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Índice de temas religiosos
Francisco es un anti-papa (trabaja para el Demonio)

Qué es el orgullo (el ego) y la humildad

(texto del excelente sermón del santo cura de Ars sobre el orgullo aquí, en formato odt)

Humildad

Como dice en su sermón sobre el orgullo el santo cura de Ars, la humildad “no consiste, pues, en palabras ni en obras, sino en el conocimiento de sí mismo, gracias al cual descubrimos en nuestro ser un cúmulo de defectos que el orgullo nos ocultara hasta el presente”, virtud “absolutamente necesaria para ir al cielo”, “sólamente por la humildad podemos reconocer a un buen cristiano”, «Te basta la sola humildad. En vano he trabajado en buscar la verdad; para conocer el camino que más seguramente lleve a Dios, nunca he sabido hallar otro», “una persona verdaderamente humilde nunca habla de sí propia, ni en bien ni en mal; conténtase con humillarse delante de Dios, que la conoce tal cual es. Sus ojos no atienden más que a su conducta propia, y gime siempre por reconocerse muy culpable; por otro lado, no deja de trabajar por hacerse cada vez más digna de Dios. Nunca la veréis emitir su juicio sobre la conducta de los demás, nunca deja de formar buena opinión de todo el mundo. ¿Hay alguien a quien sepa despreciar? A nadie más que a sí propia. Siempre echa a buena parte lo que hacen sus hermanos, pues está muy persuadida de que sólo ella es capaz de obrar el mal. De aquí viene que, si habla de su prójimo, es para elogiarlo; si no puede decir de los demás cosa buena, se calla; cuando la desprecian, ...”

La humildad no es estar ciegos a como es el mundo (con todos sus pecados), es verlo pero no quedarse mirándolo. Es ver al vecino hacer algo criticable pero no criticarle, pues sabemos ciertamente que tenemos muchas miserias dentro de nosotros y no sabemos con certeza lo que tiene el vecino en su corazón ni los talentos que recibió o no de Dios. Y las miserias del vecino (en caso de ser ciertas, que muchas veces son puras invenciones nuestras), no descargarán el peso de mis pecados en el juicio. Interesarnos por el vecino, por el mundo, muchas veces es cotilleo y ocasión para otros pecados.

Visitar este sitio con ánimo de aprender es una muestra de humildad, pues el orgulloso se cree perfecto y, por tanto, que no necesita aprender nada.

Una maestra, en esto de la humildad, es S. Teresa del Niño Jesús (de Lisieux), que predica lo de “hacerse como niños” para entrar en el cielo:

“Nunca he dado a Dios más que amor” (complacer a Jesús siempre, en acciones grandes y pequeñas. No descuidar ningún sacrificio, por pequeño que parezca. En aceptar con alegría las pequeñas cruces que nos llegan todos los días).

Basta con humillarse, con (ver y) soportar dulcemente nuestras imperfecciones”.

Al reconocer un error, pecado, decirse “¡Todavía estoy así! Pero con gran dulzura y sin tristeza. ¡Es tan dulce sentirse débil y pequeño!”. Si alguien nos espeta un defecto, responder “es verdad”, y no avergonzarnos, ni llorar, ni enfadarnos,... seguir jugando y hablando como si nada.

“El espíritu de infancia mata más seguramente el orgullo que el espíritu de penitencia”. Mons. Gay.

Extracto del sermón sobre la humildad, del S. cura de Ars:

La (humildad) exterior consiste:

1º en no alabarse del éxito de alguna acción por nosotros practicada, en no relatarla al primero que nos quiera oír; en no divulgar nuestros golpes audaces, los viajes que hicimos, nuestras mañas o habilidades, ni lo que de nosotros se dice favorable;

2º en ocultar el bien que podemos haber hecho, como son las limosnas, las oraciones, las penitencias, los favores hechos al prójimo, las gracias interiores de Dios recibidas;

3º en no complacernos en las alabanzas que se nos dirigen; para lo cual deberemos procurar cambiar de conversación, y atribuir a Dios todo el éxito de nuestras empresas; o bien deberemos dar a entender que el hablar de ello nos disgusta, o marcharnos, si nos es posible.

