos del hombre, sino frutos del Espíritu Santo.

Conocemos el injerto; pasemos a la poda. En el orden material, la poda de los árboles es uno de los mejores medios para obtener buenos y abundantes frutos. Lo mismo sucede en el orden moral. «Todo sarmiento que diere fruto, mi Padre lo limpiará, decía Jesucristo, para que dé más fruto (2).» La poda divina dura toda la vida. En ninguna parte la hemos encontrado mejor representada que en la célebre visión que tuvo Santa Perpetua. «Un día, escribe esta joven e inimitable heroína, me dijo mi hermano: Hermana mía, tu estás ya tan adelantada en el amor de Dios, que cualquier revelación que le pidas, al punto te la concederá: pídele, pues, que te haga saber, si le place, si saldréis absueltos del tribunal, o seréis condenados a morir mártires. Y yo con gran confianza prometí pedirlo y dije a mi hermano: Mañana podré responderte. Rogué, pues, al Señor y me envió esta visión.

«Vi una escala de oro, maravillosamente larga, tanto que se elevaba hasta el cielo; pero tan estrecha, que no podía subir por ella más que una persona a la vez: estaba guarnecida por ambos lados de toda clase de instrumentos cortantes, espadas, lanzas, cuchillos, puñales; de manera que quien subiese sin una grande atención y sin mirar a lo alto, no podía dejar de recibir muchas heridas en todo su cuerpo. Al pie de la escala estaba echado un dragón desmedidamente grande, que envestía a los que querían subir por ella y los espantaba para que no subiesen. No obstante, subió primero que nadie mi hermano Saturio; y llegado a lo alto, se volvió a mí y me dijo: Perpetua, aquí te espero; pero ten cuidado con el dragón; yo le respondí: Espero en Nuestro Señor Jesucristo, que no podrá hacerme ningún mal. Y el dragón, como temiéndome, alzó pausadamente la cabeza, y yo entonces puse un pie en el primer peldaño de la escala y otro en la cabeza del dragón y lo pisé y subí arriba.

«Y allí descubrí un jardín inmenso, y en medio de él un hombre de venerable aspecto, en traje de pastor; que estaba sentado ordeñando sus ovejas: y alrededor de él había millares de personas cubiertas de blanquísimas vestiduras. Alzando la cabeza, me vio y me dijo con dulzura: bienvenida seas, hija mía; y me llamó por mi nombre, y me puso en la boca cierto manjar hecho de la leche que ordeñaba: yo lo recibí juntando las manos, y lo comí; y todos los que estaban alrededor de él, dijeron entonces: Amen. Este sonido de tantas voces me despertó, y advertí que mascaba cierta cosa de una maravillosa dulzura. Luego al punto le conté todo esto a mi hermano y entendimos que debíamos sufrir bien pronto el martirio (1).»

Una escala de oro, que llega desde la tierra al cielo, estrecha, y toda llena de instrumentos cortantes; he aquí la vida, camino del cielo, con las pruebas más o menos dolorosas, pero continuas, que constituyen respecto al hombre la saludable operación de la poda, quitándole todo lo que tiene de sobra o de malo en sus pensamientos, afectos y acciones.

Injertados y podados los árboles, producen más frutos y mejores, cada uno según su especie. Detengámonos un momento a contemplar el inmenso vergel del Espíritu Santo, a contar los árboles humanamente divinos que en Él crecen, y a gozar de la encantadora belleza de sus frutos (2). Por no hablar más que de los tiempos posteriores al Mesías, veamos el árbol de vida, que teniendo sus raíces en la gruta de Belén, cubre la tierra con su sombra. ¿Qué son sus innumerables ramas? Injertos y acodos, divinamente ligados a un tronco indestructible. ¿Qué son los millones de apóstoles de los tiempos antiguos y de los tiempos modernos? Acodos divinos, cargados de frutos de gracia y honor. ¿Qué son las legiones de mártires, de solitarios, de vírgenes, de santos de todas edades, condiciones y países? Acodos divinos, cargados de frutos de gracia y honor.

