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El (anti) papa Francisco trabaja para el Demonio

Psicología: cómo formamos y desarrollamos nuestro pensamiento

(apuntes no del todo hilvanados, quizá pronto abril/2019, Dios mediante se estructure mejor todo este artículo)

Aparte de las dos partes que tenemos (desde el punto de vista de su materialidad): el cuerpo y el alma (la mente); tenemos dos partes en cuanto a su infinitud: una limitada y otra divina, infinita. Veámos lo en detalle:

Tenemos dos partes

Tenemos dos partes:

  1. Una parte “natural”, que es como los robots: con un cuerpo (que en nuestro caso no es de cables y mecanismos sino que funciona parecido a los animales, aunque es más perfecto que el suyo, pues es imagen de Dios) y con los pensamientos que funcionan como los programas informáticos que dirigen los robots.

  2. Una parte “sobrenatural”, ”divina”, que sólo podemos desarrollar completamente si somos Hijos de Dios (si estamos bautizados) y nos hacemos cada vez más santos.

Para cada una de esas dos partes tenemos ayudas:

Para la parte natural tenemos:

Para nuestra parte sobrenatural tenemos la religión.

Vamos a hablar aquí de cómo, de pequeños, empezamos a pensar y cómo tenemos que aprender luego. Vamos a hablar de temas estrictamente naturales, biológicos, psicológicos o filosóficos, aunque vamos a hacer alguna cita religiosa porque las enseñanzas de Cristo:

Aclarando algunos conceptos

Cómo empezamos a pensar

O pensamos o percibimos, en un instante no podemos hacer las dos cosas a la vez. (Por eso dicen que el peor enemigo de una buena comida es una buena conversación).

Al nacer, de pequeñitos, lo único que hacemos es percibir: ver, oír, sentir el tacto, los movimientos, el calor, el olor, el gusto,...

Luego empezamos a ser capaces de construir ideas, que son generalizaciones de las cosas que antes percibimos (vimos muchos autos, y cuando vemos uno nuevo, aunque diferente a todos los demás, decimos a nuestro padre: “Papa, auto”)

Luego aprendemos el concepto “no”, cuando nos dice nuestro padre “No, auto no, camión”.

Hay un momento en que creamos la idea “yo” (y la idea no-yo, o sea tu). Y decimos cuando vemos una comida apetecible: “yo quiero eso”, “yo no quiero aquello”.

Esa idea “yo” la vamos a ir “enriqueciendo”:

y

Las ideas también son seres vivos

¿Qué es algo vivo? Todo lo que nace, crece, se reproduce y muere.

No sólo plantas, animales y personas están vivos.

Una canción nace un día en un artista, crece cuando la perfecciona, se multiplica cuando se oye, muere cuando se olvida.

Una idea nace en una persona, crece, se reproduce al ser aceptada por los demás, muere cuando se la considera errónea y se olvida.

Las ideas que no corresponden con la realidad, falsas, las llamamos “comecocos”. También pueden verse como diablillos (o diablotes).

Vivir esclavos de ideas falsas (comecocos, diablillos, demonietes)

De adultos vivimos frecuentemente esclavos de nuestra idea “yo”. Eso es el orgullo, la “importancia personal”,... Es creernos perfectos (santos, sabios,...) y todo los defectos o faltas que tenemos le echamos la culpa a otro (es que mi padre no me enseñó tal, es que todos roban,...).

A veces hay quien, además de ser esclavos de su “yo”, adoran a una idea a la que dedican (o dicen dedicar) su vida. Suele tener bonitos nombres y es pura idolatría: “la madre Tierra”, “el bien de la Humanidad”, “el bien de todos los seres sintientes”,... Lo malo es que, aparte de condenarse porque no sean creyentes, son capaces de las mayores atrocidades por servir a su ídolo. (Esto es la idolatría de todos los tiempos a falsos dioses).