4º nunca deberemos hablar ni bien ni mal de nosotros mismos, para que se nos alabe: esto es una falsa humildad a la que podemos llamar humildad con anzuelo. No habléis nunca de vosotros, contentaos con pensar que sois unos miserables, que es necesaria toda la caridad de un Dios para soportaros sobre la Tierra.

5º nunca se debe disputar con los iguales; en todo en cuanto no sea contrario a la conciencia, debemos siempre ceder; no hemos de figurarnos que nos asiste siempre el derecho; aunque lo tuviésemos, hemos de pensar al momento que también podríamos equivocarnos, como tantas veces ha sucedido; y, sobre todo, no hemos de tener la pertinacia de ser los últimos en hablar en la discusión, ya que ello revela un espíritu repleto de orgullo.

6º nunca hemos de mostrar tristeza cuando nos parece ser despreciados, ni tampoco ir a contar a los demás nuestras cuitas; esto daría a entender que estamos faltos de toda humildad, pues, de lo contrario, nunca nos sentiríamos bastante rebajados, ya que jamás se nos tratará cual nuestras culpas tienen merecido; lejos de entristecernos, debemos dar gracias a Dios, a semejanza del santo rey David, quien volvía bien por mal, pensando cuánto había él también despreciado a Dios con sus pecados.

7º debemos estar contentos al vernos despreciados, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, de quien se dijo que se "vería harto de oprobios" (Lamentaciones 3:30), y el de los apóstoles, de quienes se ha escrito "que experimentaban una grande alegría porque habían sido hallados dignos de sufrir ignominia por amor de Jesucristo"; todo lo cual constituirá nuestra mayor dicha y nuestra más firme esperanza en la hora de la muerte.

8º Cuando hemos cometido algo que pueda sernos echado en cara, no debemos excusar nuestra culpa; ni con rodeos, ni con mentiras, ni con el gesto debemos dar lugar a pensar que no lo cometimos nosotros. Aunque fuésemos acusados falsamente, mientras la gloria de Dios no sufra menoscabo, deberíamos callar. Ved lo que sucedió a aquélla joven que fue conocida con el nombre de hermano Marín... ¡Ay! ¿quién de nosotros se habría sometido a semejantes pruebas sin justificarse, cuando tan fácilmente podía hacerlo?

9º Esta humildad consiste en practicar aquéllo que más nos desagrada, lo que los demás no quieren hacer, y en complacerse en vestir con sencillez.

En esto consiste, H.M. la humildad exterior. Mas ¿en qué consiste la interior? Vedlo aquí. Consiste:

1º en sentir bajamente de sí mismo; en no aplaudirse jamás en lo íntimo de su corazón al ver coronadas por el éxito las acciones realizadas; en creerse siempre indigno e incapaz de toda buena obra, fundándose en las palabras del mismo Jesucristo cuando nos dice que sin Él nada bueno podemos realizar, pues ni tan sólo una palabra, como por ejemplo "Jesús", podemos pronunciar sin el auxilio del Espíritu Santo.

2º Consiste en sentir satisfacción de que los demás conozcan nuestros defectos, a fin de tener ocasión de mantenernos en nuestra insignificancia;

3º en ver con gusto que los demás nos aventajen en riquezas, en talento, en virtud, o en cualquier otra cosa; en someternos a la voluntad o al juicio ajenos, siempre que ello no sea contra conciencia.

Sí, H.M., la persona verdaderamente humilde debe semejar un muerto, que no se enoja por las injurias que se le infieren, ni se alegra de las alabanzas que se le tributan.

