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Qué es el orgullo (el ego) y la humildad

(texto del excelente sermón del santo cura de Ars sobre el orgullo aquí, en formato odt)

Estamos siempre rodeados, perseguidos, de un montón de demonios. Habitualmente se van turnando para dominarnos. Nos dominan porque nos dejamos. Es increíble, pero es así. Mientras nos dominan no somos nosotros los dueños de nuestro cuerpo y de nuestra vida, son ellos. Ellos hacen lo que quieren con nuestro cuerpo y nosotros les obedecemos. Es una locura pero es lo habitual.

Son como los mosquitos: que antes de chupar la sangre nos inoculan un anestésico para que no notemos el pinchazo. Ellos igual, además de usar nuestro cuerpo y mente para lo que ellos quieren, nos engañan para que no nos demos cuenta.

(Los que mandan hacen lo mismo, además de perjudicarnos de todas las formas que pueden nos engañan diciendo que ellos son inocentes, que la culpa es de otro).

El orgullo es el principal demoniete que obedecemos y él va llamando al resto por turnos.

La Iglesia lo llama “el orgullo”. Algunos lo llaman “la importancia personal”. (La diferencia con la “vanidad” está muy bien explicada en el libro “El criterio”, del P. Jaime Balmes).

El anestésico que nos da para que no nos demos cuenta de que no somos nosotros los dueños de nuestra vida, sino que es él, es engañarnos de quién somos nosotros (luego se explica).

Tomando como base esa mentira, es como va justificando el llamar al resto de demonietes.

El orgullo fue el primer pecado, el que cometió Lucifer cuando rechazó colaborar cuando Dios anunció a los ángeles el plan de redención (que consistía en el sacrificio de su Hijo encarnado en forma de hombre. Los hombres somos seres menos perfectos que los ángeles, aunque podemos hacer cosas más importantes de las que ellos pueden, como la Misa y estamos llamados a ser como Dios, pues somos Hijos de Dios, ni los ángeles lo son ni serán. Una cosa es a lo que estamos llamados y otra que la inmensa mayoría se condena).

“El orgullo nos ciega y nos hace odiosos a los ojos de Dios y de los hombres” “el orgullo nos oculta nuestros defectos” “este pecado sume al alma en tan espesas tinieblas que nadie se cree culpable del mismo” “el orgullo es la fuente de toda clase de vicios” (Sermón santo cura de Ars)

La principal mentira que nos dice el orgullo: nos engaña de quienes somos

El orgullo nos hace creer todas las mentiras que puede, la principal, hacernos olvidar que somos Hijos de Dios (si bautizados) y nuestra misión en la tierra; para hacernos creer que somos una de nuestras circunstancias temporales: alcalde, abogado, guapo, rico,... y, como consecuencia, que nuestra misión en la tierra es pasárnoslo lo mejor posible por todos los medios posibles.

Una vez hemos tragado esa mentira, el resto es “coser y cantar”: llamará al demoniete ira cuando oigamos hablar mal de los abogados, al demoniete envidia cuando perdamos las elecciones y saludemos al vencedor, al demoniete celos cuando nuestra novia nos deje por otro, al demoniete avaricia cuando alguien se adelante a comprar una casa que queríamos, etc.

El orgullo no tiene nada que ver con el tipo de carácter o personalidad que tenemos, (ver lo explicado en el artículo “dones naturales, sobrenaturales”).

Qué quiere el orgullo

El demoniete orgullo es sólo un soldado del ejército de Satanás, que lo que quiere es que se condene el mayor número de gente posible. Satanás, (como los que mandan, que actualmente están casi todos a su servicio), lo que hace es mantenernos lo más distraídos posibles para que no tengamos ni tiempo ni energía para descubrir quienes somos y así trabajar por nuestra salvación (y que nuestro alma se le escape de las manos). Para ello utiliza todos los medios y se adapta “al cliente” (ver artículo sobre cómo tienta el diablo).

El dinero es el “socio capitalista” del orgullo

El que le financia, el que le permite hacer muchas cosas que sin él no podría.

Por eso Jesucristo decía que era tan difícil para los ricos entrar en el reino de los cielos.

Porque:

El general Franco en España le dijo a Vicente Ferrer: "el dinero es lo que pervierte a los pueblos".

Cómo detectar si el orgullo nos está dominando

Observar si “reaccionamos”

Si cuando alguien nos critica, antes de que acabe de hablar empezamos a responder, si no podemos dejar de defendernos cuando nos sentimos atacados, si no podemos dejar de justificarnos cuando nos culpan, de recordar nuestros méritos cuando nos humillan.

Siempre que “reaccionamos”, es nuestro orgullo. Antes de responder, debemos escuchar atentamente al otro, pues quizá lo que nos diga sea verdadero, nos informe de cosas que no sabíamos y haga que nuestra reacción sea justa la contraria a la que nos mandaba nuestro orgullo.

Por cómo miramos a los demás

Si miramos a los demás como inferiores, como medios para conseguir nuestros fines,... Pueden efectivamente ser bás bajitos que nosotros, pero lo importante es cómo los ve Dios, e igual a ellos los ve como “grandes personas” y a nosotros como “gusanos”.

Por el tipo de pensamiento

Todos los pensamientos del tipo:

son de uno de nuestros demonietes: ellos nos los meten en la cabeza.

Todos los pensamientos obsesivos, darle vueltas a las cosas inútilmente. (Si he roto un vaso, no pasar todo el día pensando en ello).