Cada uno produce frutos según su especie: frutos de fe, de esperanza, de caridad, de piedad, de humildad, de virginidad. Y los producen todos mil y mil veces, bajo todos los climas, en todas las estaciones, a todas las horas del día y de la noche; de manera que el vergel del Espíritu Santo no cesa de presentar a los ojos de la fe, el espectáculo de una magnífica campiña en los bellos días de primavera y verano.

¿Qué estoy diciendo? Al lado del vergel divino, ¿qué son los prados, los campos, los vergeles con su innumerable variedad de flores y de frutos? Una sombra vana. ¿Qué es el mundo pagano, el antiguo y el moderno, con sus pretendidas virtudes? Una vasta y espesa maleza, que no merece el nombre ni de jardín, ni de vergel. Comparados con los frutos del Espíritu Santo, ¿qué son los frutos de la razón, los frutos de los sabios más ponderados, los frutos de Arístides, de Sócrates, de Platón, de Escipión, de Séneca, los frutos de los sacerdotes del Egipto, de los brahmmanes de la India, de los bonzos de la China, de los lamas del Thibet y de los racionalistas de Europa? Productos del orgullo, de la ambición, del capricho, estos frutos no son, en su mayor parte, sino abortos, semejantes a las excrescencias parásitas que se forman en la corteza de los árboles viejos, o a lo más, producciones insípidas y sin utilidad real.

¿No será éste el lugar oportuno para que tanto los que esto leéis, como yo que lo escribo, nos preguntemos: Injerto divino por la gracia del Bautismo, ¿qué frutos has dado? ¿Qué frutos das? Grave cuestión; porque está escrito: «Todo árbol que no lleva buenos frutos, será cortado y arrojado al fuego (1).» Mi oración vocal y mental, mis confesiones, mis comuniones, mis acciones cotidianas, ¿qué son? Si hasta aquí he sido un árbol poco menos que estéril, o lo que es peor, si he tenido la desgracia de ser un árbol malo, un espino, una zarza, un cardo, que sea yo en adelante un árbol bueno, un buen acodo, fecundo en frutos de vida dignos de la savia divina que me nutre, del sol divino que me calienta, del divino tronco en el cual estoy injertado, del jardinero divino que me cultiva con sus manos y me riega con su sangre.

Estudiando las relaciones tan fundadas que hay entre el hombre y el árbol, acabamos de ver la manera como se producen los frutos del Espíritu Santo. Entre estas relaciones, hay una diferencia que debemos señalar. El injerto material no produce más que una sola especie de frutos; mientras que el injerto divino tiene la propiedad, y lo que es más, el deber de producirlos simultáneamente de especies muy diferentes; porque la savia que lo alimenta es multiforme. Así lo han comprendido y practicado los verdaderos cristianos de todos los tiempos. Sirva de prueba el ejemplo del gran San Antonio.

Como los muchachos merodeadores, que entrando en los vergeles toman los mejores frutos de todos los árboles, el patriarca del desierto se entregaba a un piadoso merodeo, buscando en cada uno de los solitarios cuyo numeroso ejercito poblaba ambas Tebaidas, las virtudes más bellas, a fin de imitarlas. En uno cogía el fruto de la mansedumbre; en otro, el fruto de la paciencia; en éste, el fruto de la oración; en aquél, el fruto de la mortificación. Así debemos hacer nosotros, para que a la llegada del divino jardinero, seamos reconocidos por árboles buenos y como tales trasplantados al vergel eterno del Espíritu Santo.

3.º ¿Por qué los frutos del Espíritu Santo son llamados así? La razón principal es que toda obra completamente buena, proporciona al alma un goce semejante a aquél otro que la manducación de un excelente fruto produce en el paladar. ¿Qué misterio se encierra en esto? El fin del hombre es hacerse semejante a Dios. Todos los actos verdaderamente virtuosos son otros tantos grados que lo aproximan a esta semejanza. Esta aproximación sucesiva lo constituye en relaciones cada vez más íntimas con Dios; y estas mismas relaciones adquieren, perfeccionándose, una suavidad tanto más grande, cuanto van siendo el resultado de una proximidad más y más cercana a Dios, que es la suavidad por esencia. Tal es la razón por la cual a cada progreso corresponde una suavidad, y por la que los mejores de entre esos adelantos llevan justamente el nombre de frutos, y de frutos del Espíritu Santo; por que sólo Él es quien nos ayuda a producirlos.

