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Qué es rezar, orar

Efecto corporal y mental

Cuando pronunciamos una frase, algo en nuestro interior se hace acorde con lo que decimos:

Por ello, cuando rezamos, repetimos el Paternoster, estamos diciendo lo mismo que decía Jesucristo a su Padre, eso está provocando en nuestro interior lo mismo que le provocaba a Jesucristo. Estamos haciéndonos semejantes a Jesucristo. Igualmente, cuando rezamos el Ave María, con la primera parte estamos repitiendo las palabras del arcángel S.Gabriel, con la segunda las palabras de la prima de la Virgen (Sta. Isabel), y con las últimas, la invocación definida en el concilio de Éfeso (año 430). Nos estamos interiorizando, haciendo como, un arcángel, la prima de la Virgen, y las palabras de un concilio.

Por eso el Paternoster es la oración más grande, porque estamos repitiendo las palabras, y con ello la actitud, que tuvo Jesucristo con su Padre. Estamos formando en nosotros las virtudes que esas palabras significan: principalmente humildad.

¿Se imaginan al pobre Satanás pronunciando “Ave María, gratia plena, dominus tecum”? Le da un síncope. Los ángeles son seres más cercanos a Dios y por ello no pueden contradecirse sin aniquilarse. Su realidad se corresponde exacta e instantáneamente con lo que piensan (por eso Dios tuvo que crear el infierno para Satanás y sus seguidores en el instante que dijo “Non serviam”). A nosotros nos pasa parecido, cuando más nos acercamos a Dios más claramente oímos la voz de la conciencia que nos recuerda nuestras contradicciones y por tanto, más difícil se nos hace seguir viviendo con ellas.

“Cuando rezamos el Ave María el cielo todo se regocija y se estremece de alegría, y al mismo tiempo todo el infierno tiembla al recordar que María fue el instrumento de que se sirvió Dios para encadenarle.” (Santo cura de Ars)

La mirada

Cuando vamos a pasar un río pisando sobre las piedras que sobresalen, antes de poner cada pie, antes ponemos la mirada. En la vida cotidiana igual, la mirada se anticipa a la acción. La mirada responde a lo que estamos pensando y todavía no hemos hecho (“Donde pone el ojo, pone la bala”). El tipo de mirada nos habla de la situación mental de una persona. (¿Por qué las mujeres se fijan sobre todo en la mirada de los hombres? Pues porque dice cómo es él por dentro, y, por tanto, qué se puede esperar de él que haga o deje de hacer. Mucho más verídico que lo que cuente).

Rezar, orarLa imagen es el detalle de un “pantocrator” (figura del románico). Normalmente nuestros ojos tienen una posición convergente, apuntando a un objeto más o menos cercano. Sólo en ciertas circunstancias los ponemos “paralelos”.

Por muy lejos que estén las estrellas que estamos mirando, la posición de nuestros ojos no es igual a la comentada, pues nuestra mente (y las dos cosas se mueven juntas, como veíamos antes), está en un estado consciente objetivo (veo una estrella que está en tal sitio, junto con otras, etc.).

¿Cuándo los ponemos “paralelos”? Cuando estamos locos, cuando nos hipnotizan (cuando estamos viendo la televisión o en el cine), y cuando estamos hablando con alguien que no vemos (estamos rezando). En los tres casos estamos abstraídos de la realidad circundante (el loco porque por eso está loco, porque no es capaz de percibir la realidad; los hipnotizados porque están “absorbidos” y manipulados por el hipnotizador, y los que rezamos, porque estamos concentrados hablando con Dios, la Virgen, un Santo, nuestro ángel de la guardia,...).

La diferencia entre esos tres estados es evidente: rezando somos conscientes, somos actores de nuestra vida. Hipnotizados estamos dejando que otro haga con nuestra vida lo que quiera, y locos, pues tampoco podemos trabajar por nuestra salvación ni nada.