Por lo que hacemos

Todo lo que hacemos mal y lo sabemos y no queremos mirarlo.

Observar cómo nos sentimos

Observar nuestra respiración, si nuestro cuerpo está tenso.
Si no estamos gozosamente en paz, con dicha interior, (aún en las peores circunstancias), es que uno de nuestros demonietes está dominándonos. (Externamente nos comportamos como convenga, pero siempre con infinita paz y gozo interiores).

Podemos (y debemos) mostrar alegría o enfado cuando las condiciones externas (sociales) lo exijan, pero sabiendo que lo hacemos sólo por eso.

Podemos estar sintiendo un gran malestar y al mismo tiempo un gran gozo profundo, como cuando cuidamos toda la noche a nuestro hijito con fiebre.

Pero si me pisan el pie, ¿qué hago con mi dolor?”

Pues nada de sufrir y enojarse. El demonio de turno estará encantado de que lo hagamos (así toma él el control). Y al cabo del rato, (cuando nos calmemos), nos devolverá el cuerpo agotado por la ira, eso si no iniciamos una pelea con resultados peores.

En vez de ello,

miramos los hechos: si nos han hecho alguna herida, masajeamos el pie para que no se amorate demasiado,... y usamos el dolor para lo que es: para informarnos de que algo anormal pasa en alguna parte del cuerpo.

En vez de ello,

tratamos de comprender la situación: quizá descubramos que quien nos ha pisado está ciego o va cargado con mucho paquetes que le impiden ver dónde pisa, etc.

¿Y si es un dolor mental, como recibir un insulto?

Pues más fácil, porque el único quien se ofende es... el demoniete “orgullo”. Lo que de verdad somos nosotros no va a cambiar porque alguien nos insulte.

¿Y entonces qué hacemos?

Pues hagamos lo que está más allá, (o por encima), del 'me gusta' / 'me disgusta' y del resto de pensamientos del demoniete de turno.

Hagamos como Armónica, en la película "Érase una vez en el Oeste"

Hagamos lo que decía Tolstoi (en 'Amar al prójimo'): cumplamos con (lo que entendamos) nuestro deber. (El nuestro, ¡no de ninguno de nuestros demonietes! Ojo, también tenemos los “demonietes disfrazados de buenos” que nos perjudican tanto como los “demonietes no disfrazados”)

Ojo, bien seguros que lo que entendemos como nuestro deber es lo que nos dice el Cristo que llevamos dentro, no una sugerencia del Demonio, de uno de nuestros demonietes

Blas de lezo parece que seguía lo que sentía su deber, independientemente de todas las dificultades.

Con la serenidad del chino del cuento.

Y el mejor modelo, cómo no: Jesucristo.

Cómo lo explica el santo cura de Ars en su sermón sobre las tentaciones:

“La más leve murmuración, una calumnia, hasta un papel algo frío, una pequeña desconsideración de parte de los demás, un favor pagado con ingratitud, provocan en seguida en su ánimo sentimientos de odio, de venganza, de aversión, hasta el punto de llegar a veces a no querer ver jamás a su prójimo o a lo menos a tratarle con frialdad, con un aire que revela indudablemente lo que pasa en su corazón; ...”

Humildad

Como dice en su sermón sobre el orgullo el santo cura de Ars, la humildad “no consiste, pues, en palabras ni en obras, sino en el conocimiento de sí mismo, gracias al cual descubrimos en nuestro ser un cúmulo de defectos que el orgullo nos ocultara hasta el presente”, virtud “absolutamente necesaria para ir al cielo”, “sólamente por la humildad podemos reconocer a un buen cristiano”, «Te basta la sola humildad. En vano he trabajado en buscar la verdad; para conocer el camino que más seguramente lleve a Dios, nunca he sabido hallar otro», “una persona verdaderamente humilde nunca habla de sí propia, ni en bien ni en mal; conténtase con humillarse delante de Dios, que la conoce tal cual es. Sus ojos no atienden más que a su conducta propia, y gime siempre por reconocerse muy culpable; por otro lado, no deja de trabajar por hacerse cada vez más digna de Dios. Nunca la veréis emitir su juicio sobre la conducta de los demás, nunca deja de formar buena opinión de todo el mundo. ¿Hay alguien a quien sepa despreciar? A nadie más que a sí propia. Siempre echa a buena parte lo que hacen sus hermanos, pues está muy persuadida de que sólo ella es capaz de obrar el mal. De aquí viene que, si habla de su prójimo, es para elogiarlo; si no puede decir de los demás cosa buena, se calla; cuando la desprecian, ...”

La humildad no es estar ciegos a como es el mundo (con todos sus pecados), es verlo pero no quedarse mirándolo. Es ver al vecino hacer algo criticable pero no criticarle, pues sabemos ciertamente que tenemos muchas miserias dentro de nosotros y no sabemos con certeza lo que tiene el vecino en su corazón ni los talentos que recibió o no de Dios. Y las miserias del vecino (en caso de ser ciertas, que muchas veces son puras invenciones nuestras), no descargarán el peso de mis pecados en el juicio. Interesarnos por el vecino, por el mundo, muchas veces es cotilleo y ocasión para otros pecados.

Visitar este sitio con ánimo de aprender es una muestra de humildad, pues el orgulloso se cree perfecto y, por tanto, que no necesita aprender nada.

Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!
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