Así, Dios nos revela de una manera sensible nuestra semejanza con Él y nos trata en cierto modo como Él se ha tratado a sí mismo. Quiere que el dios de la tierra cree sus obras, como Él creó las suyas; y que guste su dicha al crearlas, como Él mismo la gustó creando el universo. Dios dijo al acabar cada una de sus obras, que era buena: Et vidit quod esset bonum. Siete veces repite la misma palabra. Esta aprobación misteriosa encierra juntamente la proclamación de la perfección relativa de la nueva criatura, y la manifestación de la alegría que causa a su autor.

Solamente en el último día de la creación, y después de dar la última mano a todas sus obras, es cuando Dios modifica sus expresiones y pronuncia la palabra de satisfacción suprema, universal. Vio que todas las cosas que había hecho eran muy buenas, después de lo cual descansó: Vidit Deus cuncta quae fecerat, et erant valde bona, et requievit. Como muy buenas en sí mismas, eran la última palabra del poder, de la sabiduría y de la bondad creadora. Como buenas en su conjunto, eran aptas para cantar las glorias del Criador hasta el fin de los siglos, sin dar jamás una nota en falso. Buenas a los ojos de Dios, podían proporcionarle con su perfección un contento indecible.

Lo mismo podemos decir del hombre. Después de cada obra buena que lleva a cabo dignamente, puede decir sin atribuirse nada a sí mismo: Esto es bueno, Vidit quod esset bonum; y gusta así la suavidad particular del fruto que acaba de producir. Siete veces repite la misma expresión, porque los siete dones del Espíritu Santo son los principios de todas sus buenas obras. A la manera del Criador, no podrá pronunciar la palabra de satisfacción suprema, hasta después que recoja su último fruto, acabando la obra de su deificación. Solamente entonces podrá decir echando una mirada sobre el conjunto de su vida: He acabado mi obra, gracias a Dios, y es muy buena; no me resta más que entrar en el reposo de la eternidad: Vidit cuncta quae fecerat et erant valde bona, et requievit.

Revelarnos uno de los rasgos más nobles de nuestra semejanza con Dios, no es más que la primera razón de la suavidad especial de cada una de las buenas obras. Pero aún hay otra. Para impedir que Israel echase de menos los groseros alimentos del Egipto, suavizarle las fatigas del viaje a través de las arenas del desierto, fortalecerlo contra sus enemigos y darle a probar las delicias de la tierra prometida, el Señor, movido de su paternal bondad, le envió el maná. Este alimento celestial tenía todos los gustos y satisfacía a todas las necesidades. Israel es la imagen del cristiano. Dando una suavidad especial a cada una de las buenas obras, Dios ha hecho de ellas un maná; ¿y qué quiere con esto? Hoy como siempre quiere hacer que el hombre cobre asco a las pérfidas dulzuras del fruto prohibido. Quiere quitar las profundas amarguras a su existencia; y haciendo que encuentre placer en el cumplimiento del deber, animarlo en los combates de la virtud.

No encontrando estas diversas dulzuras, ¿quién no desfallecería en medio del desierto de la vida? ¿Quién no abandonaría el servicio de un señor cuya mano, como dice la Escritura, no diera a sus servidores sino pan de lágrimas y de arena? Pero estando tales suavidades de por medio, ved lo que pasa. A ellas se deben el valor heroico de los mártires y penitentes; la embriaguez santa en medio de los tormentos, la resignación en el dolor; la insensibilidad para los atractivos del vicio, y desprecio constante de las alegrías que el demonio, el mundo y la carne pueden prometer. Y por cuanto son necesarias a todos, a los pecadores arrepentidos y a los justos firmes en la virtud, si bien más a aquéllos que a éstos, van ligadas en ciertas proporciones, no solamente a las bienaventuranzas o actos beatíficos por excelencia, sino a todos los actos virtuosos, dignamente practicados. Ahora vemos la razón de por qué se da el nombre de fruto, en el lenguaje divino, a las obras practicadas bajo el impulso del Espíritu santificador, y el lugar que necesariamente corresponde a estas dulzuras celestiales en el trabajo de nuestra deificación.