Cuando vivimos todo el día esclavos de, “metidos en”, nuestras ideas, difícilmente cambiamos, estamos como muertos.

Hacerse como niños para ir al cielo

Cuando somos bebés, estamos completamente abiertos a todo, totalmente receptivos, somos como una esponja (y no hacemos nada).

Al crecer vamos siendo más selectivos en lo que absorbemos (y cada vez hacemos más cosas).

Podemos llegar a ser tan selectivos que incluso rechacemos como equivocado lo más importante.

O podemos ir despojándonos de las cosas que hemos absorbido durante la vida y quedándonos cada vez más sólo con las más importantes (y cada vez haremos menos, o como dicen los taoístas: el "wu wei", o como otros: practicaremos la "acción sin intención").

Esto es lo que quiere decir Cristo cuando nos pide que, habiendo llegado a hombres/mujeres adultos, nos convirtamos en niños: sin prejuicios, prepotencias, ideas concebidas, desconfianzas, recelos, miedos,

Es decir, de los tres aspectos que somos (Inteligencia, Amor, Energía)

Nuestros demonios nos afectan la forma de ver el mundo

Y, en vez de ver la realidad, vemos lo que ellos quieren. Sólo Dios es capaz de conocer la realidad completamente. La razón nos sirve sólo para algunas cosas parciales. Muchas cosas invisibles sólo podemos conocerlas a través de la fe.

Vemos el mundo tal como lo ven los demonios que nos poseen habitualmente o como lo ve Dios (si sabemos mantenernos en ello).

Si nuestro mayor pecado es el odio, los demás nos darán los mejores motivos para odiarles.

Si uno de mis egos (demonio que me posee) me dice que es muy importante que la gente sepa cómo vuelan las mariposas y que tengo que dedicar mi vida a ello, los días siguientes crearé un mundo lleno de gente a quien no le importa cómo vuelan las mariposas.

El rechazo que veré en los demás a aprender algo "tan importante", tiene exactamente el mismo tamaño que mi interés.

("Querer hacer un mundo mejor" es, por todo lo anterior, una equivocación. Una idea que nos mete uno de nuestros "egos buenos" -lobos disfrazados de corderos-, tan tirano y perjudicial como los malos, claro).

Cómo cambiar el mundo

Si queremos que algo del mundo no cambie, basta con que lo rechacemos.

Cuanto más energía, tiempo, atención dediquemos a lo que rechacemos, más haremos que perdure, que no cambie.

Y al revés, si queremos cambiar el mundo consiguiendo lo que parece magia, basta con aceptarlo de todo corazón.

A nuestro ego, a los demonietes que habitualmente nos tiranizan, esto no les hace ninguna gracia, pues ellos están más grandes y fuertes cuanto más rechazamos las cosas, ellos viven de nuestra energía, son parásitos y quieren que nos condenemos como ellos.

Cuando aceptamos de todo corazón algo, cuando llegamos a verlo con los ojos de Dios, al instante desaparece (o no, ¡pero ya no nos importa!).

para aceptar las cosas completamente podemos hacer lo que tengamos que hacer con el mayor esmero y cariño.
(Por ejemplo: Si trabajamos de barrendero y queremos cambiar de trabajo, hagamos nuestro trabajo de la mejor manera).

Cuanto más vamos aceptando las cosas, más rápidamente cambia nuestro mundo.
(Y viceversa, cuanto más rechazamos el mundo, menos cambia y más repetimos siempre el mismo tipo de situaciones). “¡Hágase tu voluntad!”

Cómo nos han (mal) explicado lo espiritual

Como algo oscuro, esotérico,

¡Y lo es!

Pero no con el tono de voz que nos lo dijeron, sino con un tono descriptivo, como decir 'esto es verde, esto azul, esto esotérico, esto oscuro'.

Y es esotérico por la misma definición de esotérico (invisible).

Y es oscuro porque para todo aquél que no abre los ojos, todo está oscuro.