Evidentemente, la figura del pantocrator tiene los ojos paralelos porque está en comunión con Su (y nuestro, si estamos bautizados), Padre. Igual tenemos nosotros los ojos cuando rezamos atentos y con devoción (y no cesamos de moverlos de un sitio a otro cuando rezamos distraídamente). Evidentemente, no se trata de que intentemos poner los ojos así voluntariamente, se trata de rezar bien. Cómo se pongan los ojos o que levitemos es algo que nos tiene que tener sin cuidado.

rezando o mirando una florEn los dibujos de la derecha vemos un par de señores vistos desde arriba. El de abajo está mirando una flor, el de arriba rezando. Cuando miramos algo, esté más o menos lejos, siempre nuestra mirada converge en ese objeto. Si miramos una montaña lejana o la luna, están casi paralelos, pero no paralelos. Sólo los ponemos paralelos cuando nos hipnotizan cuando miramos películas (o la tv), y cuando estamos pensando en algo que no vemos: cuando rezamos.

Dos detalles más sobre la mirada

Cuando rezamos la Salve, le pedidos a la Virgen “illos tuos misericordes oculos ad nos converte” (míranos con/por misericordia). Dios, a los réprobos, el día del juicio les dirá “apartáos de mí”, quitáos de mi vista. Nuestro gozo en el cielo será ver a Dios (a distintas distancias). Uno de los sufrimientos en el infierno es no ver a Dios.

Cuando tenemos la grandísima suerte de poder comulgar materialmente (casi imposible en estos tiempos), debemos seguir con la mirada la cruz que hace el cura con la Hostia antes de dárnosla: porque ella es Dios, y ¿a dónde sino vamos a mirar cuando tenemos a Dios tan cerca? Ni al cura. Seguir la Hostia con la mirada, de izquierda a derecha es parecido a lo que hace el hipnotizador con su paciente, pero con evidentes diferencias: a nosotros nos sirve para reconstruir la cruz de Dios en nosotros, o nos sirve para recordarnos que las virtudes morales (no teologales) debemos ejercitarlas sin caer en extremos. Para ello debemos conocer los extremos y quedarnos en la mitad, debemos conocer (mejor sólo intelectualmente) los extremos y quedarnos en el centro, en el palo vertical de la cruz. Las virtudes teologales nunca podemos excedernos en aplicarlas.

Una forma de ver el rezar

El rezar es hacer algo, no es una veleidad como muchas de las cosas que hacemos en la vida: empezamos a leer un libro y si no nos gusta lo dejamos, damos un paseo y cuando nos cansamos volvemos. Rezar (cuando hacemos un rezo fijo, como el rosario), es algo que tiene un principio, desarrollo y fin. No es algo a dejar “cuando nos apetece”, “cuando nos cansamos”.

El “hacer cosas” tiene mucha más fuerza que “hacer cosas mientras nos apetece”. Por eso los votos son mucho más poderosos que acabar haciendo lo mismo pero sin un compromiso inicial.

Como dice el refrán: “Hacer cosas”, las obras, son amores y no las “buenas razones”.

Por otro lado, lo que hablamos, por su naturaleza efímera, temporal, es más difícil de saborear profundamente. En cambio, cualquier cosa que hacemos, hasta lo más simple: mirar una piedra, es fuente de infinitas inspiraciones. Por ello, el rezar un rezo fijo -el rosario o las oraciones fijas que recemos en los momentos del día, es fuente de inspiraciones. El rosario tiene la ventaja de su larga duración, que nos permite aislarnos mucho más del mundo que si el rezo es muy corto. La inspiración más evidente es que el rezo siempre es el mismo pero cada día lo rezamos diferente, nos sirve de espejo para darnos cuenta de cómo estamos.

La importancia del hacer: Sólo mientras estamos en la tierra podemos “hacer” cosas y con ello, no condenarnos y no perder muchas posiciones respecto al puesto que nos tiene reservado Dios en el cielo. La fe sin obras es una fe muerta, nos condenamos. En el cielo ya no podremos “avanzar posiciones” haciendo cosas para acercarnos más a Dios.

La devoción

Cuando empezamos a rezar el rosario pedimos a la Virgen “que con toda atención y devoción podamos rezar vuestro santísimo rosario”. La atención es ser conscientes de lo que decimos, no estar pensando en otra cosa, distraídos, mientras rezamos maquinalmente. La devoción es poner el corazón en lo que decimos. Es que cada una de las palabras que pronunciamos (para ello antes tenemos que entenderlas al 100%), respondan a un anhelo interior nuestro (o viceversa), igual que cuando de pequeños decíamos “mamá, tengo hambre” cada una de las palabras respondían a un interés completo, las pronunciábamos con toda voluntad y sentimiento.

