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El Diablo (el Demonio, Satanás, Lucifer, Baphomet)

Nosotros, en esta vida terrena, estamos en un estado de “percepción disminuida”. Como mucho tenemos la fe, que no es un conocimiento tan fuerte como el de las cosas terrenas, que adquirimos por los sentidos.

Cuando fueron creados los ángeles, ellos no conocían al detalle los planes de Dios sobre el hombre: ni que iba a ser “a su imagen y semejanza (de Dios)” ni que el Hijo se iba a hacer hombre. Hasta entonces ellos eran las criaturas más excelsas. Cuando Dios les comunicó sus planes, esto les colocó en una situación semejante a la nuestra: tuvieron que elegir sobre un tema que no conocían completamente. Tuvieron que elegir entre obedecer “un poco a ciegas” a Dios (su creador: “casi nada”) o hacer lo que Satanás hizo: responder “Non serviam” (“que con él no contaran para trabajar en ese plan”).

Dos tercios de los ángeles aceptaron seguir sirviendo a Dios, fuera para hacer lo que fuera. Un tercio de los ángeles, liderados por Lucifer, se negaron.

Los ángeles tienen la característica de que no pueden cambiar de parecer: una vez han dicho “Digo”, no pueden decir luego “Diego”. Por ello, en el mismo instante que se negaron, Dios tuvo que crear el infierno para alojarles, y que estuvieran allí para siempre. Condenados a no ver a Dios, como antes sí veían, y ven el resto de ángeles. Por ello nos tiene odio y envidia.

El Diablo es una criatura, un ángel, no tiene “nada que hacer” en su lucha contra Dios.

Todo esto está más explicado en el Tratado del Espíritu Santo, capítulo III.

En otro artículo se explica como nos tienta, ataca.

condenado
Imagen típica de un condenado, suspendido por cadenas por las muñecas. Esta figura la han puesto encima de un altar delante de la imagen de la Virgen en Montserrat (España). Evidentemente no es Cristo, no hay ni cruz, ni corona de espinas, ni herida en el costado ni está crucificado.

Qué le gusta al Demonio

Dado que Dios es el Señor de la unidad, Satanás es el señor de la separación. Separación de todo:

La inteligencia es la facultad que nos permite relacionar unas cosas con otras. El Diablo pretende justamente lo contrario, separar, aislar, independizar, unas cosas de otras, resaltar y que nos fijemos en las diferencias. Para Dios, la inteligencia suprema, todo lo creado es Su única, una, creación. Dios ve la relación de todo con todo nítidamente. A nosotros con nuestra inteligencia que es como la de Dios (porque estamos hechos a su imagen y semejanza), pero mucho menos desarrollada, nos cuesta esfuerzo ir viendo la relación entre las cosas, abstraernos de los detalles y llegar a las esencias que unen.

El “Tratado del Espíritu Santo” de Mons. Gaume (1864) es muy claro y ameno y explica muy bien la influencia del Demonio en el mundo. (Ver extractos aquí).

Como criatura, Dios sólo le deja hacernos lo que es conveniente para nosotros.

Los caballos de salto pueden decir: "Qué malo es este jinete que me hace saltar estos obstáculos cada día". Pero cuando fortalecido por el ejercicio gana el campeonato bien contento que está él y su jinete.

El diablo es el que nos incita a hacer el Mal.

Él es el Señor de la Mentira, de donde procede toda mentira, y cuando tentó a Cristo en el desierto (Lucas 4,1-13) dijo una mentira :

"Todo este poder y su gloria te daré, pues a mí me ha sido entregado, y a quien quiero se lo doy; si, pues, te postras delante de mí, todo será tuyo".)
Toda la gente que hace magia para conseguir las cosas que quiere está pidiéndoselas al Diablo, porque incumplen el primer mandamiento de la ley de Dios: "Amarás a Dios sobre todas las cosas" (No tendrás más dios que a mi).

El Diablo nos tiene esclavizados hasta que descubrimos a Cristo en nuestro interior y le servimos.

Nuestro orgullo, o nuestros innumerables vicios, es nuestra sumisión a demonios a su servicio (los demonios son criaturas al servicio del Diablo)

(Decimos "se le llevaban los demonios", cuando alguien se deja dominar por uno de sus vicios (ira, orgullo, lujuria,...). Los demonios a los que hacemos caso son como sanguijuelas que, en vez de chuparnos la sangre como hacen ellas, ellos viven de nuestros pecados, de la energía que ponemos en cometerlos).

Uno de los significados del nombre que los musulmanes dan al demonio es "el obsesionador".

Según Giovanni Papini, "el dinero es el excremento del Diablo".