No es algo lejano, sólo para místicos,... es algo que está aquí y ahora, y para todo el mundo (que cumpla los requisitos, que cualquiera con esfuerzo puede cumplir).

Y es más maravilloso que la más loca fantasía.

Qué es el “desarrollo espiritual”, “crecimiento personal”

Lo espiritual (en una persona) es lo que no se ve: pensamientos, sentimientos, deseos, miedos,...

Vamos creciendo hasta los 18 años, pero luego podemos seguir creciendo en mejorar lo invisible que llevamos dentro.

Cada vez que mejoramos nuestro comportamiento, crecemos. Por eso se habla de 'X es un gran hombre'.

Se trata de abrir los ojos, mas que de hacer cosas.

Descubrir a Jesucristo en nuestro interior e imitarle al máximo.

Es muy útil para poder seguir a Jesucristo librarnos de un error común:

Que nuestro demoniete “ego”, orgullo, nos posea tanto que nos olvidemos de quienes nosotros y qué hacemos aquí.

Cuando los orientales dicen que el más grave error es el 'egoísmo', se refieren a esto. En occidente no lo entendemos bien, sino como codicia, interés exclusivamente propio,... que son las consecuencias, que no el origen de esta esclavitud.

Dejar de hacer caso a este demoniete es el requisito y primer objetivo para poder empezar a vivir de verdad (vivir para nuestro desarrollo) y no vivir medio muertos.

Las enseñanzas psicológicas de Antonio Blay, en particular su libro 'Tensión, miedo y liberación interior' son muy claras. (Se puede conseguir en formato electrónico en internet ). Sólo pueden servir para empezar el camino, para entender cómo llegamos a nuestra penosa situación, pero luego hay que seguir las enseñanzas de la Iglesia.

La importancia de aprender

(Como sea, estudiando, leyendo lo que dicen otros, u observando, a otros, a nosotros mismos)

(Ver también lo dicho en este otro artículo, apartado “importancia de estudiar”)

De pequeños hemos ido copiando, aprendiendo por imitación, los comportamientos de los mayores. No podíamos hacerlo de otra manera porque no éramos capaces de entender nada, no hubiéramos sido capaces de entender los razonamientos de los mayores por varios motivos: no teníamos el raciocinio desarrollado, no conocíamos de qué nos hablaban, no conocíamos lo que influye en eso ni cómo lo hace. Eso es lo que tienen los viejos: sabiduría por haber aprendido durante sus muchos años de vida, si los han sabido aprovechar.

De muy pequeños es que ni siquiera nos damos cuenta que somos alguien diferente de los demás, que somos un “yo” y hay un “tú”, “él”, etc.

A medida que vamos creciendo, vamos siendo cada vez más capaces de aprender (por nosotros mismos) y no necesitamos imitar tanto, aunque aunque seamos muy viejos y sabios siempre podemos encontrarnos en situaciones nuevas donde tengamos que suspender nuestros raciocinios, opiniones, comportamientos, y debamos imitar lo que veamos: “allí donde fueres, haz como vieres”.

Imaginemos que nos dejan caer en paracaídas en un lugar con una cultura muy diferente a la nuestra, de la que no tenemos ni idea. ¿Qué haremos? Pues imitar lo que hacen hasta que nos enteremos cómo funciona aquella sociedad. Si ellos hacen lo que hacen (comen tal fruta) y siguen vivos, pues hagamos lo mismo que parece lo más probable que nos quite el hambre y no nos muramos.

A medida que vamos creciendo y vamos siendo capaces de aprender por nuestra cuenta, también hemos de ir evaluando, valorando, mirando si lo que hemos estado haciendo en el pasado es correcto o no. Para esto principalmente está la penitencia (la primera parte de ella que es el examen de conciencia), pero nos sirve cualquier otro buen método de aprender. Esto de recordar y evaluar el pasado, y decidir si tenemos que seguir repitiendo el comportamiento o cambiarlo, y limpiar todo rencor o mal sentimiento que tengamos por su causa (perdonar y perdonarnos), los creyentes lo llaman “hacer penitencia”, otras culturas los llaman “recapitular”.