Definición clásica

Es hablar con el Cristo que llevamos dentro.

Es hablar con nuestro amigo perfecto.

No es hablar con nosotros mismos, ni con uno de los otros demonietes que suelen tentarnos. Eso es "darle vueltas a las cosas", "estar obsesionado por",...
Es hablar con nuestro maestro interior (Cristo) que nos dice la verdad, aunque a nuestros demonietes no les guste oírla (lógico, pues son servidores del Diablo, que es “el señor de la mentira”).

Podemos rezar con nuestro Cristo, hablar con él, para las mismas cosas para las que hablaríamos con nuestro mejor amigo:

todo ello desde el estado de ánimo que estemos:

Como es nuestro mejor amigo, siempre le decimos lo que sea de la forma que sea, pero siempre sinceramente.

Como es nuestro mejor amigo, entiende que le hablemos a gritos, sollozos, desesperado,...

Podemos decirle lo que vamos pensando o podemos decirle oraciones (Padrenuestro, Ave María, etc.). Las oraciones tienen las ventajas de los ritos.

Lo mejor es estar contínuamente hablando con Él. Que en cualquier cosa que estemos haciendo se lo digamos, le digamos cómo nos sentimos y escuchemos lo que nos responde.

Tener recuerdo continuo de Él:

Incorrecciones frecuentes

Hay unas incorrecciones frecuentes de cómo rezamos:

Sobre algunas incorrecciones frecuentes en las oraciones está este otro artículo.

Etapas en el rezar

Al principio rezamos penando, nos cuesta ponernos a rezar y rezar lo que nos hemos comprometido, sufrimos. No le encontramos sentido a rezar 50 veces lo mismo.

Podemos llegar a rezar con gozo. ¿Cómo no vamos a gozar diciendo: “Ave María, gratia plena, dominus tecum, benedicta tu in muliéribus, et benedictus fructus ventris tui, Jesus. Santa María, mater Dei”? Es normal no estar muy exultantes cuando acabamos el Avemaría con el “ora pro nobis nunc et in ora mortis nostrae, amen”, pero, la primera parte, ¿cómo no va a llenarnos de alegría si estamos reconociendo las divinas cualidades de nuestra santísima madre? Cuando llegamos ahí entendemos un poco qué es el cielo, donde no tendremos que rezar para pedir, pero si podremos seguir alabando a la Virgen, a Dios, etc.

Oración de petición

Sin la gracia (que Dios nos da) no podemos hacer nada.

Por ello, parte importante de las oraciones son peticiones. La gracia de Dios no sólo nos permite obrar, sino también el querer obrar.

Pedir es lo primero que hace un niño cuando necesita algo. Es una de las cosas que tenemos que hacer para cumplir lo que nos mandaron: hacernos como niños.

Tenemos que pedir por nosotros, por los demás, y pedir a los demás que recen por nosotros.

Tenemos que ir con mucho cuidado con lo que pedimos porque nos lo conceden a menudo.

Las cosas que pedimos que son invisibles, espirituales, que son desarrollo de nuestras facultades (tener menos orgullo, amar a tal persona, comprender más a nuestro hijo, etc.), nos las proporciona el Espíritu Santo.

Si pedimos cosas materiales, el proveedor puede ser el Diablo. (Ver por qué ocurren las cosas)

Evidentemente nunca debemos pedir el mal de otros, pues de entrada ya nos estamos perjudicando al hacerlo, haciéndonos 'mala sangre'. (A nuestro ego le encanta que nos perjudiquemos así).

Además el Diablo nos engañará descaradamente, de forma que, cuando le pidamos "quiero un auto", nos dará un auto pero... que será una fuente contínua de averías y disgustos.

A veces nos puede parecer que el Espíritu Santo es un bromista y, si le pedimos algo con algo de deseo material ("quiero que me libres de mi soledad", con el deseo escondido de que tenga forma de "marido" o de "esposa"), nos hará conseguir ese algo, pero de una forma diferente de la que esperábamos.