(Muy recomendable su libro "Jesús de Nazaret, sobre la vida de Cristo")

El Diablo odia que seamos austeros, porque tiene menos cosas con que tentarnos.

(Aunque nunca estamos a salvo completamente de él, pues incluso haciendo de ermitaños podemos caer en el orgullo de nuestra pobreza).

Nos ataca más cuanto más intentamos seguir a Cristo. Al resto no tiene ni que tentarles, ellos le sirven encantados (como se explica en el cuento, al final del artículo).

En estos tiempos es el que inspira a los que mandan.

En estos últimos siglos el Diablo se ha apoderado grandemente de casi todas las organizaciones humanas (y se ha apoderado de todo el poder temporal de la Iglesia desde 1958). Esto hace cada vez más difícil resistir a sus ataques: sólo nos queda la devoción a Nuestra Santísima Madre y su Rosario.

En la Edad Media, donde estaba más extendido el Reino de Dios sobre la tierra (sobre todo en Europa), era justo lo contrario, pues cualquier pecado era atacado por toda la gente desde el rey hasta el súbdito más pobre, y por tanto, cada uno recibía apoyo de todos lados para no pecar. (Ver libros de Régine Pernoud).

Esta carencia de apoyos hace que en la situación actual:

Cualquiera de nuestros pecados (por definición de pecado) son servicios que rendimos al Demonio. Todo mal, desorden, fealdad, mentira, es, por lo mismo, aprovechado por el Demonio; es trabajo hecho a su servicio.

Ver directamente al Diablo provoca la muerte, tal es su fealdad. Ver cómo nos daña la fealdad.

El “misterio de iniquidad” (las acciones del demonio contra nosotros) empezaron hace muchos siglos

Solemos considerar a los demás como a nosotros mismos (“Piensa el ladrón que todos son de su misma condición”), y así, creemos que los demás son tan inteligentes como nosotros, pero no más, piensan más o menos lo mismo que nosotros. Evidentemente eso es un error, y mucho más en el caso del Diablo, pues él tiene la sabiduría de sus muchos años de vida (6.000) (“Más sabe el Diablo por viejo que por Diablo”) y, por su inmortalidad, es capaz de odiar durante milenios, cosa que, por nuestra efímera vida e intereses a corto plazo, a nosotros ni se nos ocurre. (Hay casos de familias que se odian durante generaciones, o como el odio a Cristo de los descendientes del sanedrín judío que dura 2.000 años, pero lo del Diablo es mayor todavía).

Aunque en estos tiempos el ataque del Demonio es por todos los lados y claro, no es algo nuevo de ahora. Él inspira a los malos desde que se condenó. Toda la historia está llena de actos inspirados por él. Podemos ver un ejemplo gráfico en las esculturas del rosario monumental, en el camino a la Santa Cueva en Montserrat, donde ya en el siglo XIX los escultores hicieron figuras que mentían, que deformaban la vida de Cristo.

Los seguidores del demonio hace siglos que también se infiltraron en la Iglesia para destruirla desde dentro (y alcanzaron el requisito clave, la usurpación del papado, en 1958).

El diablo odia especialmente a las mujeres

Pues por una de ellas Dios se encarnó como hombre (que decíamos arriba que fue lo que destapó su orgullo y se condenase). Odia especialmente a la Virgen, “la más bendita entre las mujeres” que ha habido ni habrá jamás, madre de Dios y madre (espiritual) nuestra.

Y además la Virgen es también “regina angelorum” (reina de los ángeles), tal como recitamos en las letanías.

Ello unido a que el socorro a la Virgen es lo único que nos queda en estos tiempos (devoción hacia ella y práctica de su rosario), hace que el Demonio sea especialmente agresivo con sus lugares de peregrinación, sus templos (Montserrat en España, la catedral de la Inmaculada en Nagasaki,...)

El diablo ataca especialmente a las niñas

Porque ellas serán madres de nuevos soldados de Cristo, y de almas en la gloria gozando de la visión de Dios en el cielo, visión de la que el Demonio está privado para toda la eternidad.

De los seres inanimados, el diablo odia al agua

Porque por el bautismo, la Virgen se convierte en madre del nuevo creyente y nos hace hermanos de Jesucristo.

Además el diablo nos tiene envidia

La encarnación de Dios en forma de hombre es un gran privilegio para nosotros pues nos permite llegar a participar de la divinidad a un grado que los ángeles no pueden ni podrán. Y nos permite, por ejemplo, hacer, ir a misa (en los escasísimos sitios que las hay), que es lo más grande que un hombre puede hacer en su vida y que los ángeles no pueden hacer.

Somos los seres más privilegiados por Dios de toda la creación, por delante de los ángeles; que somos Hijos de Dios (los bautizados). Por eso Satanás nos tiene envidia y desea nuestro mal, que nos vayamos con él y no veamos a Dios.