En esto consiste, H.M., poseer la humildad cristiana, la cual tan agradables nos hace a Dios y tan apreciables a los ojos del prójimo. Considerad ahora si la tenéis o no. Y si desgraciadamente no la poseéis, no os queda otro camino, para salvaros, que pedirla a Dios hasta obtenerla; ya que sin ella no entraríamos en el cielo.

Nuestros demonios particulares

Estamos siempre rodeados, perseguidos, de un montón de demonios. Habitualmente se van turnando para dominarnos. Nos dominan porque nos dejamos. Es increíble, pero es así. Mientras nos dominan no somos nosotros los dueños de nuestro cuerpo y de nuestra vida, son ellos. Ellos hacen lo que quieren con nuestro cuerpo y nosotros les obedecemos. Es una locura pero es lo habitual.

Son como los mosquitos: que antes de chupar la sangre nos inoculan un anestésico para que no notemos el pinchazo. Ellos igual, además de usar nuestro cuerpo y mente para lo que ellos quieren, nos engañan para que no nos demos cuenta.

(Los que mandan hacen lo mismo, además de perjudicarnos de todas las formas que pueden nos engañan diciendo que ellos son inocentes, que la culpa es de otro).

El orgullo es el principal demoniete que obedecemos y él va llamando al resto por turnos.

La Iglesia lo llama “el orgullo”. Algunos lo llaman “la importancia personal”. (La diferencia con la “vanidad” está muy bien explicada en el libro “El criterio”, del P. Jaime Balmes).

El anestésico que nos da para que no nos demos cuenta de que no somos nosotros los dueños de nuestra vida, sino que es él, es engañarnos de quién somos nosotros (luego se explica).

Tomando como base esa mentira, es como va justificando el llamar al resto de demonietes.

El orgullo fue el primer pecado, el que cometió Lucifer cuando rechazó colaborar cuando Dios anunció a los ángeles el plan de redención (que consistía en el sacrificio de su Hijo encarnado en forma de hombre. Los hombres somos seres menos perfectos que los ángeles, aunque podemos hacer cosas más importantes de las que ellos pueden, como la Misa y estamos llamados a ser como Dios, pues somos Hijos de Dios, ni los ángeles lo son ni serán. Una cosa es a lo que estamos llamados y otra que la inmensa mayoría se condena).

Nuestros pecados nos ciegan y dejan sordos literalmente

Todos nuestros pecados nos distorsionan nuestra visión de la realidad en mayor o menor grado. El que más lo hace, por ser el más importante y raíz de todos es el orgullo.

Es como el que va conduciendo lento provocando una larga caravana de coches detrás, y, recordándole alguien lo que lleva detrás, respondiera: “para qué voy a correr más, si voy el primero”. Ignorancia probablemente producida por su orgullo. O el refrán “piensa el ladrón que todos son de su misma condición”, igualmente el ladrón probablemente es ignorante y le lleva a pensar equivocadamente de los demás por su orgullo. Si fuera humilde, fuera consciente de sus defectos, probablemente se consideraría inferior a los demás y no les vería los pecados que él tiene (o se los excusaría a ellos pero no a sí mismo).

“El orgullo nos ciega y nos hace odiosos a los ojos de Dios y de los hombres” “el orgullo nos oculta nuestros defectos” “este pecado sume al alma en tan espesas tinieblas que nadie se cree culpable del mismo” “el orgullo es la fuente de toda clase de vicios” (Sermón santo cura de Ars)

«No hay tinieblas más tenebrosas ni cosa tan oscura y negra, que [el pecador] no lo esté mucho más... Si lo entendiesen, no sería posible a ninguno pecar». «¡Qué turbados quedan los sentidos! Y las potencias ¡con qué ceguera, con qué mal gobierno!... Oí una vez a un hombre espiritual que no se extrañaba de las cosas que hiciese uno que está en pecado mortal, sino de lo que no hacía» (1 Morada 2,1-5). S. Teresa de Ávila

Qué hiere a nuestro demoniete orgullo

Cuando alguien nos dice algo que hiere a nuestro demoniete orgullo, él nos altera el cuerpo para dejar de oír literalmente lo que nos dicen. Le puede herir que nos digan nuestras contradicciones, que nos recuerden nuestras debilidades, nuestros errores o pecados pasados, que nos digan verdades que somos todavía incapaces de asimilar, de aceptar porque chocan con intereses o ideas en los que basamos nuestra situación, nuestro actuar actual.