En este caso, podría librarnos de la soledad haciéndonos descubrir a Cristo en nuestro interior (con lo cual ya nunca tendremos soledad), pero como pago por nuestra insinceridad, nos enviará a un perro pulgoso o un gato sarnoso en vez del "marido" o "esposa" secretamente deseados.

O si le pedimos "una pareja con quien desarrollarnos espiritualmente" (pensando en un marido o una esposa), puede que haga que la "pareja" sea nuestro padre o madre ancianos que tengamos que cuidar y con los que verdaderamente mejoraremos nuestras facultades espirituales (paciencia, amor, comprensión, ...)

Si somos totalmente sinceros con las peticiones que hacemos al Espíritu Santo, pidiéndole sólo cosas invisibles, sin ninguna forma concreta, entonces no nos gastará ninguna broma.

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Es imprescindible pedir las cosas bien claramente:

No sirve decirle "quiero encontrar compañía"
Sino: quiero "amar a tal persona" (Recordemos que amar no es decir SI siempre y puede ser pegarle con un palo en un cierto momento -si está borracha e insiste en conducir el auto)

No seamos mezquinos pidiendo, pidamos lo mejor de lo mejor para nuestra alma.

Como no solemos saber pedir, por eso Jescucristo nos dió el Padrenuestro. Fijémonos que en él no pedimos salud, ni placeres, ni dinero, ni honores, ni conocimientos, ni fama, ni que nos evite el dolor, la lucha, el sufrimiento físico, las dificultades materiales,...

En las tentaciones, los santos dicen que pidiendo el auxilio de la Virgen, no caeremos en ellas.

Cómo funciona esto del rezar

El rezar es un sacrificio que hacemos por Dios, que ofrecemos, dirigimos a Dios, muestra de nuestro amor por Él.

Podemos rezar dirigiéndonos a Dios directamente o por intermedio de otras personas (como la Virgen o los santos).

Rezar a Dios directamente o por intercesores

Dios Padre es como un rey. Es conveniente que nuestros regalos, o peticiones, no se las llevemos, se las entreguemos cuando a nosotros nos vaya bien. Eso es una falta de respeto. Es mejor dárselos a alguien que esté cerca de Él, que sepa cuándo y cómo es mejor presentárselos. Esa persona intermedia quizá envolverá con su perfume celestial a nuestro sucio e inmundo presente.

Somos Hijos de Dios Padre, hermanos de Cristo, y por ello podemos rezar como Él nos enseñó (con el Padrenuestro). Pero por lo explicado antes, también podemos dirigirnos a la Virgen que traslade a Dios nuestras peticiones: es lo que hacemos cuando en el Ave María decimos “ora pro nobis pecatoribus, nunc et in ora mortis nostrae”.

Quizá tampoco nos atrevemos a dirigirnos a la Virgen directamente, por ser tan importante, madre de Dios. Podemos entonces dirigir nuestras peticiones a San José, a San Juan Bautista, a cualquier otro santo, al santo de nuestro nombre, con quien tenemos una relación privilegiada o a los ángeles. Ellos recibirán nuestro mensaje que llevarán, por la mejor cadena de seres posibles, hasta Dios. (Ver más sobre la intercesión de la Virgen, de los santos y los ángeles en esta web de Aciprensa).

Quienes se benefician de nuestros rezos

Nos beneficiamos nosotros (pues la oración nos sirve como pago por nuestras pecados perdonados y como aumento de gracia en la vida eterna -si vamos al cielo).

Por la Comunión de los Santos se benefician el resto de cristianos que forman la Iglesia y no están en pecado mortal (y las benditas almas del purgatorio). Los cristianos en pecado mortal son ayudados a recobrar la gracia y vida que perdieron y perciben algunos frutos. Los apartados de la Iglesia, ya voluntariamente como herejes, cismáticos o apóstatas o los condenados por excomunión, no participan de estos beneficios mientras estén en ese estado. Los condenados están imposibilitados eternamente de recibir ningún beneficio de nadie.

Rezamos por todos los que pertenecemos a la Iglesia y por intenciones particulares.

En el Padrenuestro y el Ave María rezamos por todos los cristianos, por eso decimos “panem nostrum quotidianum da nobis hodie” (pan nuestro... dánosle hoy), “dimitte nobis debita nostra” (perdónanos nuestras deudas), “ora pro nobis” (ruega por nosotros), etc.