Este proceso de “limpieza” hemos de hacerlo hasta morirnos, por muchos motivos:

Es decir, en cualquier momento de nuestra vida, tenemos unos comportamientos habituales de los que somos conscientes (virtudes si son buenos, vicios si son malos; aunque podemos ejercitar una virtud en un momento dado que sea inapropiada en esa circunstancia, y pecar, por ejemplo, siendo rigurosos cuando debemos ser misericordiosos), y tenemos unos comportamientos habituales de los que no somos conscientes (porque llevamos haciéndolos toda la vida, estamos tan habituados a ellos que no los vemos). Pueden ser virtudes o vicios e, igualmente, equivocarnos con ellos al actuar, siguiéndolos, en un momento dado. Por ejemplo, los creyentes solemos tener bastante caridad, amor a todos, que nos lleva a mirar sólo el lado bueno de los demás y, en alguna ocasión, puede llevarnos a la misericordia cuando deberíamos aplicar el rigor.

Se trata de:

  1. Intentar pasar por la consciencia, valorar, juzgar, cuantas más acciones (u omisiones) nuestras.

  2. Aprender para tener una buena regla con la que medir, juzgar, valorar, las acciones anteriores. Si tenemos una regla de un metro que realmente tiene dos metros, todas nuestras acciones nos parecerán la mitad de pequeñas de lo que son realmente. “Mis pecados miden medio metro”, nos diremos; cuando todos los demás, con buenas reglas, y Dios (que es la verdad), verán que miden 1 metro.

Es decir, tanto pecamos por:

  1. Llevar una vida inconsciente, sin reflexionar en lo que hacemos, comportándonos siempre reaccionando a los golpes que vamos recibiendo de todos lados (y que vamos atribuyendo a la maldad de todos los que los rodean, no a que nosotros vamos conduciendo como locos). Todo lo que no hacemos conscientemente lo hacemos “en automático”, inconscientemente, repitiendo los hábitos (buenos, virtudes; malos, vicios), que aprendimos de pequeños por imitación (recordemos lo dicho que incluso siguiendo virtudes podemos pecar en un momento dado).

  2. Llevar una vida consciente pero guiando nuestro rumbo con una brújula que no marca el Norte, midiendo nuestras acciones con una regla de metro que no mide un metro.

Hasta qué punto es culpable esas ignorancias, sólo Dios lo sabe, pero nosotros, como nos recomiendan todos los santos, es mejor que seamos rigurosos con nosotros mismos, nos arrepintamos, pidamos perdón a Dios y castiguemos en la vida, que no esperemos a después de la muerte, en que ya no rige la infinita misericordia de Dios, sino su pura justicia.

Generalmente pecaremos mucho más con los comportamientos inconscientes que con los conscientes, porque cuando somos conscientes podemos darnos cuenta de nuestra equivocación, cosa imposible si estamos inconscientes. Y pasamos mucho más tiempo inconscientes de lo que nos pensamos, metidos en la rutina, o reaccionando maquinalmente a los golpes de la vida.

También pecaremos por guiarnos por nuestra brújula estropeada, sólo Dios sabe cuánto por debilidad, cuánto por ignorancia culpable.

También pecaremos (Dios nos libre), por maldad, siguiendo un rumbo contrario al que sabemos que Dios nos manda.

Qué pasa si no aprendemos

Podemos no aprender por dos impedimentos: no queremos aprender, y/o no hemos desarrollado la capacidad de aprender fácilmente (nos cuesta tener pensamientos ordenados y encadenarlos con lógica). Lo segundo es consecuencia de una educación deficiente, lo primero quizá es cerrazón consecuencia del orgullo u otros pecados.