Siempre que nos dicen algo que nos molesta es culpa nuestra; pues toca un tema que tenemos “en herida abierta”: si alguien nos habla de nuestros “cuernos verdes”, pensaremos que está borracho, no ve bien, está de broma,... no nos molestaremos porque estamos convencidos que unos cuernos verdes no tienen nada que ver con nosotros. Pero si alguien nos acusa de ladrones y nos alteramos,... es que quizá tienen fundamentos por que decirlo. Como dice el refrán: “El que se pica, ajos come” (no es culpa de los ajos que piquen, si alguien se molesta del picor de los ajos es que los está comiendo, esa molestia es culpa suya que ha decidido comerlos, no de los ajos). También puede tener el otro culpa si sabe de nuestra herida o peca de imprudencia (“no mentar la horca en casa del ahorcado”).

La principal mentira que nos dice el orgullo: nos engaña de quienes somos

El orgullo nos hace creer todas las mentiras que puede, la principal, hacernos olvidar que somos Hijos de Dios (si bautizados) y nuestra misión en la tierra; para hacernos creer que somos una de nuestras circunstancias temporales: alcalde, abogado, guapo, rico,... y, como consecuencia, que nuestra misión en la tierra es pasárnoslo lo mejor posible por todos los medios posibles.

Una vez hemos tragado esa mentira, el resto es “coser y cantar”: llamará al demoniete ira cuando oigamos hablar mal de los abogados, al demoniete envidia cuando perdamos las elecciones y saludemos al vencedor, al demoniete celos cuando nuestra novia nos deje por otro, al demoniete avaricia cuando alguien se adelante a comprar una casa que queríamos, etc.

El orgullo no tiene nada que ver con el tipo de carácter o personalidad que tenemos, (ver lo explicado en el artículo “dones naturales, sobrenaturales”).

Qué quiere el orgullo

El demoniete orgullo es sólo un soldado del ejército de Satanás, que lo que quiere es que se condene el mayor número de gente posible. Satanás, (como los que mandan, que actualmente están casi todos a su servicio), lo que hace es mantenernos lo más distraídos posibles para que no tengamos ni tiempo ni energía para descubrir quienes somos y así trabajar por nuestra salvación (y que nuestro alma se le escape de las manos). Para ello utiliza todos los medios y se adapta “al cliente” (ver artículo sobre cómo tienta el diablo).

El dinero es el “socio capitalista” del orgullo

El que le financia, el que le permite hacer muchas cosas que sin él no podría.

Por eso Jesucristo decía que era tan difícil para los ricos entrar en el reino de los cielos.

Porque:

El general Franco en España le dijo a Vicente Ferrer: "el dinero es lo que pervierte a los pueblos".

Cómo detectar si el orgullo nos está dominando

Observar si “reaccionamos”

Si nos sentimos atacados personalmente cuando alguien critica algo que hemos hecho, si no podemos dejar de justificarnos cuando nos culpan, de recordar nuestros méritos cuando nos humillan.

Siempre que “reaccionamos”, es nuestro orgullo. Antes de responder, debemos escuchar atentamente al otro, pues quizá lo que nos diga sea verdadero, nos informe de cosas que no sabíamos y haga que nuestra reacción sea justa la contraria a la que nos mandaba nuestro orgullo.

Observar si no queremos saber

Si cuando alguien nos quiere avisar de algo importante no queremos escucharle y, efectivamente no le escuchamos, por cualquier recurso (respondiéndole antes de que acabe de hablar, cambiando el hilo de la conversación, salimos corriendo,...), pues es claro pecado de orgullo.