4.º ¿En qué se diferencian los frutos de las bienaventuranzas? Que los frutos difieren de las bienaventuranzas, lo prueba la diferencia de los nombres dados a unos y a otras, y también su número. Todas las cosas que se llaman con distintos nombres, se diferencian entre sí. Pues bien, los nombres de los frutos no son los mismos de las bienaventuranzas. Por otra parte, el Evangelio cuenta siete bienaventuranzas, y el Apóstol doce frutos. La diferencia se ve clara estudiando éstos y aquéllas en su naturaleza íntima.

Los frutos difieren de las bienaventuranzas, como lo menos difiere de lo más. Para que un acto virtuoso merezca el nombre de fruto, basta que sea completo y deleitable, en otros términos, que sea el último esfuerzo del principio natural o sobrenatural de que proviene, y que cause en el hombre la satisfacción que resulta del cumplimiento del deber. Mas para que merezca el nombre de bienaventuranza, es preciso que el acto sea una cosa perfecta y excelente (l). Así es que la bienaventuranza supone a la vez acto virtuoso y suavidad en el acto. Supone además, una gracia superior, como principio del acto; una cosa excelente, como objeto; una suavidad mucho mayor, como resultado.

De estas nociones resulta: 1.º Que todas las bienaventuranzas, o según la explicación que hemos dado, todos los actos beatíficos verificados bajo la influencia de los dones del Espíritu Santo, pueden ser llamados frutos; mas no todos los frutos pueden llamarse bienaventuranzas. «En efecto, dice Santo Tomás, frutos son todas las obras virtuosas en las cuales el hombre se complace; pero el nombre de bienaventuranzas se reserva a ciertas obras perfectas que, por razón de su misma perfección, son atribuidas mas bien a los dones del Espíritu Santo que a simples virtudes (1).»

2.º Que en el orden jerárquico, las bienaventuranzas son superiores a los frutos, y el término más elevado de la perfección cristiana. En efecto, pueden gustarse los frutos aparte de las bienaventuranzas, puesto que entran en la naturaleza de todo acto virtuoso; pero no se les gusta plenamente más que en la práctica de las bienaventuranzas, que son los actos virtuosos por excelencia. Así, en un vergel los árboles de especies diferentes producen frutos de los que cada uno tiene su bondad particular, que le merece el nombre de fruto; pero, estos frutos, como los árboles que los producen, se distinguen unos de otros por tener cualidades diferentes.

3.° Que recordando la definición de las bienaventuranzas y la de los frutos se comprende perfectamente la diferencia que los distingue. Las bienaventuranzas o actos beatíficos, son las buenas obras producidas por los dones del Espíritu Santo: Beatitudo est operatio doni. Los frutos son estas mismas obras verificadas con la mayor perfección, y que producen la satisfacción íntima del alma: Fructus est aliquid habens rationem ultimi et delectabilis.

El capítulo siguiente nos dará a conocer el número de estos frutos divinamente dulces, y el lugar que ocupan en el paralelismo, tantas veces notado, que hay entre la obra del Verbo encarnado y el remedo que de ella hace Satanás.

Errata

Hablando de la comparación entre los frutos y las bienaventuranzas, en el apartado 3º, justo antes del final del capítulo 37, parece decir que los “frutos” son los actos beatíficos más perfectos, cuando en los dos apartados anteriores dice lo contrario (concorde con lo que dice Santo Tomás en su Suma Teológica I-II, q.70, art. 2). En el primer párrafo del cap. 40 vuelve a ocurrir lo mismo.


Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!
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