Comparativa entre Dios y el Diablo

Dios

El Diablo

Es dios

Es una criatura (creada por Dios)

Siempre nos dice lo que más nos conviene. (Nos lo dice continuamente, otra cosa es que nosotros queramos o sepamos escucharle).

Siempre engaña. Que no quiere decir que siempre diga mentira: “si, ese camino lleva a Roma” (verdad, pero es un camino que pasa por la Antártida y hay otro camino que va recto a Roma que no nos dice). No hay nada peor que una verdad a medias, porque la media verdad nos atrae, nos convence, y caemos en la media mentira.

Cada uno tenemos predestinado una silla a una distancia de Dios en el cielo. Nosotros cuando pecamos alejamos de Dios la silla que ocuparemos en el cielo (y podemos llegar a condenarnos). Con nuestros méritos acercamos de nuevo la silla a Dios, pero no más del sitio predestinado.

Dios, para cumplir su plan en la Tierra, nunca va a alejar la silla de nadie en el cielo. Sólo nosotros la alejamos.





Nosotros, para él, NO somos “medios”, instrumentos, herramientas, que si es preciso se gastan, se destruyen, para conseguir el fin.





“El fin no justifica los medios”

Dios quiere que todos nos salvemos, pero para conseguirlo no se impondrá a nuestra libertad.



De nosotros, miserables criaturas, Dios respeta nuestras decisiones.


El Demonio tiene su agenda de actos para tratar de arrebatar el máximo de almas a Dios. Para avanzar en esa agenda engaña, usa, miente a los que aceptan servirle.

Les promete lo que no cumplirá.





Si es preciso, los daña o destruye.





Nosotros, para él, somos “medios”, instrumentos, herramientas, que si es preciso se gastan, se destruyen, para conseguir el fin.



“El fin justifica los medios”

Sabe todo.

No puede leer nuestro pensamiento, sólo ve las cosas materiales que hacemos.

Nuestro Señor nos promete una fila de enemigos, de dificultades, cada vez más fuertes, para irnos desarrollando paulatinamente. (Es como si nos prometiera 20 años de estudio desde párvulos que aprendemos a contar hasta los mayores estudios universitarios de matemáticas). Para nacer casi como animales a llegar a ser santos.

El diablo promete a la gente lo que sabe que “es su debilidad”. Les maneja a través de sus debilidades. Por eso es imprescindible tener algún vicio grave oculto para triunfar en “el mundo” o ser captado por las sociedades secretas.

Empezando por un vicio consigue que vayamos rebajando nuestra dignidad hasta perderla totalmente, y ser peores de animales.

Nuestro Señor nos ofrece un camino estrecho, lleno de piedras y espinas, difícil, para entrar en la felicidad (eterna).

El diablo ofrece un camino ancho, una puerta ancha, fácil, cómoda, para entrar en la felicidad (realmente es para entrar en el infierno).

Con Dios cada vez somos más libres. Cada vez somos más fuertes que nuestras tendencias heredadas, que nuestras tendencias malsanas más innatas, que nuestras malas tendencias de carácter. Logramos hasta dominar la lengua.

Siguiendo al Demonio cada vez somos más esclavos, cada vez estamos más en sus redes, estamos más liados, comprometidos, esclavos de unas cosas y otras. Esclavos de nuestros vicios, de nuestros pecados. No podemos frenarnos de hacer o decir cosas que sabemos que luego nos arrepentiremos. (Sabemos que si vamos con esos amigos luego será difícil despedirse de ellos, y vamos).

Dios nos da 10 mandamientos y cuatro leyes más y nunca nos dice lo que tenemos que hacer en concreto. (“Debes honrar a tu padre y a tu madre”. ¿Cómo? Cada uno verá).

El Diablo nos dice claramente y en concreto lo que tenemos que hacer. (“Debes hacer tal cosa”).

Dios tiene misericordia infinita con nosotros, siempre que hagamos penitencia (le pidamos perdón, nos propongamos no caer en el pecado, etc.) Evidentemente, si hemos roto un plato no nos quita de pagarlo.

Si vendemos nuestro alma al diablo y luego no somos obedientes a sus órdenes, no perdona: nos castiga duramente o nos mata.



Cuento breve: Érase una vez el Diablo de compras

El Diablo se encuentra con un paisano y le pregunta:

Diablo: Dime lo que quieres por tu alma y te lo daré

Paisano: Quiero dinero, fama, mujeres,... un palacio en cada país, aviones, coches, barcos,... sabiduría, virtudes,...

Diablo: No te voy a dar nada de eso.

Paisano: Pero, ¿por qué?

Diablo: Pues porque tu alma ya es mía.

Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!
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