Por cómo miramos a los demás

Si miramos a los demás como inferiores, como medios para conseguir nuestros fines,... Pueden efectivamente ser más bajitos que nosotros, pero lo importante es cómo los ve Dios, e igual a ellos los ve como “grandes personas” y a nosotros como “gusanos”.

El procedimiento por el que el demoniete orgullo nos hace creernos superiores a los demás es muy sencillo. Dado que no somos todos idénticos, el demoniete nos hace que veamos un aspecto en el que somos más que los demás (por ejemplo, que comemos más zanahorias que los demás). Luego nos insinúa un montón de razones por lo que eso es lo más importante de todo, y así, acabamos creyéndonos superiores a todo el resto de gente que no come tantas zanahorias, que “todo el mundo sabe que es lo más importante de todo”. Al demonio le gusta obsesionar, pues con ello nos deforma la visión de la realidad y puede hacernos creer que estamos “sobre” los demás.

Por el tipo de pensamiento

Todos los pensamientos del tipo:

son de uno de nuestros demonietes: ellos nos los meten en la cabeza.

Todos los pensamientos obsesivos, darle vueltas a las cosas inútilmente. (Si he roto un vaso, no pasar todo el día pensando en ello).
Todos los juicios a los demás (no a sus obras, sino a ellos como persona). Ver artículo “juzgar”.
Si tengo alguno de los sentimientos o pensamientos anteriores, pues quizá sea insinuado por uno de nuestros demonietes, llamado probablemente por nuestro orgullo, o del orgullo mismo.

Por la seguridad de nuestros pensamientos, palabras, actos

Sólo podemos estar seguros al 100% de la bondad de nuestra intención, no de la bondad de nuestros actos, pues ello implicaría conocer con certeza absoluta (al 100%) lo que quiere Dios que hagamos en este momento, lo cual es imposible, por las secuelas del pecado original: si estamos 100% seguros de que estamos obrando bien, es un claro pecado de orgullo.

En la tierra, sólo el papa (cuando lo había) estaba seguro de expresar la verdad (en temas de fe y de moral), estaba seguro de que Dios obraba por él en ese caso. (La voluntad de Dios era que dijera “...”).

Los reyes se rodeaban de consejeros y nosotros, vasallos incultos, ¿vamos a creernos conocer la voluntad de Dios? (de los hechos futuros, no de los presentes o pasados, ya inevitables). El gran santo cura de Ars, fabuloso confesor, dudó hasta cercana su muerte si debía dedicarse a confesar o retirarse a un convento de clausura.

Si creemos saber ciertamente, al 100%, que no vamos a condenarnos,... ídem. (Nadie tiene garantizada la perseverancia final). Si creemos saber todo lo importante que debemos saber y no olvidar nada,... ídem.
(También podemos pecar de lo contrario: de un exceso de temor, de precaución, de duda; por pusilánimes, por desconfianza en la Providencia o en la misericordia de Dios,...)

Por lo que hacemos

Todo lo que hacemos mal y lo sabemos y no queremos mirarlo.

¿Somos capaces de reírnos de nosotros mismos?

Es un buen ejercicio y señal de humildad el reírnos de nosotros mismos, de nuestros afanes, de nuestras esperanzas mundanas,...

Observar cómo nos sentimos

Observar nuestra respiración, si nuestro cuerpo está tenso.
Si no estamos gozosamente en paz, con dicha interior, (aún en las peores circunstancias), es que uno de nuestros demonietes está dominándonos. (Externamente nos comportamos como convenga, pero siempre con infinita paz y gozo interiores).

Podemos (y debemos) mostrar alegría o enfado cuando las condiciones externas (sociales) lo exijan, pero sabiendo que lo hacemos sólo por eso.