Las intenciones particulares son algo adicional a nuestra súplica por todos los cristianos.

Cuando decimos en el rezo del rosario “rosario que te ofrecemos (...) por los vivos y difuntos que sean de vuestro agrado y de nuestra mayor obligación” es un término medio entre declarar una intención particular y rezar por todos.

La importancia de quién reza

Tal como se explica en esta web de Aciprensa, ciertos santos pidieron y consiguieron, todavía en vida, la salvación de muchas almas.

Parece razonable creer que tienen más efecto los rezos de alguien más santo que los de otro menos santo o que reza con menos fervor. Es de esperar que los rezos de una monja de clausura, con su vida sacrificada a Dios son más oídos que los de pobres pecadores esclavizados por sus pasiones.

Importancia de la oración

“lo que Dios con su divina providencia y disposición tiene determinado desde la eternidad de dar a las almas, lo da en tiempo por medio de la oración; y que en este medio tiene él librada la salud, y conversion, y remedio de muchas almas, y el aprovechamiento y perfección de otros: de manera que así como determinó Dios y dispuso, que mediante el matrimonio se multiplicase el género humano; y que arando, y sembrando y cultivando la tierra, hubiese abundancia de pan y vino, y los demás frutos; y que habiendo artífices y materiales, hubiese casas y edificios; así tiene ordenado hacer muchos efectos en el mundo, y comunicar muchas gracias y dones a las almas por este medio de la oración. Y así dijo Cristo Señor nuestro en el Evangelio: Mateo 7. Pedid, y daros han; buscad, y hallareis; llamad, y abriroshan; porque el que pide, recibe, y el que busca, halla, y al que llama, abrirle han : de manera que este es el medio y el arcaduz, por el cual quiere el Señor socorrer nuestras necesidades y enriquecer nuestra pobreza, y llenarnos de bienes y gracias: en lo cual se ve bien la necesidad grande que tenemos de acudir a la oración: y así comparan muy bien los Santos, y dicen, que es una cadena de oro, que está colgada del cielo y llega hasta la tierra, por la cual bajan y descienden a nosotros los bienes, y por la cual nosotros habemos de subir a Dios: o digamos, que es la escala de Jacob que llegaba desde el suelo al cielo, y por ella subian y descendian los Angeles” Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, Tomo I, tratado 5º, Cap. II. Del P. Alonso Rodríguez.

Extracto del sermón del santo cura de Ars sobre la oración

todos los males que nos agobian en la tierra vienen precisamente de que no oramos o lo hacemos mal; y si queréis saber la razón de ello, aquí la tenéis: si acertásemos a orar ante Dios cual debe hacerse, nos sería imposible caer en pecado; y si nos hallásemos exentos de pecado (...) La oración es para nuestra alma lo que la lluvia para el campo. Abonad un campo cuanto os plazca; si falta la lluvia, de nada os servirá cuanto hayáis hecho. Así también, practicad cuantas obras os parezcan bien; si no oráis debidamente y con frecuencia, nunca alcanzaréis vuestra salvación; pues la oración abre los ojos del alma, hácele sentir la magnitud de su miseria, la necesidad de recurrir a Dios y de temer su propia debilidad.
El cristiano confía solamente en Dios; nada espera de sí mismo.

Cosilla para pensar

El santo rosario es muy recomendado. En total se rezan 153 avemarías (10 avemarías en cada uno de los 15 misterios más 3 al principio del rosario), que es el mismo número de salmos. Este número tiene su gracia, pues es el primer número que es la suma de 3 cubos: 1 al cubo más 3 al cubo más 5 al cubo. También en la pesca milagrosa los apóstoles pescaron 153 peces. Mucho 3 tiene el 153. ¿Y qué es el tres? Pues, entre otras cosas, indica lo más de lo más. Si alguien nos dice: “Gracias, gracias, gracias” parece indicar que está agradecido hasta el centro de su ser. Cuando los ángeles dicen: “Sanctus, Sanctus, Sanctus” (3 veces), pues es la declaración máxima de santidad. No es raro, pues, que el rosario tenga el 153, que contiene tantos 3. En el “Confiteor”, también decirmos “mea culpa” tres veces, indicando el máximo arrepentimiento.

Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!
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