Si no aprendemos en la vida, en todos los aspectos que no hayamos trabajado, estudiado, nos seguiremos comportando como niños, siguiendo, imitando al que nos parece más conveniente. “Lo hago así porque así lo hacía mi madre”, “hago como el protagonista de la novela tal”,...

De pequeños imitamos a nuestros padres (porque no hay nadie más en casa), de mayores imitamos a los que más influyen sobre nosotros, a los que más nos han sido sugerentes, de los que más hemos sido sugestionados (consciente o inconscientemente por ellos). Pueden ser buenos modelos (nuestros padres, un cura santo, casi imposible hoy en día; otro familiar, un profesor, un jefe) o malos (todos los que salen en los medios de masas, películas, malas novelas, etc.).

No hay más opciones:

  1. o nos comportamos en base a razonamientos (más o menos ciertos o erróneos, pero en base a lo que hemos estudiado, aprendido).

  2. o nos comportamos siguiendo, imitando, copiando, obedeciendo, lo que nos dice nuestro ídolo en cada aspecto de nuestra vida. Ya sea nuestro “gurú” en tal tema, o nuestro personaje favorito en tal película, o el político de turno.

En el primero caso, nuevas informaciones cambiarán nuestro comportamiento. En el segundo, aunque venga Dios a enseñarnos a sumar, seguiremos pensando que 2 más 2 son 5 si lo dice nuestro ídolo.

Obediencia

De pequeños, para nosotros, nuestros padres eran Dios, pues de ellos recibíamos todo: sustento, casa, cuidados, amor, y guía en el nuevo mundo al que habíamos llegado e íbamos descubriendo. (Por ello no hay que dejar nunca solo a un niño pequeño, siempre debe sentir que hay alguien que le cuida).

Obedecerles era natural: no teníamos alternativa y ni siquiera éramos conscientes de ser alguien distinto, separado de ellos.

A medida que fuimos creciendo, fuimos dándonos cuenta que nosotros éramos nosotros y ellos, ellos, fue naciendo nuestra voluntad independiente de la suya y, por tanto, discrepante de la suya en algún momento; y tuvimos que empezar a obedecer, a hacer algo contrario a nuestra voluntad inicial. Si aprendimos bien lo que era la obediencia (olvidarnos de nuestra voluntad y cambiarla por la del superior, recibiendo razones de lo mandado o no), entonces no sufrimos por ello. Si no lo aprendimos bien entonces lo vivimos con sufrimiento y fuimos acumulando heridas por ello, rencores, desamor a nuestros padres (qué horrible).

Cuando llegamos a la adolescencia, a la madurez sexual, todos los rencores acumulados los sumaremos a nuestro natural deseo de mayor protagonismo en la familia y social, y nos haremos rebeldes, pequeños gamberros sociales. Y así seguiremos hasta que no aprendamos y nos deshagamos de esos rencores. Esto nos puede ocurrir pronto o nunca. Evidentemente, esos errores (no amar a nuestro padre o madre) tendrán malas consecuencias: en el caso de los hombres, problema de integración social (si odio al padre) o de matrimonio (si odiamos a la madre); en el caso de las mujeres, problemas para casarse (si odian al padre) o para tener hijos (si odian a la madre). Para la mujer, todo hombre (quizá futuro novio / marido) es el recuerdo del padre, y para el hombre, toda mujer (quizá futura novia / esposa) es el recuerdo de la madre por motivos evidentes: el padre es el primer hombre que conoce un niño y su madre la primera mujer.

En caso de que hayamos aprendido bien a obedecer de pequeños pues de adolescentes tendremos el natural deseo de mayor protagonismo, pero que probablemente se encauzará constructivamente, dada la ausencia de obstáculos (rencores) en el flujo de amor entre padres e hijos.

Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!

Estas páginas son apuntes que pueden contener errores de un servidor y se van mejorando con el tiempo y la gracia de Dios.

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