Podemos estar sintiendo un gran malestar y al mismo tiempo un gran gozo profundo, como cuando cuidamos toda la noche a nuestro hijito con fiebre.

Pero si me pisan el pie, ¿qué hago con mi dolor?”

Pues nada de sufrir y enojarse. El demonio de turno estará encantado de que lo hagamos (así toma él el control). Y al cabo del rato, (cuando nos calmemos), nos devolverá el cuerpo agotado por la ira, eso si no iniciamos una pelea con resultados peores.

En vez de ello,

miramos los hechos: si nos han hecho alguna herida, masajeamos el pie para que no se amorate demasiado,... y usamos el dolor para lo que es: para informarnos de que algo anormal pasa en alguna parte del cuerpo.

En vez de ello,

tratamos de comprender la situación: quizá descubramos que quien nos ha pisado está ciego o va cargado con mucho paquetes que le impiden ver dónde pisa, etc.

¿Y si es un dolor mental, como recibir un insulto?

Pues más fácil, porque el único quien se ofende es... el demoniete “orgullo”. Lo que de verdad somos nosotros no va a cambiar porque alguien nos insulte.

¿Y entonces qué hacemos?

Pues hagamos lo que está más allá, (o por encima), del 'me gusta' / 'me disgusta' y del resto de pensamientos del demoniete de turno.

Hagamos como Armónica, en la película "Érase una vez en el Oeste"

Hagamos lo que decía Tolstoi (en 'Amar al prójimo'): cumplamos con (lo que entendamos) nuestro deber. (El nuestro, ¡no de ninguno de nuestros demonietes! Ojo, también tenemos los “demonietes disfrazados de buenos” que nos perjudican tanto como los “demonietes no disfrazados”)

Ojo, bien seguros que lo que entendemos como nuestro deber es lo que nos dice el Cristo que llevamos dentro, no una sugerencia del Demonio, de uno de nuestros demonietes

Blas de Lezo parece que seguía lo que sentía su deber, independientemente de todas las dificultades.

Con la serenidad del chino del cuento.

Y el mejor modelo, cómo no: Jesucristo.

Cómo lo explica el santo cura de Ars en su sermón sobre las tentaciones:

“La más leve murmuración, una calumnia, hasta un papel algo frío, una pequeña desconsideración de parte de los demás, un favor pagado con ingratitud, provocan en seguida en su ánimo sentimientos de odio, de venganza, de aversión, hasta el punto de llegar a veces a no querer ver jamás a su prójimo o a lo menos a tratarle con frialdad, con un aire que revela indudablemente lo que pasa en su corazón; ...”

Reglas de S. Benito para sus monjes

  1. Tomar una actitud velada, con los ojos modestamente bajos.

  2. Tener una manera de hablar discreta, con palabras mesuradas, sin gritar.

  3. Evitar las risas estrepitosas y la disipación alborotada.

  4. Ninguna precipitación por tomar parte en las conversaciones y callarse hasta que se haya de responder a una pregunta.

  5. Pasar por el monasterio como todo el mundo, sin singularizarse.

  6. Creerse, con toda sinceridad, más miserable que los demás.

  7. A la vista de las deficiencias personales, reconocer la propia insuficiencia para desempeñar los cargos más elevados, y considerarse siervo indigno e inútil en todas las cosas.

  8. Reconocerse pecador.

  9. Aceptar con paciencia, dentro de una humilde obediencia, las duras crucifixiones de la vida.

  10. Tomar por regla el juicio de los superiores.

  11. No complacerse en la voluntad propia.

  12. Vivir en el temor de Dios y en la sumisión a todos sus preceptos.

Este sitio es cada vez más difícil de encontrar con los buscadores, por lo que se explica en este otro sitio. Si quiere volver a él, mejor que se acuerde de su nombre (ecomercado.es).

Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!

Estas páginas son apuntes que pueden contener errores de un servidor y se van mejorando con el tiempo y la gracia de Dios.

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